Flashback
Cuatro imágenes de Santiago
COLUMN/COLUMNA

Cuatro imágenes de Santiago

Francisco Hinojosa

A principios de los noventas nos invitaron a la Feria del Libro de Santiago a Federico Campbell y a mí. Era la primera vez que nos veíamos fuera de México –solíamos encontrarnos en reuniones y también en la calle, caminando. Él andaba en ese entonces muy cercano a Leonardo Sciascia y si mal no recuerdo ese fue el tema de su intervención en la feria. Además de ser bien recibidos por el embajador y el agregado cultural, también lo fuimos por dos amigos que vivían allí: Galo Gómez, entonces representante de Notimex en la zona, y su esposa, Tania Lomnitz. Ella nos adoptó para llevarnos a La Chascona –la casa que Neruda le construyó a su amor secreto, Matilde Urrutia– y a su otra casa en Isla Negra. También nos llevó al mercado central –Donde Augusto– a comer esos moluscos y crustáceos desconocidos para nosotros: piures, picorocos, machas, choros, locos y erizos. Probé estos últimos con una gran expectación creada por Álvaro Mutis, tanto de voz viva como a través de sus personajes. No pude con ellos: su consistencia y su profundo sabor a yodo no me dejaron disfrutar lo que Maqroll el Gaviero anhelaba como manjar de premio.

Muchos años después –más de veinte, en el 2015– regresé a La Chascona. Si bien todavía guardo múltiples imágenes de la casa de Isla Negra y de La Sebastiana, en Valparaíso, que visité años más tarde, de la de Santiago apenas tenía una vago recuerdo. Neruda, además de ser uno de los grandes poetas de la lengua española, era un gran arquitecto, coleccionista compulsivo, excelente anfitrión y un generoso amigo de sus amigos. No había detalle que se le escapara en su concepción de buena vida compartida. Construyó la casa para su joven amante, Matilde Urrutia, cuando él aún estaba casado. Eligieron entre ambos el terreno en el que se edificaría gracias a que se escuchaba allí el sonido del agua proveniente de una acequia: “agua que corre escribiendo en su idioma”. El arquitecto a quien encomendó el proyecto era un catalán, Germán Rodríguez Arias, que siguió las instrucciones del poeta hasta concluir que el diseño había sido concebido en todos los detalles no por él, sino por Neruda. El mar está presente en todas sus casas aunque esté en tierra adentro, como en La Chascona, cuyo bar y comedor simulan el interior de una embarcación. Y, por supuesto, dos de sus colecciones también: caracolas y mascarones de proa que traía de cualquier parte del mundo. Hay en esta casa un retrato de Matilde pintado por Diego Rivera, cómplice del poeta en su relación clandestina: en él se aprecia a la mujer con dos cabezas, una de frente y la otra con un lado oculto. En su pelo se puede apreciar el perfil de Neruda.

Matilde

A propósito de este retrato, dentro de unos cuantos días (el 19 de noviembre) será inaugurada una exposición dedicada a los muralistas mexicanos Orozco, Tamayo y el propio Rivera. Esta muestra debió abrir sus puertas hace 42 años. Si no lo hizo fue porque, dos días antes, el general Pinochet y sus gorilas dieron uno de los golpes de Estado que más han dolido al alma de los americanos. Si bien el Museo de Bellas Artes que albergaría la exhibición fue tocado por la metralla de los militares, las obras fueron rescatadas por la embajada mexicana y regresadas sin daño a nuestro país, que también trató de darle entonces asilo político a Pablo Neruda a través del embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá, a lo que el poeta renunció por no querer dejar su país. Matilde quiso velarlo en La Chascona, a pesar de que la casa fue vandalizada por los propios milicos. Su entierro fue el primer acto masivo en repudio a los golpistas de la Junta Militar.

También volví a vistar el Museo de la Solidaridad Salvador Allende. La colección responde a la convocatoria que hizo el presidente a artistas de todo el mundo para apoyar su programa de gobierno, tratar de frenar los cuestionamientos que se hacían a su liderazgo y crear un futuro museo de gran nivel para los chilenos. Dicha convocatoria atrajo a una gran cantidad de artistas plásticos, fotógrafos e intelectuales que donaron su obra haciendo honor al principio que los convocaba: solidaridad con un gobierno que abría una nueva luz de justicia social. Hasta el golpe de Estado de 1973, la colección constaba 670 piezas, que siguió ampliándose después en el extranjero, a partir de 1976, gracias a un movimiento de apoyo llamado Resistencia. El espacio en el que se encuentra hoy en día el museo, una vieja casona ubicada en la Avenida República de Santiago, permite apenas la exhibición de una pequeña muestra de su acervo: Stella, Miró, Vasarely, Kasuya Sakai, Calder, Matta, Chillida, Lam y Torres-García, entre muchos otros más, de las 2,700 obras de las que consta en la actualidad la colección.

En el 2012 fui a Santiago a dar una charla titulada “Leer, escribir, amar la literatura”. El nombre lo pusieron los anfitriones, yo solo le colgué un texto autobiográfico. Algunos de los participantes en ese encuentro dedicado a la lectura comimos en un restaurante tradicional, viejo, llamado Confitería Torres, invitados por el ministro de educación. Si bien la gastronomía chilena no es muy complicada, tienen algunas variedades de platillos cuya inventiva está más en la nomenclatura que en la novedad de su preparación o en la combinación de sus ingredientes. En ese lugar me enteré de lo popular que es entre los chilenos un simple sándwich de queso fundido y jamón que se llama “barros jarpa”. Su historia es simpática: toma el nombre de un abogado y varias veces ministro, Ernesto Barros Jarpa, a quien no le caía bien la combinación de otro tipo de sandwich hecho con carne a la plancha y queso caliente. Este último se llama “barros luco”, bautizado así por el nombre de un expresidente chileno, Ramón Barros Luco, asiduo a la Confitería Torres y aficionado a este tipo de combinación. Al terminar la comida, y luego de probar el tradicional sandwich, el ministro de educación se despidió amablemente antes de que los demás termináramos de comer porque tenía alguna reunión de trabajo. Vi cómo abandonaba el lugar, salía a la calle, levantaba la mano y tomaba, él solo, un taxi.

HinojosaFrancisco Hinojosa es poeta, narrador y editor. Es autor y antologador de más de cincuenta libros y columnista en Literal. Su twitter es @panchohinojosah


Posted: November 19, 2015 at 12:47 am

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