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El país de Polinices

El país de Polinices

Giovanna Rivero

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Hay tantas maneras de ser Antígona. O peor: tantas maneras de ser y encarnar el cadáver irrecuperable, exiliado del derecho, de su hermano Polinices. Digo esto con indignación, dolor y perplejidad. Y es que, aunque muchos amigos insistan en que “lo veíamos venir”, “el fascismo siempre estuvo ahí, invernando”, todavía le doy lugar en mi subjetividad a la sorpresa, al estremecimiento. Voy a hablar concretamente de Alcatraz de los caimanes, eso que parece un título más de cualquier saga cinematográfica vinculada con la era jurásica, pero que resume con impudicia e impunidad el costado más vergonzoso de la supremacía blanca de Estados Unidos.

Recordemos que en la tragedia de Sófocles, Antígona, hija de Edipo, se enfrenta desde su aparente fragilidad de joven virgen al poderoso rey de Tebas, Creonte, quien ha ordenado para Polinices –en castigo por su subversión y por la osadía inadmisible de atacar el trono– el final más humillante para el hombre griego de entonces: que su cadáver permanezca a la intemperie, expuesto a las aves carroñeras, sumido en su propia putrefacción; nadie debe atreverse a enterrarlo, nadie debe consolar a ese cuerpo muerto, en el que seguramente el alma permanecerá aprisionada. Antígona reclama el cadáver de ese hermano poniendo en peligro su propia vida. Creonte no duda en sacrificar también a la joven enterrándola viva. El arquetipo de la heroína, así como del cordero sacrificial que es Polinices se actualizan una y otra vez en los horrores que cada época histórica despliega sin haber aprendido nada de su propio devenir. La literatura reciente, de hecho, ha explorado magistralmente estas representaciones; pienso en la novela La guardia, de Joydeep Roy-Bhattacharya, o en Antígona González, de Sara Uribe. Sin duda, en los años que vienen, volveremos a ver el rostro de Antígona en el arte que emerja de las ruinas de Gaza o en las hijas e hijos de las familias hispanas separadas por la persecución racial desatada en estas tierras.

Entre los métodos de esa persecución, la creatividad del nuevo Creonte ha encontrado en la naturaleza y su inmanente ferocidad una involuntaria aliada. No es, por supuesto, la primera vez que en la historia de nuestra especie el poder recurre a ese sujeto no-humano –maravilloso hiperobjeto, para decirlo con Timothy Morton– a la hora de someter a los más débiles, a los que, pensando diferente, se alejan del discurso monotemático y falaz del héroe blanco, y, lo que es peor, se atreven a decirlo, aunque ‘solo’ lo enuncien con el cuerpo, con el color de la piel, con la estatura, con la legión de ancestros que pululan en su aura. Para esos –es decir para nosotras, criaturas en éxodo–, la ley se convierte en la antítesis del derecho. No, ya no son sinónimos prácticos; el derecho ha sido desterrado del campo semiótico de la ley. Como nos lo recordó recientemente la pensadora argentina, Rita Segato, “la ley es un instrumento de muerte”. Lo fue siempre, desde tiempos bíblicos, solo que por algunos años quisimos creer que era una expresión de los avances de las civilizaciones, un legado de la Ilustración.

Recuerdo las primeras noticias sobre la apertura de la cárcel –porque lo es, cárcel– Alcatraz de los caimanes. Había en el tono de sus promotores una alegría perversa, como si hubieran descubierto un planeta ignoto, una veta de oro, un cofre con tesoros inmortales. Quizás lo que les corría por las venas era la sucia satisfacción de quien complace plenamente a una de las consignas más básicas del necrocapitalismo: que la ganancia sea exponencialmente superior a la inversión, que el éxito supere con creces al sudor. Si ya las alimañas, caimanes, huracanes, fiebres, pitones, pantanos e intemperie van a hacer un trabajo gratuito y natural –como sucede con la dedicación de los buitres al cadáver expoliado de Polinices– a la hora de contener (‘disuadir’, dicen, en su jerga grotesca) los cuerpos indocumentados hasta que la ley disponga su deportación, ¿por qué no tomar semejante oferta? ¡Nunca los Everglades habían sido tan generosos! Las aldeas mikasuki y seminola, no obstante, ni siquiera fueron consultadas, pese a que sus vidas asentadas en la reserva natural Gran Ciprés las convierten en los habitantes por excelencia de estos suelos. Los mikasuki y los seminolas aseguran que, bajo esa tierra de animales fascinantes, cuyo lenguaje fáunico ellos son capaces de descifrar gracias a la larga convivencia, duermen sus ancestros. Se trata, en ese sentido, de territorios sagrados.

Esta doble perversión, pienso, recaerá con todas sus consecuencias sobre las nuevas generaciones. No solo es que se vuelve a convertir a la persona humana en ‘nuda vida’ –sacer–, destinada a su despojo (como le sucedió a Polinices), sino que se le atribuye a la naturaleza una tarea de aniquilación que hendirá en el inconsciente colectivo la noción o la oscura justificación de un extractivismo aun más nocivo y desalmado en los años que vienen. Este obligado retorno del hombre y la mujer al edén de pronto siniestro de los Everglades no es para nada una reconciliación con la fauna animal a la que pertenecemos y de la que tal vez nunca debimos habernos separado, sino justamente lo opuesto: es el nuevo circo romano de los principios de la modernidad, cuando la gente gozaba de atestiguar cómo la inocencia escalofriante de los instintos le clavaba los colmillos a un subversivo, para ver si así se le pasaban las ganas de pensar distinto o de portar en su ser y estar en el mundo las características de otra cultura. La vieja trama “hombre vs. naturaleza” se actualizará quizás con un matiz nuevo: “no-persona versus naturaleza”. De esa renovada confrontación surgirá la nueva teratología. Otras pesadillas y otros monstruos se están gestando en esta rivalidad creada.

Antígona conocía bien su propia abyecta genealogía. Era hija del incesto entre Edipo y su madre, Yocasta, según algunas interpretaciones de la tragedia de Sófocles. En todo caso, era hija de la fatalidad, del karma y la proscripción, pero sabía quién era, y amparada por esa lucidez y ese autoconocimiento reunió la valentía para enfrentarse a Creonte. Solo por amor le fue posible semejante acto de arrogancia. Polinices era su hermano de sangre, pero Antígona lo hizo aun más hermano, lo convirtió en un hermano íntimo, absoluto, un hermano espiritual y político, alguien a quien no se abandona incluso cuando su cuerpo haya renunciado ya a toda verticalidad. Creonte, en cambio, permanece asediado de dudas. ¿Acaso no soy el rey?, se pregunta incrédulo y asustado. ¿Acaso esto no es la gran Tebas? ¿No somos Tebas?, se pregunta y le pregunta al pueblo. ¿Quiénes, pues, somos?, interroga. ¿Acaso no me corresponde a mí solo gobernar este país? Son preguntas válidas, claro que sí, preguntas sobre una identidad y un poder que una jovencita se atreve a poner en entredicho. Pero Creonte no tiene la humildad de explorar respuestas con la paciencia que exige la extensión de la vida personal y la vida de los pueblos; quiere una respuesta inmediata, una respuesta dada por el espejo vulnerable que es el “otro”; no busca una dialéctica en cierto modo saludable, sino que cede al pánico de descubrir a otro en sí mismo, le aterra no estar seguro de quién es, le provoca náuseas la idea de que la totalidad unitaria de su “yo”  (nacional) sea una ficción. Recurre, entonces, a eliminar cualquier cosa o sujeto que amenace esa fantasía: ser un “yo-rey” sin fisuras. Despojando por ley a Polinices de todo derecho y emparedando a ese incómodo ente de resistencia que es Antígona, Creonte se confirma como rey, se siente rey. Tebas es suya, es ‘greit’, es fabulosa, y los rostros de sus súbditos son todos iguales. No puede el pobre rey reconocer en Polinices a un prójimo; al contrario, se esmera en verlo radicalmente ajeno, no un hombre, no un soldado, no un ciudadano de Tebas, sino un foráneo cuyos ojos todavía tibios bien pueden alimentar a la fauna siempre inocente.

Mientras medito sobre la revolucionaria compasión de Antígona, me pregunto si, como ella, tendremos la valentía de decirle a este Creonte rodeado de coros mediocres: “No he nacido para compartir tu odio, sino el amor”.

 

Foto de Jonathan Martin Pisfil en Unsplash

 

Giovanna Rivero (Bolivia). Es doctora en literatura hispanoamericana por la University of Florida. Es autora de los libros de cuentos Tierra fresca de su tumba (2020) y Para comerte mejor (2015), y de la novela 98 segundos sin sombra (2014), entre otros libros. Fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina” (2011). Académica independiente. Junto a Magela Baudoin y Mariana Ríos dirige Editorial Mantis. Coordina talleres de escritura y lectura online. https://giovannarivero.com/

 

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Posted: July 22, 2025 at 10:10 pm

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