Cultura Incel (SIC)
Lydiette Carrión
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La cultura Incel, como genealogía se ha iniciado en los países del norte global, que ha identificado que hay adolescentes y jóvenes varones que comparten su frustración en el anonimato de la red.
Hace unos días conocimos la noticia de un menor de edad que mató a dos maestras en una escuela en Lázaro Cárdenas, Michoacán. La razón principal por la que esta historia ha tenido mucha mayor cobertura que las decenas de asesinatos que cada día ocurren en México es que un día antes, el agresor posteó en su cuenta de Instagram unas fotografías en las que posaba con armas. Además, había sido el emisor de una serie de mensajes misóginos, que actualmente se engloban en lo que la prensa ha llamado “cultura Incel”.
Apenas unos meses atrás, en septiembre de 2025, en la Ciudad de México, otro joven “incel” de 19 años mató a un adolescente de 16 años, su compañero de clases en el Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Sur. Esta fue la primera vez que se habló de cultura Incel y violencia. En aquella ocasión el agresor también había publicado fotografías de sí mismo con armas, así como discursos misóginos.
La cultura Incel, como genealogía se ha iniciado en los países del norte global, que ha identificado que hay adolescentes y jóvenes varones que comparten su frustración en el anonimato de la red: se quejan de tener que sujetarse a un “celibato involuntario” (Involuntary Celibacy, Incel). En estos mismos sitios atribuirían el rechazo de mujeres a las ideas y movimientos feministas.
En México, lugar donde ocurrió este hecho, la discusión enseguida se volcó sobre la llamada cultura Incel. En términos reales pareciera que el crimen solo hubiera tenido lugar bajo esa explicación. Creo que esto es equivocado, pero también motivado por una prensa que buscar ser militante de forma sobresimplificadora. Lo digo con dolor, porque yo misma soy militante.
Para tratar de clasificar y mostrar un poco del mosaico de comorbilidades que puedan dar cuenta del aumento entre jóvenes en las escuelas, propongo algunos aspectos, incluido el de la salud mental, cuyo acercamiento es difícil, dado que históricamente la defensa de criminales ha alegado esta causa para evitar sentencias.
Pero vamos por partes:
Contagio social de tiroteos escolares
Una idea generalizada es que Estados Unidos es el país líder en “tiroteos escolares”.
Tan solo hasta el 12 de marzo de este año, se han producido al menos ocho tiroteos en centros educativos en Estados Unidos. Cinco tuvieron lugar en campus universitarios y tres en centros de enseñanza primaria y secundaria. Según el análisis realizado por CNN a partir de los datos facilitados por Gun Violence Archive, Education Week y Everytown for Gun Safety, estos incidentes se saldaron con al menos seis muertos y otras seis personas heridas.
Para el imaginario social, la llamada masacre de Columbine, ocurrida en Colorado en 1999 fue el caso cero. En realidad la violencia en escuelas (desde PK hasta la universidad) por armas ha sido una constante en la historia de Estados Unidos (trazable hasta el siglo XIX), pero es verdad que el caso de Columbine tuvo una mayor resonancia por varios factores: primero el número de víctimas, y, segundo, y de nuevo aquí el problema de la representación en medios, la ficcionalización que se hizo desde la prensa, poniendo énfasis en los discursos delirantes de los dos adolescentes perpetradores. Las cifras sí parecen indicar que con la difusión y el discurso mediático, hubo una alimentación e incremento exponencial de casos similares.
En esto quiero detenerme y quisiera engarzarlo con un fenómeno que también se ha estudiado en el Sur global: los ataques de ácido contra mujeres.
Hace algunos años pude ir a una reunión de mujeres periodistas de la región latinoamericana. Poco recuerdo de todo lo que se habló, excepto de que varias colegas de Argentina identificaron que, tras un ataque de ácido en una provincia y la profusa cobertura con detalles muy gráficos del caso, en los siguientes meses se presentaron nuevos casos en diferentes provincias. Las periodistas discutían si sería que la visibilización de un caso les hizo notar los nuevos casos o, bien, la difusión periodística de uno, “inspiró” nuevas agresiones. Concluimos en aquel entonces que probablemente era ambos fenómenos.
Si trasladamos esto a los tiroteos escolares, se puede percibir lo mismo: tras Columbine, se registraron disturbios propelidos por el caso en forma de copycat. Para el psiquiatra Edwin Fuller Torrey, del Treatment Advocacy Center, uno de los legados del tiroteo de Columbine fue que resultó “atractivo para los jóvenes marginados”.
El sociólogo Ralph Larkin analizó doce tiroteos escolares importantes ocurridos en Estados Unidos durante los ocho años siguientes y descubrió que, en los ocho, “los autores hicieron referencia explícita a Harris y Klebold”, y concluyó que estos habían heredado un manuscrito perfecto para los siguientes horrores. Pero me pregunto si el manuscrito fue realmente hecho por los agresores, sino más bien por los medios de comunicación.
Me pregunto si realmente la forma en particular en que lo contaron, la distorsión en la narrativa para generar una conmoción específica, es en realidad el manuscrito que ha generado el copycat.
Y me pregunto si con la nueva narrativa en México: “Jóvenes Incel” no se genera el nuevo manuscrito.
La distorsión de la psiquiatría al tratar de explicar los casos
El estudiante de CCH que mató a su compañero el año pasado tenía 19 años cuando cometió el crimen. Actualmente se encuentra detenido y enfrenta un proceso judicial. La defensa ha alegado que sufre problemas psiquiátricos. La fiscalía busca desestimar esto dado que, si es aceptado que tiene problemas mentales, ello implicaría la reducción de la pena.
Creo aquí que existe una tensión entre la necesidad de justicia y el hecho probado de que agresores pueden salir de la cárcel de forma anticipada si un juez determina algun factor psiquiátrico, lo cual deja en un estado de indefensión a las víctimas, deudos, y en general el sentido de justicia social. Pero a la vez, al negar factores psiquiátricos o de salud mental social, se niega también el ajustar soluciones de prevención social.
En enero de 2020, en Torreón, Coahuila, un niño de 11 años llegó a su colegio privado, mató a una maestra, hirió a sus compañeros y luego se quitó la vida. En aquel momento se realizaron discusiones sobre la “epidemia de soledad” que había detonado la pandemia. Se preguntó sobre la madre, el padre, el abuelo del chico. Se habló de la violencia del narco en México, y si bien todas aquellas preguntas eran válidas, se habló poco de que objetivamente, puede haber un componente psiquiátrico
En ese entonces entrevisté a Miguel Ángel Navarrete. Un hombre dedicado a las letras que, año atrás, perdió a Mariano de 14 años, su único hijo, por suicidio. Él comentaba que, si bien su hijo no le había quitado la vida a nadie, bien pudo haberlo hecho dada la crisis que padeció. Había un tema de salud mental grave y pese a que había una psicóloga escolar y aunque comían en familia todos los días, no lo detectaron. Se necesitaban otras herramientas. Más claridad, más discusión pública. Menos caricaturización.
Lydiette Carrión es periodista y escritora independiente. Autora de Feminicidio Mítico. Del crimen al producto cultural: imágenes, narrativas, moda y consumo de la violenciay (Debate, 2025) y La Fosa de Agua(Debate, 2018). Entre sus reconocimientos están el Premio Gabo 2019 (Colaborativo) en la categoría de Innovación por “Mujeres en la vitrina” y el Premio Género y Justicia (SCJN, 2012). Fue candidata al Premio de Derechos Humanos Sergio Méndez Arceo 2019. Actualmente estudia el Doctorado de Escritura Creativa de la Universidad de Houston. Su X: @lydicar
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Posted: April 14, 2026 at 8:21 pm







