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Fauna Libros: ocho años en movimiento

Fauna Libros: ocho años en movimiento

Sara Schulz

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Entre la edición independiente y la distribución a escala humana, Fauna Libros ha construido un proyecto que resiste desde la orilla. En este texto, celebramos (más o menos) su aniversario con una mirada sobre lo que implica hacer libros en un país donde, a veces, hay que justificar hasta el derecho a existir en el medio cultural.

“¿Festejar? No lo sé, Rick…”

Por estas fechas, Fauna Libros cumple ocho años. Ocho años de editar, distribuir, armar paquetes, perseguir facturas y, sobre todo, colaborar con personas y proyectos que admiramos.

Estamos contentxs, sí. Pero hacer y mover libros en este país se parece mucho a ser Sísifo: empujar la piedra montaña arriba… con una mochila llena de ejemplares y una factura vencida en la mano.

Una idea, un oficio, una red

Editamos y distribuimos libros con temas que creemos relevante poner sobre la mesa, es decir, en conversación y a discusión. No sólo en el sentido del debate o la controversia, sino como un intercambio abierto y legítimo de ideas, un diálogo en el que distintas voces convergen y enriquecen de manera mutua. Con la idea de que publicar en su sentido más amplio es hacer público: volver las lecturas comunes y también propiciar nuevos públicos.

Trabajamos con libros que se encarnan en objetos de una manera determinada para tomar protesta, con una presencia que apela a la belleza de habitar el mundo, cuando, como sabemos, la belleza es subjetiva, frágil y momentánea.

Hemos colaborado con artistas, escritorxs, fundaciones de arte, museos, y editoriales independientes conformadas por pequeños equipos —a veces, hasta de una sola persona. En la distribución, nuestro modelo de trabajo no se basa en la comisión por porcentaje de ventas, como la mayoría de las distribuidoras, sino en una cuota fija, que da más claridad y autonomía a quienes publican de manera espaciada, con realce en el valor de la relentización. La edición la hacemos a un ritmo contenido. Vemos nuestras publicaciones como en el cuento sufí: una gota que se precipitaba del cielo hacia el mar, cobró consciencia y se dijo: “una simple gota en esa gran inmensidad”. No aspiramos a la conquista del mundo.

Nuestro centro principal de operaciones se encuentra en el Edomex, como se le suele llamar al Estado de México. Donde las personas clave se llaman Claudia Romero y Christian Burgos. Acá el compromiso se pone en cuerpo en más de un sentido: se administra, se carga, se empaca, se reparte, se sostiene con lo que se tiene.

Recuerdo con nitidez el momento en que surgió en mí la idea de este proyecto, como una manera de dar visibilidad y difusión a libros o editoriales que de otra manera, es posible que permanecieran en cajas guardadas debajo de la cama o sosteniendo las puertas. Y ante el deseo de mantener viva una red de contactos con librerías construida durante años

El valor de hacer libros

En el contexto mexicano, más en los hechos que en el discurso, el libro ha perdido valor como bien cultural tangible. En las políticas culturales éste parece un producto prescindible frente a otras urgencias reales y significativas. Para publicar, no sólo hay que justificar existir, sino también justificar el valor y el costo de hacerlo y cada día reelaborar su sentido. Lo cual no es necesariamente inconveniente, sino hasta cierto punto deseable. Lo problemático es que muchas veces estas preguntas surgen desde una lógica profundamente neoliberal, que privilegia la rentabilidad, favorece la evaluación mediante los valores cuantitativos, implica la reducción del apoyo público, con lo que se fomenta la privatización y delegación al sector privado, promueve la competencia en lugar de la colaboración y usa la cultura como herramienta de capital simbólico y político.

Lo que también significa “celebrar”

Esta semana, por ejemplo, la “celebración” de nuestro aniversario incluyó intentar cobrar deudas que van de los mil poquitos a los mil muchos pesos. Hay librerías que en su momento fueron increíbles y que cerraron dejando una factura pendiente. Otras que nos ofrecen saldar solo la mitad (sí: con el precedente de Taibo-Educal, que por cierto tampoco nos ha pagado), lo que en la práctica significa recibir apenas un cuarto del total, si contamos el descuento inicial.

También están las librerías progres, con discurso impecable, que misteriosamente dejan de contestar cuando el asunto del correo lleva las palabras “corte de ventas” y “facturación”. O las que aseguran haber intentado pagarnos, pero no pudieron porque no les respondimos (spoiler: sí lo hicimos). O las que cuando les recordamos un adeudo nos piden reenviar la lista de sus existencias porque la “perdieron”… otra vez.

El ecosistema de la distribución, ahogado en novedades, se ha vuelto cada vez más cerrado para proyectos pequeños como el nuestro. Menos colaborativo, más regido por filias, fobias y algoritmos que por objetivos comunes, como si la lógica de comunidad hubiera sido sustituida por la lógica del trending topic.

Queremos que exista variedad, que haya espacio para publicaciones diversas, de distintos orígenes y con vocaciones que no son siempre las mismas.

Que se siga apostando por libros editados y producidos de manera generosa, con cuidado en los procesos, con materiales bien elegidos, que estén cosidos, bien impresos, que tengan peso.

porque en algunos casos sí que es insoportable la levedad del ser.

En las márgenes del sector editorial ha prevalecido la idea de que el distribuidor es una figura innecesaria, prescindible, casi estorbosa. Llegamos a escuchar que una cadena de librerías dejaría de trabajar con distribuidoras porque estos encarnan todos los males del capitalismo editorial. “Se nos agotaron los lugares”, código para decirnos, con cortesía, que no cabemos. De forma paradójica, reducir el intercambio editorial a un encuentro entre lectores, editores y autores, no es disruptivo, sino coherente con el star system que excluye a quienes también lo hacen posible: impresores, gestores, libreros, lo menos sexy y rompedor de este ecosistema.

Vivimos una curiosa época post mortem del libro, marcada por las falsas promesas de las tecnologías digitales de hace unas décadas, las cuales profetizaron acabar con el papel, los metros cuadrados de almacenamiento y los intermediarios. ¿Y qué tenemos en cambio? Zombies: una era de muertos vivientes editoriales, hiperabundancia de publicaciones sin alma a una velocidad sin límites. El intermediario no desapareció, sólo se volvió “invisible”, voraz y corporativo, aunque vive de la fantasía generalizada de ser gratuito. Este intermediario se ha vuelto omnipresente. Cobra por mirar, a veces  lo hace en datos, otras en comisiones y dinero, otras simplemente en atención.

En Fauna entendemos al intermediario como un provocador, un facilitador y un generador de circunstancias. No todas las editoriales ni todos los proyectos tienen la capacidad logística de autorrepresentarse en librerías o ferias. Tampoco tendrían por qué hacerlo, si sus energías están dirigidas a imaginar, crear y producir libros. El intermediario, bien entendido, no obstruye: conecta.

Debo, luego existo

En términos reales, siempre le debemos algo a alguien más. En el ámbito de los libros todos nos debemos a todos: sí, ciertamente hay que pagar cuentas; pero también lo poco o mucho que logramos lo hacemos gracias a los demás. Por eso algunas de estas deudas además de inevitables son insalvables, simbólica y prácticamente.

La deuda se contrae como una enfermedad y tiene connotaciones pandémicas globales. Adquirir deudas, morales o económicas, resulta una condición necesaria de las relaciones sociales. Es curioso que sea tanto un imperativo moral, expresado por el “deber ser”, como la manifestación de una carencia y la falta de solvencia.

La cadena del libro, al menos en México, está basada en una relación de deuda. Es decir que los adeudos circulan en todas direcciones, aunque no siempre se reconozca. Las editoriales le deben a los autores y viceversa —aunque hay algunos que creen que no le deben nada a nadie, incluso cuando su libro no se vende y cuesta dinero sólo tener ejemplares en bodega y moverlos—; las librerías le deben a las editoriales y a las distribuidoras; y las distribuidoras, a su vez, le deben a las editoriales.

El “anticipo editorial a cuenta de regalías”, por ejemplo, pone al autor en deuda con quien publica en caso de que no se vendan suficientes ejemplares. Los libros que se dejan a “consignación” en una librería para su venta, endeudan a la librería hasta que pague o devuelva los libros. Y cuando los libros se roban —como sucede más seguido de lo que se admite—, la deuda se mantiene. La librería debe pagar, se haya vendido el ejemplar o no. En esos casos, la pregunta no es quién debe, sino quién termina pagando —que casi nunca es quien se llevó el libro. Ahí la cadena se interrumpe… O tal vez se reinicia.

Algunas verdades acerca de la deuda:

La deuda es inevitable: nacemos endeudadxs.
La deuda es invisible, pero pesa en el cuerpo.
La deuda prospera por sí sola y tiene vida propia, no nos necesita más que como prestanombres.
La deuda se hereda, se transfiere, se esquiva.
La deuda paraliza.
La deuda avergüenza, aunque no conlleve culpa.
El antónimo de la deuda no es el pago, sino la muerte. Y en ocasiones ni así.
La deuda se persigue. A veces con abogados, a veces con correos que terminan en spam.

La deuda tiene apellidos: deuda fantasma, deuda amortizable, deuda emocional, deuda pública; deuda consolidada, deuda de honor, deuda existencial; deuda exterior, deuda flotante, deuda en especie; deuda tributaria, deuda vencida, deuda de estado… y esa que nadie quiere reconocer, pero todos cargamos: la deuda del “mañana”.

Los deudos somos los vivos, no los vivales.

 

El lenguaje y vocabulario de este negocio, con sus términos técnicos y áridos, denota la insolvencia estructural en la que se asienta. ¿Podemos reformular este vocabulario? ¿Podemos replantear estas relaciones?

Glosario más que mínimo para una distribución afectiva

Pago: dignificación del trabajo.
Stock: reserva de potencia.
Punto de venta:  lugar de encuentro.
Remisión: huella de intercambio.
Consignación: confianza con condiciones.
Reporte de ventas: fotografía parcial del movimiento.
Devolución: regreso que no es fracaso.
Pedido: expresión de deseo.
Novedad: intento de presente.
Saldo: síntoma de obsolescencia.
Facturación: acto administrativo de fe.
Boletín: carta para no desaparecer.
Reescribir el lenguaje no salda las cuentas. Pero al menos, por un momento, hace que duelan un poco menos.

Lo que nos mueve

Después de hablar de deudas, quizá el ánimo queda por los suelos. Y podría parecer que sólo nos mueve la cobranza. Pero no, o no nomás eso: lo que nos mueve, en verdad, es lo que no puede pagarse. La confianza que se construye con el tiempo, las complicidades improbables, las lecturas compartidas, las cajas que viajan aunque no sepamos si llegarán, las respuestas que llegan cuando habíamos perdido la esperanza.

Por eso no podemos dejar de agradecer a quienes han caminado este trayecto con nosotrxs: a lxs editorxs que confían en lo que hacemos, a lxs autorxs, a las librerías que sostienen lo que creen, a quienes han comprado un libro, recomendado un título, hecho un pedido, compartido una caja, contestado un mensaje a tiempo. A quienes han abierto una puerta, una mesa, un espacio, una conversación. A lxs cómplices, aliadxs y compañerxs de ruta que, en distintos momentos, han ayudado a sostener este proyecto más allá de sus posibilidades aparentes. Y sí, también —con énfasis— a las librerías que sí pagan.

Agradecemos, sobre todo, que la tecnología mecánica del libro impreso —con más de cinco siglos de existencia— siga siendo efectiva, relativamente simple y profundamente humana. Que la convivencia con estos objetos y su lectura nos conecte, encienda fogatas mentales, active la empatía, haga posible el misterio y el hallazgo, nos haga comprender.

¿Festejar? No lo sabemos. Pero celebrar es también resistir con humor, con libros, con amistades improbables y muchas ganas de que esto tenga sentido, porque más que el éxito, celebramos la insistencia. Y si todo esto no tiene sentido… al menos tiene encuadernación.

 

 

Sara Schulz es editora de libros de arte y ensayo literario, político y filosófico. Escritora indisciplinada. Directora de sinsentidos y asuntos varios en Fauna Libros.

< Foto de Nadja Massün

 

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Posted: August 25, 2025 at 7:31 pm

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