Fragmentos de otros
Alejandro Badillo
Una noche de junio salĂ del departamento. Me sentĂa optimista. Mi cuerpo se hundĂa en el calor del pasillo. El noveno piso tenĂa el aroma de una fruta navegando en el tiempo. Me dirigĂ al elevador para bajar a la tienda. TenĂa antojo de una limonada para combatir el calor de la noche. Mientras caminaba podĂa escuchar el susurro de las cucarachas. Era como el transcurrir de un rĂo muerto. HabĂa montones de esos bichos por todo el edificio, sobre todo en verano. Trataba de pensar en otra cosa, deshacer la imagen, cuando vi a un hombre joven afuera del departamento nĂşmero 6. ParecĂa esperar a que le abrieran. Miraba la puerta, dubitativo, como si tuviera dificultades para reconocer su existencia. En ese lugar vivĂa una mujer de unos sesenta años de edad. No sabĂa su nombre pero a veces la encontraba en el elevador. Me llamaban la atenciĂłn el tinte rojo de su cabello y sus zapatos blancos de tacĂłn. Supuse que el hombre era un visitante confundido. Para los extraños el edificio era confuso, algunos nĂşmeros no estaban marcados en los departamentos o no habĂa una secuencia. PodrĂa estar el nĂşmero 3, luego seguir el 10 y, adyacente, el nĂşmero 1. Cuando pasĂ© junto a Ă©l, me detuve y le preguntĂ©:
–¿Buscas a alguien?
El hombre me mirĂł un poco sorprendido. Sus ojos chispeaban. Sus manos tenĂan un leve temblor.
–No.
Se quedĂł en silencio, mordisqueando la siguiente palabra. SabĂa que esa negativa era, más bien, una invitaciĂłn a seguir indagando. No suelo intercambiar palabras con extraños, pero el hombre tenĂa un aura de vulnerabilidad, parecĂa un niño perdido en un centro comercial, un objeto extraviado de pronto.
–¿Conoce a la señora? –me dijo antes de que intentara una nueva pregunta. Su voz, macilenta, un poco torpe por el nerviosismo, salió como un lamento.
–No la conozco, sé que vive aquà desde hace varios años.
El hombre me mirĂł con una mezcla de asombro y preocupaciĂłn. El silencio, en los siguientes segundos, fue el de un globo detenido en el cielo.
–Escuche, yo vivo solo en este departamento, el número seis, desde hace años. Hoy regresé del bar y me encontré a esta señora. Me saludó con toda naturalidad, como si yo fuera su esposo, y me empezó a decir un montón de cosas.
–¿Tu departamento es el número 6 del noveno piso? –pregunté.
–Asà es.
Cuando mencionĂł el bar pensĂ© que el alcohol era parte de la confusiĂłn. Sin embargo, sus palabras eran firmes. Su gesto, detenido, aĂşn uniforme en su asombro, me seguĂa interrogando.
–¿Qué haré? Salà un momento a despejarme, pero no sé qué hacer.
–¿Pero es tu departamento?
–SĂ. No hay confusiĂłn.
Junto a la puerta de entrada de cada uno de los departamentos hay una ventana rectangular. No entra mucha luz y muchos vecinos prefieren tener las cortinas cerradas. DesviĂ© un poco la mirada hacĂa ahĂ. El hombre, comprendiendo mi intenciĂłn, me dijo:
–Acérquese, mire.
Me asomĂ© por la ventana. HabĂa un resquicio entre las cortinas que permitĂa ver el interior. AhĂ estaba, en efecto, la mujer que conocĂa. Estaba de pie, mirando por la ventana del comedor, dándome la espalda. DistinguĂ un par de sillones con cojines de terciopelo, un escritorio de madera y un pequeño librero. La mujer miraba las luces de la ciudad. Su cabello, a la distancia, semejaba el turbio contorno de una nube. Me sentĂ como un improvisado espĂa. AbandonĂ© la observaciĂłn y le dije:
–Esa señora ha vivido sola aquà desde hace años, pero tú afirmas otra cosa. Estoy confundido también.
Nos quedamos indecisos. El calor aumentaba en el pasillo. Casi no corrĂa aire. OlĂa a soledad, a cartĂłn viejo. Tuve la idea de decirle adiĂłs y seguir mi camino al elevador. Sin embargo, comencĂ© a sentirme culpable por no poder ayudarlo; además, querĂa llegar al fondo del dilema.
–¿Y si la saco a la fuerza? –me preguntó
–Hará un escándalo, te lo aseguro –le dije para disuadirlo.
MeditĂł mi respuesta. SopesĂł, con un ligero movimiento de cabeza, las posibles repercusiones.
–Vamos a mi departamento –le dije dándole una palmada amistosa en el hombro –ahà podremos pensar mejor.
El hombre asintiĂł y nos dirigimos a mi puerta. Adentro prendĂ la luz de la sala. El hombre dejĂł su portafolio cerca de la mesa de centro y curioseĂł el lugar con la mirada. El nerviosismo habĂa desaparecido o, al menos, estaba apaciguado.
–Tengo un par de cervezas en el refrigerador –le dije, desde la cocina.
Mientras tiraba las corcholatas a la basura pensé en la solitaria vida del hombre. Pensé en el calor que nos mantiene, siempre, al borde la locura. Miré las gotas que resbalaban en los cuellos de las botellas.
Nos sentamos en la sala. Para postergar el tema de la mujer le contĂ© que mi esposa habĂa salido de viaje a un congreso para maestros de inglĂ©s. El hombre asintiĂł por cortesĂa. Su mente aĂşn estaba nublada. Vivos pensamientos le hacĂan parpadear más rápido. MovĂa los ojos por la sala. Se levantĂł y dio unos pasos hasta acercarse al comedor. ExplorĂł, en el librero, una esfera de cristal con un barquito en su interior. La nave se balanceaba en un mar azul. Abajo se leĂa: “Recuerdo de Acapulco”. HabĂa ido con mi esposa hacĂa un año y el objeto, lo Ăşnico que habĂamos comprado, estaba medio perdido entre libros y una maceta roja de la que emergĂa, tenebrosa, una planta enredadera. Era lo Ăşnico que prosperaba en la atmĂłsfera viscosa y caliente.
Mientras regresaba al sillĂłn le dije que trabajaba como administrador de una fábrica. HabĂa dĂas en que los papeleos me volvĂan loco. Papeles y sellos; visitas a proveedores; interminables llamadas telefĂłnicas. Él me dijo que estaba en busca de trabajo. Lo habĂan despedido, justamente, de una fábrica y dedicaba mañanas y tardes a visitar agencias de empleo. No quise ahondar más para no excacerbar sus problemas. Puse el ventilador a máxima velocidad. El zumbido nos llevĂł, por un instante, a un lugar más calmo. DespuĂ©s de unos minutos de comentarios triviales nos dimos cuenta de que la noche avanzaba. ApresurĂł el Ăşltimo trago a su cerveza y me dijo:
–Tengo que volver.
–Voy contigo –le dije sin esperar su aprobación.
La historia se repitiĂł. Nos asomamos por la ventana. La mujer, ahora, estaba sentada en una silla del comedor. HabĂa un vaso en la mesa. Nos daba la espalda, como si presintiera nuestra observaciĂłn y quisiera preservar, a toda costa, el misterio.
Regresamos a mi departamento. Era poco más de medianoche. ParecĂa que estábamos metidos en el lento ensamblaje de un sueño. Para distender los pensamientos, jugar un poco con ideas, le dije:
–Lo Ăşnico que puedo pensar es en una anomalĂa del tiempo.
–¿Cómo? –murmuró.
–Quizás ella es tu esposa en un futuro posible, por eso te reconoció…
–O es una loca que encontró la forma de entrar a mi departamento –continuó él intentando, casi desesperado, dar con una explicación más lógica.
–PodrĂa ser –contestĂ© tratando de no llevarle la contraria.
Mientras volvĂamos a nuestro mutismo comencĂ© a burlarme de mi idea. “Vaya cosa. La mujer, un espejismo; el futuro de este hombre que, de repente, se ha adelantado”, pensĂ©.
El hombre miraba la puerta de mi departamento. La miraba como si fuera la orilla de un universo desconocido. Su gesto parecĂa estar hecho de escombros. IniciĂł el movimiento para levantarse del sillĂłn. Sin embargo, a medio camino, se detuvo. Su rostro, algo turbio, se inclinĂł un poco. La penumbra y el ventilador mezclaban nuestras respiraciones. Iba a decirle que olvidara mi teorĂa, cuando alzĂł de nuevo la cabeza, emparejĂł el torso, y me dijo:
–Creo que la Ăşnica explicaciĂłn a esto tendrĂa que ser fantástica, aunque no sĂ© si es la suya.
–PodrĂa ser cualquier cosa –le dije, tratando de llevar las palabras a otro lado.
Él juntĂł las manos. Quedaron al descubierto sus uñas opacas y cuadradas. Me preocupĂ© porque intuĂ que le añadĂa detalles a mi teorĂa. Murmuraba frases ininteligibles, juntaba pensamientos y trataba de embonarlos como las agrias piezas de un rompecabezas.
Volvimos al exterior de su departamento. Nos acercamos a la ventana. Vimos a la mujer salir de la cocina y, despuĂ©s de echar un vistazo a una esquina del comedor, dirigirse al estrecho pasillo que conducĂa a las recámaras. ĂŤbamos a abandonar la observaciĂłn, decepcionados una vez más, cuando miramos que una sombra emergĂa de la cocina. La sombra, frágil, temblorosa como una vela, antecediĂł a la apariciĂłn de un hombre. Cuando la luz del comedor lo descubriĂł por completo comprobĂ© que su rostro repetĂa el de mi compañero. La Ăşnica diferencia eran las considerables canas, la espalda ligeramente encorvada y los hombros caĂdos. El descubrimiento hizo que nos flaquearan las piernas, el cuerpo entero.
Regresamos de nueva cuenta a mi departamento. Nos sentamos, silenciosos, en los sillones. Él tenĂa la mandĂbula apretada, los ojos huidizos y brillantes. Si lo que habĂamos visto era real, entonces el tiempo, por una terrible confusiĂłn, se habĂa adelantado. Quizás era un futuro posible, un escenario aĂşn evanescente que habĂa escapado para instalarse en aquella calurosa noche de junio.
–Tengo que entrar ahà –dijo él.
–Quizás mañana ya no esté el viejo –respondà simplemente para no estar callado.
Mientras caminábamos otra vez a su departamento pensé que mi frase debió haber sido “quizás mañana ya no estés tú”. También pensaba, sin mucho orden, en un futuro acaso ineludible que, de repente, se nos presenta en el momento menos imaginado.
El hombre se asomó por la ventana rectangular. Yo, un poco atemorizado, decidà esperar. Los ojos de mi compañero permanecieron muy abiertos, sin ningún pestañeo. Abandonó la observación y me dijo:
–No hay nadie.
ParecĂa que todo habĂa vuelto a la normalidad. Me asomĂ© para comprobar su dicho. En efecto, la pequeña sala estaba despoblada y el comedor sĂłlo era recorrido por la bocanada luminosa de la ciudad. Le iba a decir que quizás la mujer –incluso Ă©l mismo– podrĂan estar en la recámara principal. Sin embargo, su gesto de triunfo, la premura con que llevĂł su mano izquierda al bolsillo de su pantalĂłn para buscar las llaves, me hicieron desistir. Antes de abrir el picaporte me dirigiĂł una sonrisa que mezclaba tranquilidad y agradecimiento.
La puerta nĂşmero 6 se cerrĂł. Quise comprobar si, en realidad, habĂa recuperado su departamento, asĂ que echĂ© un vistazo a la sala y mirĂ©, de nuevo, al hombre viejo que dejĂł las llaves sobre la mesa de centro, detuvo la mirada en cada uno de los objetos del comedor, como si los reconociera despuĂ©s de un largo viaje. DespuĂ©s caminĂł, lento y satisfecho, por el pasillo principal hasta desaparecer de mi vista.
Alejandro Badillo, es escritor y crĂtico literario. Es autor de Ella sigue dormida, Tolvaneras, Vidas volátiles, La mujer de los macacos, La Herrumbre y las Huellas. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Ha sido reconocido con el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela. Su Twitter es @alebadilloc
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Posted: June 27, 2019 at 8:51 pm








Extraordinario texto que me atrapĂł y me mantuvo al borde de las letras todo el tiempo. MagnĂficos personajes y una historia que resulta fascinante. Gracias.
Me recordó a esos universos rulfianos donde todo pasa y nunca se sabe qué es la realidad. Ahora tengo ganas de leer algunos libros del señor Badillo.