José Alfredo
Lorea Canales
Le preguntĂ© quĂ© querĂa hacer su Ăşltima noche en Boston. Nada me habĂa preparado para su respuesta, ni los dos años que llevábamos viviendo juntos. Casi juntos, pues ella tenĂa su departamento cerca de la universidad, y yo el mĂo menos cerca, pero más amplio y ya sin roommates. Durante la semana cada quien atendĂa sus estudios, ella su maestrĂa de Ciencias PolĂticas y yo mi doctorado en EconomĂa. Pero casi todos los fines de semana nos veĂamos; siempre se nos hacĂa tarde, a ella le daba pereza regresar con sus compañeras que se emborrachaban todos los fines de semana y decidĂa quedarse conmigo. A los dos nos gustaba tomar el cafĂ© en la mañana y leer el periĂłdico, salir a caminar, meternos al cine. El frĂo, la soledad requerida para estudiar, la distancia entre nuestros departamentos, todo lo propiciaba. Nunca tuvimos el tĂpico enamoramiento, fue casi a pesar nuestro, sin querer queriendo, no Ă©ramos amigos, ni novios, ni amigovios, simplemente Ă©ramos. Nos gustaba estar juntos. Yo le habĂa dejado muy claro que no estaba preparado para el tipo de relaciĂłn que ella o sus papás deseaban. Inclusive me habĂa rehusado a conocer a su familia, a pesar de que su papá era un prominente economista y polĂtico. Mis planes eran otros; me faltaban mĂnimo tres años en el doctorado, más exámenes, tesis y asesorĂas; tenĂa que dar clases durante un semestre y luego pensaba trabajar en el Banco Mundial. No necesitaba una esposa que me jodiera la existencia y ella lo habĂa entendido, por eso ahora nos despedĂamos. Ella regresaba a MĂ©xico a vivir en casa de sus papás y a encontrar marido. Se reĂa cada vez que decĂa eso.
—Encontrar marido, como si lo hubiera perdido.
Lo mismo decĂa de perder su virginidad, cosa que le importaba muy poco y que además no habĂa sido conmigo.
—Perderla, como si la fuera a encontrar por ahĂ, detrás de un cajĂłn o en un rincĂłn de la casa que olvidĂ© trapear. Hay que abrir una oficina de virginidades y maridos perdidos, para quien quiera encontrarlos. ÂżSabes que en inglĂ©s lose quiere decir etimolĂłgicamente “dejar ir”?
    Y entonces yo buscaba perder en el Corominas que habĂa encontrado en la biblioteca de la universidad, y le escribĂa que en español viene del latĂn, derivado de dare “con el sentido primitivo de ‘dar completamente’”.
—Tú las das —me contestaba.
—Las gracias —respondĂa yo. Nos reĂamos.
Se burlaba, pero una amiga le habĂa regalado una figura de san Antonio y lo tenĂa puesto de cabeza sobre su armario. Si mal no recuerdo el catecismo supersticioso de mis tĂas, a san Antonio se le reza para encontrar marido y tambiĂ©n cosas perdidas. ÂżLose o perder? ÂżDejar ir o dar completamente? ÂżCuál será?
La conocĂ por primera vez en la casa de campo de los papás de Steve, a un costado del RĂo Susquehanna en Pensilvania; cerca de un pueblo, Williamsport, donde se llevan a cabo las series mundiales de bĂ©isbol infantil, que es más mundial que la so called “World Series” de los profesionales. Rutinariamente participan MĂ©xico, JapĂłn y RepĂşblica Dominicana. Hay una pelĂcula de un equipo mexicano que triunfĂł ahĂ, los Industriales de Monterrey. Luego a MĂ©xico lo descalificaron porque en vez de llevar al equipo ganador de la liga, formaban un equipo con los mejores jugadores —y eso iba contra las reglas—. Pero MĂ©xico no es el Ăşnico paĂs que hace trampa, cada año hay un escándalo porque falsifican la edad de los jugadores. Cuando me invitĂł Steve sĂłlo me dijo que venĂan some buddies and their girlfriends, supuse que todos gringos. AquĂ no era como en MĂ©xico; la cabaña habĂa estado desocupada durante meses, y no tenĂan servicio, ni muchachas, encargado o capataz. HabĂa que hacerlo todo nosotros. Cuando llegamos por la mañana a la casa rodeada de bosques, unos preparaban leña para la fogata que prenderĂamos en la noche, yo acomodaba el sĂşper en las repisas, cada quien hacĂa su cama. Pasamos las primeras horas volviendo la casa funcional. Barrimos, trapeamos, tendimos y despuĂ©s de un rato habĂa hasta floreros en la mesa con flores silvestres. Bill e Irina limpiaron las canoas. Estábamos listos para dar un paseo. El sol brillaba con intensidad de las primeras horas de la tarde, colando sus rayos por entre las ramas de los enormes árboles. Steve llevaba cañas de pescar. Harry escudriñaba una cajita con anzuelos. Bill ponĂa cervezas en la hielera mientras yo, pasmado, admiraba la capacidad de trabajo de todos y la organizaciĂłn. Nadie les decĂa quĂ© hacer, parecĂan catálogo de Gap. En poco tiempo estábamos todos sobre la canoa pescando truchas, bebiendo cerveza. El rĂo brillaba. No pescaban como yo aprendĂ en Acapulco: echando el anzuelo lo más lejos y esperando. HacĂan lo que llamaban casting: primero echaban el anzuelo hacia atrás y antes de que descendiera, tiraban de la caña para crear un arco. El anzuelo ondulaba hasta rozar el agua y tan pronto tocaba la superficie volvĂan a enrollar el carrete dando vueltas frenĂ©ticas a la manivela; el chiste era que la mosca flotara sobre el agua para que la trucha saltara por ella. La pesca fue abundante, nos quedamos con cuatro para asarlas y las demás las regresamos al rĂo.
DespuĂ©s de un tiempo remando contracorriente, llegamos a un puente de madera que hacĂa un arco sobre el rĂo. Al borde del rĂo un sauce daba sombra. Una larga cuerda estaba atada al barandal. Steve lanzĂł un reto:
—¿QuiĂ©n se avienta al rĂo?
Ninguno llevaba traje de baño. Las mujeres —habĂa tres; Irina y dos más de las que no recuerdo cara ni nombre— hicieron muecas de disgusto. Steve ya se desabrochaba el pantalĂłn para saltar, el agua se veĂa clara y fresca. En eso, Irina desafiĂł a Bill, su galán:
—Si tú te echas, me echo.
Steve volteĂł a verme. Me dijo al oĂdo:
—SerĂa la primera vez. Desde que traemos chicas a la cabaña, jamás se ha tirado ninguna.
Irina sĂ saltĂł, se quitĂł los pantalones de mezclilla y tomĂł la cuerda con destreza, se columpiĂł en calzones y t-shirt hasta caer al agua. Bill y Steve se mecieron varias veces de la cuerda mostrando sus desarrollados bĂceps y habilidades de gimnasio, trepando alto sobre ella. Yo miraba desde la canoa. No me iba a echar, aunque se me antojaba muchĂsimo. Era el Ăşnico que llevaba trusas, muerto antes de que me vieran. Las bragas de Irina eran rosa pálido y bonitas. Todos los demás, como tĂpicos gringos, traĂan bĂłxers. Ya lo dije, era de catálogo: uno asiático, otro mulato; yo era el mexicano del grupo. En la noche, sobre la fogata donde además de hot dogs preparaban truchas en papel aluminio, Steve lio un churro, e Irina le dio un toque. Yo estaba sorprendido, maravillado con estas gringas que viajaban con sus novios, sabĂan pescar, nadaban en calzoncillos y fumaban. Más me sorprendĂ cuando Bill preguntĂł:
—How did you say they call it in México?
—Mota —respondimos ella y yo al mismo tiempo. Fue cuando me enteré que era mexicana.
Estuvo con Bill un año más, y durante ese tiempo la volvĂ a ver un par de veces. Me la encontrĂ© al año siguiente en una fiesta que hacĂan para mexicanos que estudian en el extranjero —era el tipo de eventos que yo solĂa evadir, pero a veces la soledad cala—. PresentĂ que ya no estaba con Bill.
—Le dieron un trabajo en Nueva York y no quisimos hacer el rollo a distancia. Ya sabes, amor de pendejos.
—Contentos los cuatro.
Ella habĂa terminado el college y estudiaba una maestrĂa.
—No estoy lista para regresar a casa de mis papás y eso.
Era el comienzo del email y parecĂa novedad mandar recaditos. Hablábamos en las noches desde nuestras respectivas camas solitarias, los fines de semana vivĂamos juntos y ahora se iba.
—¿Qué quieres hacer la última noche?
—Estuve pensando. No te vayas a reĂr, Âżokay? Quiero hacer algo que no voy a poder hacer cuando regrese.
—Mmm —gruñĂ. Irina no era muy buena con las interrupciones, y yo querĂa escucharla.
—Quiero fumar mota y que me lleves a un antro de topless.
—Bueno —le dije, ocultando mi sorpresa.
ConocĂa un par de lugares a los que me habĂan llevado, no era algo que yo hiciera a menudo, pero recordĂ© haber visto a alguna mujer de espectadora. SentĂa mi pulso: de todos los escenarios posibles, yo habrĂa calculado en cero la posibilidad de que ella solicitara ir a un titty-bar y fumar mota. No existen cero probabilidades, recordĂ© la voz de mi profesor de estadĂstica.
—¿No quieres ir a cenar antes? —alcancé a decir.
Nos encontramos en nuestro restaurante indio favorito y bebimos dos grandes cervezas Taj Mahal. Pedimos the usual, Lamb Vindaloo y Chicken Tikka. Fumamos mota y nos dirigimos a un antro que estaba cerrado porque era domingo. Me dirigĂ a otro, le advertĂ que era menos bueno. Entramos. Las chicas, la pasarela, el tubo, la mĂşsica, los gordos frente al escenario. Ella parecĂa animada. Yo iba preparado con billetes de un dĂłlar y le pasĂ© un fajo. DespuĂ©s de observar por un rato el ritual, colocĂł con delicadeza un par de dĂłlares en el liguero de una chica, otro en un escote y finalmente, casi temblorosa, encajĂł uno en la tanga de otra. Al poco rato pidiĂł que nos fuĂ©ramos. Fumamos un poco más y, al llegar a casa, hicimos el amor. He revivido esa noche muchas veces, pero no recuerdo exactamente cĂłmo fue; esas horas se mezclan con todas las otras como si hubiera sido solo una noche cualquiera. Y no la Ăşltima en que estuvimos juntos.
Nos seguimos escribiendo durante un tiempo, luego le perdĂ la pista. TerminĂ© el doctorado. EntrĂ© al Banco Mundial. Regresaba poco a MĂ©xico. Cuando tomaba vacaciones aprovechaba para conocer el mundo: ParĂs, Londres, Camboya, Nueva Delhi, Hong Kong y Beijing. RentĂ© un departamento en el centro de D. C. con vista al Watergate y al Potomac. Al interior tenĂa una biblioteca de la cual me sentĂa orgulloso, un pequeño bar con licoreras de cristal cortado y varios tipos de single malt. Tuve una novia por un par de años, sueca, absolutamente perfecta, con el pelo rubio y lacio, las piernas largas. Llamábamos la atenciĂłn: yo, moreno y alto; ella, larga y rubia. Trabajaba de traductora. Nunca vivimos juntos, ella insistĂa en mantener su piso y yo el mĂo. Nos sentĂamos con derecho a actuar más mayores, más intransigentes. Ella me dejĂł. Yo cumplĂ treinta y cinco años.
VolvĂ a MĂ©xico a una boda porque mi amigo Charlie me insistiĂł tanto que no me pude negar, pues como buen polĂtico, hizo oĂdos sordos a todas mis excusas. Era el segundo matrimonio de Charlie y yo seguĂa soltero. Estaba más entusiasmado que en su primera boda. La primera vez te casas por pendejo, decĂa. La segunda es la de a deveras. QuerĂa recordarle que para su nueva esposa, serĂa su primer matrimonio. ÂżSe la estaba pendejeando a ella? Pero no tuve corazĂłn, Ă©l estaba tan animado. Como ella era primeriza y ya tenĂan miedo que se les estuviera quedando —tenĂa veintisĂ©is años o por ahĂ—, los papás echaron la casa por la ventana. Iglesia de Lourdes, Hacienda de los Morales, mariachis, grupo, sombreros, anteojos, “El venado”, Timbiriche, the whole kit.
La vi en la misa y ella también me miró de reojo, pero no se me acercó hasta las dos de la mañana.
—¿Qué onda? —me dijo como si me hubiera visto ayer.
—¿CĂłmo estás? —De verdad querĂa saber.
—Muy bien. Mira —me enseñó un diamante—. ¡Me caso en dos meses! Tienes que venir.
Se me hizo un nudo en el estómago que casi vomito. La tomé de la mano y la llevé a la pista.
—¿No le va a importar, verdad?
Cuando me di cuenta de lo que hacĂa, me entrĂł miedo. En MĂ©xico hay tipos muy celosos y no querĂa que nadie me fuera a partir la madre. EchĂł una carcajada.
—CĂłmo crees, gĂĽey. Yo no durarĂa ni un segundo con un tipo celoso.
Era ella. Bailamos un par de canciones hasta que me dijo que tenĂa sed y me llevĂł a su mesa. AhĂ la esperaba el que ya habĂa adivinado que era su prometido. Nos presentĂł y ella se sentĂł sobre sus piernas. Él comenzĂł como sin darse cuenta a acariciarle la nuca, mientras le abrazaba de la cintura. Mi estĂłmago volviĂł a encogerse.
—Moctezuma’s revenge —alcancé a decir antes de salir disparado al baño. Vomité y a nadie le sorprendió, porque ya era la hora en que sacaban los chilaquiles y el pozole y los borrachos se empezaban a notar. Me fui de la boda.
El cuarto de hotel, que antes me habĂa parecido lindo, inclusive lujoso, con la vista a Reforma, la cama grande y la pequeña antesala, ahora me decepcionĂł. SalĂ de ahĂ. Me fui al Tenampa y antes saquĂ© un fajo de lana. Que toquen otra vez “La que se fue”.
*Este cuento pertenece al libro MĂnimas despedidas de Lorea Canales. Dharma Books, 2019
Lorea Canales es autora de los tĂtulos:  Apenas Marta (Becoming Marta, 2011) y Los perros (The Dogs, 2013) . Ha sido incluida en diversas antologĂas. Su Twitter es @loreac
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Posted: August 8, 2019 at 9:17 pm







