La gramática del duelo
Darío Zalapa
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La historia de Malena, protagonista de la novela, tiene un cause bipartito entre la muerte de sus padres en un accidente vial, y su aproximación a los cuadernos y las notas de una psicoanalista suicida con la cual terminará obsesionándose. Ambos detonantes arrojarán a la joven a una búsqueda, primero tenue y a posteriori revulsiva, de los fundamentos de la gramática suicida o del suicida; es decir, la génesis de un lenguaje al que Ilallalí propone como de acceso exclusivo para quien ha decidido irrebatiblemente terminar con su vida, y su germinación en una escritura pragmática cuyos aparentes errores cincelan, en realidad, hasta la más nimia aspereza de las razones detrás de tal decisión.
El duelo, como uno de los principales lubricantes de esta novela, discurre, se filtra, amalgama y mantiene funcionando los engranajes que la conforman. Está el duelo de Malena por sus padres, quizá el más evidente, así como todas las dudas y los reclamos que de él derivan; pero también se plantea la posibilidad de fraguar el duelo por una persona a quien nunca se conoció en vida, en este caso la psicoanalista, o la incógnita de si alguien que ya ha decidido cometer suicidio enfrenta previamente su propio duelo. Podemos enunciar la muerte de los demás, sugiere Ilallalí en la novela, pero jamás podremos enunciar nuestra propia muerte sin que hacerlo sea más que pura y llana ficción.
A lo largo de la novela, la escritura actúa como una herramienta de exploración personal e intelectual para Malena, pero también como un intento de ordenar el caos de las pérdidas, las propias y las aparentemente ajenas. De esta manera, lo que comienza como un diario de duelo sugerido por la tanatóloga que la atiende tras la muerte de sus padres, va adaptándose, cambiando su configuración y su intención según las necesidades y las búsquedas de la propia Malena a lo largo de la historia. Es aquí donde la novela blande una de sus más valiosas virtudes: la del desdoblamiento de la escritura en distintos frentes, todos justificados y complementarios. Se vuelve un ensayo sobre las históricas construcciones sociales en torno al suicidio (ya Lukács sostuvo que la novela era el mejor de los géneros para ensayar la experiencia moderna); funciona también como una sugerencia de aparato crítico para quien esté interesado en el tema; reúne, cataloga y exhibe los más impensables casos de suicidas célebres y anónimos; y, por supuesto, nos narra el andar el Malena mientras ejecuta su prístino ejercicio de escritura.
Por otro lado está el racimo de personajes que acompañan a Malena, y que desde sus propios relatos abonan a su búsqueda de esta gramática suicida. De entrada, podríamos celebrarle a Ilallalí la riqueza y la exactitud de los arcos dramáticos que desarrolló para cada uno de ellos. Sin embargo, conviene también perfilarlos desde la función que cumplen dentro de la búsqueda de Malena a partir de sus propios duelos. Están quienes se presentan ante la historia con un duelo ya definido. Como la nana, quien se vuelve la facilitadora de la negación para Malena al conservar la casa de sus padres como si ellos todavía fueran a regresar esa noche, o todas las noches; como Mijael, cuyo secreto duelo por la psicoanalista se vuelve el principal detonante para arrojar a Malena hacia su nueva obsesión; o como el tío Toño, aferrado a una época de bonanza y despilfarro que Malena deja de patrocinarle una vez que toma las riendas de la empresa de calcetines de su padre. Están también quienes delinearán sus propios duelos durante la novela. Como Susy, síntoma de una sociedad que apremia las apariencias y los likes en redes sociales; como el pequeño Rolando y su hermano Lucas, los últimos eslabones de una familia de suicidas; o como doña Chu y Arturo, los okupas de una ciudad de puertas cada vez más cerradas y, acaso, la subtrama de abismos más profundos dentro de la novela. Desde sus propios duelos, cada uno de estos personajes deja de ser un simple capítulo de la novela o del diario de Malena, para convertirse en objetos de análisis que la protagonista desmenuzará hasta mostrarnos los alcances más profundos de sus propios duelos.
¿Cómo se escribe la muerte? ¿Cómo se organiza? ¿Cuál es la lógica detrás de los detalles más imperceptibles? ¿Es tan fuerte la tensión entre el deseo de desaparecer y la necesidad de dejar un testimonio, de confabular una memoria que responda todas las posibles y evidentes preguntas de los deudos? Ilallalí propone la escritura como una forma de resistencia y de aceptación al mismo tiempo, una gramática de la ausencia que, sin embargo, cobra valor hasta que el acto se ejecuta. Una memoria que antecede todo y se enuncia a sí misma, mientras espera la mirada que habrá de significarla para los que se aún permanecen. Lenguaje y exigencia. Dolor y escritura. Y un duelo perenne que nos acompaña desde nuestro primer día de vida.
Darío Zalapa (Michoacán, México, 1990) es autor de tres libros de cuentos, entre los que destaca Los rumores del miedo (Tierra Adentro/Conaculta, 2012), siendo entonces el autor más joven en formar parte de dicha colección. En 2011, la Fundación Juan Rulfo y la Feria Nacional del Libro de Michoacán le otorgaron el premio Juan Rulfo por su cuento “Lanugo”. Publica esporádicamente en la revista mexicana de rock y literatura Letras Explícitas. Algunos de sus relatos aparecen en varias antologías, siendo la más reciente 11 navajas, coordinada por Mauricio Bares para la editorial Tierra Adentro. Su primera novela es Perro de ataque (Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares), con la cual escribió con la beca para Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, misma con la que también se inicia en el género negro.
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Posted: October 1, 2025 at 7:16 pm







