Essay
Literatura de la catástrofe: una lectura de “Fuegos”, de Lorena González Di Totto
COLUMN/COLUMNA

Literatura de la catástrofe:una lectura de Fuegos, de Lorena González Di Totto

Gisela Kozak Rovero

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La editorial venezolana Eclepsidra tiene treinta años de existencia, producto de una lucha sin tregua de su directora, Carmen Verde Arocha. En el año 2024 publicó Fuegos, de la escritora, además de creadora y productora audiovisual, Lorena González Di Totto (1985), quien reside desde el año 2018 en Ciudad de México. La novela se suma a textos en un registro realista  que tratan sobre lo que ha significado la  Venezuela de Nicolás Maduro, tanto para quienes viven en el país como para aquellos que han emigrado, en la senda de libros tan recomendables como Volver a cuándo (2023), de María Elena Morán (1985), y  Atrás queda la tierra (2024), de Arianna de Sousa-García (1988). Pero cuando hablo de realismo no me refiero simplemente  a una técnica narrativa que apela a un mundo conocido que se encarna en personajes determinados.  El país que llegó a tener el Producto Interno Bruto más alto de América Latina ahora se mide con la tragedia de Haití; pero poco o nada aportarían novelas que mostrasen los problemas con los servicios públicos, el deterioro de  la infraestructura, la violencia, la catástrofe educativa, la migración, la xenofobia  y la ausencia o alto costo de determinados productos. Como diría Vivian Gornick, esta es la situación, pero lo que en realidad importa son las historias.

La literatura indaga en cómo los simples individuos vivimos el mundo que nos tocó, es decir, en nuestras historias. La literatura venezolana no le ha tenido miedo a las historias de la  desesperanza, lo cual es perfectamente compatible con que sigamos creando el espacio para pensar en futuros posibles para nuestro país, una tarea colectiva, no individual. Las opciones de los escritores han sido distintas:  con tintes feroces y distópicos, al estilo de la saga MAD MAX, escritores como Ana Teresa Torres con Nocturama y Diorama,  Israel Centeno con Jinete a pie y la exitosa Karina Sáinz Borgo con La hija de la española, navegaron entre las ruinas como si hubiera ocurrido un apocalipsis. Por su parte, The Night, de Rodrigo Blanco Calderón, apela a la violencia feminicida y a sus héroes literarios  en medio de una vida penetrada por el poder en su versión más sórdida. Fuegos, en cambio, se alimenta de la ternura y la tristeza de una mujer joven que ve disolverse la existencia de su familia sin que medie responsabilidad alguna de parte de sus miembros. En este sentido es más afín con el abordaje de la situación del país de Alberto Barrera Tyshka en Patria o muerte, que siguió un  registro más cercano a la intimidad y la cotidianidad. 

 Fuegos es la historia de una incomprensión afectiva profunda: por qué América,  una de las hermanas mayores de la protagonista,  precisamente la más querida y admirada, se desligó de la familia para respaldar, desde Francia para colmo,  la revolución bolivariana.  La madre, Tania, enloquece al saber que América ha traicionado, uso el verbo con toda intención, a su familia; el padre, trata de entender al estilo de cuando alguien se entera de que tiene un hijo o hija LGBTQ: siempre seá mi hija. Si desde que el mundo es mundo la familia ha sido fuente de protección y sostén, también lo ha sido de conflicto, traición y crueldad. América se convierte en una extraña, en una persona que ya no comparte el común sentir de sus padres y hermanas; en cambio, Amira nunca querría decepcionar a sus padres,  e incluso se siente culpable porque su madre se enfermó cuando estuvo embarazada de ella  y, para colmo, no salió varoncito. La aventura de nacer hembra y convertirse en mujer siempre significa la  conciencia de cierta imperfección esencial que hay que corregir por la vía de ser para los otros. Creo que puedo resumir cómo las mujeres buscamos la aprobación ajena con una frase que escuché en la exitosa serie Yellowstone: las mujeres trabajamos el doble y comemos la mitad. En todo caso, el sentimiento de culpabilidad de Amira no responde a los padres, benéficos y amorosos, sino a las lógicas familiares por las que la pertenencia exige siempre sacrificios. América rompe con la pertenencia a su familia para integrarse al mundo intelectual  francés: París, qué duda cabe, es perfecta para ser de izquierda. Pero, así caiga mal con su izquierdismo parisino, este personaje no deja de tener cierta razón:  el bando político de cada quien eclipsa otras dimensiones de la vida, el pasado común, los afectos, la conducta personal y los lazos familiares, amorosos y amistosos.

Los personajes nos resultan  familiares, con dramas compartidos: las rupturas por motivos políticos, el empobrecimiento, la inseguridad, las protestas, la enfermedad y la muerte. Pero no todo es desgracia y miseria, ni mucho menos. No pude evitar sonreír cuando la protagonista lamenta no haber quedado en la Universidad Central de Venezuela para estudiar Comunicación Social y también con  la presencia de Gaby su mejor amiga, que,  además de ser lesbiana, sí quiere emigrar. Ni hablar de las salidas machistas criollas al estilo de llamar culito a las mujeres;  o la dura realidad de los profesores universitarios, ejemplificada con Lorenzo, el padre de Amira. Al ser periodista, Amira se ve obligada a probarse en el mundo rudo del reportaje callejero en un país en el que estallaron protestas de enorme consideración. El miedo no la vence, pero la persigue esa sensación de que no tiene el entrenamiento para enfrentar las  condiciones de un poder absoluto, que no deja resquicio libre ni siquiera para la vida íntima y amorosa. Al igual que en las guerras, se está sujeto a lo impredecible en una medida que al pasar de lo tolerable desemboca en grandes gestas colectivas  -la de las elecciones en Venezuela en 2024, por ejemplo- o en las salidas personales como la migración. 

 Estamos frente a una novela muy bien construida, con un hilo narrativo sólido, ese que nos atrapa en tanto lectores de literatura y en tanto espectadores de series y de cine. Queremos saber cómo Amira emerge de su desamparo en medio de la crisis familiar, las curiosas vueltas de su relación amorosa con Jorge, la ansiedad que la invade y que busca resolver. Hacerse adulta en un país en el que el Estado dispone del poder absoluto no es poca cosa, es la aventura de descubrirse para comenzar el propio camino. Quién es Amira y  qué quiere Amira, sea como mujer, periodista, hija, hermana o ciudadana, son interrogantes cuya respuesta solo se puede descubrir  leyendo Fuegos, de Lorena González Di Totto.

 

Foto de Lauren Taylor en Unsplash

 

Gisela Kozak Rovero (Caracas, 1963). Activista política y escritora. Algunos de sus libros son Latidos de Caracas (Novela. Caracas: Alfaguara, 2006); Venezuela, el país que siempre nace (Investigación. Caracas: Alfa, 2007); Todas las lunas (Novela. Sudaquia, New York, 2013); Literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (Investigación. Caracas: EBUC, 2012); Ni tan chéveres ni tan iguales. El “cheverismo” venezolano y otras formas del disimulo (Ensayo. Caracas: Punto Cero, 2014). Es articulista de opinión del diario venezolano Tal Cual y de la revista digital ProDaVinci. Twitter: @giselakozak

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Posted: September 16, 2025 at 9:35 pm

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