Mala resina
Paul Medrano
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
“Clientes…”, “Clientes…”, de su cogote escurría un sonido calilloso igualito a un barandal enmojecido, así era su voz que retumbaba hasta la calle pa dejar en claro quién era la del cencerro en aquella tienda de pescado del centro de Teipan. “Clientes…”, ora una arpilla de pulpo. “Clientes…”, ora una arroba de jaibas. “Clientes…”, ora una marqueta de camarón. “Clientes…”, oratres lonjas de dorado.
Nunca vi que esa maldita medregala se bajara de la maca. Nunca de los nunca. Nomás pardeaba el cielo y sus maqueadas eran lo primero que veía en la trastienda y lo último antes de irme a dormir. No es que los demás fuésemos chacualones, no, todo lo contrario, apenas y resollábamos en todo el pinche día. Parecíamos mulas de pizca desde antes de que asomara el sol y hasta la noche más sólida, mas en fin… Pa esa maldita caimana todos éramos una bola de talegones y al decir todos, incluía a su hermana Micaela, una vieja que se la pasaba encapotada en la cocina; las que yo creía que eran sus tres hijas (Roberta, Tomasa y Gertrudis); los Quiroz, dos sobrinos bien chirrietos que vivían como entenados y yo, el yerno chirisco venido de la ciudad.
Le diré a mi amá que nos vamos a encuatanar y que queremos iniciar un negocito, seguro nos echa un empujón, dijo Gertrudis un año antes mientras comía un elote y me daba la noticia de que estaba empreñada. Casi llegábamos al final del segundo semestre de la carrera de contaduría y un hijo no estaba en mis planes, o mejor dicho, un hijo estaba hasta el fondo de mi recua de planes.
Yo tenía la usión de licenciarme, no tanto porque fuera tigre pal estudio, sino porque no quería repetir el molde paterno. Mi padre nunca estudió. En cuanto pudo largó a mi madre, no sin antes enracimarla de hijos y huir a Tijuana (o al menos eso dijo), donde seguro tuvo más hijales.
Cuando Gertrudis me confirmó el embarazo ahí afuera de un laboratorio con nombre de santo, su hablar se me volvió aguanoso. El sonido de su voz no llegaba a mis oídos. Ni el de su voz, ni el de la calle repleta de coches y gente. Lo único que veía era su boca moviéndose. Noté que masticaba los granos de elote junto con las palabras. Casi pude ver cómo asomaban algunas vocales entre el queso y la mayonesa. ¿Sí me oyes?, preguntó luego de un rato, al enseñarme el sobre membretado en azul con el resultado del análisis, en el que daba positivo a la prueba de embarazo. Abrí el envoltorio y leí esa hoja manchada de chile.
Positivo, decía.
Muy en el fondo, también he de decirlo, la noticia me puso un tanto nanaco. Algo en mi interior se puso risueño.
En mi condición de chiclán, que empreñara a una mujer me llenaba de cierto orgullo. Y es que sí podía contra todo pronóstico, aunque no como lo había planeado.
A duras penas llegué a la facultad yo solo, porque en mi familia cada uno agarró su rumbo cuando mi padre salió de raspa. Como les digo, lo logré no porque fuera gallo pa la escuela, no, no, tuve que echar mano de algunas chapuzas por aquí y por allá. Vi en una carrera el chance de salir pa siempre de la colonia de la que venía.
Supuse que con un título podría conseguir un trabajo fijo y si me ponía buzo, ¿por qué no?, hasta una mujer que me sacara de piripituche.
Elegí contaduría por una deducción bastante taruga, pues concluí que a los contadores nunca les falta dinero, ya que su trabajo consiste precisamente en eso, en contarlo. Total, que entré a la facultad. Pero conocer a Gertrudis me agarró pajareando. Desde que la vi entrar al salón del curso propedéutico, me fui como piedra en el arroyo. Yo había tenido mis novias de cachumbeo y todo lo otro, mas ninguna se comparaba con Gertrudis.
El amor no me entró por los ojos, ni por el corazón, sino por el mero churro. Comenzamos a andar como no queriendo. Me gustaba su forma de hablar, llena de palabras chistosas. Su familia no le había hecho justicia con el nombre, pero la naturaleza sí: tenía unas caderas frondosas, piernas suculentas y una encachadura de charamusca que nomás de verla daban ganas de amellarla a puro faje.
Por si fuera poco, era un molinillo en la cama. Exprimía todas mis menudencias y yo quedaba con los ojos chibirizcos. Así que me ingrí rapidísimo. Cuando caí en cuenta, la carrera ya no era lo principal, sino empiernarme a diario con Gertrudis.
Mas en fin, con la noticia del embarazo perdí ganando: perdí, como ya sabrán, el tiempo de terminar la carrera, pero había ganado porque me enteré de que su madre tenía los billetales allá en su pueblo llamado Teipan.
Lo decían las malas lenguas de la facultad y Gertrudis lo confirmaba, pues su bolsa nunca lloraba. Invitaba tacos y refrescos. Pagaba las entradas al cine y hasta por las tareas
que no hacíamos por estar trepados en lo más arriba del guayabo.
Decidí conchabarme porque vi no tan lejos que el sol del dinero me iba a dar bien de frente. Al fin saldría de pelantrín. Al fin dejaría de preocuparme por los fines de mes, por la renta y demás chanderas. La noticia de que iba a ser padre también me animaba, pero lo que más me ponía culeco es que estaba bien güileado con Gertrudis.
Estaba contento. Eso sí lo reconozco. Tanto, que no sentí el larguísimo viaje hasta Teipan a donde llegamos una tarde de junio, entre un calor pa pelar pollos y manojos de zancudos persiguiéndome a todos lados. En el autobús Flecha Roja, que por supuesto ella pagó, me habló de las bondades de su madre, de lo bonito que estaba Teipan y de las oportunidades de negocio que podríamos iniciar. Cuando la carretera pasó por Acapulco, ahí sí me emocioné. El mar se veía un señor mar, azul azul. Me vi en una casa junto a la playa, comiendo cocos a destajo, sin preocuparme por el dinero y culeando a diario con Gertrudis. No iba a ser contador, pero sí iba a contar dinero, orondo me dije.
Más adelante el camino se alejó del mar y no lo vi sino hasta mucho tiempo después. En cuanto llegamos, mis usiones se escurrieron junto con el sudor. Gertrudis no vivía cerca de la playa, porque en Teipan no hay playa, aunque se ubica a pocos minutos. Su mamá estaba a cargo de una enorme y antigua tienda de pescado. Era una vieja casona verde donde compraba y distribuía kilales de toda clase de bichos sacados del océano.
Ya no me vi en la casa junto al mar, pero sí libre de ocupaciones.
Pero pues no pues.
Nomás llegamos a la casa de Gertrudis y el aroma me abofeteó: apestaba a choquío que, después supe, era el olor del pescado y sudor viejo. En cuanto le dimos la noticia a la maldita tepechacala, todo se fue a la jodida.
Yo había preparado un discurso medio romántico, con frases copiadas. En mi periqueta le ofrecía cariño, amor y apoyo a su hija. Le iba a contar de nuestros planes y de los felices que íbamos a ser. Incluso, pensaba decirle la frase que llevarían nuestros anillos de compromiso.
No dejó ni que empezara cuando me dio mi achatón.
Ahorita mismo se me ponen a trabajar. Gertrudis, lleva al joven con los Quiroz pa que le digan lo que va a hacer. Veremos si de veras quieren poner un negocito.
Fue todo lo que dijo con su voz de matraca.
A estas alturas entiendo que de plano fui muy zonzo por haber tomado aquella última frase como un reto para ganarnos su ayuda. Mas así lo sentí ese día. Por eso trabajé como buey de yunta, sin descanso y sin paga, pero con una fe bizca de que lo hacía pa mi futuro.
Aprendí a escamar, filetear, abrir, ralear y trozar. Conocí por nombre y pinta toda clase de peces, moluscos y mariscos. Claro, me espiné un chingo de veces. Me rebané dos dedos y perdí la capacidad de sentir el fuerte aroma de la tienda. Había días en que ni me acordaba de que vivía en la famosa Costa del Pacífico, en el mero trópico.
Gertrudis se veía feliz por estar en casa. Más feliz que de costumbre. Yo no tanto y con el tiempo me puse peor.
Dormíamos en cuartos separados y empecé a echar de menos las subidas al guayabo. Durante el día, el trabajal nos arrastraba desde antes del amanecer. Si acaso nos cruzábamos de rápido en la escalera o en la mesa de la cocina. A veces, cuando ya no me aguantaba y la tomaba de la cintura, la motosierra que aquella maldita tiburona tenía por voz nos ordenaba seguir: “Clientes…”, “Clientes…”. Había noches en que me levantaba con la manga bien tiesa. Entonces salía de mi cuarto y le tocaba la puerta a Gertrudis. Nunca me abrió. Cuando había modo de hablar del tema siempre ponía de pretexto lo del embarazo.
En el tiendón nunca se terminaba el trabajo. Ayudaba a descargar sacos de hielo pa la bodega. Subía cajas de langosta. Contaba cuerpos de pez vela. Pesaba arpillas de almejas. Limpiaba pargos de todo tamaño. Acomodaba salsas, cebolla, chile, jitomate, totopos y toda clase de mercancía pa aderezar esos platillos. Casi todas las marisquerías de la costa se surtían ahí. Con semejante movimiento, las ganancias llegaban de a verguero. La caja registradora siempre se desvarillaba de billetes. Los más grandes iban a las tenazas de la maldita cangreja. No he conocido mente con más capacidad que la suya. No necesitaba computadora, cámaras o cabinas de vigilancia.
Mucho menos un título universitario. Desde su maca deshilachada solo tenía a su alcance el teléfono de línea, una talega donde guardaba los billetes y esa metálica voz que lo mismo ordenaba, reprendía o peleaba hasta el ano checer. Nunca la vi bajarse de la maca. Nunca, ni para ir al baño. Supe, porque vivíamos en la misma casona que tenía su habitación. Pensarán que es chisme, pero no supe a qué hora se cambiaba de ropa, porque como ya dije, parecía que una de las obligaciones del sol era aventarla a
su apestosa maca.
Unas semanas después de haber llegado, mientras me sobaba el lomo bien majado por la descarga de atún y almejas, Gertrudis se me acercó y me salió con que ya no estaba preñada. El dolor de espalda se me subió a la mollera. Contó que, luego de ir con el médico, éste le había informado que lo suyo era un embarazo psicológico.
¿Psico qué?, solté escamado.
Psicológico, que nomás estaba en mi cabeza, formé una bolita de agua y luego se reventó. Lo contó así como si nada.
La noticia me quitó el hambral que me cargaba.
Pero no se compara con lo que vendría.
La maldita lagarta nos puso una enjabonada de aquellas, pa que al final sacara a relucir mi condición de chiclán.
Yo regresé a ver a Gertrudis, pues se suponía que eso era un secreto entre ella y yo. Se lo había contado durante las primeras empiernadas en la facultad. Una mañana en que no fuimos a la escuela y nos anclamos todo el día en su departamento, mientras me daba una chupada, se dio cuenta de que algo allá abajo no estaba completo.
¿Qué te pasó?, preguntó en lo que se limpiaba los labios con la mano.
Así nací.
¿Así? ¿Con un güevo?
Sí.
Le expliqué que, según mi madre, yo era así desde nacencia. Nadie me había cortado nada, ni había sufrido un accidente. Era un chiclán. Así de simple. Fingí cuando le dije que ser chiclán no me impedía ser padre (lo cual, ahora me doy cuenta, fue un error). Le mentí porque sabía que a mi madre el médico le había asegurado que yo jamás tendría hijos. Por eso la noticia de la presunta engendrada, de cierta manera me alegró.
Cuando decidimos viajar a Teipan, ella me había jurado y perjurado que no le diría a nadie el detalle del güevo, lo que se ve a leguas que no cumplió.
No haiga sido porque eres chiclán, dijo la maldita bagra frente a todos. Lo enchumbado de sus ojos le brillaba de más.
O sea que es joto, afirmó Roberta.
No, no es joto, atajó Gertrudis.
¿Entons qué es chiclán, amá?, preguntó Tomasa.
Pues dizque este hijoesiete nomás tiene un güevo y por eso no pudo cargar a la Gertru.
Los Quiroz nomás se rieron y se me quedaron viendo con cara izañosa.
Los cachetes me centellearon y sentí una picazón de vergüenza en la mera joroba.
Claro que puedo preñar, le respingué.
Pues demuéstrelo, cabroncito. Pero vamos a hacer un trato: primero empréñame a la Tomasa y después te largas con la Gertrudis. Además, te ayudaré con tu negocito.
La voz se me fue pal río y tardó en volver. No podía creer que estuviera escuchando semejante pendejada. En cuanto pude hablar, me le puse lioso:
¿Questá loca?
Claro que no. Mira, vamos a hablar como adultos. En dos años, la Tomasa ya no va a poder parir, y como nadie me le quiere hacer el favor, debo asegurarme de que saque un hijo pa que se entretenga. Si no, ¿quién me la va a cuidar ya de vieja?
Pues no acepto, dije con el orgullo chorreando de bilis.
Piénsalo, chiclán. Te conviene.
A la hora de la comida, Gertrudis habló de la propuesta. Me lo dijo con esa cara chiqueona que ponía para calentarme.
Inténtalo. Si pegas tu resina, mi amá nos ayudará a casarnos y así podremos irnos. Además, es mi hermana.
Todo queda en familia.
El principal motivo por el que me negaba a echar pata con Tomasa es que era una mujer fea como ella sola. Bueno, como ella sola no, porque su hermana estaba igual.
En una foto que colgaba en la cocina, se veía a Tomasa y Roberta, todavía niñas, pero ya mostraban lo horribles que serían de adultas. Ambas, supongo, le habían sacado a la maldita garroba, que era una vil chaneca de alma y cuerpo. Además, apestaban a choquío. Como si el olor estuviera barnizado en su piel. Todos en esa tienda olían
igual. Todos menos Gertrudis. Ella era otra cosa. Por eso me resultaba extraño que no hubiese fotos de ella en toda la casa. Quise pensar que por envidia. Poco después supe el porqué.
En un primer momento, no tuve cabeza para pensar en echar una forzada con la Tomasa. Pero en la noche, Gertrudis fue a mi cuarto y después de una cogida de Dios Padre, me convenció pa aceptar la propuesta.
Nomás amaneció, la maldita atuna hizo un sonido solo comparable con un taladro cuya broca sonaba a mi nombre.
Sin más, le dije que aceptaba el trato.
Pues apúrele a pegar su chicle, pues. Que mija no va a estar joven pa siempre.
Pasaron los días y con Gertrudis planeamos una manera de cumplir con nuestra parte. Gertrudis iba a mi cuarto, me llevaba una docena de ostiones, luego me calentaba y ya con el fierro berrenque, me pasaba al cuarto de la Tomasa, donde vaciaba mi resina entre sacudimientos enerviados. Había noches que regresaba al cuarto y
Gertrudis me volvía a poner a tono y allá iba otra vez al cuarto de la hermana.
Desde fuera, la vida en aquella casona verde transcurría como si nada. Trabajaba mucho y cogía aún más, aunque no con quien yo quería. Una extraña depresión nació en mí. Una que me unía a esos cuches verracos que van de chiquero en chiquero preñando hembras. Mi función en aquella casa no era ayudar sino, simplemente, engendrar descendencia. Pegar mi resina. Hasta sentí que la mirada de los Quiroz eran una carcajada que solo yo podía oír.
El calor y la cogedera me pusieron más pilinque de lo que ya era. Sí, me daban mi caldito de cuatete, mi ceviche de cucaracha o mi bolillo con relleno, pero coger es coger. Te chupa la vida. El embarazo no llegaba y de pronto las palabras de mi madre empezaron a cascabelear en mi mente. ¿Y si de verdad era estéril? ¿Y si por ser chiclán no podía ser padre? Unas semanas después, la maldita ostiona me llamó a la maca y ordenó a los Quiroz que me bajaran el chor. Cuando quise reaccionar, ya me tenían pescuezado y con los calzones abajo.
Acérquenlo pa acá. Sacó un bote de pomada, me embadurnó el pito y mi único testículo. Ora sí vas a preñar, chiclán.
Todo ocurrió tan rápido que, cuando quise protestar, ya tenía todo el badajo lleno de mengambrea. Me fui a enjuagar al baño, pero como cosa de brujería, de la nada
me puse bien jarioso. Pasé toda la tarde y parte de la noche vaciando resina.
No sé cómo ocurrió, pero Tomasa no tardó mucho en quedar preñada. Se lo informó a la maldita agujona y ésta me llamó a la maca.
El trato está hecho, ahora sí dime cómo quieres que te ayude.
Le contesté que lo iba a pensar junto con mi mujer.
El detalle es que desde ese día no volví a ver a Gertrudis.
Aunque la maldita cocodrila me explicó todo, yo no le quise creer y salí a las calles pa preguntar por ella. Paladié los negocios vecinos, pregunté a los aguafresqueros, a las relleneras del mercado y a las vendedoras de pan. Pero nadie supo de quién hablaba. Me pareció absurdo que no supieran nada de Gertrudis. Ni la conocían. En cambio, de mí sabían hasta de más, no solo que era chiclán, sino que era el marido de Tomasa.
Ah, así que tú eres el chiclán, me dijo un bajador de cocos, mientras se echaba su vaso de tuba. ¿A poco nomás tienes un güevo, men?
Por más que les expliqué que yo buscaba a la hija menor, todos respondían lo mismo: Tas bien zonzo. Tu suegra nomás tiene dos guachas.
Derrotabatido volví a la casona. Jalé una silla y me senté. Todos habían subido a comer. La maldita curvina volvió a explicarme y solo después de eso me di cuenta de que todo había sido un vil chunde.
A poco de verdad creíste que la Gertrudis era mi hi ja. ¿Qué no ves? Nosotras somos feas. Con dinero, pero feas. Por eso nadie de aquí se le pegó a mi Tomasa ni a mi Roberta. Si no hacía algo, se me iban a quedar cotorronas. Así que contraté a una mujer pa que me trajera un hombre. Alguien de muy lejos, que no supiera de
nosotras y que me diera un nieto. Hecho el trabajo, ella se retiró. Así fue el trato. Si te enculaste, pues ni modo, porque ella no. Según me dijo, con la paga se iría a Estados Unidos. Ya estaba amarchantada con un novio, pero eso ya no es asunto mío. Ahora que sé que me llegará un nieto te diré mi oferta. Si quieres, quédate. No serás el dueño, pero tampoco te faltará dinero. Si te vas, cumpliré mi palabra y te ayudaré a poner tu negocio. Nunca te pediremos nada.
Sentí que se me abría un caño de la cabeza hasta el pecho. Un caño por donde se iba Gertrudis. Un caño por donde escurría una mala resina. Un caño por donde también bajaba el recuerdo de mi padre. Pensé en volver a la facultad y terminar la carrera. Si lo hacía, mi hijo crecería sin padre. Como yo. Quedarme en Teipan implicaba que nunca sería contador y tendría sobre mí la burla de esa maldita robala para el resto de mi vida. No lo pensé mucho, tomé la daga filetera y la degollé ahí mismo, en su maca mugrienta. Ya acurruñada, la destacé en nueve partes, las envolví en la maca y amarré todo con el cable del teléfono. Llevé el envoltorio a la bodega.
Abrí uno de los tambos a medio llenar, la metí dentro junto cabezas de pescado, tripas y carcajes. El camión de la basura se encargó del resto.
Nadie preguntó por ella, ni sus hijas, ni los Quiroz.
Ni ese día ni los que vinieron después. Ni siquiera cuando puse una nueva maca en la trastienda.
Como ya saben, me anclé en Teipan. Algunos me conocen como el Chiclán. De vez en cuando echo pata con la Tomasa. Sigue sin gustarme, pero es mejor a que se me haga cuajada. Ya no arreglo pescado. Ahora estoy en el mostrador, cobro a los clientes y los domingos tengo el día libre. El dinero no me falta, ni el título de contador.
A ratos me da por subirme a la maca de la trastienda. Entonces me acuerdo de Gertrudis, de mi Gertrudis. De lo que hicimos y lo que no. Cuando eso ocurre, el “Clientes… Clientes…” de la maldita mantarraya parece que resuena desde la bodega
Este fragmento pertenece al libro Mala resina, publicado pr Editorial Universitaria UANL. El libro se puede encontrar AQUÍ
Paul Medrano. Ciudad Victoria, Tamaulipas (1977). Narrador, profesor y periodista. Ha publicado Dos Caminos(UNAM, 2009), Flor de Capomo (Tierra Adentro, 2010), Noches de yerba (Tarántula Dormida, 2011), Deudas de fuego(ITCA/Cona-culta, 2013), Vicio final (Secultura/Pra-xis,2015), Balada de Testaferro (Secultu-ra/Marvin, 2016), Nieve de mango (Praxis, 2017) y El Acapulco punk, (UANL, 2020). Vive en Zihuatanejo con su esposa y sus dos hijos.Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2024.
Los diez cuentos que reúne este libro ofrecen una visión panorámica de la propuesta narrativa de Paul Medrano, quien aborda preocupaciones atemporales como el deseo sexual insatisfecho, el pálpito tristón de los corazones rotos y el desencanto, además de algunos pruritos teológicos; pero destaco en especial la paciencia, el oficio y el conocimiento de Medrano para lograr que el lenguaje de una región proyecte algo significativo, un más allá de lo rítmico y lo fonético del habla coloquial que gravita en torno a las costas de Guerrero. Aquí hay una visión del mundo articulada con personajes tropicales cuya debilidad radica en la propensión a la mala suerte, la mala resina y la mala leche, hombres y mujeres que se apoyan en la malicia para salir avantes de los empeños extraordinarios de la vida meridional en el sur de México.
Federico Vite.
©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor
Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.
Posted: July 24, 2025 at 7:56 pm







