Morel y compañía
Julio González
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Si no te hubieras ido, sería tan feliz
—Marco Antonio Solís
Cada tanto se recrean en mi cabeza un par de escenas. En todas ellas estoy frente a alguien (una persona precisa), y de mi boca salen palabras de una elocuencia total, sin titubeos. Son frases practicadas hasta el cansancio, y que por arte de magia seducen o encantan, me garantizan el perdón, impiden su partida –la de ella. Son palabras que alteran la realidad, que tienen un efecto inmediato. Esas escenas son eventos del pasado, o casi.
Escojo entre trozos selectos de la memoria, cosas que pasaron, pero de otro modo. Es el mecanismo básico que opera detrás del “si yo hubiera…”, una fantasía común que todos hemos tenido: pensar que, de no haber tomado una decisión, de pronunciar ciertas palabras en el momento justo, de adelantar o retrasar una cita, todo habría sido distinto. Es lo que nos habría ahorrado un bochorno, un conflicto, decir sí cuando queríamos decir no, perder o retener a alguien. El hubiera es el reino de la vida no vivida.
El hubiera es la imaginación en marcha. Y basta una creatividad mínima, alterar solo ciertos detalles, porque el escenario y los actores son los mismos; lo que cambian son algunas líneas, las acotaciones en el guion. El hubiera es solo un síntoma de un asunto mayor. Es parte del arrepentimiento, de la zozobra que implica saber que no hay ensayos previos a la obra: la vida es el gran ensayo.
Hay en el hubiera dos tiempos contenidos. Es pasado y futuro, o mejor: es el futuro probable de un pasado que no fue. Es un hipotético imperfecto, imposible, carente de asideros en la realidad. Por eso nos satisface jugar imaginando, porque, aunque sea de manera efímera nos hace sentir dioses de un mundo que en el día a día suele estar en perpetuo caos. Ahí, en el hubiera, las cosas son como queremos, es la delicia del neurótico.
Una de las posibilidades del hubiera está Morel en aquella novelita de Adolfo Bioy Casares: La invención de Morel. La trama es sencilla, de una arquitectura sin grietas (acaso por eso Borges la calificó con ese adjetivo improbable: “perfecta”). Un fugitivo se encuentra en una isla en apariencia deshabitada. Al poco tiempo se da cuenta de que hay unos visitantes reunidos, vacacionando. Los días pasan hasta que el miedo, el hambre, la curiosidad lo llevan a la audacia de establecer contacto, en particular con una mujer de la que queda prendado: Faustine. Ni ella ni el resto de los convidados parecen prestarle atención. La razón se torna evidente al poco tiempo: no hay nadie en la isla. Lo que se ve son sombras, proyecciones del pasado, películas andantes.
Morel le ha dado vida eterna a sus invitados por medio de una máquina que los grabó para proyectarlos hacia la eternidad, fosilizando un trozo de su vida. La desolación es clara. ¿Y si el fugitivo hubiese estado ahí?, ¿si Faustine lo hubiese conocido?, ¿habría sido distinto? Agobiado y enloquecido, encuentra una forma de vencer al pasado, de lanzarse hacia el futuro: logra que la máquina lo grabe como si él hubiese estado ahí, como si los enamorados fuesen Faustine y él.
Esa imposibilidad de aceptar el mundo –con sus ominosas derrotas, sus palos de ciego– es lo que lleva a tantos a la ficción, a la posibilidad de crear, de hacer y torcer destinos, de equilibrar lo que es de suyo injusto por azaroso, por contingente. Es humano: lo hacemos en el día a día imaginando futuros, recreando conversaciones del pasado, soñando una y otra vez con viejos rostros. Es como el final de Annie Hall: después de terminar, Alvy Singer escribe una obra de teatro basada en su relación con Annie. En el final de su obra ellos se reconcilian y vuelven juntos a Nueva York. Apenado, viendo a la cámara, nos dice: “¿Qué querían? Era mi primera obra. Siempre quieres que las cosas salgan perfectas en el arte, porque en la vida es complicado”.
Pero tanto la máquina de Morel como las obras de arte son una extensión de la fantasía. No alteran el pasado ni permiten que dos vidas se encuentren: superponen fantasmas. Son un consuelo frágil, algo ridículo. Basta que la realidad se asome un poco para pinchar el globo, para traernos de vuelta aquí: donde no está Faustine, ni Annie Hall, ni nadie más, donde estoy a bordo de un taxi en el que suena el eco de Marco Antonio Solís cantando: “si no te hubieras ido, sería tan feliz”. Y solo queda suspirar y olvidar todos los hubieras.

Julio González. Ha escrito en Laberinto, Letras Libres y Nexos. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo literario.
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Posted: July 29, 2026 at 11:51 pm







