Ratas de Nueva york
Lydiette Carrión
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El pasado 11 de febrero un encabezado recorrió los titulares de diarios neoyorkinos: “¿Una probable ventaja del amargo invierno neoyorkino?”. Una nota con tono de esperanza para los 8 millones de habitantes de la gran manzana. Diarios como el New York Times retomaban declaraciones de expertos: este frío (un frío inusual como todas las recientes crisis climáticas de los últimos 5 años en el mundo) podría ayudar. Quizá mataría a las ratas, una plaga que ha asolado aquella ciudad desde su fundación pero que se ha agudizado –también– en años recientes, dicen, por la basura, y en los veranos, por el calor.
La Gran manzana. La estatua de la libertad, los restaurantes sofisticadísimos, los abrigos de pieles y tacones kilométricos, la vida nocturna, las alfombras rojas, la meca de la moda, el diseño y el arte, los museos que sirven de pasarela para estrellas de cine y colecciones privadas de obras de arte rapiñadas alrededor del mundo. El hogar de unos 3 millones de migrantes de primera generación, entre 8 millones de personas. La hoguera de las vanidades.
Oro.
Basura.
–¿Por qué no arreglan esto de las ratas? Tienen tanto dinero y no lo arreglan.
Así me escribía un amigo en 2024. Originario de un pueblito del Estado de México, los azares de la vida primero lo habían llevado a habitar la ciudad de México (cuya plaga más persistente es la de cucarachas), y luego a Nueva York, a un cargo administrativo del gobierno mexicano, donde toma el subway todas las mañanas y noches. Al llegar le impresionaban por igual la eficiencia del transporte colectivo, la grandiosidad de los rascacielos y las ratas de la ciudad, que correteaban impertinentes por los pasillos del metro, por los hermosos prados en Central Park, los callejones principales detrás de restaurantes cinco estrellas michelín.
Nueva York es de facto la capital del mundo (o lo era, hasta enero de 2025). Hay tantísimo dinero en la ciudad, pero “no arreglan” el problema de las ratas.
Es marzo de 2026 y camino en las calles de Nueva York. Manhattan se parece de alguna forma al primer cuadro de la Ciudad de México, por lo hacinado de sus calles. Por tantísima gente caminando, con prisa y la hipervigilancia de algunos rostros. También por la mugre en la infraestructura pública, aunque, hay que decirlo, es diferente. Me atrevería a decir que el Centro histórico de la Ciudad de México es más limpio. Se ensucia todos los días de manera horripilante, pero cada mañana al menos hay quien echa un cubo de agua jabonosa y talla con la escoba. En cambio, en el subway de Nueva York, hay algo en las escaleras y las columnas de hierro que sugieren que nadie les ha pasado un trapo o jerga en varias décadas. Pareciera que sobre las vigas, escalones, paredes, cada año engrosa una cubierta de cochambre. “¿Por qué no arreglan eso?”. A nadie parece molestar que ese sarro sea parte visible de la escenografía. Casi casi tiene cierto encanto. Los turistas continúan caminando y tomándose fotos, muy alebrestados. Nueva York sigue siendo la ciudad de Estados Unidos más visitada, al menos a nivel doméstico –aunque parece que a nivel internacional ha declinado, si comparamos los datos Euromonitor entre 2024 y 2025, y quizá debido a las políticas de la actual administración–. Quizá la mugre le da un toque chic, de majestuosa decadencia. Como lo dan los grafitis, los stickers de pandillas y marcas. Además al menos ahora no hay ratas visibles. Apenas hace dos semanas hubo una terrible nevada. De ahí la noticia esperanzadora de la disminución de ratas.
Hemos salido del subway y caminamos al Times Square, uno de los sitios favoritos de los turistas. Les gusta mucho tomarse fotos en esa esquina hiperiluminada y atiborrada de pantallas del tamaño de edificios, con marcas de ropa, marcas de servicios de internet, marcas de maquillaje. Muchas marcas y luces que simulan el día durante lo más negro de la noche. La práctica es pagar unos dólares dólares en un puesto para que te tomen un video en 360 grados al ritmo de Empire State of Mind mientras bailas o gritas o sonríes o te besas, las luces de las megapantallas girando, una experiencia (SIC) que se parece mucho a la euforia, a sentirse en la cima del mundo,
Cima del mundo
Nueva York
Nuevayol
Nezayork
Un acelerón, y luego subir el video a redes sociales… y otro rush, muchos corazoncitos, likes, deseos, hasta quizá solo quizá, hasta yo me la crea.
A unos metros del puesto de videos 360 grados, una mujer está sentada sobre la banqueta, lleva sus pertenencias, la carita ajada está sucia, la ropa desgastada, se calienta las piernas desnudas sobre una alcantarilla de la que sale una columna de vapor.
Hace un año la Big apple celebró su cumpleaños número 400. Fundada en 1625 por hugonotes franceses traídos por compañías holandesas, junto con hombres, mujeres y niños esclavizados de África. Para finales del siglo XIX, este puerto de entrada de migrantes voluntarios y forzados crecía hacia arriba, su población se hacinaba. Era necesario dar energía: calor y electricidad a la ciudad. New York Gas Light Company inició en 1823, proveyendo de electricidad, gas y vapor (luego cambiaría su nombre a Con Edson). Este vapor hasta la fecha calienta y enfría esos enormes edificios (enormes, a lo largo y ancho, tan grandes como la sede de la ONU, o el Empire State) por medio de unas 130 millas subterráneas de tuberías por debajo de las calles, subiendo la temperatura no sólo de las enormes moles de rascacielos, sino abajo, en el alcantarillado, entre los túneles subterráneos de estaciones cerradas, en las antiguas catacumbas (toda vieja ciudad tiene al menos un par de ellas), en esos lugares sagrados y oscuros donde a veces habitan personas, sus perros, sus gatos, donde por lo general las ratas se guardan del frío y la heladas. A veces la prensa reporta una explosión de gas, y restos y la tapa de alcantirallo vuelan por los cielos. A veces mueren personas. A veces esto se parece mucho al tercer mundo.
Las ratas no van a disminuir.
***
Hace muchos muchos años entrevisté en México a Antemio Maya. Él fundó Properro, una de las primeras organizaciones humanitaria de ayuda a los perros callejeros. Maya incluso se ganó un premio por su labor de rescatar lomitos en los barrios de la ciudad a inicios de los 2000. Extrañamente, como ocurre con todos los personajes interesantes, tenía una dualidad: por un lado rescataba perros y gatos callejeros, pero su trabajo remunerado consistía en ser exterminador de plagas: cucarachas, ratas, chinches. Salvaba y mataba. El me explicó que las cucarachas enormes propias del trópico que vemos en Ciudad de México durante el verano (a 2000 metros de altitud) en realidad se encuentran en la ciudad todo el tiempo, sólo que en lo subterráneo, en las alcantarillas. Abajo, la materia en descomposición de la basura y los rastros de aguas negras generan un calor y humedad similares a las del trópico. Y ahí proliferan durante los meses fríos. Lo que cambia en mayo, junio, agosto en CDMX es que las cucarachas invaden otras áreas de la ciudad, aquellas que sí podemos ver, porque las condiciones de arriba se vuelven similares a las de abajo.
Me pregunto si así pasará con las ratas de Nueva York, si estarán más activas, claro en el verano, pero que no importa realmente un invierno crudo, ya que Nueva York no es sólo lo que está arriba, sino –y quizá más importante aún para entender esa ciudad– lio que pasa abajo.
Hace un año fue contratada la primera Zarina de la Basura, luego, tras haber en efecto disminuido un poco la población de ratas, se fue. Antes de que empezara el invierno ya pedían al nuevo Alcalde de Nueva York (el primer inmigrante musulmán laico y declarado socialista) que designara a un nuevo zar. Me pregunto si las ratas pueden realmente disminuir en Nueva York o si esto es imposible, dado un sistema de vapor que viene desde el siglo XIX, envejecido, con fugas, calor y agua y asbestos. Aunque tal vez no vemos ratas porque se está hundiendo el barco y no nos hemos dado cuenta.
Foto de Amanda Marie en Unsplash
Lydiette Carrión es periodista y escritora independiente. Autora de Feminicidio Mítico. Del crimen al producto cultural: imágenes, narrativas, moda y consumo de la violenciay (Debate, 2025) y La Fosa de Agua(Debate, 2018). Entre sus reconocimientos están el Premio Gabo 2019 (Colaborativo) en la categoría de Innovación por “Mujeres en la vitrina” y el Premio Género y Justicia (SCJN, 2012). Fue candidata al Premio de Derechos Humanos Sergio Méndez Arceo 2019. Actualmente estudia el Doctorado de Escritura Creativa de la Universidad de Houston. Su X: @lydicar
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Posted: March 20, 2026 at 7:02 am







