Tejer es unir
Mónica Nepote
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El primer gesto es conjurar, llamar a las que ya no están, hacerlas presentes a través de la huella que dejaron, a través de los sonidos de aquellos objetos a los que estuvieron unidas.
Buscar el silencio, si es que este es posible. Porque en todo silencio siempre hay sonido: la respiración, el palpitar del corazón, el carraspeo de quien siente una breve ansiedad ante esa disminución del murmullo.
Viene de atrás, muy atrás. No habita sólo el oído, no se repliega en esa forma laberíntica. Está en otra zona de la geografía corporal, el cerebro, desde luego pero en otro lugar, pegado a los huesos, entretejida con la fascia en los músculos. De algún punto donde se esparce toda fantasmagoría, porque ahí habita eso que me acompaña, aquello que me sostuvo o lo que me obsesiona.
El sonido del teclado, golpes contundentes, casi puedo notar como unas teclas reciben menos fuerza que otra aunque, el ring de la barra espaciador, sigue el ritmo. Olympia, era la máquina. No sé cómo llegó. Siempre estuvo.
Quien teclea es mi madre, el gesto de su cuello estirado, no mira el teclado, pone atención en lo que lee, todas sabemos que escribe de manera impoluta, ella, la máquina y yo. Termina, da vuelta al rodillo y coloca la hoja que escribía.
¿Cuando ha terminado el proceso de escritura?, ¿debo decir transcripción? ¿Qué es escribir?
Las hojas tamaño carta. El texto habita posicionado hacia el margen superior, es una pequeña prosa, algo dice de las sombras de unas manos. De manera que esto es un poema, y ella lo ha transcrito. El original, la traducción. De manera que eso que es un poema ha sido transcrito por ella.
Fue así como aprendí que escribir era más que hacer nacer un texto nuevo. Escribir era pasar por el cuerpo el lenguaje, fuera o no, nacido de tu propio puño y letra. Escribir era también transcribir, simular. Lo que Angelina hacía era pasar en limpio unos poemas de alguna autor/a cuyo nombre se ha borrado. Lo que queda es su gesto y ese aprendizaje propio de cómo un texto puede viajar entre los cuerpos. Vagamente recuerdo unas sombras, un cisne (vaya símbolo). Como un viejo teatro o primer hechizo cinematográfico, la escritura se me aparece como ese efecto que describe el poema: unas manos hacen una sombra, un animal en la página.
Algo hay en la forma de colocar el cuerpo, una herencia, un vaivén. Mis yemas en el teclado emiten un sonido muy distinto pero el gesto, nuestro gesto nos une. Esto es escribir.
Aquí estoy ahora, trato de entender la fuerza. Las manos hacen su propia coreografía, las miro mientras se desplazan en un gesto ritual que busca sumarse a ese coro de cuerpos erguidos que escuchan, escriben, transcriben.
Hace un año, durante el proceso de ensamblaje de los poemas que conforman Las Trabajadoras escribí: “quiero emular el gesto de mi madre y sus colegas mecanógrafas”. Pero mi archivo se amplía y transmedia, cambia de materiales y gestos.
Vuelvo al hilo y lo que dulcemente se ensarta, cuenta tras cuenta, pongo a circular estas palabras de agradecimiento: a las instancias que convocan el Premio Xavier Villaurrutia. Al Instituto Nacional de Bellas Artes, y su directora general, Alejandra de la Paz. A la Sociedad Alfonsina y su presidente Felipe Garrido, por apoyar el trabajo de las personas quienes por vocación y necedad nos dedicamos a la escritura. A las personas que han hecho posible este momento: Nadia López García y todo su generoso equipo, por la calidez, su atención, su sensibilidad.
A la generosa lectura de quienes formaron parte del jurado, las escritoras Carmen Villoro, Verónica Gerber y el escritor Jorge Von Ziegler, por elegir este libro por mirar en estas páginas la provocación y el homenaje a quienes nos han sostenido.
A Diana del Ángel por su lectura y su complicidad, porque con ella comparto casa y aquí viene un agradecimiento que amplía mi corazón, porque nunca escribimos solas.
A mis Editoras en Heredad, a Rafael Mondragón por crear estos espacios para pensar a través de los libros, por imaginar esta siembra de lluvia que enfrentan tiempos complejos y desoladores. Por sembrar la reflexión y el sueño de sociedades más justas a partir de la escritura y la lectura. Gracias a Regina Olivares con quien hilamos estas páginas, con su delicadeza, atención y complicidad. A Ale, Heb, Laura y Manuel por darme toda la contención, apoyo, seguimiento.
A mi familia, hermanas, sobrinas, sobrinos, a mi hija. Muy especialmente a mi hermana Lilián, por ser el nodo de la memoria familiar, por permitirme leer su texto que subraya esa genealogía-archivo de la que hablaré dentro de unos minutos.
A quienes están aquí presentes, amigos amigas de años, recientes, las nuevas, a quienes se sienten convocados o con curiosidad por asomarse a ver de qué se trata esto.
A las personas que nos tocan sin saberlo, a todas las que pusieron huella en las telas que nos arropan, hicieron costura, tiñeron, unieron piezas. Porque no sabemos claramente lo que les significó vestirnos, pero a quienes quiero agradecer su estar aquí.
Las Trabajadoras es un libro que tiene como punto nodal un archivo familiar. Pero en su origen, este libro nació con un texto de golpe una mañana en el contexto de un 8M.
En su escritura se liberaron varios caminos de un largo periodo de investigación y de trabajo cotidiano que tenía que ver con mi reflexión en torno a las máquinas de escritura, el código, la acción de decodificar, la imagen, el texto y con quienes somos cuando escribimos, con quienes nos escribimos de manera conjunta, cómo las máquinas más allá de los dispositivos que las encarnan, funcionan a través de engranes a veces no del todo visibles.
Ese texto, un ensayo pensé entonces, se escribió prácticamente solo, de golpe. Me hizo ver que todo ese caudal en el que se entremezclaban trabajo de muchas, experimentos, música, ensamblajes, palabras, fórmulas palpitaba un posible libro.
No sé con precisión el momento en el que el archivo familiar apareció ocupando su sitio, será quizá porque el lenguaje siempre toma su lugar filtrándose por nuestra consciencia. Será que el tejido tenía su propia manera de volverse escritura, será que el tejido es en sí, un lenguaje.
Hilo y aguja, fueron la primera tecnología, estoy segura que eso lo dijo Ursula K. Le Guin, porque con hilo y aguja hicimos nuestros primeros vestidos para sobrevivir como especie. Sin pelaje, sin plumas, sin alas, sin garras, hicimos de ese hilo y esa aguja una metáfora de unión y cuidado. No hay grupo humano que no pase por el hilado, el textil, y ese trabajo primordialmente hecho por mujeres es parte de nuestra memoria de todos los tiempos.
En un espacio que compartí con la artista Antonia Alarcón, durante un taller que ambas impartimos, una joven madre y escritora, nos cuestionó “¿por qué las mujeres tenemos que restaurar no lo que no rompimos?”. La pregunta me dejó unos segundos en silencio, hasta escuchar esa máquina que teclea detrás, de algún lugar desconocido en donde también escucho el choque de las agujas.
Porque unir, tejer, es mi herencia. Porque soltar esos hilos es renunciar al lenguaje, a la esperanza, al estar en compañía. En la duda, en el dolor y en el gozo, también. Y eso es la escritura para mí, entreverar, ensartar, cortar, unir, volver a empezar. Nos cubrimos de telas pero también nos cubrimos de textos.
Un libro puede dar cuenta de nuestras obsesiones, pero también de nuestra forma de explicarnos los aconteceres de nuestro tiempo. Me temo que hablar de los libros como cartas abiertas, es una imagen en sí, gastada pero quizá hoy más que nunca necesitamos creer en el lenguaje y su fuerza. No solo porque imaginar mundos es una tabla de salvación y una acción que nos rescata del desánimo, sino porque no podemos sino abrazarnos a partir de mundos que “evaden” la realidad sino que mientras construyen realidades propias, deseables, vivientes.
Diagramas, hilos cruzados, apariciones, entrevistas, grabaciones, lecturas.
Dieron origen a esta reflexión en torno a la máquina, las muchas máquinas, las que nos engullen pero también las que escribimos, como ya dije, o las que buscamos escribir: por resistencia, por negarnos a asumir los mandatos del consumo.
Muchas han sido mis maestras en esta escritura, muchas más allá de lo que había imaginado. Las madres buscadoras desde el dolor y la fuerza, las voces de las colectivas que asumen la alegría porque cuando la maquinaria se impone no se puede más que resistir con la fuerza de los cuerpos vibrantes. Las madres, las hijas, las abuelas, las plantas y sus conocimientos compartidos con nuestras ancestras.
A dónde quiera que miro encuentro lenguaje, a donde quiera que miro encuentro algo que acecha ese lenguaje: extractivismo, instrumentación de los cuerpos, violencias inenarrables, ecocidios, invasiones, aniquilamiento.
Vivimos tiempos complejos, pero ese lenguaje quien une otra vez esas piezas. Cierro con unas palabras de Cecilia Vicuña, una gran tejedora de medios y haceres:
Metáforas en tensión, la palabra y el hilo llevan al mas allá
del hilar y el hablar, a lo que nos une, la fibra inmortal,
Hablar es hilar y el hilo teje al mundo.
*El texto anterior fue pronunciado durante la ceremonia
del Premio Xavier Villaurrutia 2025 en la sala Manuel M. Ponce
del Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México.
Mónica Nepote es escritora, editora y montañista. Ha publicado entre otros títulos Hechos diversos, Una máquina puede ser una casa y Las trabajadoras. Su práctica de escritura cruza formatos y códigos visuales, sonoros, electrónicos y performáticos. Junto con el poeta y editor Yaxkin Melchy publicó Semillas de nuestra tierra: muestra ecopoética mexicana. Fue parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte 2021-2024. Su libro Las trabajadoras obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia en 2025.
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Posted: September 15, 2025 at 9:28 pm







