La epopeya del Kirguistán independiente
Ricardo López Si
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
El paso de escitas —aquellos jinetes excepcionales que saltaron candorosamente tras una liebre en una batalla decisiva frente a los persas, documentada en una crónica de Kapuscinski—, hunos, mongoles y túrquicos moldearon el carácter de una región cubierta, en un 90 por ciento, por las montañas celestiales de Tian-Shan, una cordillera que abarca la zona fronteriza entre China, Kazajistán y Kirguistán y que custodia de la leyenda del leopardo de las nieves.
Cuando la antropóloga noruega Erika Fatland, autora del imprescindible Sovietistán, sugería que Kirguistán era un oasis democrático en medio de una isla autocrática tenía que ver con un hecho fundamental: a diferencia de sus vecinas Kazajistán —cuya transición del eterno Nursultán Nazarbáyev al continuista Kasim-Yomart Tokaev tuvo un efecto escénico más que transformador—, Uzbekistán —que vio eternizarse hasta la muerte a su líder, Islom Karimov— y Turkmenistán —gobernada por Saparmyrat Nyýazow, un megalómano que se autoproclamó como el líder de los turcomanos y que instauró el culto a la personalidad que hoy sostiene el discurso del gobierno autoritario y hereditario de sus sucesores, Gurbanguly y Serdar Berdimuhamedow—, Kirguistán sí ha tenido una pasarela de gobernantes más o menos heterogénea, y hasta cierto punto extravagante, después de la caída de la Unión Soviética en 1991.
La retirada de Askar Akáyev, un académico que renunció a la investidura presidencial después de 15 años para dar paso a la revolución de los tulipanes, en 2005, trajo consigo la gestión del líder opositor Kurmanbek Salíyevich Bakíev, un hombre con altos niveles de popularidad entre la etnia rusa, que si bien representa apenas un 5 por ciento del total de la población, todavía tiene una fuerza política, cultura y social que haría palidecer a cualquier país que se jacte de ser satélite —para muestra los bloques de vivienda soviéticos, la reverencia a Vladimir Lenin en la plaza central de la capital Bishkek, la herencia cosaca y el ruso como segunda lengua oficial—. Se trató, en términos estrictos, de la primera sucesión presidencial en la historia de Asia Central.
Apenas un lustro después de haber tomado el poder, Bakíev fue víctima de su propia incompetencia, lo que le costó el apoyo del entonces presidente de Rusia Dimitri Medvédev, el supuesto reformista que designó Vladimir Putin —que se autodesignó, en paralelo, como Primer Ministro— con el objetivo de evitar ejercer un tercer mandato consecutivo, un aspecto prohibido en la constitución. Una nueva revuelta popular provocó el fin de su mandato, para dar paso al gobierno interino de la diplomática Roza Otunbáyeva, respaldada, a su vez, por la etnia uzbeka perseguida durante la masacre de Osh, en el sur del país. Masacre, dicho sea de paso, de la que apenas se refiere en el norte. El oscuro episodio, según denunció Otunbáyeva, fue un acto concertado por Bakíev, su antecesor, para boicotear su presidencia y el turbulento tránsito que afrontó el país hacia el parlamentarismo, una quimera democrática que duró hasta 2021, cuando se aprobó una nueva constitución que trajo de vuelta el corrompido sistema presidencial.
La dimisión por voluntad propia de Otunbáyeva, en 2011, simbolizó un nuevo hito para Asia Central, aunque no sentó las bases de una real transformación social. Le sucedieron los también socialdemocrátas Almazbek Atambayev y Soornbay Jeenbekov, hasta que, en 2020, irrumpió la derecha nacionalista, encarnada en el hoy presidente Sadyr Kasparov, y la derecha liberal, que tuvo un breve interinato, entre los dos periodos de gestión de Kasparov, en la figura de Talant Mamytov.
Este agitado recuento no pretende ser un inventario de políticos prescindibles, poco memorables y de nombres impronunciables, sino un instrumento para entender las dinámicas sociales de un país en perpetua construcción, con cicatrices interétnicas y que, pese a la caída de la Unión Soviética, a día de de hoy sigue aspirando a ser estable económicamente a través del modelo de importación paralela, el “comercio silencioso” que le ha permitido a Rusia evadir las sanciones internacionales a la hora de importar productos desde terceros países, a partir de la invasión a Ucrania.
Existe cierto consenso en torno a que el mapa social de Kirguistán se divide en dos grandes bloques: el norte seminómada, que incluye el extrarradio de la capital Bishkek y toda la zona fronteriza con Kazajistán, y el suroeste religioso, con la influencia de Uzbekistán en toda la región del valle de Fergana.
Las más grandes expresiones de esa herencia y orgullo nómada tienen que ver con su condición de punto neurálgico de la Ruta de la Seda, la estela del furioso paso del conquistador mongol Gengis Kan, el unificador de todas las tribus nómadas de Asia Central, y el folclore de las aldeas kirguisas encaramadas en las montañas que convirtió al escritor Chinguiz Aitmátov, autor de la novela Yamilia, en embajador internacional.
En esa misma tesitura, hay tres aspectos culturales que atañen a la preservación de la memoria de la estepa infinita: las yurtas, esas cabañas circulares e itinerantes de los pastores nómadas. La cetrería, el arte que ha llevado al hombre a la más profunda y libre alianza con el animal, como tuvo a bien establecer el divulgador y naturalista Félix Rodríguez de la Fuente. Y la epopeya de Manás, el héroe épico que luchó contra los uigures, que inspiró un poema veinte veces más largo que la Odisea de Homero, que da nombre al aeropuerto de Bishkek y que constituye el más grande símbolo nacionalista del país. Hay un pasaje de Yamilia que ilustra perfectamente su influencia social, cuando una serie de madres y esposas, presas de un llanto «dolorosamente sublime», despiden a sus guerreros antes de una batalla: «¡Que os asista la estepa, que os asista el espíritu de Manás, nuestro héroe!».
Reposar en las profundidades de una yurta hecha de madera de sauce y revestida con fieltro y piel de cordero, después de una exigente caminata por un sendero montañoso, o, en su defecto, avistar en la inmensidad de la estepa a un maestro cetrero, con águila al puño al acecho de un chacal, es adscribirse a un acervo compuesto por cien mil años de historias.
El apelativo de «la Suiza de Asia Central» y otros términos que, además de ampulosos, corren el riesgo de ser reduccionistas, tienen la ambición de impulsar el turismo de masas. Aunque eso mismo supone, paradójicamente, distorsionar el verdadero significado de una aventura por Kirguistán: fundirse entre los vestigios de una tradición de origen ancestral.
Ricardo López Si es coautor de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo y el libro de relatos Viaje a la Madre Tierra. Columnista en el diario ContraRéplica y editor de la revista Purgante. Estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona y formó parte de la expedición Tahina-Can Irán 2019. Su twitter es @Ricardo_LoSi
©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.
Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad.
Posted: November 9, 2025 at 10:55 pm







