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Tres apuntes sobre el amor
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Tres apuntes sobre el amor

Edgardo Bermejo Mora

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1. La ruptura

La vida cambia rápido.  La vida cambia en el
Instante. Te sientas a cenar y la vida
que tenías termina.

Joan Didion, El año del pensamiento mágico

La ruptura amorosa es una de las pocas experiencias que revelan, con brutal claridad, la fragilidad de nuestra condición humana. No hay herida más silenciosa ni aprendizaje más decisivo: perder a quien amamos nos obliga a mirarnos sin concesiones, a comprender que el amor –esa tentativa luminosa contra la muerte, como escribió Octavio Paz– también puede volverse un bosque de sombras.

La separación fractura lo que de suyo era esencial, simple y cotidiano. Como el aire que respiramos, el pijama bajo la almohada de la cama, o el sillón de los paseos televisivos al final de la jornada. Nos revela lo que ahora a solas somos, cuando ya no somos uno con el otro.

La ruptura es la suma de todos los infiernos y la expulsión de un sólo paraíso. Es la caída desde una altura que creíamos conquistada, el derrumbe de un territorio íntimo al que revestimos ingenuamente de perpetuidad.

Nada cae tan hondo como una promesa rota: su estrépito es interno, silencioso y devastador. Una ruptura es hecatombe y exilio, migración y extravío, errancia infinita por un nuevo e insospechado continente donde todo se desplaza de sitio continuamente.

La ruptura cabe en un cajón de ropa que no se volverá a usar, se esconde entre   las provisiones de la nevera que ya no se habrán de compartir, o te confronta inclemente en el espejo de todas las mañanas, en el que tendrás que ratificar la naturaleza individual de tu reflejo.

La ruptura entra por un resquicio de la ventana, repta por las paredes, se apropia gradualmente del espacio y se burla de las fotos de pareja que fueron enmarcadas para encapsular a la felicidad, y concederle a la memoria compartida su categoría de patrimonio visual de lo imposible.

Algo tiene de anoréxico la ruptura, y algo también de bulímico: rechazo emocional a los alimentos, pérdida radical del apetito, seguido de rachas de ingesta no menos irracional que anodina.

Igor Caruso describió la separación amorosa como una fenomenología de la muerte: un quiebre que nos arranca no solo del otro, sino de la imagen de nosotros mismos que habíamos construido en el corazón ajeno. Saber que ese tú que se creía amado, en realidad ya no lo es.  No exageraba. El duelo amoroso tiene la textura delirante de aquello que muere sin morir; nos condena a padecer una ausencia que respira, siente, piensa y, acaso, ama. Duele menos la muerte del muerto (lo fatal), que la del muerto con vida (lo contingente).

Denis de Rougemont lo explicó con contundencia: nuestra tradición literaria no ha celebrado el amor feliz, sino el amor desdichado, sacrificial, atravesado por su propia imposibilidad. De Tristán e Isolda a El amor en los tiempos del cólera, pasando por las grandes novelas del siglo XIX, la cultura en Occidente ha entendido que el amor solo se vuelve narración cuando se quiebra.

La pasión intacta, triunfante, no tiene historia: es el infortunio, la fractura, la renuncia, la pérdida, la anunciación de lo imposible, lo que vuelve al amor tópico literario. Lo saben los lectores. Lo sabemos, aún mejor, sus protagonistas en la vida real.

Octavio Paz llamó a este vértigo “la llama doble”: la del amor y el deseo erótico, esa combustión en la que el cuerpo y la imaginación se enlazan y se ponen mutuamente en peligro. En esa doble llama arde también la ruptura, cuando lo que iluminaba de pronto se apaga en un escenario sin sombras. Tiniebla dentro de otra tiniebla.

La herida precede al duelo. El psicoanalista británico  Darian Leader, en La moda negra: duelo, depresión y melancolía (Sexto Piso, 2011) advertía que las pérdidas amorosas no elaboradas se enquistan como melancolía: un sopor psíquico donde la vida sigue, pero uno ya no. El riesgo no es menor. En una época que medicaliza y banaliza cualquier tristeza, la ruptura amorosa aparece como una suerte de dolor sospechoso y autoprovocado, la prolongación insistente y desvirtuada de un bolero o de una balada, algo que debería desaparecer con los días como una fiebre, un resfriado, o una serie de Netflix. La verdad es otra: el duelo por un amor perdido exige tiempo, preguntas, silencios, y una ingeniería lenta de reconstrucción. Nada más ajeno a la prisa que el duelo melancólico.

Julia Kristeva llamó al del duelo amoroso una de las enfermedades del alma, sus síntomas se advierten en la desaparición de los gestos cotidianos, en el mensaje de siempre que ya no llega, en la cena de todas las noches que ya no se cumple. La casa misma se vuelve un cuerpo enfermo, ese espacio entre cuatro paredes “que te dejó en rehenes algunas fechas que te cercan y humillan, algunas horas que no volverán, pero que viven su confusión en la memoria” (La cita es de un verso de José Emilio Pacheco). Si todo esto le es ajeno a la otra parte, es justo decir que la ruptura puede ser, también, un acto desalmado: el asesinato de Eros a manos de Tánatos. (Todo lo que aquí cito se lo debo a la memoria que, oh paradoja, es la misma memoria que en este preciso momento me encierra en su laberinto de espejos, me paraliza, y me derrota).

En ese descenso aparece algo insospechado: la dignidad adolorida. El dolor indescriptible de la ruptura amorosa no es una degradación sino una confirmación cabal de humanidad. No consiste en ocultar ni en negar el dolor, sino en desmenuzarlo con palabras para, una vez nombrado, conjurarlo. Esa contención que acude a las palabras, esta sobriedad memoriosa poblada  de autores, juglares y poetas, es quizá el inicio de la sanación. La constatación de que hubo un mundo antes y que habrá uno después.

Con el paso de los días el duelo deja de ser un mero cataclismo y se vuelve una forma del pensamiento redentor. La tristeza se afana sin remedio, pero también se regala la posibilidad de la reflexión. Es entonces cuando las artes –la poesía, la novela, la música– actúan como una suerte de respiración asistida.

A todo esto, la ruptura es también un acto de humildad: la conciencia de que el otro no nos pertenece y nunca nos perteneció, sólo era tiempo prestado y compartido por mutuo consentimiento. Quizá transitar en el duelo consista en comprender que la pérdida no invalida lo vivido, así como el final de un día no cancela ni niega la luz de la que gozó, y que pudo iluminarnos.

Caruso insistía en que superar una ruptura implica dar muerte a la imagen del ser amado en nosotros. Prefiero una metáfora menos cruel: dejar que esa imagen ausente encuentre un lugar distinto, ya no en el centro, sino en alguna periferia de nuestra vitalidad. El duelo, entonces, no es enterrar al otro, sino reacomodarlo en un nuevo territorio.

El amor más allá del amor no es el de la pareja que se devora a sí misma en el fango de la incomprensión y el reproche. Anida más bien en la que ha sabido restablecer, sin firmarlo, un nuevo pacto. Tal es precisamente el título de un poema del argentino Roberto Juarroz, que me ha rumiado en la cabeza en estos días y lo pesqué en la pecera de mi biblioteca:

Un amor más allá del amor
por encima del rito del vínculo,
más allá del juego siniestro
de la soledad y de la compañía.
Un amor que no necesite regreso,
pero tampoco partida.
Un amor no sometido
a los fogonazos de ir y de volver,
de estar despiertos o dormidos,
de llamar o callar.
Un amor para estar juntos
o para no estarlo
pero también
para todas las posiciones
intermedias.
Un amor como abrir los ojos.

 

2. La complejidad de un organismo vivo

Hace 33 años Alain de Botton, un filósofo de origen suizo formado en el King’s College de Londres, saltó a la fama a sus 24 años como la publicación de un volumen que en su momento resultaba sumamente original e inclasificable: a medio camino entre el ensayo narrativo, el texto filosófico, el artículo de divulgación, la novela, y la autobiografía. Tituló a su obra simplemente Del amor (MacMillan, 1993). Hoy es un clásico moderno que demuestra que la profundidad y la originalidad de los saberes no está reñida con su capacidad para ser compartidos con los demás. Resumo los diez postulados esenciales de la obra:

1. El amor comienza con la idealización del otro. Para De Botton, el enamoramiento nace no menos del conocimiento objetivo del otro que de la proyección en él de nuestras propias aspiraciones y vacíos. Un gesto amable, una sonrisa leve, una coincidencia trivial, se convierten en claves simbólicas para construir una narrativa romántica-erótica que, por lo demás, sólo sobrevivirá si es postulada y sostenida –con sus respectivos matices– por ambas partes. Esta idealización es una especie de fe poética a cuatro manos: elegimos ver al otro no como es sino como queremos que sea… y viceversa. En este primer acto amoroso, más que ver al otro, nos estamos viendo a nosotros mismos reflejados en sus gestos. Hasta aquí no hay nada nuevo bajo el sol, ya muchos otros –de Erich Fromm a Georges Bataille– lo habían postulado.

2. La belleza es subjetiva y está ligada al deseo. La tesis de De Botton sobre la belleza rompe con cualquier ideal de los estándares universales que heredamos de la tradición grecorromana. Encontramos bello aquello que ya hemos elegido amar, no al revés. El deseo actúa como un filtro estético: transforma lo ordinario en sublime, lo imperfecto en entrañable. Así, la belleza no es una cualidad inherente del objeto amado, sino un efecto de la energía afectiva que depositamos sobre él. Este pensamiento desvirtúa por entero al falso monopolio de la belleza física como valor absoluto, así como a todas las narrativas del “amor a primera vista” o al mito del “rayo fulminante”. Cupido alado, sí, pero sin arco ni flechas.

3. El amor romántico es profundamente narrativo. De Botton sugiere que no sólo vivimos el amor, sino que lo contamos para que pueda existir. Desde los primeros encuentros hasta la ruptura, hilvanamos historias que dan sentido a nuestras emociones. El amor moderno, influido por la literatura, la música o el cine, se vive como un guion, es decir, como una trama bajo aparente control, con momentos álgidos, tiernos, obstáculos, revelaciones, giros dramáticos, y desenlaces insospechados. Esta tendencia narrativa, aunque sugerente y ordenadora de los sentimientos, puede también resultar limitante cuando en la vida real los hechos del amor no se ajustan a las historias lineales que queremos –o creemos– vivir, padecer, gozar y entender.

Si la teleología del amor postula un origen idílico, un desarrollo de ensueño, una cumbre colosal, un descenso gradual, un colapso inevitable y un desenlace trágico, la realidad nos demuestra que el amor no se manifiesta ni se despliega así en la práctica. Las tramas y los episodios del amor son más complejos e impredecibles: suben y bajan, terminan, recomienzan, vuelven a colapsar, alcanzan el clímax anhelado sin saber que vendrán otros descalabros, pero también otros clímax –no menos edificantes–, como también otras caídas.

No hay pues un desenlace único y predecible, salvo aquel al que nuestra narrativa moderna del amor se anticipó. En otras palabras, el amor rompe con los esquemas tradicionales de la narrativa teleológica que heredamos de Occidente. Avanza o retrocede, muere, renace, reincide, o se colapsa sin mapa seguro, ni apuntador que lo guíe en el escenario de las emociones. Como casi todo en esta vida, el amor también se muere o renace sin guion preestablecido.

Es el amor, en ese sentido, postmoderno e inenarrable. Porque no hay trama a la que se pueda ceñir por anticipado. Esta es al mismo tiempo su mayor virtud y su principal contradicción: si el amor nace como un relato que aspira a la tersura de lo que se desenvuelve en armonía, lo cierto es que la realidad fractura y diversifica ese relato inicial, hasta hacerlo algo mágica, dolorosa, enmarañada y encantadoramente misterioso. El amor nace de un relato racional y coherente, pero sobrevive, muere, o renace, preso de su irracionalidad.

4. La compatibilidad es un logro, no un punto de partida. Al rechazar la idea de las almas gemelas y la “media naranja”, De Botton plantea que la compatibilidad no se descubre: se construye. Amar a alguien implica atravesar el hechizo hipnótico inicial –arropado en el manto de lo adorable y lo encantador– hasta tocar puerto en los desencantos venideros para, sólo así, ponderar realmente el equilibrio entre las diferencias y las afinidades electivas. Administrar lo incompatible, digerirlo, acaso odiarlo, pero no evitarlo, o mejor aún, en las diferencias reinventarnos. El amor resulta entonces un portento de flexibilidad, la rigidez lo asfixia.

Esta visión desmitifica la espontaneidad romántica y reconoce al amor como el ejercicio cotidiano de un compromiso siempre aterrizado en la arena de la negociación. La buena relación, entonces, no es un retablo de las maravillas: es un arte aprendido, sostenido y justificado por otros actos, pequeños y silenciosos, muchos o pocos, grandilocuentes o elementales, pero felizmente domesticados. El verdadero amor, el más complejo, colinda con lo cotidiano y se emparenta sin remedio con algo en apariencia tan anodino como la simpleza insuperable de la vida doméstica, acaso el único territorio de nuestras más profundas seguridades. La mesa puesta, el lecho compartido, la película por empezar, la conversación íntima antes de dormir, el plan siguiente.

5. El amor revela nuestras vulnerabilidades infantiles. Una de las tesis menos originales de De Botton es que nuestras relaciones amorosas están marcadas por los patrones afectivos aprendidos en la infancia. Amamos –y sufrimos– como lo hicimos con nuestros primeros vínculos. El miedo al abandono, la necesidad de aprobación, la búsqueda de consuelo: todo se reactiva en la pareja. El amor, entonces, no sólo es un lugar de gozo, sino también de reaprendizaje emocional y conexión con nuestro yo remoto. Nada agrega aquí a lo postulado por Freud.

6. El deseo y la rutina son difíciles de conciliar. De Botton aborda aquí una tensión esencial: el deseo se alimenta de la novedad y el misterio, mientras que la vida en pareja se sostiene en la repetición y la familiaridad. Esta contradicción genera conflictos inevitables, especialmente en las relaciones largas. El autor sugiere que la clave no está en sostener el deseo como un fuego perpetuo, sino en comprender sus ciclos, aceptar sus intermitencias y cultivar nuevas formas de admiración y atracción mutuas alrededor del fuego, aun aquellas que admiten reavivar el calor primario en otras hogueras y en otras fantasías.

7. Los malentendidos son inevitables y reveladores. Para De Botton, la comunicación amorosa es un terreno plagado de malentendidos. Estos no son anomalías, sino parte inherente del encuentro entre dos subjetividades distintas. Esperamos que el otro nos intuya o nos lea sin hablar, y nos frustramos cuando eso no ocurre. Aprender a traducirse en silencio mutuamente es uno de los desafíos del amor maduro, que requiere no sólo palabras, sino sensibilidad, intuición, paciencia y, sobre todo, recurrir cuando es necesario a la sabiduría del silencio.

8. El amor no es la ausencia de conflicto, sino su gestión inteligente. El conflicto no es un signo de fracaso amoroso, sino una consecuencia natural de la convivencia entre dos –o más– seres complejos. Lo decisivo no es evitarlo, sino descubrir las maneras de afrontarlo. De Botton señala que las parejas más sólidas no son las que no discuten, sino las que aprenden a dialogar con inteligencia y verdad, sin buscar humillar, imponer o vencer, aspirando en todo caso a algo más simple y acaso más profundo: comprender, tomando como base el oro puro de la mutualidad empática. El amor duradero, nos dice, no lo encontraremos en la armonía constante, sino en la habilidad para afrontar, recomponer y administrar las diferencias. Aún aquellas que parezcan insalvables.

9. La autenticidad amorosa no prescinde de la vulnerabilidad emocional. Mostrarse tal cual se es, sin máscaras o disfraces, es una de las exigencias más difíciles del amor verdadero. Requiere valentía para admitir temores y contradicciones, necedades, y necesidades. Para De Botton, esta exposición de vulnerabilidades no debilita, sino que fortalece el lazo, toda vez que genera un espacio de intimidad real, donde el otro nos ve, nos acepta –o no– en nuestra fragilidad humana.

10. El amor es una habilidad, no solo una emoción. El amor no es sólo un sentimiento repentino que llega de pronto o se pierde al menor descuido. Es, según el autor, una capacidad que se cultiva: requiere empatía, escucha activa, tolerancia a la frustración, capacidad de perdón y, no menos relevante, sentido del humor: Ay de que aquella pareja que no se reirá nunca más del mismo chiste. Esta visión del amor como una habilidad adquirida nos aleja del desplante truculento y postrero del “no supe ni cómo me pasó, pero me pasó”, que suele acompañar –como un mantra hiriente– ese momento no menos humano, no menos certero, que anuncia al fin del amor.

A diferencia de los manuales de autoayuda que prometen el éxito sentimental como si se tratara de una rutina de gimnasio, el filósofo suizo-británico hace tres décadas redefinió al amor como una empresa humana, compleja, inevitable y, en ese sentido, profundamente existencial. En el cruce exacto en el azar y la fatalidad, aparece el amor: de ahí su condición trágica, orgánica y redentora, un organismo vivo en toda su complejidad.

 

3. Después del amor

 

Amar es desear estar cerca, pero también saber estar lejos.

Octavio Paz, La llama doble

Hay un momento que rara vez se describe en los tratados y las cartografías sobre el amor, quizá porque no pertenece ni a la epifanía ni al drama, es decir, ni al júbilo fundacional ni al luto terminal. Es un territorio más bien silencioso, fronterizo, liminar y brumoso, pero decisivo: el día después del amor.

No los días de la ruptura –con su coreografía de palabras pesadas, su arsenal de saetas declarativas, sobrentendidos rotos, emociones descolocadas, desfiguros y pactos fugitivos– sino un día siguiente que se prolonga mucho más que las primeras 24 horas. Ese día larguísimo es un día extraño, uno sin dirección aparente. La tormenta no ha cesado y la claridad se resiste. Cuerpo y mente despiertan en un paisaje emocional sin nombre. Ese día el amor no ha muerto, pero ha sido condenado al destierro. Se ha cruzado, finalmente, la frontera entre lo que fuimos y lo que seremos.

En su reflexión sobre el duelo, Darian Leader afirma que la memoria del cuerpo es tan obstinada que puede seguir buscando a quien ya no está como si se tratara de un objeto extraviado. El cuerpo no entiende de finales, entiende de hábitos. La pérdida amorosa no es sólo la ausencia súbita del otro, sino la interrupción de un ritmo vital. Uno aprende a amar como quien aprende una pieza musical: con repeticiones, variaciones, notas largas, bemoles y silencios calculados. Cuando la relación concluye la melodía queda suspendida en el aire y el cuerpo, testarudo, sigue marcando el mismo compás en un escenario vacío: sin orquesta, ni partitura, ni pista de baile. Es pues el del día siguiente un territorio incierto entre lo que ya no volverá, y lo que aún no llega.

El día después es el tiempo de la disonancia: el cuerpo recuerda lo que la mente sabe que debe olvidar. Nada tan complejo como esa breve guerra civil entre la razón y la emoción. Es precisamente en este intersticio donde se bifurca el camino: uno lleva a la destrucción, el otro a la reconstrucción, pero nadie sabe, hasta vivirlo en carne propia, que ambas rutas se entrecruzan y retuercen para sumirnos en una suerte de extravío temporal. El día después es un laberinto y es, también, una pregunta: ¿Quién soy yo sin el otro que me explicaba y me justificaba en el mundo? Nos enfrentamos entonces sin remedio a una versión de uno mismo que ya habíamos olvidado. La tarea es recuperar el nombre propio, volver a habitar una identidad sin la respiración, ni la impronta, ni la muleta ajena.

Susan Sontag decía que lo que mejor aprendemos del dolor es advertir nuestra capacidad de pasar a través de él. No de evitarlo, no de vencerlo, sino de atravesarlo con una resistencia insospechada. Ese descubrimiento inaugura y pone en marcha al día después.

En el amor compartido –sobre todo cuando es prolongado, profundo, lleno de capas y contradicciones– uno se transforma de forma tan gradual que no percibe que dejó de ser quien era. El día siguiente nos devuelve, lenta y cuidadosamente, a la materia original que alguna vez fuimos. No es una regresión, es una metamorfosis. Lo que queda después del amor es un nuevo conocimiento del mundo y de uno mismo. Si la ruptura no es sólo pérdida, sino una variación profunda en nuestra relación con la vida, el tiempo después del amor aparece entonces como el intento por comprender lo que en su momento solo podía vivirse, no pensarse.

Igor Caruso decía que el amor sólo termina de revelarse cuando se pierde, porque es en la pérdida donde se hace visible todo lo que de él dábamos por descontado. Si el amor, al desplegarse en sus inicios, nos deslumbra; en su colapso nos ilumina con otras luces.

Solemos pensar en el amor en términos de éxito o fracaso, continuidad o ruptura, plenitud o catástrofe. Nuestra cultura está obsesionada con el clímax amoroso o con la derrota del amor, pero casi nunca con lo que ocurre al filo de uno de estos dos extremos: ese territorio gris donde toca matar a lo que aún está vivo, y al mismo tiempo resucitar de una experiencia que se parece a la muerte.  Por ello, todo final amoroso tiene un eco que dura más que el final mismo.

El día después del amor no es una victoria. Tampoco es un renacimiento. Es, más bien, un acuerdo silencioso con uno mismo: seguir caminando, seguir respirando, incluso cuando el aire duela.

Así lo escribió Luis Cardoza y Aragón en un verso memorable: “Me duele el aire / me oprimen tus manos absolutas, / […] yo sé que, si es triste todo olvido, / más triste es aún todo recuerdo, / y más triste aún toda esperanza”.

Hay dolores que no piden explicación, sólo tiempo. Hay duelos que no piden fuerza, sólo paciencia. El día después es una casa en ruinas donde uno aprende a moverse sin derrumbar lo que aún resiste.

Aceptar que el amor terminó no es dejar de amar. Es una asunción ética que nada a contracorriente del instinto y la emoción. El amor no muere el día que se decreta su término: se extingue el día en que dejamos de pelear contra su fantasma. Aceptar no es olvidar, aceptar es reordenar. La aceptación no es pasividad, sino una forma alternativa de mirar el mundo, sin exigirle ya que sea distinto.

La aceptación es uno de los actos de inteligencia emocional más profundos y a la vez más dolorosos que nos toca ejecutar después del amor. No es resignación, no es derrota, es transformación pura y dura. El amor se va, pero no se lleva todo. Deja un sedimento emocional, una ética y una estética afectiva y, sobre todo, una memoria que nos promete –nos jura– que algún día dejará de lastimarnos, hasta reivindicar todo aquello reivindicable.

Después del amor lo que quedará no es el hecho vivido, sino la versión posterior que haremos de él, por eso Pascal Quignard afirmaba: “lo que amamos no es jamás como era, es como lo recordamos”.

Después del amor queda la certeza de que amamos y fuimos amados, y queda, por encima de todo lo demás, una verdad sencilla y luminosa: se trata de sobrevivir a lo que amamos, sin olvidar lo que aprendimos al perderlo.

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela  Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98),del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste  Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las Embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. Su Twitter es: @edgardobermejo

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Posted: December 17, 2025 at 10:28 pm

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