Interview
El libro, la esperanza y la América de Trump

El libro, la esperanza y la América de Trump

Socorro Venegas

Con la colaboración de Eréndira Guzmán Salas

Sabemos ya que el libro digital no ha significado la muerte del libro en papel. Pero hace muy poco tiempo, esto no era seguro. Hace diez años, en la poderosa Feria del Libro de Fráncfort, se vaticinaba la extinción del soporte físico. El diario El país tiene un muy completo reportaje sobre esto.

Cuando conocí al escritor y gran amante de la lectura y del libro Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), en septiembre de 2011, vivíamos aún en el lapso marcado por Fráncfort para la extinción del libro en papel. Aparentemente estaba ocurriendo. En esa época yo trabajaba en Conaculta, y en el marco del Primer Simposio del Libro Electrónico que organicé Manguel emprendió, en su conferencia magistral, una encendida defensa del futuro de los lectores. La experiencia de lectura en papel no podía ser reemplazada por la digital: era esencialmente lo que decía y, antes de él, en el mismo foro, esa fue también la postura del entrañable Federico Álvarez Arregui. Ha pasado agua bajo los puentes. Durante los dos últimos años Alberto Manguel dirigió la Biblioteca Nacional de Argentina, una posición que ocupara su maestro, Jorge Luis Borges, y que Manguel dejó recientemente por motivos de salud.

En septiembre de este año coincidí con él, durante su visita a la Ciudad de México invitado por la UNAM. Recordamos aquel primer encuentro y no pude evitar preguntarle si se había transformado su mirada en torno al soporte digital del libro.

AM: Vamos a ver, la experiencia más importante para mí en el ámbito de la lectura, después de mi experiencia personal como lector desde la edad de tres años, fue ser director de la Biblioteca Nacional de la Argentina. Como director de la Biblioteca Nacional, la biblioteca pública por excelencia, ningún soporte del libro puede ignorarse, sobre todo el soporte electrónico que permite el acceso a material que los lectores quieren ver, usar, sin tener la posibilidad de un acceso físico. Entonces, como director de la Biblioteca, fui un defensor muy fuerte de la tecnología electrónica para promover la lectura, es decir, tratamos de conseguir presupuestos importantes para digitalizar lo más posible y brindar ese acceso. Ahora bien, como lector privado, yo no leo electrónicamente, primero por una razón supersticiosa o fetichista, que es mi amor por el libro físico. No tengo ninguna defensa más que esa, la del gusto personal. Pero también por una costumbre mecánica. Nuestro acceso a cualquier tecnología implica un aprendizaje de esa tecnología, de sus usos, de sus vocabularios, de sus influencias, y yo no me he ocupado de aprender eso, esas características de la tecnología electrónica. Ahora bien, como director era muy consciente de ciertos peligros que tenía el uso de la tecnología electrónica, pero también del uso de cualquier tecnología, y aquí voy a generalizar. Desde nuestros comienzos como seres humanos, hemos inventado instrumentos para facilitar nuestras tareas de sobrevivencia. Empezamos a desarrollar la imaginación para poder tener experiencias sin tener la experiencia física, eso nos llevó a crear historias para poner esas experiencias imaginadas en un contexto narrativo que permite a nuestro cerebro usar su función de causalidad, es decir, que el hecho de que Caperucita sale de su casa es necesario para el encuentro con el lobo y también su desobediencia, y también su resolución. Entonces, nuestro cerebro adaptado a esa función imaginativa tiene como estructuras básicas, y desafortunadamente muy sólidas, ciertas concepciones temporales y espaciales que hacen que todo tenga que plegarse al antes y después, a derecha e izquierda, arriba y abajo, y a una concepción pitagórica binaria del universo. Todo eso son nuestros instrumentos, pero también nuestros límites. Desarrollamos la función de la memoria en cuanto a la visualización de esos instrumentos, el instrumento de la escritura, y también construimos métodos, estrategias, para usar esas nuevas tecnologías de la mejor forma posible. Empezamos también a ser conscientes desde muy temprano de cómo la tecnología, el instrumento, afecta lo que queremos comunicar. Es decir, una historia imaginada; vuelvo a esta cuestión de la experiencia, se manifiesta de manera diferente si la contamos que si la escribimos; se manifiesta de manera diferente si la escribimos en una tablilla de barro o en una gran estela de piedra. Vamos a ese ejemplo muy primario. En las tablillas mesopotámicas, cuando se escribía un texto, ese texto estaba limitado por el tamaño de la tabilla que cabía en una mano, entonces era como tener párrafos de un texto. Los párrafos se colocaban dentro de una caja que sería el capítulo o el volumen. Eso se podía visualizar muy fácilmente: uno miraba esa caja, tenía muchas tablillas, tenía pocas tablillas, y también inmediatamente tenía consciencia de que las unidades narrativas estaban determinadas por el tamaño de la tablilla. Esto, después, se extiende a textos muy conocidos: los cantos de La Odisea o de La Ilíada están determinados, se supone, por lo que cabía en un rollo, entonces si se llegaba al final del rollo se tenía que terminar el canto. Muy bien. Pero volviendo a esto, las tablillas: si el texto se grababa en una estela, gran estela de piedra, el texto parecía como un conjunto no dividido ya en párrafos y adquiría una importancia simbólica, simplemente por el tamaño, porque ver una gran estela de piedra no es lo mismo que ver unas tablillas de arcilla. Pasamos a nuestra época. Nosotros. Un texto cualquiera, un cuento de Rulfo, puede aparecer de muchas maneras: lo podemos encontrar en el internet, lo podemos encontrar en un Breviario del Fondo que usó un estudiante hace veinte años, anotado, lo podemos encontrar en una edición de lujo, impresa, lo podemos encontrar como un libro para niños ilustrado, y cada una de estas formas que contienen exactamente las palabras que escribió Rulfo –y quiero agregar el manuscrito de Rulfo–, cada una de estas formas contiene la mismas palabras pero es un texto distinto. Nos es difícil entender hasta qué punto el aspecto del texto, la colocación del texto, la tecnología que soporta al texto cambia al texto. De una manera muy simple, el manuscrito de Rulfo primero tiene el prestigio de lo que salió de la mano de Rulfo, entonces, simbólicamente, fetichísticamente, históricamente, pero también filológicamente porque vamos a ver tachaduras, vamos a ver cambios, vamos a conocer la historia, la biografía de ese texto vivo allí en el manuscrito. En un Breviario, el texto adquiere el aspecto de la vulgaridad en el mejor sentido, Fondo de Cultura “popular”, ¿no? Y el hecho de que está anotado por un estudiante nos dice que eso se incorpora en la cultura básica de un lector en castellano. Ya en la edición prestigiosa, en papel biblia, encuadernado, el texto se convierte en otra cosa, se convierte ante todo en un clásico, y un clásico que da prestigio a la biblioteca de quien lo tiene. Por eso tantos políticos se toman la foto ante estanterías de libros encuadernados sin haberlos leído nunca, basta la presencia de ese texto. En la pantalla electrónica el texto pierde su jerarquía, que puede ser una buena cosa porque aparece… un tuit de Trump o un cuento de Rulfo aparecen con la misma jerarquía tipográfica, y permite al lector del texto intervenirlo en el sentido que se interviene hoy una obra de arte. Es decir, Picasso repintando un Velázquez o Duchamp poniéndole bigotes a La Gioconda. Entonces, en cada caso particular, la tecnología implica cambios en el texto original, ese texto arquetípico; cambios en la actitud del lector y una responsabilidad distinta del lector hacia el texto.

La comunicación electrónica nos ha permitido una cobardía intelectual a partir del anonimato que nos permite. Entonces alguien puede insultar; alguien puede poner en la red informaciones falsas y no hay culpabilidad: no se puede saber de dónde sale esto. Frente a un texto literario, esa misma impunidad sigue existiendo. No recuerdo el nombre del novelista que creaba novelas a partir de tachaduras de textos clásicos, Moby-Dick reescrito tachando y entonces convirtiéndolo en un texto de dos páginas; o por ejemplo, el autor argentino Pablo Katchadjian de “El Aleph engordado”, que es un gesto borgiano que no le fue permitido por María Kodama.

SV: Un caso muy conocido, ¿cuál es su opinión?

AM: Estas son acciones creativas, pero a veces bajo el resguardo de la posibilidad de un anonimato, de una falta de responsabilidad hacia el texto. El texto electrónico frente al texto impreso afecta ciertas otras calidades intelectuales, sobre todo la memoria. La famosa leyenda creada por Platón del Dios Toth ofreciendo el don de la escritura al faraón y el faraón rechazándolo porque si lo acepta para su pueblo, su pueblo va a perder la memoria, es verdadera hoy. Es decir, nosotros no nos ocupamos de recordar números de teléfonos, autores, fechas, incluso textos, citas. Uno dice “En un lugar de la mancha…”, ¿quién dijo eso? Tic tic tic tic y aparece. Y confiamos en esa memoria muy falible. Yo, lo poco que uso el internet, me he encontrado con muchos errores, citas apócrifas. Una lectura impresa no es inocente, tampoco, pero es más fácilmente resguardable. Si yo consulto varios libros, veo las fuentes, conozco a los editores –los editores en el sentido de publishers–, puedo juzgar mejor una cita anónima o que aparece anónimamente, puesta en la pantalla no sé por quién que me dice que “En un lugar de la Mancha…” lo escribió García Márquez, y yo confío en eso y lo reproduzco. Entonces, el peligro de la pérdida del músculo de la memoria es algo que nos fue advertido desde Platón. En Secretum Mearum, Petrarca tiene un diálogo con San Agustín donde éste le reprocha que los contemporáneos de Petrarca no usan la memoria como es debido, y así sucesivamente.

Nuestro siglo XXI está entrando en la era de la inteligencia artificial, y ahí estamos casi en el área de la ciencia ficción, en el sentido de que científicos importantes nos advierten de una posibilidad muy concreta: que la comunicación entre dos equipos electrónicos puede hacerse en un lenguaje que los equipos inventan y que un ser humano no puede entender, para llegar a conclusiones y tomar decisiones sin la intervención del ser humano. En muchos casos puede ser benéfica; en muchos casos, en el caso de la película “2001: Odisea en el espacio”, nefasta para el ser humano. Si uno le dice a la máquina “La misión es llegar a Júpiter cueste lo que cueste, elimine todos los inconvenientes”, el principal inconveniente es la vida humana.

SV: En el mundo de la tecnología nada es definitivo. Pero a veces, en el papel, tampoco. En su Historia de la lectura dice que ésta no termina nunca. ¿Qué falta? 

AM: Yo no escribí en ese momento un capítulo sobre la tecnología electrónica porque lo que empezaba a escribir a la mañana cambiaba por la tarde. Escribí un ensayo que se llama “La computadora de San Agustín”, que ahora ya no corresponde a la tecnología nuestra porque los floppy disks y esas cosas son la prehistoria, entonces yo no añadiría algo distinto de lo que ahora hemos conversado. Esto tiene que seguir abierto. Quizás dentro de diez años se pueda hacer una historia de estos últimos cincuenta años para definirlos, pero entonces, a partir de esa nueva tecnología todavía no definida.

SV: Siempre será nueva.

AM: Siempre será nueva mientras sobrevivamos, porque estamos teniendo estas conversaciones como si fuésemos inmortales, y los científicos nos han dado una fecha, que ya ha pasado, para cambiar si no queremos suicidarnos. Nada es menos seguro que lleguemos al próximo siglo.

SV: Otro tema que también le ha interesado son los esfuerzos por llevar lectura y libros a las comunidades más apartadas. Ese tema se ha vuelto importante en muchos espacios, sobre todo en donde estamos buscando combatir la violencia. Por ejemplo, en…

AM: México, Colombia, Turquía, algunos países árabes…

SV: Sí. ¿Por qué tenemos esta gran esperanza en los libros, en la palabra, como defensa ante esta enorme violencia? 

AM: Estas cuestiones deben verse, yo creo, en contexto. No es un problema aislado del problema general de una sociedad que parece avanzar implacablemente hacia esa violencia anti-intelectual. Desde siempre sabemos el conflicto del que habla el Quijote, de las armas y las letras, que lo soluciona como una especie de combinación, pero que se ha visto como una oposición desde siempre. Alessandro Baricco dice que en La Ilíada la violencia se interrumpe sólo cuando las mujeres hablan. Es decir: la palabra opuesta al acto físico violento, y el acto físico violento no racional. Por primera vez en nuestras historias, yo creo, no recuerdo otro ejemplo, una dictadura electa se ha impuesto como vencedora de la palabra. La América de Trump es el triunfo del acto irracional frente al acto racional. El tuit frente al ensayo meditado que tenía su fuerza durante el Tercer Reich,   incluso en la época de los Césares romanos. En todo momento de nuestra historia, si bien no tenía una fuerza de acción inmediata, la palabra era más fuerte que la espada. Hoy no. Hoy el acto intelectual no tiene importancia alguna y eso hace que cualquier cosa pueda decirse pretendiendo ser un discurso verbal, pero es un discurso irracional. Entonces estamos, y siempre recurro a ejemplos literarios, en el “Dos más dos son cinco” de 1984 de Orwell; en Humpty Dumpty diciendo que cuando usa una palabra la hace decir lo que él quiere decir, ni más ni menos: eso se ha hecho realidad en la América de Trump. Entonces, estamos en una situación donde, si bien hay una fuerza de oposición activa como peso intelectual, es vencida por el tuit, y eso es porque han sabido, Trump y sus compinches, usar la tecnología electrónica. Es decir, es una tecnología que permite separar la palabra del texto, promover, proponer textos sin contenido intelectual o racional. Entonces propaganda, insultos, noticias falsas, yo digo “la tierra es chata”, tengo el derecho de decirlo, y esto se confunde en un esfuerzo de seguir siendo supuestamente democrático: la democracia debe permitir la libertad de la palabra. Ahora, ¿qué sucede si esa libertad de la palabra niega la palabra?

SV: Lo que sigue es construir un muro, ¿no?

AM: Construir un muro, pero esos muros existen mentalmente en la gente. ¿Cómo es posible que en el siglo XXI hemos aceptado la construcción de campos de concentración para niños? Nadie pone el grito en el cielo. ¡Es Birkenau! ¿Cuál es la diferencia entre Birkenau y estos campos de concentración? ¿Cuál es la diferencia? Tenían cuidadores, se los separaba de sus padres, hacían un esfuerzo de educación pero, bueno, no servía para nada, y los chicos estaban traumatizados hasta más no poder. ¿Cuál es la diferencia? Y esto lo está pagando el impuesto que pagan los americanos. Lo traigo a colación cada vez que estoy en una reunión con americanos, porque les digo: ustedes dicen que los alemanes dejaban hacer estos campos de concentración diciendo que no lo sabían, ¡ustedes no tienen ni siquiera esa excusa!

SV: ¿Cuál es la respuesta?

AM: “No, no es lo mismo”. No es lo mismo, díganme cuál es la diferencia. “[Trump] es electo”, contestan. Hitler fue electo. “Bueno, Trump no está asesinando gente en hornos de gas”. Son diferencias de extremos y de cantidades, pero díganme cómo esto no es un campo de concentración.

Un Alberto Manguel siempre apasionado por encontrar el peso exacto de cada palabra, emocionado, es el que he reencontrado. Nuestra entrevista debe concluir, pues han venido a buscarlo para su siguiente cita. Nos despedimos, le entrego un ejemplar ilustrado de El huésped y otros relatos siniestros (FCE), libro de una antigua amiga suya: Amparo Dávila. Le manda saludos, sonríe, ya tendremos otra ocasión para conversar. 

 

 

Socorro Venegas es escritora y editora. Ha publicado las novelas Vestido de novia (Tusquets, 2014) y La noche será negra y blanca (Era, 2009); los libros de cuentos Todas las islas (UABJO, 2003), La muerte más blanca (ICM, 2000) y La risa de las azucenas (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997 y 2002).  Ha recibido el Premio Nacional de Cuento “Benemérito de América”, Premio Nacional de Novela Ópera Prima “Carlos Fuentes”, Premio al Fomento de la Lectura de la Feria del Libro de León y el Premio Ciudad de México por el programa “El Fondo visita tu escuela”. Dirige las colecciones para niños y jóvenes del FCE. Su Twitter es @SocorroVenegas

 

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Posted: December 18, 2018 at 11:52 pm

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