Las lunas de jĂşpiter
Alice Munro
Â
EncontrĂ© a mi padre en el ala de cardiologĂa, en el octavo piso del Hospital General de Toronto. Estaba en una habitaciĂłn semiprivada. La otra cama estaba vacĂa. Dijo que su seguro hospitalario cubrĂa solo una cama en el pabellĂłn, y que estaba preocupado por que pudieran cobrarle un suplemento.
–
Yo no he pedido una semiprivada
–
dijo. Le dije que probablemente las salas estuvieran llenas.
–
No. He visto algunas camas vacĂas cuando me llevaban con la silla de ruedas.
–
Entonces será porque te tenĂan que conectar con esa cosa
–
le dije
–
. Note preocupes. Si te van a cobrar un suplemento, te lo dicen.
–
Eso será probablemente
–
dijo
–
. No querrĂan esos trastos en las salas.Supongo que eso estará cubierto.Le dije que estaba segura de que sĂ.TenĂa cables pegados al pecho. Una pequeña pantalla colgaba por encima de su cabeza. En ella, una lĂnea brillante y dentada parpadeaba continuamente. El parpadeo iba acompañado de un nervioso zumbido electrĂłnico. El comportamiento de su corazĂłn estaba a la vista. IntentĂ© ignorarlo. Me parecĂa que prestarle tanta atenciĂłn
–
exagerar, de hecho, lo que deberĂa ser una actividad totalmente secreta
–
era buscar problemas.Cualquier cosa exhibida de aquel modo era propensa a estallar y volverse loca.A mi padre no parecĂa importarle. DecĂan que le tenĂan con tranquilizantes.
 “Ya sabes –
decĂa
–, las pastillas de la felicidad”. ParecĂa tranquilo y optimista.HabĂa sido distinto la noche anterior. Cuando le llevĂ© al hospital, a la sala de urgencias, estaba pálido y con la boca cerrada. AbriĂł la puerta de  coche, se quedĂł de pie y dijo despacio:
–
Quizá sea mejor que me traigas una de esas sillas de ruedas.Utilizaba la voz que siempre ponĂa en una crisis. Una vez, nuestra chimenease incendiĂł; era domingo por la tarde y yo estaba en el comedor poniendo alfileres en un vestido que estaba haciendo. EntrĂł y dijo con aquella misma voz flemática y admonitoria:
–
Janet, Âżsabes dĂłnde hay polvos de levadura?
Los querĂa para echarlos al fuego. Luego dijo:
–Supongo que ha sido culpa tuya… Coser en domingo. Tuve que esperar
durante más de una hora en la sala de espera en urgencias. Llamaron a un especialista de corazĂłn que estaba en el hospital, un hombre joven. Me hizo pasar a una sala y me explicĂł que una de las válvulas del corazĂłn de mi padre se habĂa deteriorado tanto que debĂa ser operado inmediatamente.Le preguntĂ© quĂ© sucederĂa si no.
–
TendrĂa que estar en la cama
–
dijo el médico.
–
¿Cuánto tiempo?
–
Quizá tres meses.
–
He querido decir, ¿cuánto tiempo vivirá?
–
Eso es lo que yo también he querido decir
–
dijo el doctor.Fui a ver a mi padre. Estaba sentado en la cama que habĂa en el rincĂłn, con la cortina descorrida.
–
Es malo, Âżverdad?
–
me preguntĂł
–
. ¿Te ha dicho lo de la válvula?
–
No es tan malo como podĂa ser
–
le dije. Luego repetĂ, incluso exagerĂ©,cualquier cosa esperanzadora que el mĂ©dico me hubiese dicho
–
No estás en peligro inmediato. Tu condiciĂłn fĂsica es buena, por lo de demás.
–
Por lo demás
–
dijo mi padre con pesimismo.Yo estaba cansada de haber conducido todo el camino hasta Dalgleish,preocupada por devolver el coche de alquiler a tiempo, e irritada por un artĂculo que habĂa estado leyendo en una revista en la sala de espera. Era sobre otra escritora, una mujer más joven, más guapa y probablemente con más talento que yo. Yo habĂa estado en Inglaterra durante dos meses,de modo que no habĂa visto antes aquel artĂculo, pero me pasĂł por la cabeza mientras lo estaba leyendo que mi padre lo habrĂa leĂdo. PodĂa oĂrle
decir: “Bueno, no he visto nada sobre t en
Maclean´s
”. Y si hubiese leĂdo algo sobre mĂ dirĂa: “Bueno, no tengo una gran opiniĂłn de ese reportaje”.
Su tono serĂa festivo e indulgente, pero producirĂa en mĂ una familiar tristeza de espĂritu. El mensaje que recibĂ de Ă©l era sencillo: Hay que luchar por conseguir la fama y luego pedir perdĂłn por ella. Tanto si la consigues como si no, tĂş tendrás la culpa.No me sorprendieron las noticias del mĂ©dico. Estaba preparada para oĂr algo parecido y estaba contenta conmigo misma por contármelo con calma,del mismo modo que estarĂa contenta conmigo misma por vendar una herida o por mirar desde el endeble balcĂłn de un edificio alto. PensĂ©: SĂ, es la hora; tiene que haber algo, aquĂ está. No sentĂ la protesta que habrĂa sentido veinte, incluso diez años antes. Cuando vi por la cara de mi padre que Ă©l la sentĂa, que el rechazo le subĂa de un salto tan prontamente como
si hubiese tenido treinta o cuarenta años más joven, mi corazĂłn se endureciĂł, y hablĂ© con una especie de atormentadora alegrĂa.
–
Por lo demás, estás pletórico
–
dije.Al dĂa siguiente era de nuevo Ă©l mismo.AsĂ es como yo lo habrĂa expresado. Dijo que ahora le parecĂa que el joven,el mĂ©dico, pudiera haber estado demasiado impaciente por operar.
–
Un bisturà un poco fácil
–
dijo. Estaba burlĂłn y alardeando de jerga hospitalaria. Dijo que otro doctor le habĂa examinado, un hombre mayor, y le habĂa expresado su opiniĂłn de que descanso y medicaciĂłn podrĂan surtir efecto.Yo no preguntĂ© quĂ© efecto.
–
Dice que tengo una válvula defectuosa. Está ciertamente dañada. QuerĂan saber si tuve fiebres reumáticas cuando era niño. Yo le dije que no lo creĂa,pero entonces la mitad de las veces n te diagnosticaban lo que tenĂas. Mi padre no era ciertamente alguien que fuese a buscar al mĂ©dico.El recuerdo de la infancia de mi padre, que yo siempre me habĂa imaginado como sombrĂa y peligrosa
–
la modesta granja, las hermanas atemorizadas,el padre severo
–
, me hicieron menos resignada ante su muerte. PensĂ© en Ă©l huyendo para irse a trabajar en los barcos del lago, corriendo por las vĂas del ferrocarril hasta Gorderich, a la luz del anochecer. Acostumbraba acontar aquel viaje. En algĂşn lugar de la vĂa encontrĂł un membrillo. Los membrillos son raros en nuestra zona del paĂs; de hecho, no he visto nunca ninguno. Ni siquiera el que encontrĂł mi padre, aunque una vez nos llevĂł de excursiĂłn para ir a buscarlo. PensĂł que conocĂa el cruce cerca del que estaba, pero no pudimos encontrarlo. No pudo encontrar el fruto, desde luego, pero quedĂł impresionado por su existencia. Le hizo pensar que habĂa llegado a una nueva parte del mundo.El muchacho fugado, el superviviente, un anciano atrapado aquĂ por su corazĂłn estropeado. Yo no buscaba estos pensamientos. No me importaba pensar en su personalidad de joven. Incluso su torso desnudo, fornido y blanco
–
tenĂa el cuerpo de un trabajador de su generaciĂłn, raramente expuesto al sol
–
era un peligro para mĂ; parecĂa tan fuerte y joven. El cuello arrugado, las manos y los brazos manchados por la edad, la estrecha y comedida cabeza, con su pelo fino y canoso y su bigote, se parecĂan más a lo que yo estaba acostumbrada.
–
¿Y para qué quiero que me operen?
–
decĂa mi padre razonablemente
–
.Piensa en el riesgo a mi edad, ¿y para qué? Unos cuantos años como máximo. Creo que lo mejor que puedo hacer es irme a casa y tomármelo con calma. Rendirme con elegancia. Eso es todo lo que se puede hacer a mi
edad. Tu actitud cambia, ¿sabes? Se sufren cambios mentales. Parece más natural.
–
¿El qué? le pregunté.
–
Bueno, la muerte. No hay nada más natural. No, a lo que yo me refiero,en particular, es a no operarme.
–
¿Eso parece más natural?
–
SĂ.
–
Tienes que decidirlo tĂş
–
le dije, pero yo lo aprobaba. Eso era lo que yo habrĂa esperado de Ă©l. Siempre que hablaba a la gente de mi padre subrayaba su independencia, su autosuficiencia, su paciencia. Trabajaba en una fábrica, trabajaba en su jardĂn, leĂa libros de historia. PodĂa hablar de emperadores romanos o de las guerras de los Balcanes. Nunca se quejaba. Judith, mi hija pequeña, habĂa ido a buscarme al aeropuerto de Toronto dos dĂas antes. HabĂa ido con el chico o el que estaba viviendo, y cuyo nombre era Don. Se iban a MĂ©xico por la mañana, y mientras yo estuviera en Toronto me quedarĂa en su apartamento. Por ahora vivo en Vancouver. Aveces digo que no tengo mi centro de operaciones en Vancouver.
–
¿Dónde está Nichola?
–
preguntĂ©, pensando de inmediato en un accidente o en una sobredosis.Nichola es mi hija mayor. Era estudiante del conservatorio, despuĂ©s se hizo camarera, luego se quedĂł sin trabajo. Si hubiese estado en el aeropuerto,probablemente yo habrĂa dicho algo inoportuno. Le habrĂa preguntado cuáles eran sus planes y ella se habrĂa echado el cabello hacia atrás con
elegancia y habrĂa dicho: “¿Planes?”, como si fuese una palabra que yo
hubiese inventado.
–
SabĂa que lo primero que harĂas serĂa preguntar por Nichola.
–No es asĂ. He dicho hola y…
–
Bueno, coge tu maleta
–
dijo Don con voz neutral.
–
¿Está bien?
–
Estoy segura de que sĂ
–
dijo Judith en un falso tono de burla
–
. No estarĂas sĂ si fuese yo quien no estuviera aquĂ.
–
Pues claro que sĂ.
–
No. Nichola es el bebé de la familia. ¿Sabes? Tiene cuatro años más que yo.
–
Yo deberĂa saberlo.
Judith dijo que no sabĂa exactamente dĂłnde estaba Nichola. Dijo queNichola se habĂa ido de su apartamento (¡aquel basurero!) y que la habĂatelefoneado incluso (lo que ya es mucho, se podrĂa decir, que Nicholatelefonee) para decir que querĂa estar incomunicada durante un tiempo,pero estaba bien.
–
Le dije que te ibas a preocupar
–
dijo Judith más amablemente, camino dela camioneta. Don estaba delante, con mi maleta
–
. Pero no te preocupes.Está bien, crĂ©eme.La presencia de Don me incomodaba. No me gustaba que Ă©l oyera estascosas. PensĂ© en las conversaciones que debĂan de haber tenido, Don yJudith. O Don, Judith y Nichola, porque Nichola y Judith estaban a veces en buenas relaciones. O Do, Judith, Nichola y otros cuyos nombres ni siquiera conocĂa. HabrĂa hablado de mĂ. Judith y Nichola intercambiando opiniones,contando anĂ©cdotas; analizando, lamentando, culpando, perdonando. Ojalá hubiese tenido un chico y una chica. O dos chicos. No habrĂan hecho eso.Los chicos probablemente no pueden saber tanto de una.Yo hacĂa lo mismo a esa edad. Cuando tenĂa la edad que tiene ahora Judithhablaba con mis amigos en la cafeterĂa de la facultad, o por la noche,tomando cafĂ© en nuestras habitaciones baratas. Cuando tenĂa la edad que Nichola tiene ahora, yo la tenĂa a ella en un capazo, o revolviĂ©ndose en mi regazo, y tomaba tambiĂ©n cafĂ© todas las tardes lluviosas de Vancouver, con una vecina amiga, Ruth Boudreau, que leĂa mucho y estaba desconcertadapor su situaciĂłn, como yo. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras infancias, aunque durante algĂşn tiempo no hablamos de nuestros matrimonios. Cuán minuciosamente tratamos de nuestros padres y madres,lamentamos sus casamientos, sus equivocadas ambiciones o su miedo a la ambiciĂłn, con cuánta competencia los archivamos, los definimos más allá de cualquier posibilidad de cambio. QuĂ© presunciĂłn.ObservĂ© a Don caminando delante. Un muchacho alto y de aspectoascĂ©tico, con el cabello oscuro cortado a la manera de los franciscanos y un estudiado asomo de barba. ÂżQuĂ© derecho tenĂa a oĂr hablar de mĂ, a saber cosas de mĂ misma que probablemente yo habĂa olvidado? DecĂa que su barba y su estilo de peinados eran afectados.Una vez, cuando mis hijas eran pequeñas, mi padre me dijo:
–¿Sabes? Esos años en los que crecĂas…, bueno, son solo una especie de
impresiĂłn borrosa para mĂ. No puedo distinguir un año de otro.Yo me ofendĂ. No recordaba cada año distinto con dolor y claridad. PodrĂa haber dichola edad que tenĂa cuando iba a ver los trajes de noche en e lescaparate de Benbow´s Ladies´Wear. Cada semana, durante todo el invierno, un traje nuevo, iluminado
–
el de lentejuelas y tui, el rosa y lila, el zafiro, el narciso trompĂłn
–
, y yo, una adoradora de la fangosa acera.
PodrĂa haber dicho la edad que tenĂa cuando falsifiquĂ© la firma de mi madreen un boletĂn de malas notas, cuando tuve el sarampiĂłn, cuando empapelamos la habitaciĂłn delantera. Pero los años en que Judith y Nicholaeran pequeñas, cuando yo vivĂa con su padre, sĂ, borrosos serĂa la palabra adecuada. Recuerdo tender pañales, recoger y doblar pañales; puedo recordar las cocinas de dos casas y dĂłnde estaba el cesto de la ropa.Recuerdo los programas de televisiĂłn:
Popeye el marino, Los tres secuces,Divertirama.
Cuando empezaba
Divertirama
era el momento de dar la luz y hacer la cena. Pero no podĂa diferenciar los años. VivĂamos en las afueras
de Vancouver en un barrio dormitorio: dormir, dormitorio, dormilón…, algo
asĂ. Entonces estaba siempre soñolienta; el embarazo me daba sueño, y losbiberones nocturnos, y la lluvia incesante de la costa Oeste.Oscuros cedros goteando, el laurel brillante goteando, las esposas bostezando, sesteando, haciendo visitas, bebiendo cafĂ© y doblando pañales; los maridos llegando a casa por l noche desde la ciudad atravesando el agua. Cada noche le daba un beso a mi marido cuando llegaba a casa con su Burberry empapada y esperaba que me despertara;servĂa carne y patatas y una de las cuatro verduras que Ă©l toleraba. ComĂa con un apetito voraz, y luego se quedaba dormido en el sofá de la sala. Nos habĂamos convertido en una pareja de caricatura, más de mediana edad a nuestros veinte años de lo que serĂamos en la edad madura.Esos torpes años son los años que nuestras hijas recordarán toda su vida.Rincones de los patios que yo nunca visitĂ© permanecerán en sus mentes.
–
ÂżNo querĂa verme Nichola?
–
le pregunté a Judith.
–
La mitad de su tiempo no quiere ver a nadie
–
respondiĂł.Judith se adelantĂł y tocĂł el hombro de Don. Yo conocĂa un gesto: unadisculpa, una seguridad ansiosa. Tocas a un hombre de ese modo pararecordarle que estás agradecida, que te das cuenta de que estás haciendopor ti algo que le aburre o que hace peligrar ligeramente su dignidad. Ver ami hija tocar a un hombre
–
a un chico
–
, de ese modo me hacĂa sentirme más mayor de lo que me harĂan sentir los nietos. SentĂ su triste nerviosismo, podĂa predecir sus sumisas atenciones. Mi franca y robusta hija, mi cándida y rubia hija. ÂżPor quĂ© iba yo a pensar que ella no serĂa susceptible, que siempre serĂa directa, de paso firme, independiente? Delmismo modo que voy por ahĂ diciendo que Nichola es tĂmida y solitaria, frĂa,seductora. Muchas personas deben de conocer cosas que contradirĂan lo que yo digo.Por la mañana Don y Judith partieron hacia MĂ©xico. DecidĂ que querĂa ver a alguien que no tuviese parentesco conmigo y que no esperase nada en especial de mĂ. TelefoneĂ© a un antiguo amante mĂo, pero respondiĂł un
contestador: “Al habla Tom Shepherd. Voy a estar fuera de la ciudad
durante el mes de septiembre. Por favor, deje su mensaje, nombre y
número de teléfono”.
La voz de Tom sonaba tan agradable y familiar que abrĂa la boca para preguntarle el significado de ese disparate. DespuĂ©s colguĂ©. SentĂ como si me hubiera fallado deliberadamente, como si hubiĂ©semos quedado en encontrarnos en un lugar pĂşblico y luego no se hubiera presentado.RecordĂ© que una vez lo habĂa hecho.Me puse un vaso de vermut, aunque aĂşn no eran las doce, y telefoneĂ© a mi padre.
–
¡Vaya!
–
dijo
–
. Quince minutos más tarde y no me habrĂas encontrado.
–
ÂżIbas a ir al centro?
–
Al centro de Toronto.Me explicĂł que se iba al hospital. Su mĂ©dico de Dalgleish querĂa que losmĂ©dicos de Toronto le echasen un vistazo, y le habĂa entregado una cartapara que la enseñara en la sala de urgencias.
–
ÂżEn la sala de urgencias?
–
dije.
–
No es una urgencia. Parece ser que Ă©l cree que esta es la mejor forma dehacerlo. Conoce el nombre de alguien de allĂ. Si tuviese que darme hora,podrĂa ser cuestiĂłn de semanas.
–
¿Sabe tu médico que piensas conducir hasta Toronto?
–
le pregunté.
–
Bueno, no me dijo que no pudiera.El resultado de esto fue que alquilé un coche, fui hasta Dalgleish, volvà conmi padre a Toronto y estaba con él en la sala de urgencias a las siete de latarde.Antes de que Judith se fuera le dije:
–
¿Estás segura de que Nichola sabe que me quedo aqu�
–
Bueno, yo se lo he dicho
–
me contestó.A veces sonaba el teléfono, pero siempre era un amigo de Judith.
–
Bueno, parece que me la voy a hacer
–
dijo mi padre. Aquello fue el cuartodĂa. HabĂa cambiado completamente de postura en una sola noche
–
. Pareceque no haya razĂłn para no hacerlo.No sabĂa quĂ© querĂa que redijera. PensĂ© que quizá esperaba de mĂ unaprotesta, un intento de disuadirle.
–
¿Cuándo lo harán?
–
pregunté.
–
Pasado mañana.
sueltos. Solo uno, un hombre con a cara roja y los ojos hinchados, queparecĂa estar allĂ para evitar ir a un bar.Una vez dentro, nos sentamos en asientos maravillosamente cĂłmodos queestaban reclinados hacia atrás de modo que estabas en una especie dehamaca, con la atenciĂłn dirigida a la parte cĂłncava del techo, que prontose convirtiĂł en azul oscuro, con un ligero reborde de luz alrededor. HabĂauna mĂşsica esplĂ©ndida e impresionante. Los adultos iban haciendo callar alos niños, intentando que dejasen de hacer crujir sus bolsas de patatasfritas. Entonces la voz de un hombre que salĂa de las paredes, una vozprofesional y elocuente, comenzĂł a hablar, despacio. La voz me recordabaun poco a la forma en que los locutores de radio anunciaban una pieza demĂşsica clásica o describĂan el avance de la familia real hasta la abadĂa deWestminster en uno de sus eventos reales. HabĂa un ligero efecto decámara de resonancia.El oscuro techo se estaba llenado e estrellas. No salĂan todas a la vez, sinouna detrás de otra, de la forma en que las estrellas salen realmente por lanoche, aunque más rápidamente. ApareciĂł la VĂa Láctea, se acercĂł, lasestrellas flotaban en el brillo y seguĂan, desapareciendo más allá de loslĂmites de la pantalla estelar, o detrás de mi cabeza. Mientras el torrente deluz continuaba, la voz presentaba los sorpre
ndentes hechos. “Hace unos
cuantos años luz
–
anunciaba
–
, el sol aparece como una estrella brillante, ylos planetas no son visibles. Hace unas cuentas docenas de años luz, essolo aproximadamente la milésima parte de la distancia desde el sol hastael centro de nuestra galaxia, un galaxia que contiene unos doscientos milmillones de soles. Y es, a su ve, una entre millones, quizá miles de
millones, de galaxias”. Repeticiones innumerables, variaciones
innumerables. Todo esto pasaba también por mi cabeza, como fogonazos.Luego se abandonaba el realismo, en aras del artificio familiar. Un modelodel sistema solar iba dando vueltas con su elegante estilo. Un aparatobrillante despegaba de la Tierra, dirigiéndose hacia Júpiter. Puse mi esquivay evasiva mente a tomar firmemente nota de los hechos. La masa deJúpiter, dos veces y media la de los demás planetas juntos. La granmancha roja. Las trece lunas. Más allá de Júpiter, una mirada a laexcéntrica órbita de Plutón, los helados anillos e Saturno. De nuevo en laTierra y pasando al caliente y brillante Venus. La presión atmosférica,noventa veces la nuestra. Mercurio, sin luna, que da tres vueltas derotación mientras gira dos veces alrededor del sol; un arreglo extraño, notan satisfactorio como el que nos contaban: que daba una vuelta derotación mientras giraba alrededor del sol. Sin oscuridad perpetua, después de todo. ¿Por qué nos dieron una información tan segura para anunciarnos después´ que estaba equivocada? Finalmente, la imagen ya familiar de las revistas: el suelo rojo de Marte, el fluorescente suelo rojo.
Cuando terminĂł la sesiĂłn me quedĂ© en la silla mientras los niños trepaban por encima de mĂ sin comentar nada de lo que acababan de ver o de oĂr.Estaban importunando a sus cuidadores para que les dieran chucherĂas y más diversiĂłn. Éstos habĂan hecho un esfuerzo por captar su atenciĂłn, para apartarlas de las palomitas y de las patatas fritas y fijarla en distintas cosas conocidas y desconocidas y en inmensidades horribles, y parecĂan haber fracasado. Algo bueno, tambiĂ©n, pensĂ©. Los niños tienen una inmunidadnatural, la mayorĂa de ellos, y no deberá ser alterada. En cuanto a losadultos que lo lamentaran, quienes habĂan promovido aquel espectáculo,Âżno eran ellos mismos inmunes hasta el punto de que podĂan añadir losefectos de la cámara de resonancia, la mĂşsica, la solemnidad eclesiástica,
simulando el temor que suponĂn que los niños debĂan de sentir? Temor…
ÂżquĂ© se suponĂa que era?ÂżEscalofrĂos al mirar por la ventana? Una vez quese sabĂa lo que era, no se podĂa provocar.Llegaron dos hombres con escobas para barrer los desperdicios que laaudiencia habĂa dejado a su paso. Me dijeron que la siguiente sesiĂłnempezarĂa al cabo de cuarenta minutos. Mientras tanto, tenĂa que salir.
–
Fui a la sesiĂłn del planetario
–
le dije a mi padre
–. Fue muy interesante…
Sobre el sistema solar.
–
PensĂ© en la palabra tan tonta que habĂa utilizado:
 “interesante”–
. Es como un templo ligeramente falsificado
–
añadĂ.Él ya estaba hablando:
–
Recuerdo cuando descubrieron PlutĂłn. Exactamente donde esperabanencontrarlo. Mercurio, Venus, Tierra, Marte
–
recitaban
–
. JĂşpiter, Saturno,
Nept… no, Urano, Neptuno y Plutón. ¿Es as�
–
SĂ
–
dije. Me alegraba de que no hubiese oĂdo lo que habĂa dicho deltemplo falsificado. Lo habĂa dicho para ser sincera, pero sonaba a tramposoy a superior
–
. Dime las lunas de JĂşpiter.
–
Bueno, no conozco las nuevas. Hay un montĂłn de nuevas, Âżverdad?
–
Dos, pero no son nuevas.
–
Nuevas para nosotros
–
dijo mi padre
–
. Te has vuelto muy descaradaahora que me van a rajar.
–“Rajar”. Qué expresión.
Aquella noche no estaba en la cama, su Ăşltima noche. Le habĂandesconectado de sus aparatos y estaba sentado en una silla junto a unaventana. TenĂa las piernas desnudas y llevaba una bata del hospital, perono se le veĂa cohibido ni fuera de lugar. Se le veĂa pensativo pero de buenhumor, un anfitriĂłn afable.
–
Ni siquiera has dicho las antiguas
–
le dije.
–
Dame tiempo. Galileo les puso el nombre. Io.
–
Ya has empezado.
–
Las lunas de JĂşpiter fueron los primeros cuerpos celestes descubiertos conel telescopio
–
djo con gravedad, como si pudiera ver la frase en un libroantiguo
–
. No fue Galileo quien les dio los nombres, tampoco; era unalemán. Io, Europa, GanĂmedes, Calisto. AhĂ las tienes.
–
SĂ.
–
Io y Europa eran novias de JĂşpiter, Âżverdad? GanĂmedes era un chico. ÂżUnpastor? No sĂ© quĂ©n era Calisto.
–
creo que también era una novia
–
le dije
–
. La mujer de JĂşpiter
–
la mujerde Jove
–
la convirtió en un oso y la colocó en el cielo. La Osa Mayor y laOsa Menor. La Osa Menor era su niña.El altavoz dijo que era la hora de que las visitas se marcharan.
–
Te veré cuando salgas de la anestesia
–
le dije.
–
SĂ.Cuando lleguĂ© a la puerta me llamĂł.
–
GanĂmedes no era ningĂşn pastor. Era el copero de JĂşpiter.Cuando me marchĂ© del planetario aquella tarde, atravesĂ© el museo hacia el jardĂn chino. Vi de nuevo los camellos de piedra, los guerreros, la tumba.Me sentĂ© en un banco que daba a Bloor Street. A travĂ©s de los matorralessiempre verdes y la alta verja de hierro observĂ© a la gente pasar a la luz dela caĂda de la tarde. El espectáculo del planetario habĂa logrado lo que yoquerĂa, despuĂ©s de todo; me habĂa tranquilizado, me habĂa secado. Vi a unachica que me recordĂł a Nichola. Llevaba un impermeable y una bolsa decomestibles. Era más baja que Nichola, realmente no se parecĂa mucho aella, pero pensĂ© que podrĂa ver a Nichola. EstarĂa por alguna calle quizá nolejos de allĂ, agobiada, preocupada, sola. Ella era ahora una de las personasadultas del mundo, uno de los compradores volviendo a casa.Si realmente la veĂa, podrĂa quedarme sentada y mirar, pensĂ©. Me sentĂacomo una de aquellas personas que habĂan flotado en el cielo, disfrutandode una breve muerte. Un alivio, mientras dura. Mi padre habĂa escogido yNichola habĂa escogido. AlgĂşn dĂa, probablemente pronto, sabrĂa de ella,pero equivalĂa a lo mismo.PensĂ© en levantarme y acercarme hasta la tumba, para ver las tallas enrelieve, los cuadros en piedra, que están a su alrededor. Siempre pensabaen verlos y nunca lo hacĂa. Tampoco lo harĂa esta vez. HacĂa frĂo fuera, demodo que entrĂ©, a tomar un cafĂ© y a comer algo antes de volver alhospital.
Posted: October 12, 2013 at 1:42 pm







