Essay
Paraíso perdido

Paraíso perdido

Nicolás José

Era enero 1997, París. Mi hermana y todos sus cuates se habían ido de fiesta. Yo no. Yo me quedé en su departamento para terminar Los Hermanos Karamazov. Llevaba tres días encerrado leyendo. Comí lentejas durante tres días. Si acaso salí fue por cigarros. Creo que un día me bañé. Estaba poseído por el libro, pero abusé de él tanto como él de mí. Lo rayé, le troné la espina, le puse orejas de perro en cada segunda página. Cuando llegué al último capítulo titubeé. Todo mi ser estaba desdoblado en Iván y Alyosha y no estaba listo para matarlos. Decidí dejarlo para después y salí a buscar algo que beber. 

Era la una de la mañana. Lo único que encontré abierto fue un barecito de argelinos. Traían una fiesta que empañaba los ventanales con el calor de los abrazos y el baile. Me quedé en la barra con una cerveza, dos, no tenía dinero para más. Ya me iba cuando el señor que estaba parado a mi lado bebiendo vodka me pidió otra. Sorprendido —apenas había notado su presencia— agradecí e intercambiamos nombres y brindamos. Supe que era danés y que era camionero, pero sin idioma común la conversación no pasó de ahí. Me tomé mi tiempo. Más que beberla, miraba la cerveza. Pensaba en las tentaciones de Smerdiakov, en la fuerza de la juventud que se sobrepone a todo antes de los treinta; aunque me entregara a ese vaso de cerveza y lo bebiera hasta el fondo, quería vivir. Quería vivir.

El danés interrumpió mis reflexiones:

Is woman?—preguntó.

Por supuesto que era woman. A mis dieciocho años no pensaba más que en ella y sólo había empezado a leer el libro para entorpecer el ansia de esperarla cuando me visitara. Faltaba poco pero siempre demasiado. Asentí:

Yes. Is woman —y seguimos en nuestro silencio extranjero, apenas brindando por woman de vez en cuando.

Algo de mí debe haberlo conmovido porque me invitó muchas otras cervezas sin que yo se las pidiera. Avanzó la noche lenta pero ligera. Alrededor de las cuatro de la mañana se despidió. Por un dibujito que hizo en una servilleta entendí que iba a dejar una carga a Bruselas y debía partir. Nos dimos un abrazo y nunca lo volví a ver. Cuando regresé al departamento mi hermana ya había organizado un operativo de rescate, hablando a hospitales y a la policía. Le preocupó que hubiera dejado el libro.

Al cabo de unos días llegó woman. Vivimos el tipo de semanas que sólo se pueden vivir en París a los dieciocho años en que la ciudad es una provincia de nuestros cuerpos y los únicos extranjeros son todos los demás. Cuando regresó a Perpignan, donde estudiaba, confiando que la vería muy pronto, le encargué mi libro. Todavía me faltaba leer el último capítulo; ya habría tiempo y encargárselo me pareció un acto de amor. Pasaron cinco años antes de que la volviera a ver. Nunca recuperé mi ejemplar de Los Hermanos Karamazov. Tampoco terminé de leerlo. Por lo menos así, siempre podré preguntarme qué estarán haciendo los hermanos.

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Todo amor implica rupturas narrativas. Se ama siempre en pasado o en futuro. El instante presente no es más que la realización pasajera de los deseos inscritos en esos tiempos. Manternerlo encendido debe ser de lo más difícil que tiene esta vida. El cuerpo presente con un ojo hacia delante y otro al garabato. Por eso existen los rituales, para marcar la continuidad a pesar de las rupturas del tiempo. Y uno surge cada vez el mismo, pero distinto. Lo mismo con la lectura.

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Todo esto no deja de ser un tanto adolescente: “Ok, tronamos, pero devuélveme mi cinta de Bryan Adams”.

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Tal vez sea lo peor que le pueda pasar a un etimólogo. Me llamó a las doce de la noche. Necesitaba hablar. Nos vimos en un café del centro de la ciudad que seguía abierto. Llegó con un moretón, rasguñones por toda la cara y los labios hinchados de frustración. Nunca había visto así a mi amigo. Me contó que su boda se cancelaba. Llevaba días considerando posponerla. Cuando finalmente lo propuso, su reacción no fue la esperada. En lugar de un diálogo maduro se encontró con todas las dudas, rencores y condescendencias de su relación trastornadas en ira. Lo que siguió fue devastador. Primero lo golpeó y le rasguñó toda la cara. Luego puso alfileres en los bolsillos de su abrigo. Acabó por arrojar todas sus pertenencias por la ventana. Le dijo que más tarde podía pasar por sus libros. Cuando regresó por ellos los encontró empacados en cajas al pie de la puerta con una nota que decía: “Ni busques el Corominas. Esos tomos me los quedo yo”. Mi amigo no hallaba consuelo. “Pudo haberse quedado con cualquier otra cosa.”, decía. “¿Por qué se tiene que quedar con mi primera edición del Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico?”

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¿Dónde estará el manoseado ejemplar de El príncipe feliz y otros relatos que me leía mi madre, ese con el que me enseñó a leer?

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Los libros y el amor son referencia mutua. Además del desdoblamiento del sujeto en el discurso amoroso durante la lectura, el libro, el objeto físico mismo, se vuelve signo de ese discurso, referente del texto que lo engloba. Si el enamorado es un marginal, como dice Barthes, al terminar un libro, esa marginalidad se redobla en ruptura e incomprensión. Pero el ejemplar leído permite revivir ese discurso cada vez que se le mira en el librero, abriendo sus páginas y releyendo los pasajes favoritos o sencillamente con la silenciosa certeza de que está ahí esperando el momento en que lo necesites. Ni siquiera tiene que ser un libro cuya lectura confabule un discurso amoroso. Puede ser un libro de microbiología, de materialismo histórico, de cocina, de “hágalo usted mismo”. La presencia remite al día que pasaron diferenciando monocotiledóneas y dicotiledóneas en el jardín botánico; la tarde de manifestación estudiantil cuando tomó tu mano por primera vez; el arroz de mariscos que se les hizo engrudo con amigos hambrientos esperando la cena; el librero de Ikea —claramente le faltaban piezas— que no pudieron armar. Lo que fuera. “Necesito mis recuerdos. Son mis documentos”, dice en una “celda/célula” de Louise Bourgeois. Al revés sucede lo mismo. Perder un libro que participó de esa cosa inclasificable, el amor, resulta en una especie de olvido, un fragmento del discurso de muerte.

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En una separación, habiendo soñado, leído y vivido por años juntos, asumida la derrota, la división de la biblioteca conjunta destruye lo que significó ese tiempo. La fábula se vuelve utilitaria. Te dejo este Benjamin si me das estos dos Ricoeurs. Te puedes quedar con todo lo francés, está bien, tu quédate con todo lo mexicano. Esto te sirve más a ti. Pero éste me lo regalaron tus padres. ¿Y el ejemplar original de la revista Orpheu que encontramos en esa librería chiquita a la vuelta del Museo de las Ventanas Verdes?  Nos costó dos rentas, ¿te acuerdas? Si me quedo con este otro se me partiría el corazón cada vez que lo vea. ¿Quién se queda con las cartas de amor, las de Rulfo, las de Pessoa?

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No vale la pena reemplazar un volumen perdido. Si dicho libro significó algo y se consigue otro por mero afán de tener el libro, no será lo mismo. Ya no están los apuntes ni los doblones de página, la mancha de taza de café, el recorrido de las manos. Aunque se compre usado huele a nuevo. Queda como adorno, una caja hueca en el librero. No se puede reconstruir el momento que se leyó.

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Siempre se debe tener una biblioteca repleta de libros que no se hayan leído. Estos libros probablemente sean los más importantes. Cuando se llegan a leer deben ser sustituidos por nuevos libros que tal vez nunca se lean. Pero no importa porque cualquier día, acaso por casualidad, te descubren inmerso en una nueva narrativa de amor eterno. Paradise Regained aunque sólo sea por unas cuantas páginas.

 

Nicolás José (Oxford, 1976). Antropólogo social. Poeta y ensayista. Autor, entre otros, de Maneras para trastornar la fe (Monte Carmelo, 2009).

 

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Posted: December 17, 2019 at 11:58 pm

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