Flashback
“Satélites en órbita y zapatos de plástico” (Una memoria soviética)

“Satélites en órbita y zapatos de plástico” (Una memoria soviética)

Rodrigo Carrizo Couto

Moscú hoy: aires de cambio

Introducción:

Este es el primero de una serie de reportajes publicados durante las Navidades de 1990 en el diario español “Hoy”. Nada nos permitía entonces prever que apenas unos meses más tarde ese coloso llamado Unión Soviética iba a desaparecer sin violencia. Tenía yo entonces 20 años y daba mis primeros pasos en el periodismo, mandando crónicas y reportajes que se publicaban en diversos diarios y revistas de España y América. Eran los tiempos de Gorbachov y su Perestroika, cuando el mundo entero vivía pendiente de Moscú, y vender un artículo desde el corazón de la URSS era lo más simple del mundo: bastaba con escribirlo.

He decidido volver a publicar estos cuatro extensos reportajes por varias razones. La primera es que creo que en la mirada (algo ingenua) de ese chico de 20 años, obviamente deslumbrado por encontrarse en el ojo del huracán, se reflejan algunas realidades esenciales que siguen sirviendo para explicar la Rusia de hoy. Un país en el que todo ha cambiado, pero donde en el fondo nada ha cambiado tanto; y que vuelve con Vladimir Putin a estar en el foco de la atención mundial. Otra buena razón es que estos reportajes pertenecen a esos tiempos previos a Internet y las redes sociales. Por tanto, creo que es bueno recuperarlos, digitalizarlos y compartirlos como testimonio de un mundo que ya no existe.

Por último (aunque sea el elemento esencial) los recupero gracias al interés que ha mostrado por ellos Rose Mary Salum, editora de Literal Magazine. Le agradezco su constante generosidad e infatigable curiosidad.

Aclaro para terminar esta presentación que nada ha sido cambiado, editado ni retocado. Este texto es, palabra por palabra, lo que fue publicado en el invierno de 1990, acompañado por las fotos originales tomadas por mí en las calles de Moscú.

Ginebra, Suiza
18 de febrero de 2017

Primera parte

Moscú es, probablemente, la aldea más grande del mundo.

Una aldea gigantesca donde viven y conviven, y sobre todo sobreviven, nueve millones de personas en una lucha con ellos mismos y su historia.

Moscú es una aldea que, por curiosos designios del destino, se convirtió en ciudad. Y no solo en ciudad. Se convirtió en símbolo, sueño y espejismo, y esa es quizás su mayor desgracia. Pero no solo es aldea y símbolo, sueño y realidad, sino también una vitrina. Un escaparate siempre dispuesto a mostrar al extranjero lo que tiene que ver, si es que quiere ver algo…

Es una ciudad que oculta muy bien sus secretos.

Y es que la vida de Moscú no está en las calles, sino que discurre por carriles a menudo indescifrables para un occidental. Lo que se ve y lo que realmente es son dos cosas muy distintas.

Moscú es una ciudad de contrastes. Es un iceberg donde lo que se ve es infinitamente menor y menos interesante que lo que se oculta bajo la superficie. El secreto consiste en aprender a ver bajo esa superficie hecha de glorias y esplendores con las que pretende impresionarnos el sistema.

Es muy fácil para el viajero dejarse impresionar por los magníficos vestigios de la época de los zares; por esos palacios y esas celebres cúpulas áureas en forma de cebolla.

También es fácil dejarse cegar con los desmesurados y colosales monumentos y edificios del periodo de los soviets. Esas gigantescas construcciones escapadas de una película de Fritz Lang, o de un relato de George Orwell. Edificios que no están hechos a escala humana pues, al fin y al cabo, en la práctica el hombre es lo menos importante.

Moscú no es el Kremlin; más bien son las infinitas “stalóvayas”, o comedores populares donde se alimentan día a día los engranajes que hacen funcionar el sistema: el iceberg.

Moscú no es el espectacular edificio de la Universidad del Estado, sino las colas eternas y agotadoras para comprar lo imprescindible. Y que muy a menudo no se encuentra.

Moscú es el Metro, con sus masas de hombres y mujeres de caras pétreas que, hacinados, leen sus diarios y libros entre empujones, olor a sudor y tabaco de baja calidad.

Moscú es una contradicción.

Esta ciudad es un contraste continuo por el que deambulan los rusos, con su bagaje de glorias y miserias. Sus Pushkin y sus Stalin, Tchaikovsky o el eterno déficit; su programa espacial y sus tarjetas de racionamiento del azúcar.

Sobre estas contradicciones o, mejor dicho, aplastado por ellas, está él. El gran olvidado: el ruso; hijo de una superpotencia capaz de poner satélites en órbita pero cuyos ciudadanos se ponen zapatos de plástico.

Moscú hoy: aires de cambio

No hablaré aquí ni de las hermosas iglesias y bulevares ni de las esplendidas plazas de esta ciudad. No hablaremos de poetas ni de los amores de Catalina II. Ni hablaremos de museos, pues la vida no está en los museos ni en las bibliotecas. La vida está en las calles y en las casas. Ya demasiados han hablado del trágico y grandioso pasado de Rusia. Personalmente, creo que hay poco que contar del Kremlin, y si a alguien le interesa en particular el tema, le recomiendo comprar alguna guía del “Intourist”, el organismo estatal del turismo, donde la ciudad aparecerá siempre envuelta en un halo de magia e imperial belleza.

Moscú no es eso, o mejor dicho: también es todo eso.

Moscú es veranos bochornosos y polvorientos e inviernos helados, hechos de niebla, barro y vacío.

La ciudad está dividida en dos mitades claras. La ciudad antigua, donde aún es posible percibir fragmentos de ese pasado  de aristócratas y poetas mezclados con los edificios estalinistas, fruto del realismo socialista. Templos sagrados de la burocracia, como son los ministerios y demás organismos gubernamentales.

El centro geográfico y espiritual de la ciudad es, por supuesto, la Plaza Roja y el Kremlin. Es curioso notar que lo de “roja” no viene por su color, sino del eslavo antiguo. “Krasny” además de rojo quiere decir “hermoso”. O sea, la “Plaza Hermosa”. Queda más romántico, ¿no?

En el corazón de esa plaza se encuentra el Mausoleo de Lenin, que viene a ser algo así como un muñeco de cera, bastante mal logrado, al que miles de rusos y extranjeros rinden culto diariamente. Aunque dicen las malas lenguas que el verdadero Lenin se perdió en algún lugar del sur durante la invasión alemana de 1941. De hecho, para muchos rusos ver a Lenin al menos una vez en la vida es una forma de “fortalecer el sentimiento revolucionario”, tal como me comentaba irónicamente un compañero de estudios.

Del centro surgen radialmente las grandes avenidas que constituyen el “esqueleto” de la ciudad. El plano de avenidas principales y Metro recuerda a una rueda de carreta con su centro exacto en el Kremlin.

La primera impresión que sentí al tomar un taxi la mañana posterior a mi llegada fue que había retrocedido al menos veinte años con la máquina del tiempo; sensación compartida por la inmensa mayoría de mis amigos occidentales. Coches de modelos antiguos, de los años 50 o 60, gran cantidad de limusinas oficiales “Volga” negras y gente vestida de forma uniforme con ropa de colores opacos y tristes.

El color predominante es el gris. Constante y omnipresente.

Otro detalle que llama la atención del extranjero es la casi absoluta ausencia de propaganda callejera, aunque hoy en día eso se modifica poco a poco en la zona céntrica, dada la gran proliferación de firmas extranjeras que comienzan a comerciar con la Unión Soviética. Por eso ahora podemos encontrarnos con las kilométricas colas delante del ya mítico (y herético) Mc Donald’s de la Plaza Pushkin.

Por todos estos sitios deambulan encerrados en sus asépticos autobuses los grupos de turistas, guiados por jóvenes cuya misión primordial es la de evitar las iniciativas personales del tipo “me voy a pasear solo un rato”. Conocerán Moscú en 48  horas y volverán a sus países con una bonita foto en la Plaza Roja y la sensación de no haber entendido nada. Objetivo cumplido…

Para aclarar un poco lo que se puede encontrar un occidental en Moscú, recordaré unas palabras de la periodista española Pilar Bonet, corresponsal en la URSS del diario “El País”: “A Moscú no deben ir los materialistas, ni los comodones de mentalidad estrecha que identifican turismo con descanso, ni quienes no son capaces de aguantar largas horas de pie sin comer, o quienes hacen ascos al café aguado servido en un mostrador húmedo y sucio”.

El turista que llega a Moscú debe estar dispuesto a todo. Desde alguna sorpresa agradable, hasta las situaciones más molestas y frustrantes.

“Nuestro hombre – continúa Pilar Bonet en su libro “Moscú” – debe ser del tipo espartano, resistente a la fatiga, el hambre y la sed. Nuestro héroe tiene mentalidad de estudiante o de explorador”.

Pues bien, si nos encontramos ante este tipo de viajero, mi consejo es que cojas tu cámara de fotos y tu pasaporte, respires hondo y tires al cesto la guía del “Intourist” que mencionamos antes. Camina y conocerás. Es más, quizás tengas algo de suerte (no hace falta mucha, lo garantizo) y ligues con alguien (sexo a elegir, según gustos) pues esa es la mejor manera de conocer un país, una ciudad y a su gente. No hay que olvidar que los rusos suelen ser muy amables con los visitantes extranjeros. Aunque no siempre…

Pues bien, como hemos decidido apartarnos de la vía del turista, intentare hacer una radiografía, a lo largo de estos trabajos, de la vida cotidiana de esa ciudad, y os intentare contar algunas cosas que el turista convencional nunca ve.

Por falta de tiempo…o de verdaderas ganas.

De paseo por Moscú

Si es usted un turista con un poco más de iniciativa personal, es recomendable un paseo dominguero por la zona de Arbat, en el Casco Viejo. El “Moscú Histórico” donde se encontrará una ciudad que contrasta fuertemente con la cotidianeidad de estos rusos que circulan cual autómatas por el Metro y las avenidas gigantescas.

Aquí, en Arbat, se ha abierto a principios de los 80 un espacio para la creación, el arte y la expresión. Músicos ambulantes, pintores y poetas. Jovencitas sonrientes que coquetean descaradamente con los transeúntes y le darán un poco de color y vida a esta ciudad. Una oportunidad para conocer un Moscú “distinto”. Sin lugar a dudas, uno de los sitios más recomendables y más populares tanto para lugareños como para turistas.

También está el “Gorky Park” (sí…el mismo de la película) donde le será posible ver botes con jóvenes parejas de enamorados que pasean por el lago y un parque de diversiones, además de lugares de comida al paso y parque, mucho parque. Algo muy poco aconsejable es intentar comer en un restaurant sin reserva, o sin ser parte de un grupo oficial de turistas. Tarea inútil y harto siniestra. 

Para los amantes del relax, la calma y la meditación, es muy interesante quizás visitar Kalomiénskoye, donde se encuentra en medio de un bosque de abedules la “dacha” (o casa de verano) de Pedro I el Grande. Para los amantes del pasado ruso, ideal. Además, con un poco de suerte es posible ver un oficio religioso a la vieja usanza ortodoxa en la iglesia que allí se encuentra.

Por último, está el parque de Izmáilovo, donde los consumistas podrán ser plenamente felices. Esta feria al aire libre solo abre los domingos y es el equivalente ruso de nuestro mercadillo del Rastro. Allí se puede encontrar de todo: desde un uniforme alemán de la época de la guerra hasta unas tallas en madera, pinturas, billetes antiguos y, cómo no, los célebres  íconos, cuya exportación esta rigurosamente prohibida por el Gobierno. Al igual que casi todas las antigüedades.

Instantáneas desde la estepa

Instantáneas desde la estepa

Recuerdo que en Moscú la temperatura era de catorce grados bajo cero aquel diciembre de 1989. En el Palacio de la Juventud, el cuerpo de Andréi Sájarov, muerto hacia dos días, es expuesto al reconocimiento público. A pesar del intenso frio hay una cola de más de tres kilómetros para rendirle un homenaje póstumo.

El genial físico nuclear, que fuera preso político y diputado popular recibe de sus compatriotas un agradecimiento tardío que me deja asombrado. Muchas veces había oído hablar este ritual, tan caro a los rusos, pero nunca lo había presenciado. Como decía un celebrado cantante: “Aquí la única forma de lograr el reconocimiento, es después de muerto”.

*****

Un joven de unos 19 años, largas melenas rubias y gafas de sol. Una camiseta deportiva con la inscripción “Yankees”, pantalones vaqueros raídos y calcetines fosforescentes, rigurosos walkman y patines de competición. Ah sí…un detalle alucinante más: dos pequeñas banderas de los Estados Unidos ondean alegremente desde su cinto. ¿California? ¿Miami Beach?

No. Estación de Metro Maiakovski, Moscú, una tarde de verano de 1988.

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Un grupo de hombre entrados en años y con bolsas al hombro dialogan entre si mientras se pasan misteriosamente algunos libros. Compraventa callejera. ¿Cuál es la joya? Una moderna Biblia en ruso, recién salida de las imprentas. ¿Su precio? Doscientos rublos. ¿El salario medio de un trabajador? Ciento cincuenta.

Casa del Libro. Avenida Kalinin

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Un numeroso grupo de abuelas y ancianos llegados de provincia están sentados comiendo bocadillos de embutido barato. Mientras comen observan a sus nietos que corretean alrededor. Bostezos y rostros ceñudos. Algunos abuelos se quejan del ruido excesivo.

A pocos metros delante de ellos, Pink Floyd toca “Wish you were were” en su histórico primer concierto en la URSS.

Estadio Olímpico, Moscú

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Una larga cola espera frente a un mostrador. Tras esperar poco más de media hora estos hombres y mujeres podrán degustar – muchos por primera vez en sus vidas – una porción de pizza.

Kiosco del Metro “Frunzenskaya”

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Unos treinta taxis esperan frente a un gran edificio. Chóferes que caminan, fuman y charlan indolentemente. Entra en escena el turista incauto: “¿Hasta el Conservatorio?”. De hecho, en la URSS el taxista decide si te lleva o no, según su conveniencia. Llega la respuesta grosera y desganada: “Cuarenta rublos”. El taxista sigue fumando y mira para otro lado. El incauto está desconcertado. Él sabe que un taxi hasta su destinación no cuesta más de dos rublos.

Hotel “Intourist”, en la Avenida Gorky.

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“Fotos” de Moscú: su vida cotidiana en el verano de 1989.

Pizza Hut, the first American pizza in Moscow

Levi’s: best prices in Europe

“Pepsi”, “Mc Donald’s”, Michael Jackson y Sylvester “Rambo” Stallone.

Parece que a los americanos les resultó mucho más fácil y divertido ganar “La guerra de las hamburguesas” que la “de las galaxias”. Y sobre todo, mucho más barato.

Juventud soviética…

Y su contraste: junto a hamburguesas, pizzas o walkman comprados en el omnipresente mercado negro, y jovencitos americanizados hasta la médula…están los otros.

Los pensionistas y las abuelas que han vivido dos guerras mundiales y limpian baños para poder sobrevivir en un país que les da una pensión de 70 rublos, mientras que un estudiante llegado de Etiopía o Laos gana 110, o más. Aclaración necesaria: aunque pueda parecer increíble, al cambio negro una pensión de 70 rublos equivale a 500 pesetas. (NDA: 3 euros mensuales a valores de hoy)

Pero están también los estudiantes venidos de las provincias, que se ven obligados a contar los “kópeks” (centavos) para ver si pueden, o no, permitirse volver a casa en el Metro.

Juventud soviética y la confusión. La confusión de un momento en el que todos los valores aprendidos se ponen en tela de juicio. Una época en la cual los últimos supervivientes de la Segunda Guerra Mundial (aquí llamada “Gran Guerra Patriótica”) están ya en la ancianidad, o muy cerca del fin, y con ellos la sombra de un pasado heroico y trágico que los marcó durante cuarenta años. Pero estos jovencitos que piden hamburguesas y vaqueros ya no recuerdan Stalingrado. 

Juventud soviética y el índice de abortos más elevado del mundo. Los rusos y el sexo. Los rusos y la desinformación. Los hombres muy hombres, y las mujeres muy mujeres.

Músculos y pestañas postizas…

Esta es la sociedad que igualó derechos y obligaciones para hombres y mujeres en los años 20 a fin de que las mujeres pudieran participar en la construcción de líneas férreas y condujeran camiones; pero en la cual hay una sola mujer (miembro suplente) en el Politburó, el órgano supremo de la dirigencia del país. Donde para una mujer era hasta hace poco prácticamente imposible entrar al prestigioso MGIMO, el instituto de Relaciones Internacionales, cantera de élite para los futuros diplomáticos soviéticos. 

Recuerdo a Yelena, una joven profesora de Historia en la universidad preguntarme si eso que había oído por ahí del “feminismo” era una nueva moda, y de qué se trataba.

Es la tierra de la constante contradicción entre la ley y la realidad; lo que dicen las reglas y ordenanzas, y las normas “reales” que rigen la vida cotidiana.

La falta más absoluta de respeto al tiempo del otro. Y al propio…

“Un ruso se pasa la cuarta parte de su vida haciendo cola”, explicaba el año pasado el cotidiano moscovita “Nóvosti”. O sea que en una vida de ochenta años, ese hombre o mujer se ha pasado veinte a la espera.

Una vejez que siente que la razón de su vida y su lucha estaba equivocada. Una generación diezmada, engañada y silenciada. Otra generación intermedia de hombres y mujeres hartos de promesas, cansados de esperar resultados concretos y de no ver mejoras palpables en sus vidas. Y una generación joven confundida, descreída y desorientada, con sueños e ideales contradictorios.

La situación es muy compleja. Parece un callejón sin salida.

Los rusos necesitan una respuesta, y la necesitan ahora. Hay que esperar que la encuentren pronto. Por el bien de ellos y de todos nosotros.

Al fin y al cabo, son una superpotencia.

Aunque tengan zapatos de plástico…

Moscú, URSS
Octubre de 1990

*Imágenes cortesía del autor. ©Rodrigo Carrizo Couto 

RodrigoRodrigo Carrizo Couto. Radica en Suiza y escribe para el diario El País y la SRG SSR Swiss Broadcasting. Ha colaborado regularmente con los diariosClarín, La Nación de Buenos Aires y la revista suiza L’Hebdo, entre otros medios.

 

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.


Posted: February 19, 2017 at 9:56 pm

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