A seis décadas de "La muerte de Artemio Cruz"
Adolfo Castañón
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La novela publicada por Carlos Fuentes en 1962 fue su tercera obra narrativa de importancia. En ella confluyen algunos elementos de las obras anteriores: la convivencia del subsuelo popular de México con las esferas del poder a través de las escenas encarnadas por sus personajes, en quienes las voces e inflexiones del verbo “chingar”, como en La región más transparente, trazan una suerte de hilo narrativo por el laberinto de la imaginación fuentástica. El autor tenía tan presentes a los personajes de su novela que llegó a dibujarlos:

Los motivos de la crítica a la Revolución mexicana se manifiestan en la consideración a veces destemplada del personaje cuya agonía retrata la novela. Esta insolencia del narrador no pasó inadvertida a Carlos Valdés, uno de los primeros críticos de la novela:
Una de las fallas principales de Carlos Fuentes es la actitud moralista que adopta frente a sus personajes: no siente simpatía por ellos, los juzga y los condena. El plutócrata Artemio Cruz es un villano de pies a cabeza; se nos muestra con lujo de detalles sus malas acciones, sus amoríos, su filosofía de cínico, y hasta el color de sus ojos; pero hay algo frío, intelectual en estas caricaturas. Los lectores no podemos sentir ni simpatía ni odio por Artemio Cruz; el autor no nos predispone a ello; algunas veces nos hace pensar, pero casi nunca nos induce a seguir emociones. Carlos Fuentes tiene conciencia del problema del maniqueismo: no condena totalmente a Artemio Cruz, y al final parece perdonarlo por un acto bueno del personaje. Pero esta solución no nos parece satisfactoria, y añoramos el respeto y la simpatía que los grandes escritores (como Faulkner y Dostoievski) sienten hasta por sus más malvados personajes.[1]
El autor no era insensible a la lectura que harían sus contemporáneos. De ahí que haya declarado a Emanuel Carballo:
Se relatan aquí las doce horas de agonía de este viejo que muere de infarto al mesenterio, mal que los médicos no descubren sino hasta el último momento. En el transcurso de estas doce horas se interpolan los doce días que él considera definitivos en su vida. Hay un tercer elemento, el subconsciente, especie de Virgilio que lo guía por los doce círculos de su infierno, y que es la otra cara de su espejo, la otra mitad de Artemio Cruz: es el Tú que habla en futuro. Es el subconsciente el que se aferra a un porvenir del Yo –el viejo moribundo– no alcanzará a conocer. El viejo Yo es el presente, en tanto de Él rescata el pasado de Artemio Cruz. Se trata de un diálogo de espejos entre las tres personas, entre los tres tiempos que forman la vida de este personaje duro y enajenado. En su agonía, Artemio trata de reconquistar, por medio de la memoria, sus doce días definitivos, días que son, en realidad, doce opciones. Su biografía espiritual es más importante que su biografía física. Las negativas, las traiciones, las elecciones, las presiones a las que su espíritu se somete lo empujan al mundo de los objetos, en el cual él es un objeto más. En el tiempo presente de la novela, Artemio es un hombre sin libertad: la ha agotado a fuerza de elegir. Bueno o malo, al lector toca decidirlo.[2]
A la novela la acompañó desde el principio un cortejo crítico. La saludaron José Emilio Pacheco, Carlos Valdés y Emilio Uranga, cuya reseña recuperó años después el investigador José Manuel Cuéllar en “Una novela mexicana”.[3] Los tres coinciden en subrayar el carácter barroco, romántico y desigual de la composición, aunque conceden su veracidad histórica y el ímpetu de su valoración poética y política del paisaje circundante. El más virulento lector de la novela fue Emilio Uranga:
Yo considero a este novelista un niño pueril, valga la aclaración y su arte literario me cautiva por la cantidad inaudita de trucos de que echa mano. Se trata de un autor romántico o más precisamente barroco, que no goza de los placeres de la línea recta sino de las volutas de la morbosidad artificiosa, que lo llevan a acumular estupideces y a engranarlas en altares más complicados y tediosos que el famoso Altar de los Reyes. Pero así es la literatura mexicana y no hay remedio para la dolencia.
[…]
Hay una enumeración caótica muy característica de los horrores que para este muchachito estentóreo legitiman cualquier pillería. A la mujer y a la hija del personaje de esta novela, se les ha ahorrado las siguientes incomodidades: perderse en “esa multitud de pies hinchados”, “esperando un camión en todas las esquinas de la ciudad”, “empleadas en un comercio”, “tecleando máquinas”, “envolviendo paquetes”, “ahorrando para comprar un coche en abonos”, “pagando mensualidades de un terreno”, “sentadas en un cine de barrio todos los sábados”, “suspirando por un refrigerador”, “comiendo cacahuates”, “tratando de encontrar un taxi a la salida”, “merendando fuera una vez al mes”, “gritar cómo México no hay dos”, “sentirse orgullosas de los sarapes, Cantinflas y la música de mariachi”, del “mole poblano”, de tener que confiar “realmente” en la manda y en la “peregrinación a los santuarios” y en “la eficacia de las oraciones para mantenerse vivas” (p. 86).
[…]
La pillería de nuestras clases adineradas encuentra su justificación inobjetable en ese catálogo de inepcias a que nos condena la clase media mexicana. ¡Que tengan mil años de bienaventuranza por haberse enfrentado con denuedo a nuestros ideales mediocres! Los hemos obligado, a nuestros queridos rapamontes, asesinos de reforma agraria, aliados del imperialismo norteamericano y verdugos de la clase obrera, a obrar en consecuencia. Yo también, a la salida de un cine, no encontrando un taxi y pensando que tengo que pagar el abono de mi coche, que usa mi mujer y no yo, he vomitado pestes contra mi condición de clase media y entonado alabanzas, como Carlos Fuentes, a Jenkis y al coronel García Valesca.
Además de estas tres voces, la novela ha suscitado un caudal de interpretaciones:
- “Análisis discursivo de La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes”. Tesis para obtener el grado de Maestro en Letras (Literatura Mexicana) presentada por Jesús Fernando León Zavala; asesor Helena Beristaín Díaz, Universidad Nacional Autónoma de México, 1991, 165 pp.
- “Vigencia de La muerte de Artemio Cruz” dentro de la novelística actual mexicana. Tesis para obtener el título de Licenciada en Letras Hispánicas presentada por Rosaura Loyda Román, Universidad Nacional Autónoma de México, 1990, 98 pp.
- Problemas de traducción lingüísticos-literarios en La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes (Español-Inglés). Para obtener el título de licenciada en Lengua y Literatura, presenta Ana Isabel González Rembao, La Paz, Baja California Sur, México, Marzo del 2017, pp.
- Ricardo Gutiérrez Mouat, “La muerte de Artemio Cruz, el boom y la teoría posmoderna” en Literatura Mexicana, vol. XVII, núm. 1, Universidad Nacional Autónoma de México, 2006, pp. 29-42.
- José Teodoro Ramos Suchite, “Tiempo y vida en La muerte de Artemio Cruz”, Universidad de San Carlos de Guatemala, Guatemala, marzo de 1979, 94 pp.
- “Pintura y narrativa histórica Latinoamericana en La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes”. Tesis de Maestría en Estudios Literarios presentado por Dora Sofía Cobos Mayorga, Bogotá, Colombia, 10 de enero de 2023, 93 pp.
- “Publicación: Modelo y estructura narrativa en La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes”, Trabajo de investigación para optar el grado académico de Licenciada en Letras presentado por Aida Sasso de González, Universidad del Valle de Guatemala, Guatemala, 2007, 55 pp.
- Carlos Antonio Fernández, “Póker de ases: Breves reflexiones sobre La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes”, 02 de febrero de 2020. https://filopalabra.com/poker-de-ases-breves-reflexiones-sobre-la-muerte-de-artemio-cruz-de-carlos-fuentes/
- Sophie Bertrand, Ambigüedad del duelo en “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes: entre duelo individual y colectivo. Ensayo, University of Louvain (Faculté de philosophie, arts et lettres), Múnich, 2011, 14 pp.
- “La muerte de Artemio Cruz: entre deseo y nostalgia”, Dulce María Zúñiga, Revista de literatura hispánica, Vol. 1, No. 75, Art. 10, 2012. https://digitalcommons.providence.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=2646&context=inti
- “Dos opiniones sobre La muerte de Artemio Cruz I. La hora del lector”, José Emilio Pacheco, “II. Un virtuosismo gratuito”, Carlos Valdés. Revista de la Universidad de México, Agosto 1962, pp. 19-21.
- “La presencia del tiempo en la novela La muerte de Artemio Cruz”, artículo de Belén Vila en “Margen Cero” de la Revista Almiar, No. 91, marzo-abril, 2017.
- “La muerte de Artemio Cruz y el último engaño de los ideales de la Revolución Mexicana”, Luis A. Aguilar Monsalve, Anales de la Universidad Central del Ecuador No. 372, Universidad San Francisco de Quito, Recibido: 18-octubre-2013 Aceptado: 21-octubre-2013, pp. 487-497.
- Los cuadernos de Grhaal, No. 1, 2023 (https://revue-grhaal.numerev.com/numeros/1222-revue-1-la-muerte-de-artemio-cruz-de-carlos-fuentes-et-la-litterature-mexicaine-des-xx-et-xxie-siecles)
- “La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y la literatura mexicana de los siglos XX y XXI”, prefacio de Fabrice Parisot.
- “Entre la tradición y la modernidad, La muerte de Artemio Cruz, de la novela de la Revolución Mexicana al boom latinoamericano”, Lise Demeyer.
- “La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes: en números de Boom y paratexto” de Fabrice Parisot.
- “La muerte de Artemio Cruz: nueva novela revolucionaria” de Georgina García Gutiérrez Vélez.
- “El efecto del sonido en La muerte de Artemio Cruz (1962), novela del boom” de Alba Lara-Alengrin.
- “La muerte de Artemio Cruz, 1962: Padres e hijos, historia y mito” de Steven Boldy, (Traducido del inglés por Isabelle Cases, Upvd).
- “La muerte de Artemio Cruz: una huida de la memoria” de Florencia Olivier.
- “La fiesta en la mansión de Coyoacán: ¿fin de año, fin de ciclo, fin de reinado?” de María José Hanai.
- “La muerte de Artemio Cruz. El placer del poder” de Alfonso González en la Revista de la Universidad de México, No. 44, 2007, pp. 38-41.
- “El tiempo en La muerte de Artemio Cruz”, Ana Porroche Campo. Trabajo fin de Máster en Estudios Hispánicos. Repositorio de la Universidad de Zaragoza-Zaguan, Facultad de Filosofía y Letras, España, 2012, 118 pp.
- “Otra vez Unamuno y Fuentes: La muerte de Artemio Cruz”, June C. D. Carter y Alfred Rodríguez en Revistas Filológicas, UNAM, 1986, pp. 427-434.
- “Carlos Fuentes. La muerte de Artemio Cruz. Estudio crítico”. “El mito del héroe en La muerte de Artemio Cruz” de Oralia Prado Govea en El laberinto del verdugo (blog), Universidad de Guadalajara, 2014.
- “Una herencia perdida: La identidad afromexicana de Artemio Cruz”, Alberto Ribas, California State University-San Marcos en Afro-Hispanic Review, SPRING 2009, Vol. 28, No. 1 (SPRING 2009), pp. 99-116.
Cuando la novela se publicó yo tenía diez años y la leí quince después. Pero escuché opiniones sobre ella emitidas por mi padre, mis maestros y algunos amigos desde mi adolescencia, algunas de ellas tenían que ver con las figuras que podrían haber inspirado a Fuentes en su corrosiva fábula. Uno de los nombres que se barajaba era el del revolucionario empresario y periodista José García Valseca, al cual cita Uranga.
Las metamorfosis de la novela están organizadas desde adentro: la narrativa gira en espirales, saltos, yuxtaposiciones, retornos cíclicos. Supuestamente se articula en una forma histórica y repasa los episodios que sucedieron al teniente Cruz el 4 de diciembre de 1913, el 23 de noviembre de 1927, con un salto al 22 de octubre de 1915 y una proyección al 3 de febrero de 1939, regresando a los hechos del 18 de enero de 1903 y concluye con la visión del 9 de abril de 1889… La novela fue escrita en dos raptos; entre mayo de 1960 en La Habana y diciembre de 1961. Su escritura coincide con el inicio del ocaso del sistema político mexicano y, curiosamente, con el Año de la Reforma Agraria en Cuba, donde Fuentes se encontraba. Recordemos al personaje Artemio Cruz:
Él se envolvió en la manta azul, porque el viento helado de esas horas desmentía, con un rumor de rastrojo agitado, el calor vertical del día. Habían pasado toda la noche en campo abierto, sin comer. A menos de dos kilómetros se levantaban las coronas de basalto de la sierra, con la raíz hundida en el desierto duro. Desde tres días antes, el destacamento de exploración caminaba sin pedir rumbo ni señas, guiado sólo por el olfato del capitán, que creía conocer las mañas y las rutas de las columnas, ahora jironeadas y en fuga, de Francisco Villa. Detrás, a sesenta kilómetros de distancia, quedaron las fuerzas que sólo esperaban la llegada, a matacaballo, de un emisario del destacamento para lanzarse sobre los restos de Villa e impedirles que se unieran con tropas frescas en Chihuahua. Pero, ¿dónde estarían esos jirones del cabecilla? Él creía saberlo: en algún vericueto de la montaña, siguiendo el camino más difícil. Al cuarto día —éste— el destacamento debería internarse en la Sierra mientras las fuerzas leales a Carranza avanzaban hacia el lugar que, al alba, él y sus hombres habrían de dejar. Desde ayer, se habían agotado las bolsas de pinole. Y el sargento que al anochecer salió a caballo, cargando con las cantimploras de todo el destacamento, hacia el riachuelo que se derrumbaba por las rocas y se agotaba al primer contacto con el desierto, no lo encontró. Sí pudo ver el cauce de vetas rojizas, limpio y arrugado, vacío. Y es que dos años antes habían pasado por este mismo lugar en época de aguas y ahora sólo un astro redondo se mecía, del alba al crepúsculo, sobre las cabezas hirvientes de los soldados. Habían acampado sin prender lumbres; algún vigía podría distinguirlos desde la montaña. Además, no era necesario. Ningún alimento se cocinaría, y en la inmensidad del llano desértico, mal podría calentar a nadie una fogata aislada. Envuelto en el sarape, él se acarició el rostro delgado; la prolongación del bigote crespo en la barba de los últimos días; las incrustaciones de polvo en las comisuras de los labios, en las cejas, en el caballete de la nariz. Dieciocho hombres formaban el campo, a unos metros del jefe: él duerme o vigila solo, siempre, con un tramo de tierra que lo separa de sus hombres. Cerca, las crines de los caballos se agitaban con el viento y sus siluetas negras se recortaban sobre la piel amarilla de la tierra. Quería ascender: el nacimiento del arroyo estaba en la montaña y entre sus rocas se formaba ese derrame de frescura breve y solitario. Quería ascender: el enemigo no debía andar lejos. Su cuerpo se sintió tenso esa noche. El ayuno y la sed le ahondaron y abrieron más los ojos, esos ojos verdes de mirada pareja y fría. La máscara teñida de polvo permaneció fija y despierta. Esperaba la primera línea del alba para ponerse en marcha: al cuarto día, de acuerdo con lo convenido. Casi nadie dormía, porque lo miraban de lejos, sentado con las rodillas dobladas, envuelto en la manta, inmóvil. Los que intentaban cerrar los ojos luchaban contra la sed, el hambre y el cansancio. Los que no miraban al capitán miraban la fila de caballos con los tupés doblados. Las bridas fueron amarradas a un mezquite grueso que emergía, como un dedo perdido, de la tierra. Hacia la tierra miraban los caballos cansados. El sol debía aparecer detrás de la montaña. Ya era tiempo.[4]
La tercera novela de Carlos Fuentes fue traducida al inglés y estuvo como finalistas al Premio Internacional de Salzburgo. Con ella, Fuentes se propuso “despertar al idioma español aunque sea a patadas o bofetadas”, como diría años después en una entrevista en puerto Rico.[5]
La novela de Fuentes se inscribe en otro horizonte: en el de “Los hombres de a caballo”, para citar el título de la novela del argentino David Viñas, quien habla de la presencia de la visión de los militares en la historia argentina. De algún modo la novela del mexicano forma parte de ese universo.
Las espirales y parábolas que articulan esta narración las reiterará el autor en sus obras posteriores: la fractura de los tiempos, el ir y venir de una época a otra, la identificación entre cuerpo público y cuerpo privado; recorrerán obras como Terra nostra, Cristobal nonato o Gringo viejo. Curiosamente, cabría decirse que la novela, a pesar de sus defectos, no ha envejecido, como prueba su caudalosa historia editorial y crítica, además de las ediciones:
Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA (FCE). 1ª ed., 1962; 1ª ed. (Letras Mexicanas), 1973; 1ª reimpresión (Popular) (FCE-Colombia), 1977; 1ª reimpresión (FCE-España), 1978; 2ª reimpresión (FCE-España), 1983; 1ª ed. (Lecturas Mexicanas), 1983; 3ª reimpresión (FCE-España), 1986; 4ª reimpresión (FCE-España), 1988; 2ª reimpresión (FCE-Colombia), 1988; 5ª reimpresión (FCE-España), 1989; 6ª reimpresión (FCE-España), 1990; 7ª reimpresión (FCE-España), 1991; 8ª reimpresión (FCE-España), 1992; 3ª reimpresión (FCE-Colombia), 1993; 15ª reimpresión (FCE-México), 1993; 1ª ed. (FCE-Chile), 1993; 16ª reimpresión (FCE-México), 1994; 17ª reimpresión, 1995; 18ª reimpresión, 1996; 9ª reimpresión (FCE-España), 1997; 20ª reimpresión, 1998.
Fuentes tuvo siempre una recepción contrastada, por ejemplo, Jorge Ibargüengoitia, en su libro La ley de Herodes, habla de un personaje, “Sarita”, que saca del fango al protagonista y “por ella lee a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes”, como dice Margarita García Flores en la entrevista que le hace a Ibargüengoitia. Le pregunta: “¿De verdad ha leído las obras de Fuentes?” Éste responde: “Algunas sí, no todas. Hemos llegado a un punto en que la próxima me la imagino.”[6]
Notas
[1] Carlos Valdés, “Un virtuosismo gratuito”, Revista de la Universidad de México, núm. 12, agosto de 1962, p. 21.
[2] Citado en: José Emilio Pacheco, “La hora del lector”, Revista de la Universidad de México, núm. 12, agosto de 1962, p. 19.
[3] Publicado originalmente en: “Una novela mexicana”, El Mundo (Tampico, Tamps.), 26 de julio de 1962, p. 2; recogido en: Herir en lo sensible. Ensayos y artículos de crítica literaria. Selección, introducción y notas de José Manuel Cuéllar Moreno, México, Bonilla y Artigas, 2024, pp. 111-113.
[4] Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, México, Penguin Books, 1996, p. 143-145.
[5] “Carlos Fuentes: en Puerto Rico: urge despertar al idioma español aunque sea a patadas o bofetadas”, Excélsior, 30 enero 1981, p. 1 Cultura.
[6] Margarita García Flores, Cartas marcadas, México, UNAM, Textos de Humanidades 10, 1979, p. 189.
Adolfo Castañón es poeta, traductor y ensayista. Es autor de más de 30 volúmenes. Los más recientes de ellos son Tránsito de Octavio Paz (2014) y Por el país de Montaigne (2015), ambos publicados por El Colegio de México. Premio Xavier Villaurrutia 2008, Premio Alfonso Reyes 2018 y Premio Nacional de Artes y Literatura 2020. Creador Emérito perteneciente al SNCA. Twitter: @avecesprosa
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Posted: April 1, 2026 at 10:16 am







