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Guerra en el país de Lovecraft
COLUMN/COLUMNA

Guerra en el país de Lovecraft

Alberto Chimal

1. El World Fantasy Award, o Premio Mundial de Fantasía, se parece a otros semejantes en que no tiene nada de mundial. Premia obras de lengua inglesa dentro del “género” fantástico, tal como se define en el medio editorial de los Estados Unidos, y está muy integrado en el sistema de publicación y promoción de editoriales grandes y pequeñas de aquel país.

Durante 40 años, el premio, otorgado en diversas categorías, consistió de una estatuilla con la efigie estilizada del escritor Howard Phillips Lovecraft (1890-1937).

Desde 2015, sin embargo, la escultura que se entrega es otra, debido a una campaña de presión a la World Fantasy Convention (la entidad encargada de entregar el premio) y una polémica llevada a cabo en redes y en la prensa desde el año anterior. El escritor Daniel José Older la explicó en una petición que él mismo puso en marcha en el sitio Change.org para exigir que el trofeo ya no representara la cara de Lovecraft:

Aunque H. P. Lovecraft […] dejó una marca perdurable en la ficción especulativa, también era un racista confeso y un pésimo redactor. Muchos escritores han expresado su incomodidad al ganar un premio que homenajea a alguien con semejantes opiniones repugnantes […] Es hora de dejar de validar sus prejuicios y sacar a la ciencia ficción y la fantasía de su pasado.

Posteriormente, Older celebró la decisión de los organizadores de la WFC:

Si la fantasía como género realmente quiere acoger a todos sus fans, y yo creo que sí lo desea, no podemos seguir venerando a un hombre que usó la literatura como un arma contra razas enteras. Los escritores de color siempre hemos tenido que luchar con el problema de cómo amar un género que parece tan decidido a probar que no nos devuelve el afecto. Hemos alzado nuestras voces colectivamente, en masa, y la gente de World Fantasy nos ha escuchado. Por ello, hoy la fantasía es un género mejor, más incluyente y fuerte.

2. No hay forma de negar la existencia de los prejuicios de Lovecraft: se ven en su narrativa y más aún en su poesía, ensayos y cartas. (En este texto de 2011, la escritora afrodescendiente Nnedi Okorafor, para explicar su malestar tras haber ganado una estatuilla original del World Fantasy Award, ofrece una muestra: un poema repugnante, que no voy a traducir aquí.)

El escritor era, desde luego, “hombre de su tiempo”, y se formó en una cultura en la que sus posturas estaban más extendidas y eran menos criticadas que en la actualidad. Sin embargo, lo cierto es que dijo lo que dijo. Hay lectores de Lovecraft que insisten en “separar” al autor de la obra, lo cual es una práctica –en sí misma polémica– de lo más actual; es comprensible que no quieran hacerlo quienes han vivido la presencia insidiosa y constante del racismo en los Estados Unidos, que como institución explotadora tiene más de 400 años y hoy mismo es infligido a millones de personas “no blancas”.

Gracias a ellos, desde la polémica de 2015 Lovecraft ha comenzado a desplazarse, a cambiar de sitio en la cultura popular del occidente. Si en las décadas posteriores a su muerte fue una figura de culto casi desconocida, y a partir de los sesenta su obra fue influencia directa en nuevas generaciones de creadores especializados en la literatura y el cine de terror, actualmente parece ser más alguien a quien criticar o parodiar: una presencia a la vez imposible de ignorar y de tomar en serio. Hace mucho que el dios Cthulhu, como el resto de sus personajes famosos, se ha vuelto trivial, el modelo de una figura de peluche; ahora, además, un número creciente de obras toman los famosos “mitos de Cthulhu”, y el resto de la producción lovecraftiana, como de partida para rebatir explícitamente la visión del mundo de su autor y oponer horrores y ansiedades reales del presente a los que él imaginó.

Algunas de estas obras contrarias tienen que ver con la desinformación y la distorsión de la realidad (The Night Ocean de Paul LaFarge) o con el fanatismo (Providence de Alan Moore y Jacen Burrows); las más celebradas atacan el racismo de frente, como La balada de Tom el Negro de Victor Lavalle, Mexican Gothic de Silvia Moreno-García o Territorio Lovecraft de Matt Ruff, en la que se basa la serie de Jordan Peele estrenada hace poco por HBO. La respuesta a este movimiento –acaso un subgénero nuevo: lo anti-lovecraftiano– ha sido entusiasta en medios especializados y entre el público de convicciones progresistas: como mínimo, da para publicaciones de repudio en redes sociales y otros gestos performativos semejantes.

Un resumen de la situación en este momento se puede encontrar en este podcast de las escritoras y periodistas Charlie Jane Anders y Annalee Newitz: su postura es que los temas y propuestas narrativas de Lovecraft y otros autores “problemáticos” del siglo pasado pueden reutilizarse sin “deificarlos” ni perdonar sus conductas reprobables. Ni siquiera hay que leerlos, dice Anders. Ya se les conoce por estar dentro de la obra de escritores posteriores y mejores que ellos.

3. Se debe notar que, con la única excepción de Moreno-García –nacida en México y radicada en Canadá– y de algunos pasajes en los libros de Moore y LaFarge, ninguno de los autores y comentaristas mencionados hasta aquí considera la literatura escrita más allá de las fronteras de la lengua inglesa, la realidad de ningún otro país ni la influencia que la cultura estadounidense tiene en otras. Esto no sorprende porque Estados Unidos es, tradicionalmente, un país de pensamiento insular, ensimismado, obsesionado por la ilusión de su superioridad. Pero la polémica alrededor de Lovecraft también es reveladora porque se ha dado –de Okorafor a Newitz y Anders– a lo largo de la última década: un periodo crucial en aquel país que está concluyendo en múltiples crisis simultáneas (infecciones sin control de coronavirus, desastres naturales, descontento social exacerbado con fines políticos por el gobierno de Trump, derrumbe de las instituciones democráticas) y hace temer la consolidación de un régimen autoritario fundado, precisamente, en el racismo sistémico, violento y antiguo que se deja ver en la obra de Lovecraft.

Ésta no ha sido “cancelada” de ninguna manera. Tal vez no sea posible: se le emplea en artículos cómicos de McSweeney’s como fuente de clichés acerca de la malevolencia del Partido Republicano, y al mismo tiempo como depósito de imágenes del miedo a los inmigrantes y los “otros”, los seres humanos demonizados por la extrema derecha y las sectas fanáticas (típicas del país que inventó las “teorías” conspiranoicas) que hoy empiezan a abrirse paso en su política formal. Si no otra cosa, Lovecraft es, a su modo peculiar y alarmante, un autor profundamente americano: el origen de sus miedos está en una raíz intolerable pero muy viva del ser de su propio país. 

4. Por otra parte, habría que preguntarse por qué seguimos hablando siquiera de Lovecraft en el resto del mundo. Pongamos que sea verdad lo que dicen sus críticos: que lo recargado y vago de su prosa es proverbial; que lo mejor de sus aportaciones está tan asimilado que su obra ya es redundante; que lo mancha lo detestable de sus creencias. Si, además de esto, se considera que en decenas de países se han hecho ya, hasta el hartazgo, copias y copias y copias de sus historias durante décadas, ¿por qué no ha sido olvidado, como tantos otros? Figuras más o menos contemporáneas de Lovecraft e igualmente criticadas, como el escritor de “derecha libertaria” Robert A. Heinlein o el editor criptofascista John W. Campbell, no tienen hoy importancia alguna fuera de su país de origen y apenas se les recuerda en él. ¿Por qué Lovecraft es distinto?

No se debe a sus textos en sí mismos, o no sólo a ellos. Importa mucho la coincidencia afortunada, irrepetible, de diferentes circunstancias personales, literarias e históricas. Su gran tema –la pequeñez del ser humano en un universo hostil o indiferente, incomprensible para nuestras mentes limitadas– va en contra del espíritu optimista de buena parte de la ficción popular de su tiempo, poblada de protagonistas fuertes y creyentes en su capacidad de conquistar y someter; su principal estrategia formal, que es sugerir lo inefable o incomprensible evitando describirlo –haciendo más bien que sus personajes se quejen sus propias dificultades para comprender lo que les sucede– es en efecto de lo menos afortunado e influyente de sus textos. Lovecraft hubiera sido olvidado, o relegado a mera curiosidad, de no haber tenido discípulos y albaceas que difundieran su trabajo después de su muerte y ampliaran el alcance de su influencia. Y a ellos les ayudó no solamente el entusiasmo declarado de Lovecraft por compartir la mitología que iba creando, y que incluso mientras vivía fue tomada por otros escritores, sino también la situación incierta de los derechos de los textos. En la práctica, la obra de Lovecraft pasó al dominio público y ha podido ser utilizada sin restricción durante más de setenta años. No sé de otro caso semejante en la historia literaria del siglo XX ni me parece que vaya a haber otro en el futuro: si Lovecraft fuera un escritor contemporáneo, recién fallecido, los derechos de su obra serían propiedad de la Disney y extendidos una y otra vez –para seguir vendiendo libros, películas, colchas, figurillas de plástico, vasos tequileros, etcétera–mediante subterfugios legales.

Así, los textos invitan a ser percibidos menos como una “propiedad intelectual” que como una mitología, susceptible a todo tipo de apropiaciones y modificaciones. Los anti-lovecraftianos hacen esto, naturalmente, pero también lo pueden hacer autoras y autores mucho más alejados del entorno inmediato actual que los textos iluminan de forma tan perturbadora.

5. Gente de México, por ejemplo: aunque la gran mayoría de las imitaciones de Lovecraft son mera basura (como cualquier imitación), y aún nos falta una obra que reutilice los mitos de Cthulhu de una manera tan poderosa que lo destruya, que lo funda del todo y verdaderamente vuelva a crearlo, hay de hecho varias generaciones de autores que lo han intentado. Les ayuda que Lovecraft, traducido, suena más remoto, con menos ideología. Por ejemplo, la palabra con n (n-word), el insulto racista más ofensivo del inglés americano, que ni siquiera los peores nativistas se atreven a usar en público –y que no estoy de hecho escribiendo en esta nota, aunque quien me lee probablemente sabe cuál es–, está en los textos, pero usualmente es vertido como negro, una palabra mucho menos precisa.

Además, el racismo mexicano, aunque no menos extendido, es diferente.

El otro día hice una encuesta informal en Twitter respecto de Lovecraft. El resultado, con una mayoría de participaciones de México y América Latina, fue que sólo a 10% de quienes respondieron les molestaba “mucho” el racismo de “La llamada de Cthulhu” u otros textos semejantes.  Entre varias respuestas que hubo más allá de la encuesta, vale la pena reproducir la de @Viejo_Cthulhu, una cuenta cuyo autor o autora reinventa al monstruo para hacer bromas y juegos de ingenio:

 

Gracias a que el extremismo que menciona @Viejo_Cthulhu, y sus defensores más detestables, siguen siendo marginales, autoras y autores que han tenido a Lovecraft como una guía constante siguen teniendo un espacio para poder imaginar.

Su precursor es Emiliano González, escritor clásico y de culto a la vez, con un cuento de antología, “La herencia de Cthulhu”, de 1978; en la última década, autores diversos y mucho más jóvenes –como Luis Jorge Boone, Miguel Lupián o Nelly Geraldine García– lo han seguido. Tal vez alguien entre ellos acabe por descubrir cómo trasladar el horror del cosmos infinito a los espacios infinitamente limitados, desoladores, arruinados del sur global.

 

Alberto Chimal es autor de más de veinte libros de cuentos y novelas. Ha recibido el Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” 2013 por Manda fuego,  Premio Nacional de Cuento Nezahualcóyotl 1996 por El rey bajo el árbol florido, Premio FILIJ de Dramaturgia 1997 por El secreto de Gorco, y el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2002 por Éstos son los días entre muchos otros. Su Twitter es @AlbertoChimal

 

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Posted: September 6, 2020 at 1:11 pm

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