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Miguel León Portilla, los primeros años
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Miguel León Portilla, los primeros años

Edgardo Bermejo Mora

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Cuatro notas sobre Miguel León Portilla en el centenario de su nacimiento.

1.

Los primeros textos publicados que conocemos del joven León Portilla, antes de que en 1956 se titulara como doctor en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con treinta años de edad, curiosamente no son textos de investigación histórica o de filosofía, sino una serie de textos de divulgación científica.

Se trata de varios artículos publicados en la Revista Mexicana de Cultura, suplemento dominical del periódico El Nacional, durante el primer semestre de 1954, en los que el joven estudiante del doctorado en la UNAM explicaba a sus lectores los temas científicos de aquel momento: la creación del submarino atómico, por ejemplo, o los últimos hallazgos de la astronomía sobre los orígenes del sistema solar.

Es un dato, por lo demás revelador, del que sería uno de sus principales atributos como historiador y como investigador del México antiguo: su capacidad para reunir en una misma obra la profundidad y el rigor de la investigación científica, el estudio meticuloso de las fuentes históricas, y al hacerlo, no prescindir de la capacidad de la escritura que puede ser leída y comprendida no sólo por los especialistas, sino por el público en general.

Ello explica por qué Visión de los vencidos, en la famosa edición con las ilustraciones de Alberto Beltrán de la colección Biblioteca del Estudiante Universitario, sea hasta hoy el libro con más ventas en toda la historia del inmenso catálogo de libros de la UNAM.

Más de 30 reediciones de 1959 a la fecha, incluyendo dos ediciones conmemorativas, un número mucho mayor de reimpresiones, su versión como audiolibro y también ya disponible en versión electrónica, además de su traducción a 17 idiomas, nos confirman que el joven divulgador de la ciencia que publicó sus primeros textos en 1954, iba por el camino correcto.

Cito algunos fragmentos de aquellos artículos de iniciación del joven historiador León Portilla, ambos rescatados por Adolfo Castañón en 2016 para la Revista de la Universidad Nacional.

El primero, sobre la novedad del submarino atómico:

“Por fin han comenzado las grandes aplicaciones técnicas de la energía atómica. Dos son las que se han ganado la atención del público en lo que va del año. Nos referimos al nuevo método de obtener electricidad directamente de algunos metales radioactivos y, sobre todo, a la primera aplicación de la energía nuclear a la propulsión de un submarino. Por ahora, vamos a ocuparnos solamente del submarino atómico”.

“Nuestro fin es mostrar, sin muchas complicaciones técnicas, la parte esencial de su funcionamiento. Pero ¿no es este un secreto de la Comisión Federal de Energía de los Estados Unidos? Lo es en sus detalles y adaptaciones concretas, pero no en sus principios fundamentales, que son ya del dominio científico universal”.

“Con su mecanismo de propulsión atómica (el submarino) podrá permanecer indefinidamente debajo del agua. Podrá dar holgadamente varias veces la vuelta al mundo sin tener que salir a renovar su carga de “combustible”. La explicación de esto se halla en su reactor nuclear”. (El Nacional, 7 de marzo de 1954).

El segundo de los textos es sobre el cosmos, lo que resulta sintomático del joven intelectual que más tarde contribuiría a entender la cosmología de los antiguos mexicanos, su manera de entenderse y aún de gobernarse, a partir de la observación de la bóveda celeste.

“¿Tenía razón Laplace? ¿Hay otros sistemas planetarios? Hasta hace pocos años se aceptaba la hipótesis de una colisión o un acercamiento de estrellas, como la más probable explicación científica del origen de los planetas”.

Y más adelante en aquel artículo, con enorme intuición e inteligencia científica, acertó en lo que habría de comprobarse décadas más tarde.

 “Con nuestros telescopios actuales, incluso con el más potente del Monte Palomar en California, no podemos verificar la existencia de otros sistemas planetarios, pero, por qué habremos de negar que quizás algún día sea posible la comprobación clara de la existencia de miles o millones de sistemas como el nuestro. Si la teoría de Weizsäcker es cierta, es entonces indudable que hay multitud de sistemas solares en nuestro universo. Y en este caso, es también muy probable que en algunos o en muchos de esos “sistemas solares” existan planetas con las condiciones necesarias para hacer posible la vida”.

“Al igual que en otras ciencias, el progreso de la astronomía coincide con el avance maravilloso de la física nuclear. De las aplicaciones de esta al campo verdaderamente ilimitado de los astros, ha nacido la llamada Astrofísica, que es una de las ciencias que más sorpresas nos aguardan. Con su desarrollo llegará el día en que podamos obtener una respuesta cada vez más precisa de todos estos problemas relacionados con la existencia de otros sistemas planetarios y de la posible aparición de la vida en algunos de esos remotos planetas”. (El Nacional, 11 de abril de 1954).

Bien apertrechado con conocimientos de química, de física, de ingeniería, de matemáticas y de astronomía, el joven divulgador de la ciencia al mismo tiempo realizaba su tesis doctoral sobre filosofía Náhuatl, para lo cual dominaba, además, varias, lenguas: el náhuatl, naturalmente, pero también el latín, el griego, y el inglés -no hay que olvidar que sus primeros estudios universitarios los realizó en inglés en una universidad jesuita en Los Ángeles, California y, por supuesto, el mejor español.

Un español certero con el que produjo ensayos históricos a lo largo de una prolífica carrera autoral, con una prosa sencilla, desprovista de florituras y bien atemperada. No en vano León Portilla fue desde 1962 miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, siendo, por cierto, el más joven en haber ingresado a esta institución con apenas 36 años.

Su juventud, su erudición y su capacidad de trabajo eran sorprendentes en aquellos primeros años de su consolidación profesional, al cruzar el segundo lustro de la década de los cincuenta.

Al tiempo que realizaba el doctorado, y faltando un año para graduarse, en 1955 fue nombrado subdirector del Instituto Indigenista Interamericano, un organismo multilateral dependiente de la Organización de Estados Americanos (OEA) que se creó a partir del Primer Congreso Indigenista Interamericano y de la Convención de Pátzcuaro de 1940, y del que fueron también directores el gran arqueólogo mexicano Manuel Gamio y el antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán.

Miguel León Portilla fue subdirector primero, y director después del Instituto Indigenista Interamericano entre 1955 y 1963, ello le obligaba a viajar constantemente a la sede de la OEA en Washington.

Y así, con el doble compromiso de su trabajo como funcionario en un organismo internacional y la redacción de su tesis doctoral, bajo la dirección del filólogo e historiador Ángel María Garibay, se graduó como doctor en 1956, y su tesis sería publicada como libro por la imprenta de la UNAM tres años después.

En el mínimo transcurso de un trienio, publicaría, además de la tesis de doctorado sobre la filosofía náhuatl, otros cuatro títulos, todos ellos en la imprenta de la UNAM: un libro con siete ensayos sobre cultura náhuatl (1958); un estudio sobre los ritos, sacerdotes y atavíos de los dioses prehispánicos (1958): uno más breve de divulgación sobre el pensamiento náhuatl (1959); y su libro más difundido, Visión de los vencidos (1959).

2.

Junto con la publicación de estos libros, entre 1956 y 1961, publicó seis ensayos de divulgación, y la reseña de un libro de filosofía, en la Revista de la Universidad Nacional dirigida por aquel entonces por Jaime García Terrez.

Me detengo brevemente en una sola de aquellas colaboraciones con la Revista de la Universidad Nacional. En noviembre de 1958, a unos meses de que se publicara Visión de los vencidos, publicó la traducción de una leyenda prehispánica relacionada con la creación del alacrán, obtenida a su vez de un documento novohispano.

Cito aquí la presentación que él mismo escribiera de esta traducción.  Recordemos que quien escribe este texto es un joven historiador de 32 años, recién graduado del doctorado:

La leyenda del Alacrán

“Quienes se interesan por nuestro pasado prehispánico suelen preguntar si en el mundo náhuatl existían narraciones que pudieran asemejarse a las fábulas de las culturas indoeuropeas. He aquí una posible. La llamaremos la leyenda del alacrán.

En ella se refiere la suerte de Yáppan, hombre que existió en uno de los soles, o edades anteriores a la nuestra. Supo Yáppan que, al terminar el sol, o período de tiempo en que vivía, él habría de ser, según su destino, transformado en alguna especie de animal. Y para ganarse la benevolencia de los dioses, se apartó a hacer penitencia sobre una peña llamada tehuéhuetl: tambor de piedra.

Pero los dioses comprendieron que si Yáppan se mantenía fiel a su penitencia, observando castidad, al llegar el cataclismo que acabaría con ese sol o edad, y al consumarse por tanto el destino de Yáppan, este se convertiría en alacrán venenoso capaz de matar a cuantos picase. De otro lado, si el penitente quebrantaba su abstinencia, cuando se volviera alacrán su picadura no sería necesariamente mortal.

La leyenda prosigue relatando cómo fue tentado Yáppan, su pecado con la forastera Xochiquétzal y su transformación en colótl (alacrán). Pero Yáppan y Xochiquétzal no son los únicos personajes que aparecen en acción. Encontramos también a Yáotol, “el enemigo” siempre al acecho de Yáppan; a Tlahuitzin, “la encendida”, mujer del penitente, así como a la diosa Citlalcueye “la del faldellín de estrellas”, la cual aparece al fin impartiendo justicia.

La leyenda del alacrán, recogida de labios de los indios a principios del siglo XVII por el bachiller don Hernando Ruiz de Alarcón (hermano del célebre dramaturgo), es una pequeña joya de la literatura náhuatl prehispánica.

Conservada parte en náhuatl y parte en la versión castellana de don Hernando, guarda todo el sabor y la forma de composición de los antiguos textos nahuas del mundo prehispánico.

Ofrezco enseguida mi versión de aquella leyenda. Dividida en cinco tiempos o cuadros, casi se diría el meollo poético de una pieza dramática; o mejor, de un drama coreográfico”.

I

En aquella primera edad,

cuando eran hombres los que ahora son animales,
había uno cuyo nombre era Yappan,
Por mejorar su condición
en la trasmutación que sentía cercana;
por aplacar a los dioses
y atraer su benevolencia,
dejó casa y mujer,
se apartó a hacer penitencia
en abstinencia y castidad,
y habitó sobre una piedra
llamada tehuéhuetl, tambor de piedra.

Perseverando Yappan en su pretensión,
Lo supieron los dioses,
le pusieron por guarda a otro, llamado Yáotl, “el enemigo”.
En ese tiempo Yappan fue tentado por algunas mujeres,
pero no vencido.

Con esto, las dos diosas hermanas,
Citlalcueye y Chalchicueye,
sabiendo que Yappan había de ser convertido en alacrán,
previeron que, si mantenía aquella pureza,
una vez convertido en alacrán
mataría a cuantos picase
y procuraron remedio a este peligro
determinando que Xochiquétzal, su hermana,
bajase a tentar a Yappan.

 

II

Descendió Xochiquétzal
al lugar donde estaba Yappan,
y le dijo:
“Yappan, hermano mío,
he venido, yo, tu hermana,
yo, Xochiquétzal,
vengo a saludarte,
vengo a cumplir contigo el ministerio de la mujer.”
Yappan respondió:
“Has venido, hermana mía,
Xochiquétzal”,
“He venido”, dijo ella,
“¿Por dónde subiré a la piedra?”
“Espera”, dijo Yappan,
“que voy allá”.

Entonces subió Xochiquétzal,
cubrió a Yappan con su huipil,
y él faltó a su promesa.

 

Y esto aconteció
por ser Xochiquétzal forastera,
diosa que venía de los cielos,
de los nueve travesaños
que están sobre nosotros.

 

III

Y Yáotl, que estaba de guardia,
vio esto y dijo luego a Yappan:
“¿No te avergüenzas,
sacerdote Yappan,
de haber quebrantado tu propósito?
Por ello, durante todo el tiempo
que has de vivir en la tierra
nada bueno harás,
ningún buen oficio habrás de cumplir.
Te llamará la gente cólotl, ‘el torcido’,
pues yo aquí te doy tal nombre;
y advierte
que te has de convertir en cólotl, alacrán;
y lo serás.”

 

Luego le cortó la cabeza,
y se la echó a cuestas:
por eso tomó Yáotl el nombre
de “el carga cabezas”: Tzonteconmama.

 

Ya descabezado, Yappan
convirtióse luego en alacrán.

 

IV

Se fue después Yáotl
en busca de la mujer de Yappan
llamada Tlahuitzin, “la encendida”.
Yáotl la puso en la piedra
donde su marido transgredió,
y luego le dijo:
“Sabe, Tlahuitzin,
que por mandato de Citlalcueye,
que para ello me envió,
te he traído aquí,
donde pecó tu marido
y yo corté su cabeza.
Si acaso fuiste tú la causa
de que él te abandonase
emprendiera su retiro,
asimismo, cortaré la tuya.”

 

y luego le cortó la cabeza a Tlahuitzin,
y ella se convirtió en alacrán
se fue, por debajo de la piedra,
adonde estaba su marido,
vuelto también alacrán.
Y pues era el nombre de ella Tlahuitzin,
que quiere decir “la encendida”,
por eso hay alacranes colorados.

 

V

Y llegando ya el tiempo
de la trasmutación de los hombres en animales
y de los animales en hombres,
Yáotl se fue con Xochiquétzal
a dar cuenta de todo a Citlalcueye.
Enterada la diosa,
determinó que los picados de alacrán
no tuvieran necesariamente que morir,
pues el alacrán, cuando era Yappan,
había transgredido.

 

Y ordenó Citlalcueye
que Yáotl no quedase tampoco sin castigo,
por haber obrado así con Yappan.
Por haberle cortado la cabeza,
y echándosela a cuestas,
debió convertirse en Tzonteconmama (o sea, en langosta);
que quiere decir “carga cabeza”,
pues parece que va cargada,
porque sólo puede andar a saltos:
como que lleva consigo, a cuestas,
la cabeza de Yappan”.

3.

Meses después, en el verano de 1959, aparecería Visión de los vencidos, esa gran y originalísima aportación de Miguel León Portilla para contarnos lo que Borges llamaría “el revés de la trama”, es decir, la visión de los otros, de los conquistados.

Otros títulos publicados por esos años dan cuenta del universo intelectual en el que se inscribe el libro más conocido de León Portilla:

El historiador Edmundo O ‘Gorman, un año antes, en 1958, había publicado en el Fondo de Cultura Económica La invención de América, un esfuerzo por revisar los fundamentos ontológicos de lo que hasta entonces llamábamos “el descubrimiento de América”, y un libro no menos original e influyente que el de León Portilla. América no “se descubrió”, disertó O ‘Gorman, porque simplemente América no existía antes, fue una invención producto de la imaginación europea y del pensamiento neotomista de los siglos XV y XVI.

Mientras que historiadores jóvenes como León Portilla y O´Gorman ponían de cabeza y sacudían los discursos historiográficos hegemónicos y eurocentristas predominantes hasta ese entonces, otro joven académico, el filósofo Leopoldo Zea, publicaba en 1957, también en el FCE, su libro América en la Historia, un estudio a la búsqueda de la originalidad del pensamiento filosófico y la historia de las ideas en América Latina.

Estamos entonces ante tres lecturas diversas y lúcidas que buscaban una nueva forma de reescribir nuestro pasado de cara a la tradición occidental.

Ese mismo año de 1959, el historiador británico Eric Thompson publicó en el Reino Unido un libro que habría de ser un clásico para los estudios prehispánicos: Grandeza y decadencia de los mayas; mientras que cuatro años antes, en 1955, el historiador francés Jacques Soustelle publicó en Francia el libro La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista, y poco después sería traducido al español y publicado por el Fondo de Cultura Económica.

Había pues un territorio extraordinariamente fértil, tanto en la producción académica internacional como en la mexicana, para que una semilla bien plantada, como la del trabajo incansable de Miguel León Portilla, floreciera.

Y no sólo en la historia o en la filosofía se asomaba dicha fertilidad, también en la literatura. Un año antes de la aparición de Visión de los vencidos, en 1958, Carlos Fuentes publicaba en el FCE la novela: La región más transparente, que de algún modo era otra manera de reivindicar, desde la literatura y desde el lenguaje, las herencias y las continuidades del pasado prehispánico en la conciencia y en el ser mexicano, en el caso particular de la nueva Tenochtitlan —la  Ciudad de México— retratada a través de las múltiples voces que conforman esta novela polifónica y experimental para su tiempo. Otra visión de los vencidos, por decirlo de algún modo.

Con todo esto quiero decir que el joven historiador Miguel León Portilla, en los primeros años de su carrera profesional, entre 1954, que publicó sus primeros artículos de divulgación científica, y 1962, en el que ingresa a la Academia de la Lengua, era un contemporáneo, en todo el sentido de la expresión, de sus compañeros de viaje intelectual.

4.

No es casual que sus primeros libros todos fueran reseñados por jóvenes escritores mexicanos de la generación de Medio Siglo en la Revista de la Universidad Nacional.

La primera reseña que se escribió en México de Visión de los vencidos se la debemos a José Emilio Pacheco y apareció en el número correspondiente al mes de julio de 1959 de la Revista de la Universidad Nacional dirigida, por Jaime García Terrés. Es una reseña sobria, informativa y puntual, que no obstante vaticina que será un libro “indispensable para obtener una imagen plena de la historia e México”.

El libro de un joven historiador (León Portilla tenía 33 años al publicarlo) reseñado por un lector aún más joven (Pacheco tenía entonces 20), pero que ya era el lector informado y sagaz que se habría de confirmar con los años.  Reproduzco completa la reseña que lleva al calce las célebres iniciales de JEP:

“Alfonso Reyes intuyó un fondo epopéyico tras el aspecto bélico de la Conquista. Según el maestro, el sojuzgamiento del Anáhuac contiene aspectos que lo asemejan a los mitos antiguos. Como en la Ilíada, son destruidas una ciudad y una estirpe.

Por su parte, La Eneida prefigura la dominación del pueblo azteca: Cortés y Eneas, anunciados por presagios y oráculos, huéspedes de un rey extranjero, convierten la amistad en cruenta discordia y se alían con los pueblos limítrofes; atacando por tierra y por agua, vencen a Lacio y Moctezuma.

En las relaciones nahuas sobre la Conquista hay pasajes trágicos comparables por su intensidad a los Cantos homéricos. Reunidas, prologadas, anotadas en este volumen por Miguel León-Portilla, su lectura sirve a la comprensión del México moderno, vástago del encuentro de dos razas.

El interés de nuestros antepasados por conservar los hechos importantes consta en la memorización, obligada en los centros educativos prehispánicos, y en las estrellas mayas y los códices históricos (xiuhámatl), “Libros de años” redactados a base de una escritura ideográfica de naciente fonética.

Por eso, más que para verificar las diferencias entre los cronistas de Indias y los testigos nahuas, las relaciones importan como testimonio de quienes contemplaron el desmoronamiento de sus pueblos y la extinción de su cultura.

 El doctor Garibay ha redescubierto un mundo asombroso cuyos últimos días constan en estas versiones de textos nahuas que aluden de manera directa a la Conquista. Aparte de su valor humano y literario, el testimonio de la derrota es un documento histórico que presenta “la otra cara del espejo”, borrando los enigmas que prevalecían sobre la cultura náhuatl.

Si nuestra independencia cuenta con dos historias que se oponen, las de Bustamante y Lucas Alamán, el estudio de la Conquista se efectuaba parcialmente siguiendo tan sólo la opinión de los conquistadores: las Cartas de relación de Hernán Cortés, la Hispania Victrix de López de Gómara, La Verdadera Historia [de la conquista de México] de Bernal Díaz, y los libros humanísticos que redactaron los misioneros Bernardino de Sahagún, Diego Durán y Bartolomé de las Casas.

Miguel León Portilla ha empleado muchas fuentes para la integración de este volumen: Las elegías (icnocuícatl) compuestas por los cuicacpiques líricos nahuas precortesianos, hacia 1524; la Relación Anónima de Tlatelolco; los testimonios de informantes de Sahagún; los testimonios pictográficos (Códices Florentino, Aubin y Ramírez, Lienzo de Tlaxcala y Manuscrito de 1576 – que inspiraron a Beltrán sus magníficas ilustraciones); la crónica de Fernando Alvarado Tezozómoc; los Anales Tecpanecas de Azcapotzalco; las historias de los aliados de Cortés, tlaxcaltecas y texcocanos, quienes no dejaron de resentir la derrota.

Estas narraciones revelan la actitud psicológica de los indígenas: temor supersticioso, creencia en la divinidad de los invasores, antes de las batallas; ira, duelo, nostalgia al sobrevenir el triunfo enemigo.

Los documentos guardan los augurios que antes del desembarco reblandecieron a Moctezuma; las matanzas cometidas por los españoles en Cholula y el Templo mayor de Tenochtitlan; el contraataque de Cuitláhuac que forzó a los españoles y sus aliados a huir por la calzada de Tlacopan; el asedio desde los bergantines, la heroica defensa y la posterior rendición de los mexicas y la amargura del pueblo encadenado.

El investigador no aspira a restaurar polémicas entre hispanistas e indigenistas. Guiado por un interés meramente’ científico, enemigo de los maniqueísmos, compone un libro indispensable para obtener una imagen plena de la historia de México. (JEP)”

En ese mismo año de 1959, en el número de septiembre de la Revista de la Universidad Nacional, Carlos Valdés publicó una breve nota sobre el también breve volumen de Miguel León Portilla, Tres formas del pensamiento náhuatl. Carlos Valdés, un “raro” de la literatura mexicana del medio siglo que ha quedado en el olvido, fue, junto con Huberto Batis director de la emblemática revista Cuadernos del Viento, que fundarían en 1960, y es autor de un volumen de cuentos que sigue esperando su reivindicación: El nombre es lo de menos (1961).

“Este breve volumen (más valioso por lo que sugiere que por lo que expone) ofrece una muestra de la riqueza del pensamiento náhuatl (entre los siglos XV y XVI), que indudablemente estaba influido, en su mayor parte, por los místicos pensadores toltecas. Los nahuas como pueblo guerrero necesitaban una justificación y un estímulo para su política expansiva, y supieron encontrarlo creando un dios sanguinario: Huitzilopochtli; pero al lado de esta “visión místico-guerrera del universo”, existió una “concepción del mundo a base de números”, que, aunque teñida de carácter místico, computaba el tiempo y medía el espacio con asombrosa precisión científica. Otro grupo de sabios, renovando la teología y la filosofía de los toltecas, sostenía que la raíz de la verdad estaba en la poesía (“visión estética del universo”), y que el artista era “un corazón endiosado”, es decir, un visionario que poseía la verdad. (CV)”

Precisamente Huberto Batis es nuestro tercer autor convocado en este rescate. En el número de la Revista de la Universidad de México correspondiente al mes de noviembre de 1958. Batis reseñó en extenso el libro Siete ensayos sobre cultural náhuatl, publicado como todos los demás por la imprenta universitaria de la UNAM, demostrándose como un lector atento y un reseñista austero.

“El investigar los antecedentes culturales de la propia civilización puede ser uno de los medios puestos al alcance de un grupo humano para conocerse. Si el mexicano se interesa por conocer la visión del mundo, los ideales. Actitudes v modos de obrar de los nahuas, sus instituciones y sistemas de vida, encontrará probablemente uno de los fundamentos básicos de su ser.

Este libro quiere contribuir a ese interesarse por conocer, recogiendo siete ensayos dispersos acerca de algunos aspectos de la cultura náhuatl (que “con estricta razón puede colocarse al lado de las otras grandes culturas” del mundo antiguo) del Valle de México, sobre la base de los textos indígenas.

El primero de ellos –“Sahagún y su investigación integral de la cultura náhuatl” – muestra los relieves de la obra etnohistórica del fraile: recolección de informes sobre la base de los códices. Bien podría ser considerado como “precursor y padre de la moderna antropología” por los métodos que siguió de corrección y verificación de la autenticidad los informes mediante diversos escrutinios, en diferentes partes

Visión indígena de la cultura náhuatl: La búsqueda de las fuentes primitivas de la cultura náhuatl en los códices y monumentos prehispánico libra al investigador de las contaminaciones hispano-cristianas de los documentos del XVII. Ha sido posible fijar una cronología: desde la etapa preclásica (Cuicuilco); el período clásico teotihuacano; el segundo brote cultural de Tula, en pleno “horizonte histórico” por los códices y anales existentes; los focos culturales del Valle de México, Puebla y Centroamérica y el período azteca místico-guerrero, que comienza en 1428 con su independencia y termina con la Conquista.

Una concepción náhuatl del arte en los textos recogidos por Sahagún: Después de hacer hincapié en el problema de criterio estético que “nos permita apreciar y sentir adecuadamente el valor y contenido verdadero” de las obras de arte indígenas, para lo cual es necesario “forjarse ex profeso ‘los moldes y categorías’ de [tal] arte” (como lo hizo ver Gamio desde 1916, y lo han llevado a la práctica Toscano y Justino Fernández), se ofrecen ·aquí cuatro traducciones de textos de contenido estético-teórico, referentes al proceso creador y· a la razón de ser y significación simbólica de las manifestaciones artísticas de los nahuas.

El concepto náhuatl de la educación: si para precisar los ideales de cultura de un pueblo ha sido utilísimo conocer su concepto de educación y sus realizaciones pedagógicas (como Jaeger con la paideia griega), hay que estudiar la educación náhuatl en su carácter de esculpidora del destino de la sociedad. Brevemente, el autor traza los lineamientos de investigación del ideal de la persona nahua (“rostro sabio y corazón firme como de piedra”); analiza filológicamente el significado de cinco atributos del maestro, los reglamentos educativos de formación, la existencia de discursos cívicos y morales, la obligatoriedad de la enseñanza (Soustelle ha hecho ver cómo en el s. XVI no había un sólo niño privado de escuela).

Un juego ritual de los nahuas: otro filón inexplorado acerca del ambiente cultural prehispánico son los juegos y ritos, que proponen al investigador la existencia de “un supremo intento de hallar en todo un sentido coherente (impulso unificador) con la arraigada visión religiosa del mundo”. Aquí se describe el tochtecómatl -tazón del conejo- juego ritual en honor de los dioses del pulque.

La mujer en la cultura náhuatl: La situación social de la mujer náhuatl -distinta de su actual condición- nos ayuda a conocer el concepto cultural que tenían de la femineidad, su aprecio, valor, educación y actividades. Además de la maternidad como “suprema misión” de la mujer, es de notar su participación en los cultos religiosos, en el aprendizaje y docencia de cantares, danzas y tradiciones; como se desprende de las varias traducciones que se presentan de textos sobre la niña, mujer, madre, anciana, curandera, costurera, recién casada.

Itzcóatl, creador ele una cosmovisión místico-guerrera: El último ensayo tiende a poner de manifiesto la transformación ideológica que aparece en el pueblo azteca con Itzcóatl. Señor de Tenochtitlan en el siglo XV, creador de una “total novedad” (Garibay la ha denunciado) en la mentalidad del náhuatl, con la supresión de las mentiras -al arbitrio del caudillo- históricas y mitológicas, y la imposición de la versión mexítatl de la historia (como “instrumento de dominio”, que dice Edmundo O ‘Gorman).  La cual vino a acentuar la primacía de Huitzilopochtli en todos los planos, y la creación de dignidades y divinidades nuevas y vivientes. Así tuvo lugar la nueva concepción místico-guerrera del viejo mito del Sol, existente y dependiente de la sangre de los hombres, que extendió el imperio.

Sin embargo, paralelo a ese pensar, convivió otro, filosófico en el pleno sentido del término, de los tlamatinime o sabios; ellos admitieron la duda y el planteamiento racional de los problemas, y les buscaron solución en el plano de lo especulativo, actualmente conservado, hecho materia poética, en los textos que nos legaron los frailes: para que vengan “no tengan ocasión de quejarse de los primeros, por haber dejado a oscuras las cosas de estos naturales” (Sahagún). (HB)”

 

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela  Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98),del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste  Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las Embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. X: @edgardobermejo

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Posted: March 30, 2026 at 7:42 pm

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