Essay
PASEAR EN GUAGUA
COLUMN/COLUMNA

PASEAR EN GUAGUA

Odette Alonso

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Ciertas tardes de la infancia, mi abuela nos llevaba a pasear en guagua. Elegía lugares alejados del centro, como el poblado de El Caney, donde en un establecimiento llamado Tropicuba vendían jugos naturales de frutas, o la loma de San Juan, donde se libró la última batalla, desastrosa, de la guerra entre Cuba y España, muy a finales del siglo XIX, y quedan, de entonces, los cañones olvidados que los niños cabalgan cual corceles.

Era un plan sencillo: el origen y el destino no importaban demasiado; el verdadero paseo era el traslado. Esperábamos una guagua, es decir un bus de transporte público, que entonces eran baratas, costaban 5 centavos, y no tardaban tanto como ahora. Nos acomodábamos lo más cerca posible de las ventanillas para poder contemplar el paisaje. Primero, las casitas de colores, las entrecalles que llevaban a otros barrios, el tiempo que tardaban en cambiar los semáforos, la gente caminando como hormigas. Luego, los repartos residenciales, sus casas de dos pisos con jardín, las matas de mango cargaditas después de las primeras lluvias de mayo, la cerca de rombos del zoológico.

Nuestro paseo favorito era a Marimón. Piri y yo nos tomábamos de la mano para llegar a la parada de la ruta 7, a sólo cuadra y media de nuestra casa. Siendo la primera parada, la guagua llegaba vacía, lo que nos permitía elegir los mejores asientos. El ómnibus bajabaEnramadas, la calle principal del centro de Santiago. En ese tramo veíamos las vidrieras de las tiendas, las cafeterías y restaurantes, los parques y hoteles, el cine Cuba y el teatro Oriente. Al desembocar en la Alameda, la avenida que rodea el puerto, veríamos la estación de ferrocarril y los viejos almacenes de Bacardí, que entonces ya se llamaban de otro modo, y más adelante, el cementerio Santa Ifigenia, donde además de las tumbas familiares, está el bellísimo mausoleo que acoge los restos del apóstol José Martí y una que otra piedra de la que no vale la pena hablar.

Marimón era un lugar agreste donde lo más interesante, al menos para nosotras, era el cauce seco del río. Bajo el sol tenue de la tarde, corríamos emocionadas por los caminitos de tierra y fango, ensuciándonos los zapatos, y recogíamos unas florecitas silvestres de un rosa encendido, llamadas coralillo, que crecían en las laderas. Eso era todo; no había mucho más que esperar la siguiente guagua y regresar al centro.

A veces los paseos tenían un interés extra. Por ejemplo, cuando íbamos al aeropuerto en la ruta 11. La terminal era entonces pequeñísima; a un lado del salón principal, donde lo mismo se documentaba que se recogía el equipaje y donde esperaban los familiares a sus allegados para darles la bienvenida o despedirlos, había una cafetería también pequeña. Una barra serpenteante con banquitas altas. Pedíamos sendos bocaditos de jamón y queso, algún jugo dulcísimo o un helado. Era una merienda perfecta, todo un lujo, que disfrutábamos en lo que avisaban que se acercaba el avión de La Habana y entonces, subíamos a la terraza para verlo aterrizar.

Cuando había más tiempo, el paseo podía llegar hasta Punta Gorda, uno de los brazos de la bahía de Santiago, donde había un balneario y un restaurante con vista al mar. Allí comíamos unos pescados con mayonesa y arroz blanco, y corríamos libres por la escalera y el muelle. Para mí, lo mejor era subirnos a la guagua de la ruta 13, que emprendía el camino de regreso a través de la carretera acaracolada de la bahía. Al fondo, se alcanzaba a ver el Castillo del Morro, guardián de la entrada, y a mitad del agua, el cayo Smith, que ya entonces se llamaba Granma, un pueblito al que se cruzaba en lancha y que, en su punto más alto, se elevaba una iglesia.

Si teníamos todo el día para una excursión más larga, no había como tomar el autobús de transporte serrano que llevaba hasta la Gran Piedra, complejo turístico enclavado a más de 1,200 metros sobre el nivel del mar, rodeado de jardines y ruinas de haciendas cafetaleras.El camino, estrecho y lleno de curvas, a veces muy cerradas, era un reto para el conductor y un espectáculo para los pasajeros. Era fascinante ver cambiar la vegetación a medida que subíamos. El aire se tornaba frío y la mayoría de los árboles eran coníferas que despedían el refrescante olor a pino.

Arriba, a las faldas del pedrusco de origen volcánico, había una cafetería que servía de puente entre el emocionante viaje y la subida de los cuatrocientos y pico de escalones que llevan a la cima. Desde allí se contempla la majestuosidad de la Sierra Maestra, cadena montañosa del oriente cubano donde se gestó lo que después llamaron revolución, y al fondo, el mar Caribe. Alguna vez rentamos una de aquellas cabañitas y pernoctamos allí. Al llegar la noche, Piri y yo imaginábamos historias de terror y de misterio mientras mirábamos la oscuridad a través de los cristales empañados de las ventanas.

Cada vez que escucho el Chan chán de Compay Segundo (“De Alto Cedro voy para Marcané/ llego a Cueto y voy para Mayarí”), recuerdo un viaje en guagua de Holguín a Moa. El origen y el destino, ya lo dije, importan poco; el trayecto es inolvidable. Aquella guagua, de las llamadas Girón, con asientos de plástico tan duros y molestos, que parecían ideados por un verdugo, avanzaba como la yunta de bueyes de la canción: lenta, tambaleante, interminable. Pasamos Marcané, luego Cueto, finalmente Mayarí, y todavía rodamos por horas antes de ver la tierra roja del níquel. Del regreso, en sentido contrario, mejor ni les cuento. Como para perderle el gusto a los viajes y, sin embargo, sigo disfrutando los trayectos, especialmente los largos, como vieja reminiscencia de aquellos paseos con mi abuela por el Santiago que ya no existe. O no igual.

Foto de iggii en Unsplash

Odette Alonso nació en Santiago de Cuba y reside en México desde 1992. Es poeta, narradora y promotora cultural, autora de una veintena de poemarios, una novela y dos libros de relatos. Ha obtenido el Premio Clemencia Isaura de Poesía 2019 por Últimos días de un país, el Premio Nacional de Poesía LGBTTTI Zacatecas 2017 por Old Music Island y el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999. Es compiladora de la Antología de la poesía cubana del exilio (2011) y coeditora de Versas y diversos. Muestra de poesía lésbica mexicana contemporánea (2020). Fundó el ciclo Escritoras latinoamericanas, que ha coordinado durante más de una década en el marco de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Su libro más reciente es Lo que transcurre (Ediciones Furtivas, 2023).

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Posted: May 12, 2026 at 8:15 pm

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