La invención de sor Juana
Ana Clavel
Me atrevo a sugerir que la figura de sor Juana ha estado signada por la desmesura de la hipérbole. No sólo en su propia vida, niña precoz que aprendió a leer a los tres años, que su primera loa le hizo ganar un libro a los ocho años, y que superó las pruebas que un grupo de sabios le impuso para probar su erudición e inteligencia cuando apenas contaba con dieciséis. También en la manera en que ha llegado a nosotros a lo largo del tiempo y las generaciones. No hay niño o niña en México que, habiendo recibido instrucción educativa, no la reconozca como la Décima Musa.
Yo la leí en el Galano arte de leer y recitaba de memoria a mis once años su famosa redondilla “Hombres necios que acusáis a la mujer”. Después, en la Universidad, analicé sus poemas en un Seminario de Poética que impartía Germán Dehesa y me maravilló el despliegue de recursos retóricos en un poema tan célebre como “A una rosa” con supuestos fines doctrinarios muy conformes a la Contrarreforma, donde la excelsa poeta desdeñaba con cacofonías machaconas (“de tu caduco ser das mustias señas! / ¡Con que, con docta muerte y necia vida, / viviendo engañas y muriendo enseñas!”), su propio mensaje moralizante. Revisé con lupa su Divino Narciso para una clase de Literatura Iberoamericana y conforme lo analizábamos, descubrí en ese amoroso y tierno auto sacramental los portentos de la creación poética con fines alegóricos.
¿Qué decir de su tractatus-poema metafísico Primero sueño de altura universal? ¿O de su Respuesta a sor Filotea, carta de una rebelde que se anticipa en siglos a la reivindicación de los derechos de las mujeres para acceder al conocimiento? Recuérdese que también fue conocida y celebrada como Fénix de México y calificada como monstruo –cosa excesivamente grande o extraordinaria, digna de monstrare y admirarla, en su uso original–. Lo dicho, con sor Juana no había vara que pudiera medirla: desmesurada, fuera de la norma, hiperbólica.
Los apasionados de sor Juana
Sucedía en su vida: cuantos la conocían se fascinaban con ella, de su inteligencia, de su palabra, de sus dones… También los lectores que nos adentramos en sus obras la amamos con arrobamiento y nos seduce su genio y figura hasta en la sepultura. No en balde decía don Alfonso Reyes, que era imposible acercársele sin enamorarse de ella. Es que una vez que se conoce el mito y la obra de la monja jerónima, uno queda hechizado. Así los sorjuanistas, esos investigadores que se han consagrado a estudiarla, examinarla, glosarla y crear ediciones que la han llevado a mantenerse en la ola de la tradición y su vigencia.
Recientemente ha salido a la luz un volumen erudito y altamente disfrutable, escrito con amenidad y estilo impecable, que nos trae a la sor Juana del ayer a los territorios del presente: La invención de sor Juana (sus ediciones, sus editores, sus textos), publicado por editorial Lumen, del especialista en la materia, Jorge Gutiérrez Reyna. Desde el título mismo, Gutiérrez Reyna propone una interpretación magistral: no sólo su genio hizo posible que la monja llegara a nuestros días, sino también el hechizo que provocó en lectores y editores de la colonia y la metrópoli, que permitieron su “invención” como fenómeno editorial. El sorjuanista no duda en usar un término contemporáneo para describirlo: Sor Juana fue un auténtico bestseller en el tránsito de los siglos XVII y XVIII. Y si sus obras perduraron –a diferencia de sus contemporáneos, como el llamado “Homero mexicano”, Luis de Sandoval y Zapata– fue gracias al milagro de la imprenta.
Gutiérrez Reyna divide en dos periodos la historia editorial de la Décima Musa: 1) el periodo antiguo, que abarca desde 1668, fecha de la primera publicación conocida de sor Juana en la Nueva España, hasta 1725, año en que vio la luz la última edición de sus obras reunidas en Europa. A su vez, esta etapa (1676-1695) se caracteriza por poner en circulación, en primer lugar, en el ámbito colonial, obras alegóricas, religiosas y celebratorias como el Neptuno alegórico y el Divino Narciso. En segundo lugar, por dar a conocer la obra de sor Juana en el ámbito europeo con los tres volúmenes de sus obras reunidas: la Inundación castálida (1689), el Segundo volumen (1692) y la Fama y obras póstumas (1700), que suman una veintena de reediciones hasta 1725 en Madrid, Zaragoza, Barcelona, Lisboa y otras ciudades. Gracias a estas ediciones, reediciones y reimpresiones el “éxito editorial” de la obra de la monja jerónima contribuyó a su “invención” como un clásico que campeó las inercias del tiempo.
2) El periodo moderno. Si bien algunos textos siguieron imprimiéndose después de ese furor barroco durante el siglo XVIII y principios del XIX, el otro periodo de resurgimiento editorial, el moderno, se sitúa a partir de la década de 1920. Manuel Toussaint, Ermilo Abreu Gómez, Alfonso Méndez Plancarte, Alberto G. Salceda, Antonio Alatorre, Francisco de la Maza, rescataron poemas desconocidos y organizaron con criterios temáticos los varios tomos de sus Obras completas, tal y tan perfectibles como los conocemos hoy en día.
Los primeros “inventores” del mito sorjuanesco
Dice el autor en el prólogo:
“En las páginas siguientes, el lector verá a una sor Juana que corrige escrupulosamente sus propias obras, incluso cuando éstas ya habían sido impresas, o que las reúne y prepara para su publicación; a una María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes y virreina de la Nueva España, que no se conformó con ser la mecenas de la poeta y dedicataria de la Inundación castálida, sino que ella misma parece haber concebido el volumen y solicitado sus materiales […]
“A veces, veremos a impresores y libreros cuyo papel en la difusión editorial de sor Juana va mucho más allá de prestar su taller o sus estanterías: destaco al erudito Matías de Lezáun, librero de Zaragoza que, además de costear una edición impresa por Manuel Román en 1692, mejoró notablemente la organización —un tanto caótica— que tenía la Inundación castálida y añadió, a modo de apéndice, obras de otros que dialogaban con los poemas de la monja; también resalto la labor del cultísimo impresor valenciano Antonio Bordazar, exquisito corrector de los versos de sor Juana.
“A veces, el editor, además de realizar todas las labores anteriores, ya de por si arduas y loables, adquiere tintes que no podemos calificar sino de heroicos: se me viene a la mente Juan Ignacio de Castorena y Ursúa, joven zacatecano que, además de preparar y cuidar por sí solo y de principio a fin el alumbramiento de la Fama y obras póstumas, atravesó un océano colmado de piratas enemigos con los manuscritos de sor Juana bajo el brazo”.
A cada uno de sus lectores apasionados —caso de la virreina María Luisa o el médico Ambrosio de Lima, por citar dos ejemplos—, y en particular de sus impresores, Gutiérrez Reyna le dedica un capítulo y un estudio particular de vida y labores para dar contexto a su papel, antes casi en la sombra, en la divulgación de las obras de sor Juana. Indaga sobre sus vidas, sus relaciones familiares, las calles donde estuvieron instalados sus talleres tipográficos, las redes comerciales, inter y transcontinentales, entre las distintas imprentas que colaboraron en la difusión de la Décima Musa.
Del mismo modo coteja edición contra edición —prácticamente pudo revisarlas todas en bibliotecas y acervos especiales— para aportar una revisión crítica de las diferentes ediciones y así perfilar una historia de las erratas en los textos de sor Juana. (A mí me fascinó su labor cuasi detectivesca para encontrar las ediciones de origen al comparar una cornisa, elementos de una portada, tipografías, o el sello de un impresor con su efigie de lobo o león y sus siglas alusivas.) Así, ofrece muestras de las variantes entre una y otra edición como lugares críticos, problemáticos, que plantean interrogantes hoy en día sobre la versión original.
Algunas pruebas de la invención y reinvención
Ya desde el ámbito americano a sor Juana se le designaba en epígrafes y textos alusivos con epítetos como “Fénix del indiano Parnaso”, “Fénix de la poesía y la erudición”, “Mexicano Fénix”. Sus obras alegóricas como el trasatlántico Divino Narciso, encargo de la virreina María Luisa para llevarlo a los tablados de Madrid, convencían y bogaban hasta el otro litoral. También Gutiérrez Reyna señala que el origen, la fijación y temprana difusión de los panegiristas y sus paratextos en las posteriores ediciones antiguas en el Viejo Mundo, reinventaron a Sor Juana. Dice el autor: “sin las ediciones antiguas, ni tendríamos los textos de sor Juana entre las manos ni sor Juana sería lo que es. Al darlas sus editores a la imprenta, sus obras se granjearon un sitio en la posteridad”.
Hace poco, esa gloria tan nuestra que es sor Juana, me dio una sorpresa inusual al enterarme de que hay una efigie suya en la ciudad de Madrid. Pero esa sorpresa cedió al asombro cuando escuché que los españoles la consideraban una autora hispana, puesto que había nacido en una de las colonias del Imperio. ¿Y cómo no consideran así a Juan Ruiz de Alarcón y a otros indianos de la Nueva España? “Según el sapo, es la pedrada”, o… la apropiación. No es pequeña la gloria. Según Jorge Gutiérrez Reyna:
“En total, entre primeras ediciones, reediciones y emisiones, contaríamos un total de veinte volúmenes de obras reunidas de sor Juana, impresos en la Península entre 1689 y 1725.
“Durante más de treinta años, en el crepúsculo del siglo XVII y los albores del XVIII, las obras de la monja mexicana fueron un bestseller: significaron cuantiosas ganancias para los editores y fueron fuente de deleite para los miles de lectores de las ciudades donde se imprimieron. […] Y cuando digo miles de lectores no estoy siendo hiperbólico: Enrique Rodríguez Cepeda, uno de los primeros que llamó la atención de la crítica sobre este fenómeno editorial, estima que se pondrían en circulación alrededor de veinticinco mil ejemplares de aquellos tomos”.
Algo más sobre La invención de sor Juana
Erudito y grácil, el libro de Gutiérrez Reyna se lee en cierto sentido como una novela de peripecias: ahí donde no sólo el genio de la monja jerónima, sino el ingenio de los que contribuyeron a su “invención” editorial, la colocan en un topus uranus vigente y siempre actual. De manera semejante, con su estudio el autor contribuye a los trabajos sobre revisión y crítica textual con la más actualizada bibliografía sobre los estudios de sor Juana, donde antes Pedro Henríquez Ureña, Ermilo Abreu Gómez, Georgina Sabat de Rivers habían aportado títulos admirables sobre el tema. Y concluye:
“Creo que el verdadero legado e importancia de cualquier poeta, de cualquier escritor, radica en sus escritos. Por eso, yo he querido perseguir en este libro a la sor Juana escritora y a la figura autoral que construyen, desde y en torno a ella, sus editores y sus ediciones: una sor Juana con una temprana, constante y ascendente dedicación a la escritura, que forma parte de la comunidad de escritores de su tiempo y su ciudad, que tiende puentes desde sí misma y hacia su sociedad a través de sus versos, que participa en certámenes poéticos, que se acoge a los mecenazgos —como hoy nosotros a las becas— para desarrollar una obra que sueña con verse publicada al otro lado del Atlántico”.
Ese sueño primero se cumplió gracias al fervor de lectores e impresores, que hoy nos permiten visitar a la Décima Musa desde diferentes compilaciones, antologías, obras críticas —recuérdese el maravilloso libro de Octavio Paz: Las trampas de la fe— y estudios de todo tipo. Adicionalmente, Gutiérrez Reyna nos recuerda que la edición de las Obras completas de los años cincuenta, dirigidas por Alfonso Méndez Plancarte, obedecieron a las necesidades de esa generación de medio siglo. Más de setenta años después, resulta indispensable realizar una edición crítica integral a la altura de nuestro presente. Además de la edición en papel, nuestro autor propone un sitio en internet de libre acceso para consulta de legos y profesionales, con la posibilidad de una actualización permanente de bibliografía indirecta. Sólo así recibiremos esa carta amorosa, exaltada, genial, hiperbólica que sor Juana dirigió a los lectores de su presente y del porvenir. En palabras del especialista Gutiérrez Reyna en su magistral estudio sobre las ediciones de sor Juana:
“La veo, a través de la niebla de los siglos, escribir: en el día, ayudada de la liviana luz del Valle de Anáhuac que se abre paso entre los ventanales; por las noches, la alumbra la lámpara vacilante —“Apolo nocturno al estudioso”—. La veo leer sobre el escritorio, guarecida por varias torres de libros: corrobora una cita, encuentra inspiración en quienes escribieron antes que ella, en quienes escriben a la par que ella. La veo tachar y corregir hasta encontrar la forma más exacta de decir el amor, la rosa, la pirámide, hasta dar con la mejor versión posible de algún verso. La veo, por fin, enviar esa página, no a sus editores, sino al futuro: los destinatarios somos nosotros”.
Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007). Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99
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Posted: May 24, 2026 at 2:44 pm







