Autopsias de la escritura en línea
Alberto Chimal
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Hace unas semanas, el sitio Literary Hub publicó una serie de notas alrededor de la pregunta “What Was Literary Twitter?” Se refería al periodo, más o menos de 2010 a 2015, en que estuvo de moda la “escritura literaria en línea”, que en México se conoció como tuiteratura y en efecto se vio, en especial, en la plataforma hoy conocida como X.
Los textos sin firma declaraban que el tuíter literario, como fenómeno cultural, no sobrevivió a la compra de la plataforma por el billonario Elon Musk, y ya sólo quedan los buenos recuerdos. Literary Hub pedía a sus lectores votar –como en un torneo deportivo de fantasía– por sus momentos o figuras favoritos de aquella época, cuando autores famosos y gente común (esto lo entresaco de los textos) usaban Twitter como espacio creativo y para la formación de comunidades interesadas en la escritura y la lectura.
Como Literary Hub se publica desde los Estados Unidos, nadie se sorprenderá si digo que todos sus candidatos a hitos y ejemplos de la escritura en línea venían de allí, como si solamente usuarios de aquel país hubieran tenido acceso a Twitter. En realidad, lo que debería sorprendernos es vivir en una época cuya principal potencia cultural, económica y militar es tan cerrada, tan insular e ignorante. Pero el “excepcionalismo americano” es antiguo y afecta incluso a sus instituciones más preclaras. Además, como ya sabemos, la situación se pondrá mucho peor en los próximos años.
Por otra parte, tuve una sorpresa auténtica al leer un artículo publicado en octubre (pero que yo encontré después de los de Literary Hub) en el sitio de la revista La Tempestad. Firmado por el escritor mexicano Alejandro Badillo, “Auge y desaparición de la tuiteratura” admite que el empleo de Twitter como plataforma de escritura se dio en más de un país y una lengua, aunque luego se concentra en México y da excesiva importancia a tres escritores que se interesaron en el tema: José Luis Zárate, Mauricio Montiel Figueiras y yo mismo. Nuestra edad nos llevó a deslumbrarnos, dice Badillo, con la novedad del gadget que era Twitter; no entendimos que intentar aprovechar la brevedad obligada del tuit iba a causar “el menosprecio al argumento y el triunfo de las sentencias y opiniones que no necesitan respaldo alguno”. Fuimos ingenuos al no darnos cuenta de que ninguna red social realmente existente sería jamás un “espacio neutral propicio para la creación artística e, incluso, la difusión de una obra”.
Rápidamente, diré que el artículo sobreestima nuestra ingenuidad y, muchísimo más, el alcance de nuestra mala influencia. Su conclusión de que ninguna plataforma propiedad de un empresario es neutral, y todas son manipulables, es acertada, pero no es nueva. El texto da mucha importancia al hecho de que un buen número de extuiteratos ha dejado X, y ciertamente es una elección moral muy fácil el abandonar un sitio controlado por Elon Musk; pero muchas personas lo hicimos incluso antes de que Musk hiciera el saludo nazi en televisión, se pronunciara a favor de partidos políticos racistas o empezara los proyectos destructivos en los que se ha empeñado durante el último año, desde su desmantelamiento de agencias gubernamentales bajo el régimen de Donald Trump hasta su creación de Grokipedia, un clon de Wikipedia con información sesgada hacia la extrema derecha.
Sin embargo, lo más interesante de esta cuestión es el modo en que los textos que he mencionado (los de Literary Hub y el de Badillo) sólo son capaces de ver una porción de los acontecimientos que dicen examinar al completo. Sospecho que ninguna autopsia de la tuiteratura, o de cualquier fenómeno similar, lo puede hacer mejor. La frase hecha de “Tendrías que haber estado allí” se queda muy corta ante la realidad inabarcable de internet. Nadie podría encontrar la totalidad de las publicaciones relevantes, en cientos de idiomas. Nadie podría leerlas todas ni encontrar todas las relaciones, a veces explícitas y a veces no, entre ellas, sus diferentes contextos y los acontecimientos que influyeron en su publicación. El archivo no es suficiente y está siempre en peligro de ser borrado.
En realidad, el problema es viejo: la investigación del pasado, para cualquier actividad desde la historiografía hasta la escritura de novelas, siempre exige sintetizar, filtrar, elidir, escoger con cuidado lo que se encuentra, simplemente para poder darle un sentido. Pero el volumen de las publicaciones en línea vuelve sus dificultades muchísimo más grandes.
La encuesta o torneo de Literary Hub terminó decidiendo que lo mejor del “Literary Twitter” estuvo en los tuits de la escritora Joyce Carol Oates, que aún publica en X y de repente logra humillar a algunos de sus peores habitantes de lengua inglesa. Tampoco es una conclusión tan asombrosa: hasta hace no tanto, el “Twitter Literario Mexicano” estaba presidido por Margo Glantz, una autora cuya reputación y constancia al publicar eran al menos análogas a las de Oates. Y aunque la plataforma decididamente no es neutral –y su algoritmo no deja de privilegiar el contenido tóxico y extremista– aún hoy hay casos de personas que consiguen usarla para promoverse a sí mismas y a su escritura con éxito. El caso mexicano más reciente es el de la cuentista Dahlia de la Cerda, la más reciente en una larga tradición de provocadores de la literatura (francotiradores, les decía Octavio Paz) que se mudó a internet desde los últimos años del siglo pasado, incluso antes de que se acuñara el concepto de influencer.
Pero no hay que tratar de comenzar otro análisis más. El hecho de que las obras de las tres autoras mencionadas se parecen muy poco entre ellas debería servir para alejarnos de lo anecdótico. En vez de hacer con pereza otro desfile de éxitos, o de diagnosticar toda la decadencia de las redes sociales a partir de un subconjunto despreciable de sus publicaciones, deberíamos pensar de otras maneras en lo que todo esto –la internet realmente existente, el bosque de infinitos árboles– representa en la era de las comunicaciones instantáneas que empezó hace 30 años. Como mínimo, podríamos ver que las promesas de libertad absoluta e irrestricta de otras épocas no se cumplieron, y quizá tampoco eran tan dignas de nuestro fervor y confianza. La “libertad de la información” que se defendía en los años noventa era individualista, ajena a las necesidades más apremiantes que provocan las crisis de este tiempo. La privatización de internet, su subordinación a un puñado de hombres ricos, ha hecho peor la situación. Esto es más grande que tal o cual herramienta de escritura, que tal o cual celebridad o villano, que tal o cual chiste viral.
Foto de Alicia Christin Gerald en Unsplash

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Posted: December 11, 2025 at 9:35 pm







