Essay
¿Cuánta verdad podemos soportar?

¿Cuánta verdad podemos soportar?

Ioana Gruia

Getting your Trinity Audio player ready...

Share / Compartir

Shares

Entre mis obsesiones destaca una, a nivel vital y literario: ¿qué relación tenemos con la verdad, cómo nos contamos y asumimos -o no- las historias que no queremos saber porque implican un desajuste profundo entre memoria afectiva y verdad?

Con ocasión de una conferencia que impartí recientemente sobre Almudena Grandes, releí El corazón helado (Tusquets, 2007). Cuando leí el libro por primera vez, poco después de su publicación, me impresionaron muchos aspectos de esta gran novela y recordaba ahora especialmente dos escenas del final, que tienen que ver con una dimensión decisiva: la relación con la verdad.

Álvaro Carrión descubre a través de Raquel Fernández Perea la verdad sobre el origen infame de la enorme fortuna que su padre, Julio Carrión González, acumuló durante el franquismo. Álvaro decide entonces que su familia debe conocer esta verdad, aunque intuye que será considerado “un mal hijo que presta oídos a la versión del enemigo”. Mientras se prepara para una conversación más que difícil, justamente en el momento de organizar el relato de la traición oportunista de Julio Carrión, a la memoria de Álvaro acude con todos los detalles una secuencia muy luminosa de su infancia. Él recuerda su accidente con la bicicleta y la actuación rápida, eficaz, solícita y cariñosa de su padre, el viaje de ambos al hospital y después a una marisquería donde todo el mundo conoce y celebra a Julio Carrión, el orgullo y la felicidad que el chico siente de ser su hijo. La alternancia entre los fragmentos del presente y los del pasado es magistral. Este recuerdo nimbado de luz no es en absoluto casual: Álvaro, se repite en la novela, siempre quiso a su padre y es extremadamente difícil asumir el desajuste, en este caso enorme, que puede producirse entre verdad afectiva y verdad histórica, o memoria afectiva y memoria histórica.

La otra escena de El corazón helado que quiero evocar es la reacción muy impactante de Clara, la hermana pequeña de Álvaro, cuando él quiere contarle la verdad. No solo le advierte de que ella no quiere saber nada, sino que literalmente cierra los ojos, se tapa los oídos y hace ruido con la boca:
“-¡Tatatatatatatatatata! -apenas se detuvo a tomar aire antes de repetirlo-.“-¡Tatatatatatatatatata!
Mi hermana chillaba, ¡tatatatatatatatatata!, con los párpados cerrados y los dedos en los oídos, las yemas blancas de tanto apretar”.

No ver, no escuchar, no querer saber porque la verdad resulta tan inasumible que es mejor rechazarla de plano, sustituirla con un ingrávido hueco: eso nos dicen las reacciones corporales de Clara.

En la discusión entre Álvaro y su hermano Rafa, este último (antes de reaccionar con violencia) aduce el siguiente argumento: “Es una historia muy antigua, que a estas alturas carece por completo de importancia en cualquier sentido, y que además no podemos valorar, porque no podemos hacerlo. Ni tú, ni yo, ni nadie que no haya vivido aquella época, nadie que no haya tenido que tomar decisiones en unas circunstancias tan terribles que ni siquiera podemos imaginar”.

Se trata de un argumento frecuente, que considerado de un modo muy apresurado podría parecer incluso sensato, ecuánime, nivelador. Todos tenemos nuestras miserias. Gran verdad, solo que algunos más que otros. También es verdad (una tremenda verdad) que hay situaciones que plantean dilemas morales de tal calibre que cualquier opción se vuelve endiablada. Pero no es el caso de lo que sucede aquí, donde el argumento de Rafa pretende justificar lo injustificable: nada “obligaba” a Julio Carrión (arribista construido por Almudena Grandes en la gran estela de los parvenus de la novela decimonónica, que tan bien conocía) a apropiarse de toda la fortuna de los Fernández Muñoz, exiliados republicanos que confiaron en él y le dieron poderes notariales para intentar recuperar sus propiedades.

Mientras escribía mi novela El expediente Albertina (Edhasa, 2016, premio Tiflos) pedí a dos personas cercanas la autorización para acceder a sus expedientes abiertos durante la dictadura de Ceaușescu por la policía secreta, la temida Securitatea. Cualquier persona considerada “enemiga del régimen” tenía un expediente secreto en el que se acumulaban notas de compañeros, amigos, familiares, todos ellos a veces obligados a delatar mediante chantajes y otras veces premiados por la prisa con la que se ofrecían a denunciar acciones reales o inventadas de personas que serían sometidas a la represión, la cárcel, la tortura e incluso asesinadas a golpes.

No obtuve la autorización (como por otro lado me esperaba). No quiero saber lo que hay allí, me dijeron. Pude escribir las partes de la novela correspondientes a fragmentos de los expedientes secretos gracias a que el gran poeta rumano Dorin Tudoran decidió publicar una selección de su propio expediente (que acumulaba miles de páginas). Cuando se abrieron en Rumanía los archivos de la Securitate las personas tuvieron la posibilidad de consultar sus expedientes y solicitar la identidad real de los delatores, que firmaban con nombres en código. Podríamos pensar a primera vista que todo el mundo se apresuró a buscar la verdad, pero en realidad muchos no querían saber con certeza lo que de algún modo intuían: que el cónyuge, el vecino amable, la compañera de trabajo o el amigo cercano pudieron delatarlos, chantajeados o por propia voluntad. No querían, no podían asumir una verdad inasumible. Pensaban probablemente que así evitarían envenenarse, que vivirían en paz.

¿Es posible vivir en paz sin saber la verdad? ¿O, mejor dicho, sin saberla con absoluta certeza? ¿Es posible vivir en paz con una verdad agazapada en el interior a modo de sospecha ahuyentada? ¿Es posible vivir en paz rechazando la verdad porque nos perturba demasiado? ¿Qué historia nos contamos en estos casos a nosotros mismos?

¿Cuánta verdad podemos soportar?

Fotografía:Foto de MChe Lee en Unsplash

Ioana Gruia (Bucarest, 1978) es autora de El sol en la fruta (Premio Andalucía Joven de Poesía, 2011) y de las novelas La vendedora de tiempo (2013) y El expediente Albertina (Premio Tiflos, 2016). Su último libro de poesía publicado es Carrusel (Premio Emilio Alarcos, 2016).

©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.

 


Posted: December 8, 2025 at 11:56 pm

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *