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Fábula del Mundial de Fútbol 2026
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Fábula del Mundial de Fútbol 2026

Carlos Labbé

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Esto es Norteamérica. Intentemos ponernos de acuerdo en una palabra para abrir una conversación sobre competencia y literatura distinta a esa que hoy todo el mundo parece coincidir es la única que define una tradición en estos territorios; la guerra, es decir la subordinación mediante el uso de la fuerza pura y simple. La guerra, es decir el retroceso ante la certeza que cada disciplina humana ya ha podido comprobar: que no puede haber un solo mundo, una sola palabra, una sola guerra, y que la colaboración, en lugar de la subordinación, debe ser la ley de la vida. Mi entrada para hablar del pie y la pelota en Norteamérica debe ser una palabra amplia, aunque distinta y relacionada con esas armas y sus alarmas.

Todo el mundo, a esta altura de las evoluciones, de la Historia, sabe lo que es el miedo y actúa en consecuencia. El resultado que se busca de ese conocimiento es la supervivencia, nuestro único objetivo colectivo hoy. Todo el mundo, de un papalótl a un térrapin, de un jackrabbit a un coyote, de un coyote a cada miembro de una familia inmigrante, todo el mundo escapa corriendo de un grupo de hombres con insignias que llegan ruidosamente en enormes camionetas polarizadas. «El fútbol une al mundo», el eslogan de la Copa Mundial de la FIFA que este año se celebra en Norteamérica, subraya la unión como única expresión en juego. Cuarenta y ocho organizaciones de personas humanas unidas por el mismo pasaje a través del peligro rumbo a algo que no está dicho. Cuando «all the world’s a stage, and all the men and women merely players» y la ley local es el miedo, ¿cómo es que era la promesa de América para tantos otros pueblos antes que el nuestro?

Cada parte de Norteamérica —vastedades nunca así llamadas, dominios, territorios, dependencias, estados y uniones federales— funciona durante este verano para establecer el tablero más allá del largo juego de la supervivencia, de México a Česko y Mzansi en el Grupo A; de Canadá a Bosna i Hercegovina y el Qatar en el Grupo B. Del Brasil al Alba y el Ayití en el Grupo C, junto a muchos otros pueblos en el gran tablero que por ahora invitaré a esta fábula usando su endónimo, es decir, el modo en que se nombran a sí mismos y a veces con un artículo afectivo, como una aproximación justa aunque preliminar para lidiar con el miedo desde el minuto :01.

De los U.S.A. al Paraguay y Türkiye en el Grupo D, de la Deutschland al Ecuador y Kodivoir en el Grupo E. De la Nederland al Nippon y Sverige en el Grupo F. Del Bélgica a Irán, el M’sr y Aotearoa en el Grupo G. De España a la Saudiya Arabiya y el Uruguay en el Grupo H, de la France al Senegaal y el Iraq en el Grupo I. De la Argentina al Österreich y el Yazir en el Grupo J, de Portugal al Congo y Colombia en el Grupo K, de la England a G’ana’ y Panamá y Hrvatska en el Grupo L: el mismo pasaje a través del peligro para el resto de los cuarenta y ocho equipos clasificados.

El endónimo de todos es el miedo.

El miedo es la fábula primaria de esta larga temporada, la ronda eliminatoria más larga de la historia. No es fácil encontrar a un solo atleta entre los 1248 registrados para jugar la Copa del Mundo 2026 que esté autorizado a expresar su disfrute del espectáculo físico, su amor por la estrategia, sus planes de reclamar un lugar en una rivalidad histórica, su ambición por la gloria de una victoria limpia. Los jugadores murmuran antes y después del partido. Se mueven apenas por los pasillos y piscinas de sus hoteles para pasar desapercibidos, la mayoría del tiempo siguen instrucciones y transfieren la atención al compañero más cercano, jugando el juego del miedo: miedo a perder y, al mismo tiempo, miedo a perderse algo cuando millones los están mirando en sus pantallas; miedo a hacer un mal movimiento publicitario con un gesto inconsciente de la ceja en el campo; miedo a moverse con otra intención que no sea la neutralidad como parte de un equipo; miedo a estar ausente del once inicial, a ser reemplazado; miedo a expresar opiniones políticas al estirarse o al saltar sobre la línea o al patear al rival —no digas genocidio al disparar, no digas guerra al cometer una falta, no digas chivo expiatorio con la mano sobre la boca, no digas conejillos de indias ni campos de concentración, solo irradia una confianza suprema, ¡no seái mufa, salado, hermanito!

Por miedo a la trampa, cualquier narrativa diferente a la supervivencia podría ser falsa, de modo que la afirmación ficticia de trabajar cada día sin ningún objetivo a la vista podría apoderarse del campo cuando el deporte del pueblo quede completamente engullido por la burocracia de la paranoia, y la mera fuerza bruta y la verdad dolorosa de la competencia por la Copa Mundial FIFA ’26 revelará su propio eslogan real: sin miedo a nada.

El relato primario de la organización ahora llamada Norteamérica no habla de la competencia como alegría. Solo el rigor de estar unidos para sobrevivir condiciones extremas. Sin embargo, cualquiera de las cuarenta y ocho naciones visitantes cuyos equipos de fútbol han venido a jugar puede ofrecer, en contraste, algún relato tradicional sobre las satisfacciones de correr junto a otras criaturas en tiempos de una infancia recuperada hasta el crepúsculo. La organización del miedo seguirá gritando desde el banco: ¡Sin miedo a nada! ¡Sin miedo a nada! ¡No hablen de eso! ¡Dirijan todas sus narrativas locales hacia la competencia! Aun si estamos pensando en cuánto tiempo falta para que tengamos que salir corriendo de nuevo por nuestras vidas.

La ficción realista tiende a evitar el relato directo de la experiencia del miedo como verdad universal. Las mejores novelas de los últimos tres siglos reservan el momento del terror para su clímax, cuando su protagonista comprende que la travesía moral debe someterse a la necesidad de supervivencia. Así la novelística se convirtió en un espacio seguro y admirado de Alonso Quijano a Emma Bovary, porque ofrecía la ficción de una realidad que superaba el miedo primario para construir la narrativa de una sociedad de confianza, con toda la fascinación que las complejidades humanas pueden brindar a lectores voraces cuando ya no están en riesgo biológico —igual que las ciudades pasaron de puertos donde celebrar la vida tras una larga travesía oceánica a ser lugares del carnaval permanente de los arrabales, luego a paseos de galerías y pasajes y bulevares, para finalmente ser explanada a vastos murales de rayados revolucionarios, conciertos multitudinarios del capitalismo, catedrales de las finanzas internacionales y festivales donde el barrio danza en resistencia a esos rascacielos, todo en contraste con la vida dura y desnuda a la intemperie.

El miedo es también la causa por la cual la lectoría mayoritaria de todas las edades ahora prefiere lo fantástico, lo gótico, lo científico-ficcional, lo especulativo y lo profético, donde sea que las narrativas se puedan situar a una distancia inalcanzable en el tiempo y en el espacio. Estos relatos, donde no hay competencia pero se corre todo el tiempo por la propia vida, convierten el miedo en hecho ineludible y en cuestión de hecho, cadena de hechos que guían la narrativa —no es escapismo, sino el registro de quienes viven escapando de los agentes de todas las leyes. Al no seguir ya a caballeros andantes ni a solteronas enamoradas sino a usurpadores, tricksters, ilusionistas, cosplayers, demagogos y predicadores, aun atemorizada la lectoría actual busca sacudirse de cualquier victimización para así enfrentar la fábula primaria que lo acecha. Ya no encuentro mi humanidad en la cultura ni soy capaz ya de leer mi entorno a través de la mediación estética. Ya no puedo situar imágenes entre mis percepciones y el conocimiento de la fragilidad. Ya mi existencia mortal no queda obviada por una elipsis, ni puedo convertirme en virtud de ese salto en el enigma de un relato. Pero aún hay una parábola delante mío —un arco, una portería— hacia donde correr por mi vida.

Fábula del jackrabbit, el térrapin y el papalótl

Aun en el terror, el relato sigue siendo eso que describe un encuentro entre un ser y otro —sea cual sea nuestra naturaleza, ¿somos aceptables ante quien sea que está enfrente? La lectura de ese encuentro lo vuelve una experiencia mutua en el presente, aquí, pero también un restablecimiento de todo encuentro humano que haya tenido lugar. La literatura es esa relación: tú conmigo, en cualquier parte, muchas veces desde tiempos inmemoriales y hasta que no quede persona. El capítulo de una fiesta con baile en una novela melodramática contiene todas las fiestas con baile que han sido y que serán mientras sea deliciosamente descrita. Cada encuentro sexual con Rodolphe o Léon contiene la posibilidad del amor a través de Emma Bovary. Un partido de fútbol sigue las mismas reglas que todos los partidos anteriores, así como para mí el miedo a las consecuencias que tendrá en donde vivo el Mundial 2026 debe ser una continuación del miedo al provincianismo durante el Mundial de 1962, sí. Mi propia narrativa tiende a ser biográfica, pues el Mundial del ’62 se celebró en Chile, mi lugar antes de este lugar, y ahora el Mundial del ’26 sucede en los Estados Unidos de América, que por definición va a ser siempre el lugar postrero.

Así va mi relato biográfico, a la deriva en la masa de la narración primaria. Intentemos ponernos de acuerdo en un cuento sobre correr por la propia vida, la fábula del conejo y la tortuga que Esopo firmó como autor por primera vez luego que fuera compilada varias veces en Los jatakas y en El panchatantra de la India clásica. La misma fábula que tanto los hermanos Grimm como La Fontaine, Samaniego, Ana María Shua y tantas otras voces han diseminado por las bibliotecas. Quiero enfrentarme una vez más al relato de la prepotencia, la humillación y la ilusión colectiva de justicia contenida en la competencia —esto es América del Norte, al fin y al cabo— mediante el ofrecimiento de mi propia versión a partir de su primera parte, un cuento anónimo aniyungüiya-cheroqui:

El jackrabbit era el mayor corredor de todos los tiempos y, como cualquier jackrabbit, puso su asentamiento para disponer de los pastizales sin discusión ni reparto con ninguna otra criatura. A nadie se le habría ocurrido pensar que el térrapin fuera otra cosa que un viajero que iba pasando lentamente hacia el frío, aunque en la costa norte el térrapin era un gran estratega y estaba muy seguro de sí mismo, así que entre los dos ponían en disputa el valor de sus fronteras cada temporada. Finalmente decidieron resolver el asunto con una carrera. Fijaron el día, el punto de partida y el recorrido. Acordaron que, tras pasar por cuatro lomas, quien llegara primero al final sería el ganador. El jackrabbit estaba tan seguro de un resultado favorable que le dijo al térrapin: «Sabes que no puedes correr. Nunca ganarás la carrera, así que te doy la primera loma para que tengas que cruzar solamente tres y yo cuatro».

El térrapin aceptó. Esa noche, sin embargo, mandó llamar a sus parientes y vecinos, y les dijo que necesitaba ayuda. Aunque sabían que nadie podría superar en velocidad al jackrabbit, querían terminar con su prepotencia. El térrapin expuso su plan a sus parientes y vecinos. Eran sus semejantes. Decidieron hacerlo juntos. Cuando llegó el día, las criaturas todas estaban presentes para vitorear en la competencia. El jackrabbit estaba en la línea de partida y el térrapin en la primera loma, según lo acordado; apenas se podía distinguir los dibujos de su caparazón abovedado entre las hierbas.

Se dio la señal y el jackrabbit partió a grandes saltos loma arriba. Planeaba ganar la carrera antes de que su rival siquiera bajara por la segunda loma. Pero antes de llegar a lo alto, el jackrabbit vio que el térrapin seguía rumbo a la loma siguiente. Corrió y, cuando llegó a esa cima, miró en todas direcciones pero tampoco pudo ver los dibujos del caparazón abovedado; los arbustos ahí eran mayores. Bajó dando brincos rápidos sucesivos. No obstante cuando levantó la vista ahí estaba el térrapin, subiendo de nuevo. El jackrabbit se sorprendió y emprendió a toda velocidad a saltos larguísimos para alcanzarlo, sin embargo cuando llegó arriba ahí estaba el térrapin ya al frente, pasando por la tercera loma. Estaba cansado ahora el favorito de la competencia. Casi sin aliento descendió a lo más que pudo y fue subiendo de nuevo hasta llegar a lo alto justo a tiempo para ver que los dibujos del caparazón abovedado cruzaban la cuarta loma y así ganaban la carrera.

El jackrabbit no pudo dar otro paso. Se derrumbó. Se quejaba mï, mï, mï, mï, como todos los jackrabbit desde entonces cuando el cansancio les impide seguir corriendo. La carrera fue otorgada al térrapin y en su fascinación todas las criaturas se preguntaron cómo los dibujos de ese caparazón abovedado habían conseguido derrotar la muscular potencia del corredor más grácil de los pastizales. El estratega que camina lento hacia los nortes guardó silencio. Había sido un triunfo fácil, porque sus parientes y vecinos eran sus semejantes: cada térrapin simplemente se había apostado en la punta de cada loma a esperar a que el jackrabbit se asomara y lo viera trepar, para luego esconderse entre las hierbas altas. El primer térrapin, el del plan silencioso, aguardaba cerca de la cuarta loma a que su contrincante lo divisara para avanzar a la meta y reclamar la victoria.

Un papalótl volaba bien arriba a esa hora, de regreso desde lugares más cálidos. Más colorido, de alas más grandes y con una figura mucho más delicada que cuando partiera. el papalótl había sido testigo de toda la carrera desde las alturas. Había sufrido como todos con la prepotencia del jackrabbit, de que por todas partes en los pastizales había siempre otro y el mismo jackrabbit que reclamaba los terrenos para sí, se comía las hierbas primero y buscaba nuevos territorios gritando Make Jackrabbit Great Again. El papalótl no podía compadecerse de su derrota, se dijo, aleteando un poco más. Desde allí arriba, sin embargo, había visto que tres térrapin similares fingían ser el térrapin que ganó la carrera. Eso tampoco era justo. Era un buen truco. Pero ahora que tenía el conocimiento de esos térrapin tendidos en las lomas, esperando hasta conseguir su engaño, le resultaba difícil volar de regreso a los pastizales con levedad y soltura. ¿Debía el papalótl bajar y posarse entre todas las criaturas admiradas por el resultado de la carrera y empezar a contar un relato sobre el espíritu deportivo, sobre la equidad y la justicia?

El papalótl no solo pudo observar desde el aire el plan de los parientes y vecinos del térrapin, sino que también fue capaz de leer desde su punto de vista privilegiado los dibujos en los caparazones abovedados de las tortugas. El papalótl quedó perplejo al darse cuenta de que cada dibujo era una continuación del otro; lo que leyó a través de todos esos caparazones abovedados fue algo más poderoso que la fuerza corporal, la confianza instintiva y la prepotencia con que cada jackrabbit excavaba asentamientos para declararse dueño de la tierra. El dibujo completo era la marea, el viento, la tormenta; lo que en palabras humanas podríamos llamar el movimiento con que un individuo se convierte en jauría, en horda, en bandada. En un equipo. Lo que en palabras humanas podríamos contar que durante siglos ocurrió con el miedo y el resentimiento, que se acumularon y se apilaron hasta convertirse en una pelota viva sobre la hierba. ¿Quién sería el primero en dejar de esconderse y patear esa pelota? Metamorfoseada la energía del miedo, humanizada, civilizada, estallaría para impulsar un nuevo lenguaje para leer y comprender, un nuevo sistema que movilizaría algo más y con el cual también cosecharíamos algo distinto. ¿Debemos pronunciar ese lenguaje o es mejor dejarlo ir, grácil, rápido, para alejarse volando del desastre que tal vez se avecina?

Relacionismo versus posicionismo

Aunque yo no sepa de Historia o no quiera creer en sus registros, en su memoria y en su rendición de cuentas, el archivo del miedo se está escribiendo y publicando ahora mismo. Esa siempre ha sido la manera de celebrar la vida, de registrar una supervivencia. Los libros sabios hablaban de cómo sobrevivir: de estar consciente de que la supervivencia es un misterio placentero —el misterio de la actividad física—, primero para correr, luego para construir un mundo usando nada más que nuestros músculos. La reproducción, por ejemplo, no fue siempre la base social de la industria, sino más bien otra posibilidad de disfrutar de un día más bajo el sol —por el consuelo de la duplicidad, por la metamorfosis de mi propio cuerpo en el de otro, por la sublime posibilidad de contemplar mi sombra como algo distinto de mí—; otra posibilidad de reconocer las formas del mundo como parte de algo más grande que puede estar también adentro mío, aquí, allá, como una parte de mi cuerpo que nunca podré ver con mis propios ojos ni tocar con esta yema de los dedos.

La vida consistía en muchas otras cosas más antes del imperio del miedo. Y era, ante todo, la promesa de que no sentiremos dolor.

Hasta que calculamos que el dolor podría evitarse por completo y esa expectativa fue lo único que tuvimos en común como seres humanos. Estábamos tan dispuestos a esa nueva vida que escribimos volúmenes enteros sobre tal premonición; atravesamos tantas vidas, existencias y eras con tal de seguir escribiendo y leyendo sobre la posibilidad de no sentir nunca dolor alguno. La anticipación del dolor, del desastre, de la muerte se convirtió en la razón para llevarse bien con los demás —para compartir ese saber— y a eso lo llamamos lenguaje, cultura, sociedad. Luego vino la disciplina que organizaría esa anticipación. El miedo, entonces, se convirtió en el conocimiento de que todo lo bueno puede llegar a su fin como herramienta explícita de disciplina, porque si olvidábamos que todo lo bueno puede llegar a su fin perderíamos el sentido del tiempo y ya nadie hablaría de supervivencia. El goce de sobrevivir, con ese objetivo, no debía formar parte de lo que la sociedad ofrecía, pero permaneció como una experiencia individual —a lo sumo, una actividad grupal de pocas personas que estaría fuera del lenguaje de todos.

Entonces las palabras, la sociedad, el saber humano se volvieron funcionales al miedo en lugar de funcionales al goce de la supervivencia. Excepto cuando conseguíamos salirnos del gran esfuerzo colectivo para jugar a algún juego por un rato —el juego una excepción, un asunto menor. Si ese momento excepcional se escribe, llamémoslo literatura. Es lo que hicimos por mucho tiempo en los libros, frente a los tableros, alrededor de una mesa en nuestras sillas. Solamente las personas que los ojos podrían ver y que las yemas de los dedos podrían tocar. Ese era el plan. El miedo para todos, porque ya no se trata simplemente de sentir el dolor: se trata de anticiparlo. El miedo como regla del juego, el goce como excepción.

Entonces llega la escasez.

Entonces llega la riqueza.

Entonces llega el capitalismo.

Entonces llega el saber del capitalismo.

El plan es que tengamos miedo, para así disciplinarnos. Por eso los lugares se llaman ahora países; por eso las naciones ahora son países, las personas son humanos, los humanos son ciudadanos y los visitantes son extranjeros.

Supe que la literatura era un juego cuando descubrí que no podía vivir con miedo toda la vida —así va mi relato biográfico, a la deriva en el relato primario de nuevo: fui un niño bajo el régimen de Pinochet en Chile, todo eso. Fue una cuestión de supervivencia. Si no hubiera conseguido entender cómo en algunas partes de la realidad las personas podían sistematizar la experiencia del goce en la forma de un intercambio verbal cargado, entrelazando narrativas, leyendo y escribiendo ese intercambio, me habría quedado ahí muerto —un niño paralizado en la esquina porque tenía miedo de que alguien me gritara o me golpeara o me dijera una vez más que mi nombre era una porquería y no significaba nada.

Sí me quedaba paralizado en la esquina cuando intentaba jugar un partido de fútbol, en la pichanga de barrio, y tan inútil me sentía para el equipo que por dentro se me cristalizaba algo, me entristecía todo, me quedaba ciego ante la pelota que venía viva que venía rebotando, gigante. Metí tanto autogoles por miedo a que, si me movía, quedaría un espacio abierto en la defensa por donde los rivales romperían nuestras líneas; pero, si no me movía, tal vez no iba a alcanzar el pase de salida o no podría ayudar a que mi equipo avanzara al unísono.

Ahora sé que el mío era un problema de posicionismo versus relacionismo, las dos escuelas rivales de estrategia futbolera.

Debo admitir que me tomó cuarenta y nueve años entender la noción de adaptabilidad, no como resultado del miedo o su sensación opuesta, sino como la expresión misma de lo que está vivo después de sobrevivir. Los térrapin fueron capaces de regularse y gobernarse por su propia cuenta, prestando atención a su propio juego y no a las reglas externas, ni a lo que existe antes ni a lo que está por venir. No necesitan seguir las instrucciones de ningún entrenador, de ningún líder —ni del mercado ni de las expectativas del público, ni de la guerra cultural ni de las tendencias del público, ni del ciclo de noticias ni de las etiquetas para la visibilidad comunitaria.

Si el papalótl decidiera denunciar la transgresión del térrapin a las reglas del juego, tendría que interrumpir su viaje, detener su vuelo y posarse en el relacionismo: en las ganas de que esta Norteamérica del Mundial de Fútbol 2026 haya sido una convergencia de criaturas que se autorregulan, que cultivan las viejas estrategias de la literatura —es decir la escucha profunda y la lectura atenta—, para converger en los pastos y crear, proponer, convencer a otros de que un sistema justo de reglas y dinámicas es conveniente para quien los sigue con el convencimiento de que conduce a un bienestar colectivo sostenible. Temo a que el papalótl aterrice en el posicionismo: en la certeza de que una idea fija y estática de lo real es la fuente desde la cual todo lo demás puede derivarse —los dominios del jackrabbit, también la razón de que en cada versión del relato primario el jackrabbit pierda la carrera. Una vez que un concepto estático toma por completo el control de tu sistema, todos los elementos se derrumban por su pura singularidad en una generalidad hecha de simples repeticiones. Entonces el posicionismo te tiene exactamente donde quiere, en estado de sitio, completamente dominado por el miedo. Entonces el juego termina.

Debo admitir que quizá era mi ego y no era el papalótl quien debía tomar una decisión. Tal vez solo necesitaba encontrar la palabra correcta, los mundos precisos, las batallas, los pueblos. Por muchos años me ha dado miedo decirlo de nuevo: la literatura es un juego.

Entonces el papalótl decide dejar a los oponentes donde están y sigue volando de regreso, desde lo que actualmente decimos México hasta lo que hoy se llama Canadá. Porque no han quedado solas, estas alas abigarradas son tan necesarias como las de cualquier otra mariposa monarca que vuela dentro de un caleidoscopio hacia el ocaso.

Photo:Los zapatos rosas se han popularizado en el futbol. AP

 

Carlos Labbé vive entre Machalí, Santiago, Brooklyn y Queens. Ha publicado diez novelas, entre ellas Pentagonal: incluidos tú y yo (primera novela en hipertexto latinoamericana, 2001), Libro de plumas (2004), Navidad y Matanza (2007), Locuela (2009), Piezas secretas contra el mundo (2014), La parvá (2015), Coreografías espirituales (2017), Viaje a Partagua (2021) y Riachuelo (2025), varias traducidas al inglés, turco y alemán. También es autor de las colecciones de cuentos Caracteres blancos (2010) y Cortas las pesadillas con alebrijes (2017), y del ensayo Por una pluralidad literaria chilena: el colectivo Juan Emar (2019). Formó parte de las bandas de rock pop Ex Fiesta y Tornasólidos, del colectivo Sangría Editora, y tiene cinco discos solistas disponibles en todas las plataformas. Ha sido guionista de los largometrajes Malta con huevo (2007) y El nombre (2016). Trabaja como traductor y editor bilingüe.

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Posted: July 1, 2026 at 9:49 pm

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