Fentanilo para plagiarios
Pablo Majluf
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Cuando uno entiende más o menos cómo funcionan los llamados modelos extensos de lenguaje como ChatGPT y Gemini, sabe que son esencialmente plagios masivos. Lo que hacen estos robots no es más que aventar grandes redes pesqueras al ciberespacio y regurgitarte oraciones ordenadas según los patrones que ya han escrito antes millones de seres humanos.
Cada vez veo a más gente publicando textos de inteligencia artificial. Noten que no digo escribiendo, porque eso no es escribir. Y no sólo tuits o notas de Substack y similares en otras redes sociales, sino párrafos y hasta artículos enteros.
Esta misma semana detecté dos editoriales de columnistas famosos en periódicos mexicanos. Reboté la sospecha con varios colegas para confirmar y estuvieron de acuerdo. No dije nada y me he estado mordiendo la lengua porque es algo difícil de demostrar, además de que los autores lo negarían y quizá yo haga el oso.
Pero se nota. Los editores nos damos cuenta. Y no me dejarán mentir los respetables colegas y lectores de esta revista, entre los que se encuentran poetas y ensayistas y literatos y periodistas que se han ganado a pulso un buen nombre, que es un asunto estético. Frases huecas, oraciones moldeadas, sintaxis vacía, lenguaje sin emoción ni alma.
El crítico cultural Ted Gioia lo llama slop en inglés, que viene a ser algo así como desperdicio, o chatarra. Un concepto que tiene toda una textura posindustrial. Esa sensación de chafez que uno siente cuando ve una imagen prefabricada con máquinas que se ve falsa y postiza, es la misma que sentimos los lectores frente a una frase sintética escrita por un robot.
Y no sorprende. Cuando uno entiende más o menos cómo funcionan los llamados modelos extensos de lenguaje como ChatGPT y Gemini, sabe que son esencialmente plagios masivos. Lo que hacen estos robots no es más que aventar grandes redes pesqueras al ciberespacio y regurgitarte oraciones ordenadas según los patrones que ya han escrito antes millones de seres humanos. Lo que te entregan es, textualmente, una pauta, un orden, un ritmo repetido.
Sobra decir que la sociedad mexicana está atiborrada de plagiarios como ha demostrado el maestro Sheridan. Tenemos ahora mismo a una plagiaria en la Suprema Corte y otra en la Fiscalía. Hasta presidentes plagiarios hemos tenido, no digamos ya candidatos, gobernadores, profesores, abogados, académicos, periodistas y, cómo no —el colmo del gremio— literatos. Y hasta los hemos premiado. Imaginen lo que será esto, o ya es, con la inteligencia artificial. Seremos una sociedad semidirigida por autómatas.
Es difícil resistir la tentación, no digo que no. El verano pasado que estuve muy grave en el hospital y que tenía que publicar cada semana para mis suscriptores en Disidencia, lo descubrí. Era muy fácil pedirle al robot que escribiera un artículo sobre esto y aquello, con estos parámetros y estos lineamientos, y tantán, en cuestión de segundos tener una copia original, valga el oxímoron, presentarla como mía y, es más, cobrar por ella. Pero me di cuenta que se nota. Lo intenté y se notó, sobre todo para mis propios ojos. Nunca quedé realmente contento. Quienes aprecian el tono, me entenderán. No sólo es la ausencia biológica y la trampa — el producto es feo.
Desde entonces me prohibí y le prohibí a mis plumas invitadas escribir slop. No hablo de verificar datos, palomear hechos, consultar fuentes, incluso revisar la gramática, ordenar párrafos y hasta pulir. Uno puede jugar al típico ping-pong editorial con un robot y sacar algo muy decente. En ese sentido, la inteligencia artificial no sólo es útil, sino que a ciertas plumas les viene muy bien y un robot es hasta preferible. Estoy hablando de publicar frases y párrafos y artículos enteros.
Naturalmente ustedes me preguntarán qué más da si ya se han colado tan distinguidos plagiarios a los más altos escalones de la sociedad. Si ya sucedió eso con completa impunidad sin máquinas, qué más da ahora con el advenimiento de ellas. Y peor: qué más da, cuando los expertos vaticinan que a medida que la tecnología avanza y los robots escriben cada vez mejor, llegará un día en que las novelas y los poemas y cuentos de las máquinas sean prácticamente indetectables y hasta estéticamente buenos.
En efecto, no nos engañemos ni pretendamos ser luditas, como aquellos textileros británicos del siglo 19 que resistían a la revolución industrial. Nadie podrá impedir los presagios más apocalípticos. Volteemos la aproximación, mejor. Veamos desde el otro lado el dilema. Ya no desde el punto de vista del lector, sino del autor. Eventualmente quedará sólo el artista, el escritor —ustedes, colegas. Pueden mantener círculos de alta confianza donde sepan quién es real y quién no si quieren, aun cuando no puedan discernirlo a través de las letras y sólo quede el compromiso. Pero para salvar verdaderamente el arte, el oficio, la vocación, basta algo más difícil y a la vez sencillo: escribir. Ser escritor. Serlo y hacerlo. Sentarse y frustrarse, darle la vuelta, tirar el borrador a la basura y volver a intentar. Sabiendo que escribir en realidad implica buscarse a sí mismo, y eso es imposible plagiando con inteligencia artificial, al contrario. Quedará en cada quien.
Pablo Majluf. Es autor de Confesiones de un deliberado (Literal Publishing, 2024) entre otros títulos. Es columnista semanal de la revista Etcétera y escribe en Literal, Letras Libres, Reforma y Juristas UNAM. Expanelista en “La hora de opinar”, de ForoTV, junto con Leo Zuckermann. Asimismo, conduce el podcast Disidencia. Estudió periodismo en el Tecnológico de Monterrey y Comunicación y Cultura en la Universidad de Sydney, Australia. XTwitter: @pablo_majluf
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Posted: February 2, 2026 at 8:19 pm







