Funar o no funar
Ana Clavel
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La primera vez que vi escrita la palabra en redes sociales, pensé que se trataba de una errata. Vino a mi memoria una vieja frase publicitaria para una marca de cigarros: “Fume fino, fume Fama”, cuya paronomasia y aliteración siempre me parecieron geniales. Jugué a cambiar las “emes” por “enes” y el resultado fue un trabalenguas sin sentido: Fune fino, fune fana. Después volví a verla y por el contexto entendí que sugería algo como borrado, suprimido, censurado. “Funar”, pensé, qué extraña palabra. No me sonaba. Tal vez su sentido tenía que ver con hacer humo, difuminar, pero en la evolución filológica del español no recordaba la transformación de la “m” en “n”, como sí el de la “f” al aspirarse en la muda “h”, como en “fumus” que se convierte en “humo”. Me acordé entonces de palabras cercanas como funambulesco, del memorioso Funes —el legendario personaje de Borges—, y del cuento infantil de Francisco Hinojosa: “La fórmula del doctor Funes”. Pero ni el primero, con su carga latina de acróbata, ni el apellido vasco con referencia a una toponimia particular (Funes, localidad de Navarra), me sirvieron de mucho.
Aunque la Real Academia Española recoge el término en su Diccionario de americanismos (“organizar actos públicos de denuncia contra organismos o personas relacionados con actos de represión delante de su sede o domicilio, propio de Chile”), no alude a su significado actual. Tuve entonces que recurrir al oráculo de Google: “La palabra ‘funar’ proviene del mapudungun, lengua del pueblo Mapuche en Chile, donde ‘funa’ significa ‘podrido’ o ‘podredumbre’, dando origen al verbo que significa ‘organizar actos públicos de denuncia’ contra una persona o institución por actos considerados injustos o ilegales. Este término se popularizó en Chile tras la dictadura de Pinochet y luego se extendió al uso digital y en redes sociales para exponer y desacreditar públicamente a individuos”.
En nuestros días, el vocablo se ha popularizado al grado de que se le emplea como sinónimo de desechado o descartado en plan de broma, banalizándolo. Sin embargo, su uso más extendido está directamente relacionado con el activismo y beligerancia de las mujeres feministas chilenas que se ha diseminado por todo el orbe digital, a su vez replicado por feministas de Latinoamérica y el mundo en general. Baste recordar la famosa frase “El violador eres tú” del Himno de Las Tesis (Un violador en tu camino) en años recientes, para situar la creatividad y arrojo de su movimiento y consignas.
Los términos cercanos a este funar de redes sociales son pues denunciar, poner en la mira, exhibir, cancelar, denostar, descalificar de manera pública a personas que, presuntamente, cometieron un acto indebido o una conducta inapropiada y que por ello merecen ser exhibidos y, en una escala variable y a veces arbitraria, cancelados. Estas acusaciones públicas llegan a tener un sustento real, como en el caso de Andrés Roemer, que fue denunciado por violación y acoso por 61 mujeres, y espera extradición de Israel para comparecer ante las autoridades mexicanas.
Sin embargo, en otras ocasiones, como gran parte de lo que sucede en X-twitter, se vuelven campañas de odio y escarnio, linchamientos virtuales, auténticos desfogaderos para el enfermo cuerpo colectivo en que nos hemos convertido. A veces, sin que medien pruebas de por medio, la condena social se desata y aunque pueda darse alguna rectificación, la reputación del funado o funada, cuando son indebidamente imputados, difícilmente podrá limpiarse. Y es que el juicio de las masas no siempre tiene la razón. Es muy cierto que muchas veces la ineficacia de las autoridades o su negligencia han llevado a colectivos a la acción, pero no deja de ser alarmante que alguien o un conjunto de personas se erijan en policía, tribunal y jueces morales y decidan sobre la vida pública de otras.
Este panorama me hizo recordar la novela de Nathaniel Hawthorne, La letra escarlata. Corre el año de 1662 en Boston, cuando una condena moral obliga a la protagonista Hester Prynne a portar una letra “A” bordada en su ropa, como señal de un “crimen”: el adulterio y embarazo por los que es primero exhibida y después repudiada por las buenas conciencias de una Nueva Inglaterra puritana. Ella se niega a revelar el nombre de su “autor”. Obligada a sobrevivir en los límites de la ciudad, Hester y su hija Pearl se convierten en parias sociales. La reivindicación vendrá muchos años después, cuando su antiguo amante –el reverendo Dimmesdale–, ahora enfermo, finalmente confiese su culpa de manera pública. Para entonces la letra escarlata se ha vuelto parte de la identidad de Hester y pide, antes de morir ella misma, ser enterrada con su insignia.
Otro ejemplo se da en la novela de Pierre Choderlos de Laclos, Las amistades peligrosas, publicada en 1782. La obra nos adentra en la vida oculta y licenciosa de dos antiguos amantes y seductores: la marquesa de Merteuil y el vizconde de Valmont. Ahora rivales, comparten a través de una nutrida correspondencia sus nuevas aventuras eróticas y sus victorias de perversión de castidades y virtudes. El desafío por doblegar de uno y otro llega al extremo de empeñar lo que más aman: el vizconde, a su nueva conquista, madame de Tourvel, de la que se ha verdaderamente enamorado; la marquesa, su prestigio social como mujer aristócrata y supuestamente viuda ejemplar. Obligado a renunciar a su amada, repudiándola para complacer a la marquesa de Merteuil, Valmont se enfrenta en duelo con Danceny, amante de una de sus deshonrosas conquistas, y muere. Pero antes de expirar en los brazos de su contrincante, le entrega el fajo de correspondencia que mantuvo con su antigua cómplice. Las cartas son la comidilla de toda la corte y el oprobio es tal, que Merteuil, quien se preciaba de haber “nacido para vengar su sexo”, termina recluida en el campo, repudiada por todos.
Obviamente la condena colectiva en la novela de Laclos es un acto de justicia vengadora; en cambio la de Hester en La letra escarlata, responde a imperativos morales vigentes para la época, pero excesivamente severos y devastadores. Podría decirse que la marquesa de Menteuil y Hester Prynne fueron funadas y declaradas culpables por un juez sin rostro, múltiple y todo poderoso. ¿Quién quisiera estar en su lugar?
Foto de Panos Sakalakis en Unsplash
Ana V. Clavel es escritora e investigadora. Ha obtenido diversos reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1991 por su obra Amorosos de Atar y el Premio de Novela Corta Juan Rulfo 2005 de Radio Francia Internacional, por su obra Las violetas son flores del deseo (2007). Es autora de Territorio Lolita, Ensayo sobre las ninfas (2017), El amor es hambre (2015), El dibujante de sombras (2009) y Las ninfas a veces sonríen (2013), entre otros. Su Twitter es @anaclavel99
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Posted: September 22, 2025 at 8:52 pm







