GenealogĂas
Erika MartĂnez
Anuario mĂnimo (1960-2010)
Eduardo Chirinos
Barcelona, Luces de Gálibo, 2012.Â
Que Eduardo Chirinos (Lima, 1960) es un poeta enorme lo sabe sobradamente cualquiera que haya leĂdo alguno de sus muchos tĂtulos imprescindibles, entre los que pueden citarse El equilibrista de Bayard Street (1998), Abecedario del agua (2000), Breve historia de la mĂşsica (Premio Casa de AmĂ©rica, 2001), Escrito en Missoula (2003) o Mientras el lobo está (Premio GeneraciĂłn del 27, 2010).
En Anuario mĂnimo, editado este año por Luces de Gálibo, Chirinos escribe sobre Chirinos. Y, como todo gran escritor, lo hace hablando de otras cosas. Parientes, libros, tigres, amores. “No es de mi padre de quien quiero hablar, sino de bicicletas”. Mientras la autoficciĂłn ondea su bandera en el paisaje de la novela en castellano, Chirinos rompe el espejo de la autobiografĂa y nos entrega los pedazos. Desde su prĂłlogo, Anuario mĂnimo responde al deseo declarado “de reunir al azar breves fragmentos” más que a “la frondosa voluntad de construir una autobiografĂa”. Pero en esta captatio benevolentiae se esconde –con la inteligente discreciĂłn que cultiva Chirinos– toda una poĂ©tica y una declaraciĂłn de principios: la vida es tan azarosa e intermitente como lo son sus relatos. Vida y literatura cobran forma en cada elecciĂłn que hacemos, pero tambiĂ©n en cada renuncia, en lo que surge de ellas. Ceci n’est pas une autobiographie.
Como los huecos que deja la prosa entre fragmento y fragmento, la memoria está llena de blancos. De la mĂşsica que nunca escucharon sus padres, de los libros que no habĂa en su casa, del Ăşltimo año de colegio: “Fiesta de promociĂłn (a la que no fui), tener una novia (que no tuve), elegir una universidad (a la que no ingresĂ©)”. Nada podrĂa explicarse sin sus vacĂos. Quizás sea la conciencia agudĂsima de esta verdad lo que da temblor a este libro. “Hace algunos meses –escribe Chirinos– cumplĂ cincuenta años. Un poco por nostalgia quise escribir el poema que se me negĂł a los dieciocho. Pero preferĂ no hacerlo. Querer –como poder y deber– no es un verbo que conmueva a la poesĂa. AsĂ que, una vez más, me resignĂ© al silencio. Este libro naciĂł de ese silencio”.
El Anuario consta de dos fragmentos por año, desde 1960 hasta 2010. Aunque no sea esa la Ăşnica razĂłn sobre la que se apoya el tĂtulo, suena tambiĂ©n un eco de otro gĂ©nero: el de aquellos volĂşmenes que se publican anualmente como guĂa de algunas profesiones. Porque este libro es al mismo tiempo la historia de un hombre y de una vocaciĂłn. Una indagaciĂłn detectivesca en la gĂ©nesis de la palabra: el abecedario de una foto de infancia, la letra en la pizarra del colegio, “rayar con la navaja en las paredes”. Pero tambiĂ©n una constataciĂłn de que no hay escritura sin deterioro (“Mis orejas arruinan la sintaxis, echan a perder el sentido, modifican a su antojo los significados”), sin herida (sueños que abochornan, profesores que ridiculizan), sin delirio (delirar, recuerda Chirinos, significaba en su origen salirse del surco, o sea, del verso, “sembrar de manera incorrecta”). Hay en este libro un dolor ajeno al dramatismo que no deja de recordarnos, con ternura y toques autoparĂłdicos, que la literatura nos reconcilia con la existencia. Lector y escritor comparten la misma habitaciĂłn, como un hermano que lee al otro sus textos: “Él siempre me escuchaba muy serio. DespuĂ©s nos reĂamos de tanta seriedad y apagábamos la luz”.
Anuario mĂnimo está lleno de recovecos, pliegues de donde surgen los otros. Los muertos cobran presencia, se adensan, mientras los vivos adquieren un aire fantasmal: “Uno nunca sabe cĂłmo reclaman los afectos. No pasa un mes sin se aparezca para conversar en mis sueños. Me gustarĂa saber si Ă©l me recibe para conversar en los suyos”. Nunca se sabe de quĂ© lado sucederá el encuentro entre vivos y muertos, soñadores y ensueño, entre todos los ausentes. Ejemplares en su belleza, son los dos fragmentos de la entrada dieciocho donde el narrador emprende un ejercicio tan narrativo como espiritual: ponerse en el lugar de sus padres encarnándose en ellos, usurpándoles voz y mirada. En virtud de ese trueque emocionante entre la primera y la tercera persona, el hijo comprende al padre que comprendiĂł al hijo: “Periodista, pase. Profesor, pase. Sacerdote si te da la gana. Pero Âżpoeta? Al final me convenciĂł. Hasta le prestĂ© dinero para que publicara su primer libro. Nunca se lo cobré”. A la espera del encuentro, el narrador lanza botellas al mar. Hasta que los ciervos del jardĂn corren a ocultarse entre los libros. “¿Por quĂ© te peinas antes de dormir?, me preguntaba mi hermano. Por si sueño con Virginia”.
Las páginas se suceden y la genealogĂa familiar va dando lugar a la literaria. Por eso, Chirinos da cuenta no sĂłlo de hermosas confesiones y recuerdos, de leyendas verosĂmiles y evocaciones fantásticas, sino tambiĂ©n de brillantes reflexiones literarias, notas de lectura y hasta poĂ©ticas: “La prosa empieza siempre con alguna idea, a esa idea le siguen las palabras, y a esas palabras –si tienen suerte–, una mĂşsica. La poesĂa, en cambio, empieza con una mĂşsica, a esa mĂşsica le siguen las palabras, y a esas palabras, una idea. Para algunos la idea es opcional”.
En la última y misteriosa entrada del anuario, una pareja trata de ver el interior de la casa cerrada de Kafka a través de una ventana. Pero el cristal de la ventana refleja la calle. La intimidad es el anzuelo que lanza la buena literatura para obligarte a mirar hacia fuera.
Posted: September 14, 2012 at 5:19 pm








