LA POESÍA DE PIETRO DE MARCHI
Mayco Osiris Ruiz
• Pietro de Marchi, Una lluvia sin nubes (Aquelarre ediciones, 2025, 145 pp.)
Hace unos cuantos años, al referir las causas que lo motivaron a preparar un libro con la poesía en dialecto de Andrea Zanzotto, Giorgio Agamben sostuvo lo siguiente: “La decisión, o el desafío, como le dice usted, nace del entrecruce de factores igualmente apremiantes… No se trata, para mí, de un regreso a los orígenes, sino de una elección a la vez literaria y política. La hipótesis que esta colección propone es, de hecho, la siguiente: que a la gramática de Dante corresponde hoy en día el italiano como lengua nacional, y al habla vernácula, los llamados dialectos; y que la poesía italiana, que parece atravesar una fase de estancamiento o crisis, solo podrá renacer si vuelve a nutrirse de esta íntima diglosia”.

Pienso que estas palabras atañen, de manera directa y muy particular, a la obra y la persona del poeta cuya labor compendia —en edición bilingüe y con el título de Una lluvia sin nubes— la editorial Aquelarre: Pietro de Marchi. Ello se debe, en su nivel primario, a los desplazamientos y las imbricaciones que su poesía mantiene con lenguas y registros ya no sólo diversos, sino también distantes del contexto fonotáctico italiano. Pero, en grado más profundo, su sintonía radica en una concepción de carácter estético cuyos principios se enuncian claramente en estos versos:
Lenguas en tránsito
Pasan las fronteras
junto con las personas, son ligeras
como el aire, como la respiración
de quien las habla. No pagan
ni aduana, ni arancel,
y nadie puede atarlas con cadena,
echar encima, cal o arena.
Así las cosas, no cuesta argumentar que, en el paisaje de una lírica atada, como lo piensa Agamben, al rígido modelo petrarquista (por demás hegemónico y caracterizado por el monolingüismo y el equilibrio léxico-tonal), De Marchi se destaca por una voluntad que asume como propia la urgencia de escribir una poesía nutrida no tanto en los contrastes de esa “íntima diglosia”, como en el ambicioso registro de una lengua que apunta a otra lengua mayor, hecha de intimidades y de comparecencias, y en la cual las palabras circulan libremente, iguales e indistintas “en la respiración /de quien las habla”, de quien las pone a hablar buscando despojarlas y despojarse a sí:
Ser como una palabra sin étimo,
un efecto sin causa aparente,
una lluvia sin nubes en el cielo.
Con todo, como alcanza a apreciarse en los poemas que forman el conjunto de la antología, esta necesidad de un leguaje cargado de todas las potencias expresivas que le provee el vaivén de esas “lenguas en tránsito”, excede los impases de cualquier tradición e, incluso, lo que en De Marchi hay sobre la identidad del expatriado. Se trata, según puedo entender, de un posicionamiento que si bien no se aleja del intento político de derruir —mediante el artificio de una escritura abierta cuyas formas no pagan “ni aduana, ni arancel”— toda marca o principio de exclusión, se corresponde más con el deseo de una sintaxis de lo absolutamente indispensable, es decir, que pretende extirpar lo superfluo, ya como arte poética, ya como anulación de la disparidad:
Eliminar lo superfluo, tirar
el lastre, quitar
los estorbos, las trabas, arrancar
los hierbajos, extirpar
el convólvulo, hacer
mesa limpia, tabla rasa.
Despojarse después del exceso y lo vano,
reducir al hueso, descarnar, despulpar,
dejar
tan sólo lo esencial.
Esa característica, que me atrevo a llamar constitutiva del régimen estético y el sistema imaginario del autor, explica el desenfado con que profiere el mundo y la agudeza con que sabe mirarlo. El paisaje —más que una presencia recurrente, más que un simple motivo de literatura— es el marco ideal de una poesía que para despojarse “del exceso y lo vano” procura no observar, sino atender en toda su pureza. De allí que lo utilice menos como metáfora que como una extensión de ese lenguaje morigerado y tenso entre cuyos repliegues acontece, casi siempre discreta, la revelación:
Llamas conmovedor
al rojo de amapolas en acequias,
junto a calzadas suburbanas de Pavía,
al borde de arrozales anegados
o que “esperan el agua”.
Lo mismo vale, en el pensamiento,
para el azul de las flores de lis,
que con las amapolas comparten los destinos
regresivos: diezmadas por pesticidas, herbicidas,
se refugian en los márgenes del campo,
entre las ruinas, o desaparecen de la vista.
Y es, con ellas, el verano
el que extravía sus colores.
Igual de decisivo me resulta el papel que esta naturaleza de apariencia sencilla, quiero decir, siempre a la mano, asume ante el empeño o la ambición de perseguir “tan solo lo esencial”. Hay, además de un deseo de exaltar, parafraseándolos, “el dolor y la dulzura de un común destino de polvo”, un intento de urdir un círculo cerrado en el que las palabras, lo mismo que el paisaje, sean verdades legibles entre líneas, elementos tal vez equivalentes que actuan como principios o claves de escritura:
El homo faber sabe hacer las cosas:
corta troncos en la justa estación,
los deshoja y con mimbre
aprieta los haces,
luego hiende los leños para reducirlos a astillas
y colocarlas en lugar reparado,
contra el muro de casa que mira a occidente
donde el sol de verano dura mucho
y la leña más verde
tiene tiempo de secarse
mientras la poca resina remanente en la corteza
perfuma de bosque el aire.
Aprende entonces tú también: pon en fila las palabras
y cada frase en su puesto,
como los trozos de leña
de la pila.
Se construye, así, un libro-mundo cuyo sentido debe buscarse fuera del extenso registro de plantas y animales que recorren sus páginas. No sólo porque agrega, casi sin distinción, “historias, palabras, gestos de gente anónima” que alternan y se mezclan en complicados ciclos de transformaciones, sino porque se trata de una suerte de ética de la composición, o bien, de la respuesta que tiene para dar una poesía que aspira a construir una correspondencia, una dicción capaz de “sacar de la sombra”, de preservar, “en la caja fuerte de la literatura, fragmentos de vida mínima”:
El mundo está cubierto de palabras
y no de todas se cita al autor.
No sabemos así quién escribió
esta oración no indigna de un edicto:
“Benditas sean la muerte y la vida
de la gente buena y simple”.
Se lee en una lápida ennegrecida
de un viejo cementerio sin nombre.
El mundo está repleto de personas
de las que nadie sabe cosa alguna.
Tal es, me parece, la lección inherente a los volúmenes que compendia Una lluvia sin nubes: escarbar hasta el hueso en esa red anónima de vidas y palabras que ocurren de costado, sólo para mostrar que son también cimiento de lo universal, de esa lengua más pura en la que son el cuerpo, “la mano del mundo y su voz/ verdadera”.
Mayco Osiris Ruiz (Xalapa, Veracruz, 1988). Poeta y crítico. Ha publicado en revistas como Sibila, Palimpsesto, Literal. Latin American Voices y Letras Libres. Es autor de El revés de esta luz (Taller Ditoria, 2015). Twitter: @MaycoOsirisRuiz
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Posted: September 29, 2025 at 9:46 pm







