Los revolucionarios de ahora no quieren el poder, lo detestan
Ramón González Férriz
Daniel Cohn–Bendit, el joven francĂ©s que habĂa iniciado las protestas del Mayo del 68 y que terminĂł arrancando adoquines para lanzarlos contra el sistema terminĂł muy adosado al estatus quo como diputado. Joschka Fischer, otro luchador proletario se convirtiĂł tambiĂ©n, primero como parlamentario, luego como ministro de Exteriores alemán. Tal y como narra el periodista y escritor RamĂłn González FĂ©rriz en su libro La revoluciĂłn divertida (Debate, 2012), si en las revueltas de los años sesenta muchos de sus participantes no habĂan conseguido lo que entonces querĂan, se dieron cuenta de que lo que “obtuvieron a cambio no estaba nada mal”.
Escrito en clave periodĂstica, sin desaprovechar para ello la ironĂa, La revoluciĂłn divertida hace un recorrido por los movimientos revolucionarios de los años sesenta hasta la actualidad para demostrar, a travĂ©s de estos, que la esencia del capitalismo no está en el conformismo que los revoltosos denunciaban, sino en la rebeldĂa que los impulsĂł –y todavĂa los impulsa– a actuar.
El capitalismo como sistema, plantea González Férriz, no sólo soporta estas revueltas –las ocurridas en los sesenta, setenta, los ochenta, las manifestaciones antiglobalización de los 90 y el actual fenómeno de los indignados– sino que las necesita para mutar sin dejar de ser él mismo. En ese tránsito, González Férriz se detiene en el proceso español surgido durante la transición y en la construcción de instituciones como el Estado, la cultura y los medios, sistemas sobre los cuales conversa en esta entrevista.
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Karina Sainz Borgo: Los sistemas necesitan de las revoluciones para renovarse. Los del 68 se manifestaban en la eclosión del estado de bienestar. Los del 15–M, lo hacen entre sus ruinas. ¿Realmente crees que el capitalismo y la democracia se han hecho más fuertes?
RamĂłn GĂłnzalez FĂ©rriz: Las revueltas del 68 en Occidente, en lugares como ParĂs o California, tuvieron lugar durante un momento de bonanza econĂłmica; el Ămpetu de la recuperaciĂłn de posguerra habĂa permitido fortalecer los estados de bienestar –más en Europa que en Estados Unidos, ciertamente– y al mismo tiempo desarrollar una gigantesca industria militar. Los rebeldes se opusieron a ese Estado: querĂan que el gobierno dejara de meterse en sus vidas, que dejara de decirles con quiĂ©n se podĂan acostar y con quiĂ©n no, que dejara de imponer una visiĂłn religiosa, que dejara de alentar la paranoia de la guerra. Eran de izquierdas, pero era una izquierda que no tenĂa demasiado que ver con la clásica izquierda proletaria…
KSB: SĂ, pero… Âży ahora? La herencia es la misma, sĂłlo que despilfarrada.
RGF: La izquierda que hoy se reĂşne alrededor del 15M tampoco es la izquierda ortodoxa –la de fábrica, sindicato y partido– y es en todo heredera de la de los sesenta, pero con una novedad: ahora quiere más Estado, más intervenciĂłn de los gobiernos en la vida pĂşblica, más polĂtica y no menos. Es un giro curioso: las mismas tácticas para pedir lo contrario (excepto, por supuesto, en la moral, donde los movimientos actuales son tan progresistas como los de entonces). En cualquier caso, han transcurrido cincuenta años y el capitalismo sigue ahĂ, hecho unos zorros ahora mismo, pero sin ninguna alternativa viable. Y asumiendo y desactivando a gran velocidad estos movimientos pseudorevolucionarios.
KSB: Tu análisis de los movimientos de protesta es casi clĂnica, te refieres a ellos como “movimientos que no son funcionales polĂticamente, sino sĂłlo expresiones de malestar que acaban reducidas, en el mejor de los casos, a tendencias culturales”.
RGF: En Occidente es ya muy poco probable que se produzcan revoluciones polĂticas a la manera clásica: hombres armados que toman el palacio presidencial, matan o expulsan al presidente y se colocan ellos en su lugar. Ahora, muy curiosamente, los revolucionarios no quieren el poder, detestan el poder. Por eso lo que hacen no es propiamente polĂtico –aunque sin duda tienen muchas reivindicaciones polĂticas– sino básicamente cultural.
KSB: ¿En qué sentido?
RGF: Son formas de vestir, de comer, de peinarse, de hacer mĂşsica, de escribir, de asociarse, de discutir y tomar decisiones. Lo más probable es que nada de esto sirva para cambiar nada esencial de la democracia capitalista, pero sĂ cambia la cultura. La gente de los años sesenta no consiguiĂł cambiar la polĂtica de sus paĂses, pero cambiĂł por completo la cultura y hoy la cultura popular –el rock, el sexo como reclamo, el hedonismo, las drogas blandas– es hija de la de entonces, por no decir que es la misma. El movimiento antiglobalizaciĂłn no logrĂł detener ni un instante el proceso de globalizaciĂłn, pero muchos de los rasgos de nuestra cultura –la comida orgánica, el Starbucks con cafĂ© de comercio justo, la bisuterĂa latinoamericana, la espiritualidad oriental– nos los dio la antiglobalizaciĂłn.
KSB: La cultura española en democracia y su correlato polĂtico, segĂşn lo planteas, fue una especie de simulacro subvencionado sin ningĂşn riesgo polĂtico. ParecĂa un pacto más electoral que social.
RGF: La gente de lo que primero se llamĂł Nueva Ola y luego la Movida no eran, obviamente, revolucionarios polĂticos, pero sĂ querĂan que la cultura española cambiara. Les parecĂa –no solo la oficial franquista, sino tambiĂ©n mucha de la antifranquista– aburrida y atrasada. QuerĂan modernizar la mĂşsica, el cine, la ropa, las costumbres sexuales. Y al PSOE le gustĂł esa modernizaciĂłn y decidiĂł apoyarla desde las estructuras del Estado: desde la televisiĂłn pĂşblica, con los conciertos patrocinados por los ayuntamientos, con subvenciones.
KSB: ÂżDurĂł demasiado ese pacto?
RGF: Quizá los socialistas fueran maquiavĂ©licos o quizá sĂłlo quisieran airear la cultura española, no estoy muy seguro, pero lo que es indudable es que dieron pie a una paradoja: desde el poder se animaba a los rebeldes. Eso, claro, convirtiĂł un movimiento vivo y contestatario en algo visto como domesticado y pendiente de la burocracia. No fue un caso Ăşnicamente español, por supuesto. Incluso en Estados Unidos se destinan fondos pĂşblicos al arte transgresor mediante el National Endowment for the Arts. Pero sĂ creo que aquĂ hemos ido demasiado lejos y que serĂa bueno que la cultura encontrara el modo de ser rentable en el mercado y, por lo tanto, más independiente y libre.
KSB: ÂżSe podrĂa decir que, en este proceso, en aquellos años se hizo más visible el lado más “pop” frente a lo que pudo haber sido el anarquismo asociado a Ajoblanco? ÂżPor quĂ©?
RGF: Los libertarios catalanes, que fueron estrictos contemporáneos de los primeros años de la Movida, eran gente sin ninguna predisposiciĂłn a hacer carrera ideolĂłgica ni empresarial. No querĂan tratos con partidos, ni con instituciones, ni con empresas con ánimo de lucro ni con nada de nada. QuerĂan ir a la suya, divertirse, divulgar la ecologĂa y el sexo libre y las drogas recreativas y hacer revistas y fanzines y conciertos. Cuando la cultura española se industrializĂł y el Estado se puso a subvencionarla, ellos quedaron al margen, en parte sin duda porque el gobierno nacionalista catalán no tuvo ningĂşn interĂ©s en ayudarles –eran, en su mayorĂa, castellanoparlantes y nada dĂłciles–, pero seguramente tampoco se habrĂan dejado. CreĂan de verdad que podĂan funcionar sin apoyarse en los mecanismos del mercado ni los del estado. Naturalmente, eso les llevĂł a la desapariciĂłn como movimiento. Aunque algunos de sus miembros sĂ hicieron carrera: la más conocida hoy quizá sea Karmele Marchante, que empezĂł de redactora en Ajoblanco.
KSB: ¿Qué tanto llegaron a convivir el intelectual que se forjó durante la guerra civil con el nuevo modelo del artista convertido en intelectual e incluso del escritor como figura pública?
RGF: Si se miran las páginas de El PaĂs o incluso de ABC de esa Ă©poca se ve que, efectivamente, se intentaba reavivar la memoria de los grandes intelectuales del exilio y al mismo tiempo promocionar a los jĂłvenes pop. No es nada particularmente incoherente. Pero las cosas habĂan cambiado desde los años treinta y el papel del intelectual –fuera un intelectual clásico o un simple artista con preocupaciones polĂticas– se habĂa transformado y convertido en un fenĂłmeno de masas. Quizá la figura más emblemática de eso fuera Manuel Vázquez Montalbán, una figura pĂşblica que defendĂa polĂticas a la izquierda de la socialdemocracia desde una cĂłmoda existencia burguesa.
KSB: Buena parte de los intelectuales de la derecha, Luis Racionero, Federico Jiménez Losantos, Luis Alberto de Cuenca, Francisco Umbral, provienen de una fractura de la izquierda.
RGF: Muchos de nuestros intelectuales de derechas de hoy, ciertamente, fueron en el pasado de izquierdas. De nuevo, no es un caso Ăşnico: mucha gente del equipo de Reagan eran viejos trotskistas, y en Francia los “nuevos filĂłsofos” de los setenta han ido derivando hacia la derecha. Yo no dirĂa que fueran traidores ni nada parecido: se fueron acomodando a la realidad, la llegada al poder de la izquierda a la que apoyaban acabĂł decepcionándoles, creyeron que quizá la derecha española pudiera ser verdaderamente liberal y dejar de entrometerse con la cultura y el periodismo.
KSB: ¿Con quién (generacionalmente) estás saldando cuentas a la hora de escribir este libro?
RGF: No, no saldo cuentas con nadie. Cada momento histĂłrico tiene sus circunstancias y lo que hizo mucha de esa gente –abandonar la rebeldĂa informal para entrar en el sistema desde la polĂtica, el periodismo o la cultura de empresa– era natural en el momento de fortalecimiento de una democracia. No sĂłlo no tengo ningĂşn rencor, sino que estoy inmensamente agradecido con gente como Savater, AzĂşa, Herralde o De Moura en España, y en el extranjero con coetáneos suyos como Hitchens o Glucksmann, por no hablar de Bob Dylan y tantos otros roqueros, que empezaron desde la izquierda heterodoxa y fueron entrando en el sistema paulatinamente. No, ningĂşn rencor. Al contrario. Nuestra generaciĂłn tiene otros problemas. El inconveniente es que no hemos encontrado un recambio a la manera de hacer polĂtica y cultura que se fundĂł en ese tiempo.
KSB: Voy a hacer una pregunta que tú mismo hiciste hace poco a Arcadi Espada. En España, ahora, qué existen… ¿”Hombres de letras“ o de twitter?
RGF: El intelectual clásico es hoy menos influyente que en el pasado. Por un lado es positivo: los intelectuales del siglo XX se equivocaron tanto, y en ocasiones de una manera tan cruel y sangrienta, se emborracharon tanto de ideologĂa, que quizá no sea nada malo que hoy no sean lĂderes como lo fueron antes. Sin embargo, tampoco creo que sea necesariamente bueno sustituirles por las masas enfurecidas de Twitter y las demás redes sociales, donde un sucedáneo de democracia acaba derivando en muchas ocasiones hacia la descortesĂa y la estupidez. A mĂ me gustarĂa tener una vida pĂşblica en la que tuvieran más peso los especialistas, los tĂ©cnicos, los conocedores de los aspectos aburridos pero cruciales que hacen que el mundo funcione, los cientĂficos, los mĂ©dicos, los ingenieros, los contables y a su modo tambiĂ©n los historiadores. Pero soy consciente de que, por un lado, esto es poco atractivo para los consumidores de informaciĂłn, por lo que es poco probable que sea por lo que apuesten los medios. Por el otro, gente de reputaciĂłn cientĂfica como los economistas o los politĂłlogos llevan años fallando estrepitosamente y es comprensible que la gente no les conceda demasiada credibilidad. En cualquier caso, lo que hay que tratar de evitar a toda costa es que nuestra democracia se convierta en una democracia de tertulianos.
Posted: January 14, 2013 at 7:02 am







