Sí hay inviernos en La Habana
Odette Alonso
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Llueve a ratos en La Habana. Lluvia de invierno, chinchín, lloviznita. Dice mi hermana que hace tremendo frío y manda fotos con suéteres de cuello de tortuga y cobijas para cubrirse en las madrugadas. Los especialistas del instituto de meteorología anuncian, alarmados, las temperaturas más bajas en mucho tiempo. Récord de 0° en zonas de la provincia de Matanzas. Escarcha en fotos que ya no sabemos si están o no truqueadas. Pocos grados centígrados en La Habana, y eso sí que es un suceso en una ciudad donde a los 20° chifla el mono (o sea, que se congelan). En otros tiempos, al menor friecito, sacaban las habaneras sus astracanes olorosos a guardado y sus mejores guantes para ir al ballet en el Gran Teatro o a cualquier otro espectáculo de más o menos fina estirpe.
Nosotros, los de Santiago, nos burlábamos. “¡Mira que los habaneros son noveleros!”, decía mi abuela Cristina, refiriéndose a lo ridículos que nos parecían. Oriente es la tierra caliente y los abrigos, si es que se usasen, son tan ligeros como cualquier ropa del diario. Pero en estos días el termómetro ha bajado a 13° C en la madrugada. Esas temperaturas se tornan críticas por varios factores; el primero, la humedad relativa, que en el trópico es muy alta y hace insoportable la sensación térmica. El segundo, la falta de costumbre. En esas regiones no se está preparado para algo así.
En La Habana, el mar sobrepasó el muro del Malecón y se internó por varias cuadras. Esto no es raro, ocurre con bastante frecuencia cuando los frentes fríos o algún otro fenómeno atmosférico elevan el nivel de las aguas y revuelven el oleaje, pero siempre me apiado de las personas que viven en planta baja, incluso en sótanos donde el agua, salada por demás, echa a perder todo lo que encuentra y en Cuba es muy difícil, la mayor parte de las veces imposible, reponer lo perdido.
El domingo, mientras Bad Bunny conmovía a medio mundo, el gobierno cubano anunció a las aerolíneas internacionales que vuelan a la isla que ya no tienen combustible para recargar las aeronaves en territorio cubano. La semana anterior, por la misma razón, se habían detenido las rutas de transporte público de pasajeros, al menos en la capital, y se “pospuso” la Feria Internacional del Libro de La Habana.
Muchas cosas no se piensan ni se imaginan cuando no se conocen. Que un país se quede sin combustible no sólo implica que no habrá electricidad ni gasolina. Como cascada, tampoco habrá gas ni agua. En ningún lado: ni casas, ni hospitales y, poco a poco, tampoco en los hoteles de lujo y las mansiones de los dirigentes del gobierno y el ejército. O sea que, por ejemplo, no habrá cómo trasladar a un muerto a la funeraria ni cómo encender el horno de las cremaciones.
Viendo los cañaverales del espectáculo del puertorriqueño en el Super Bowl, no dejaba de preguntarme cómo fue posible que el gobierno cubano dejara destruirse toda la infraestructura de la industria azucarera, que hace un siglo era el primer rubro de exportación y de entrada de divisas, el pilar de nuestra economía. Si yo no me lo explico, mucho menos quienes no tienen idea de lo que es capaz de provocar la “economía socialista”. Hace unos días, mi suegro me preguntaba cosas elementales para quien vive en un país “normal”. Le expliqué cómo en 1967 nacionalizaron todos los pequeños negocios. Tiendas misceláneas, peluquerías, lavanderías, bares y restaurantes, taxis y autobuses, servicios médicos y escolares, producción agropecuaria, oficios ejercidos por particulares.
El control estatal fue absoluto y la represión a cualquier señalamiento, disidencia o intento de transgredir esas disposiciones, también. Y como el Estado no puede controlar hasta la última minucia, pero además ocuparse de guerras en el extranjero, adiestramiento de guerrilleros, abanderamiento de movimientos internacionales, poco a poco el país se les fue yendo de las manos hasta llegar a esta precariedad. Cuba fue como una casa que se empieza a deteriorar y ya mejor la dejas que se caiga.
Ahora que el gobierno estadounidense amenaza con acciones militares en la isla, el cubano promedio se asusta poco porque durante 67 largos años, generaciones y generaciones han tenido que acostumbrarse al frío de acostarse con el estómago vacío esperando una invasión que nunca llegó. Que a veces sonaba a promesa y otras, las más, a deseo de que acabara la desgracia de una vez. Porque nos hemos pasado la vida oyendo mensajes bélicos y perspectivas desastrosas, preparándonos para la guerra de todo el pueblo, construyendo trincheras que la siguiente lluvia rellenó y búnkers que no tuvieron más visitantes que la fauna nocturna, mientras los dirigentes y sus familias llevan vida de magnates, con casas y carros y fiestas y viajes y lujos sin fin. Ahora, que todo se ventila en redes sociales, toda Cuba conoce bien a esos juniors y sus privilegios, pero nadie puede calcular realmente qué nivel alcanzan.
Tengo que confesarlo: La Habana siempre fue uno de mis grandes amores. En La Habana todo era fascinante: desde el mar índigo del mediodía hasta las calles siempre sucias del casco histórico y el olor a petróleo en las aguas del puerto. Y había inviernos entonces, siempre los hubo. Pero a ratos se asomaba entre las nubes el rayito de sol de la esperanza. A ver cómo termina el de este año, heladísimo y crudo entre toda la desgracia, la enfermedad, el dolor y la incertidumbre. Posiblemente el peor invierno de toda nuestra historia.
Foto de Federico Espinosa en Unsplash
Odette Alonso nació en Santiago de Cuba y reside en México desde 1992. Es poeta, narradora y promotora cultural, autora de una veintena de poemarios, una novela y dos libros de relatos. Ha obtenido el Premio Clemencia Isaura de Poesía 2019 por Últimos días de un país, el Premio Nacional de Poesía LGBTTTI Zacatecas 2017 por Old Music Island y el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” en 1999. Es compiladora de la Antología de la poesía cubana del exilio (2011) y coeditora de Versas y diversos. Muestra de poesía lésbica mexicana contemporánea (2020). Fundó el ciclo Escritoras latinoamericanas, que ha coordinado durante más de una década en el marco de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Su libro más reciente es Lo que transcurre (Ediciones Furtivas, 2023).
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Posted: February 16, 2026 at 9:48 pm








Como cubana, como habanera, como parte de esta lejanía tan “cercana”, celebro tu artículo.