Flashback
III. Los estudiantes, en el “Harvard Rojo”

III. Los estudiantes, en el “Harvard Rojo”

Rodrigo Carrizo Couto

La Universidad Estatal de Moscú M.I.Lomonósov y la Universidad “de la Amistad entre los Pueblos” Patrice Lumumba son los dos principales centros universitarios de la capital rusa. Pero la diferencia en prestigio y nivel de estudios entre ambos es enorme. La Universidad del Estado de Moscú es el más prestigioso centro de estudios de la Unión Soviética, donde estudian (o han estudiado) desde siempre las élites dirigentes del país. Es uno de los grandes orgullos de la cultura y la educación soviéticas, junto con el mundialmente célebre Conservatorio P.I.Tchaikovski, donde se forman algunos de los músicos que mañana serán los más grandes del mundo.

Tanto en la Universidad del Estado (MGU) como en la Lumumba o el Tchaikovski estudian jóvenes venidos de todas partes del mundo. En el sentido más literal de la expresión. A veces dudo que exista alguna universidad más cosmopolita que la de Moscú, pues no solo sus estudiantes llegan de todas partes del planeta, sino que pertenecen a todas las clases sociales, a todas las culturas y a todos los credos políticos y religiosos.

Desde etíopes escapados del hambre hasta “niños de papá” hijos de diplomáticos latinoamericanos, vietnamitas, norteamericanos graduados en Harvard o Princeton haciendo estudios de postgrado que intentan desesperadamente “confraternizar” con sus nuevos amigos rusos, brasileños, cubanos ex combatientes de Angola y, por supuesto, un buen puñado de estudiantes españoles.

Hablaba al comienzo de las diferencias entre la MGU y la Lumumba. Pues bien, la Universidad de Moscú fue fundada en el Siglo XVIII por un científico al que los rusos consideran “par de Newton”. Se trata de Mijaíl Lomonósov. Geólogo, matemático, físico, poeta, filólogo, escritor y unas cuantas cosas más. De hecho, hoy en día la MGU lleva su nombre. Desde el Siglo XVIII hasta hoy se han formado allí los hombres y mujeres que dirigieron los destinos de Rusia en los campos de las ciencias, las leyes y las letras. Algunos le han puesto el sobrenombre, mitad en serio mitad bromeando, de “Harvard Rojo”.

Y está su contrapartida. Su “prima pobre”: la Universidad Patrice Lumumba, llamada así en homenaje al revolucionario africano. Esta universidad fue fundada en 1960 con el objeto de formar y capacitar técnicos y profesionales de países del Tercer Mundo (de ahí su extraño nombre: “de la amistad entre los pueblos”). Allí se forman jóvenes llegados de los países más pobres gracias a un sistema de becas integrales ofrecidas por el Gobierno soviético.

Los estudiantes son, en su inmensa mayoría, africanos y del sudeste asiático. Trabajan materias como la medicina tropical, la meteorología o la agricultura. Pero la “fama” de esta universidad entre los rusos y estudiantes extranjeros de otras instituciones soviéticas no podría ser peor. Los chistes sobre su deplorable nivel académico y la calidad de sus estudiantes son moneda habitual en universidades como la de Moscú o su orgullosa hermana: la Universidad de Leningrado.

Al igual que hay enormes diferencias entre las universidades de Moscú o Leningrado y la Lumumba en el plano académico, las dificultades y niveles de exigencia a las hora del ingreso en estas instituciones suelen ser muy distintas para soviéticos o extranjeros. Primero, hablaremos de los extranjeros para luego explayarnos un poco más sobre los nativos.

La Universidad de Moscú y la Patrice Lumumba no son en absoluto los únicos centros de estudios donde están diseminados los extranjeros. La enorme mayoría se encuentra a lo largo y ancho del país en universidades e institutos que van desde Riga a Taskent, pasando por Leningrado hasta Odessa, en el Mar Negro. Sin duda, los que consiguen quedarse en Moscú son los menos, los “privilegiados” por decirlo de alguna manera (aunque nunca me ha quedado del todo claro, gracias a qué). Cabe suponer que en la mayoría de los casos, se debe al “prestigio” del país de origen del candidato; siendo así que es casi imposible que envíen a Uzbekistán a un estudiante japonés, canadiense o francés. También el destino del joven suele decidirse en función de sus “padrinos” políticos, de su obstinación (lo que fue mi caso) y, sobre todo, de la buena suerte. Claro está que hay algunos que consiguen quedarse en Moscú por sus méritos académicos, pero son, decididamente, los menos.

Los estudiantes llegan a la URSS a través de dos grandes vías: la “estatal” y la “del partido”. Por “estatal” se entiende a todo aquel estudiante que esté incluido en algún convenio de intercambio cultural entre dos naciones, o en un programa de, por ejemplo, la UNESCO. Estos estudiantes tienen la suerte de encontrarse “amparados” por sus respectivas embajadas y esa es una de las principales razones por las que suelen poder quedarse en la capital en la gran mayoría de los casos.

Los otros llegan a través de organizaciones sindicales, o directamente a través del Partido Comunista del país del joven en cuestión. Y, por supuesto, la abrumadora mayoría de los países del bloque socialista (o mejor dicho, “ex”) como pueden ser Cuba, Nicaragua, Camboya, Corea del Norte, Siria, China y otros países árabes, africanos y asiáticos. En el caso particular de España, las becas se gestionan a través de la Asociación España –URSS. Aunque en los últimos tiempos, han llegado también estudiantes particulares. O sea, que se pagan sus estudios anualmente con sus propios recursos en divisas fuertes y quienes, por tanto, suelen obtener el más alto nivel académico posible. Estos estudiantes vienen, sobre todo, de potencias occidentales como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia o Japón.

Pero a pesar de las diversas vías de acceso y procedencias, una vez llegados a Moscú todos pasan por las mismas etapas: revisión médica y adjudicación, o sorteo, del centro de estudios (lo que, sin duda, es mi peor recuerdo de ese país). En ese momento se decide si el estudiante en cuestión se queda en Moscú o debe partir a la frontera norte de Mongolia. Dado que estas decisiones las toma el Ministerio de Educación, en principio no son negociables, pero esto es muy relativo, como ya hemos explicado antes.

En ese momento se reciben las credenciales de los respectivos institutos y universidades (cabe aclarar que en la URSS los “institutos” son centros de estudios superiores de tipo técnico o científico: ingeniería, medicina, etc.) Todos pasan por un año de preparación en idioma ruso y luego continúan sus estudios durante cinco años al mismo nivel y en los mismos cursos que los estudiantes nativos. Las clases se imparten de lunes a sábado, inclusive, de ocho de la mañana a cinco de la tarde, también en invierno.

La vida de los estudiantes transcurre en residencias con pequeñas habitaciones sin baño ni cocina donde comparten el espacio entre dos y seis personas en condiciones bastante desagradables. Pero, al mismo tiempo, dado que todas las residencias son mixtas, se crea un ambiente muy jovial y divertido.

Las vacaciones son durante diez días en invierno y casi dos meses en verano. Pero los estudiantes extranjeros para salir del país (a fin de visitar a sus familiares o simplemente hacer turismo) necesitan solicitar un visado especial al rector de la universidad, quien puede denegarla en función de un bajo rendimiento académico

Sin duda, un sistema curioso…

© Rodrigo Carrizo Couto

Los estudios para el ruso

Para los rusos, todo es mucho más difícil. Ellos se ven obligados a ingresar en función de sus notas, de los méritos académicos y también “sociales”. O sea, antecedentes familiares y participación o pertenencia al “komsomol”, o juventudes del Partido Comunista de la URSS.

Desde niños ellos pertenecen a este tipo de organizaciones, supuestamente voluntarias, pero de las cuales a la larga todos son miembros, de mejor o peor grado. Durante los años de escuela, son “pioneros” y al llegar a lo que sería nuestro instituto, se convierten en “komsomolets”. Luego, los que quieran, se hayan destacado en algo, o tengan méritos excepcionales, pueden presentar su candidatura al (muy) exclusivo Partido Comunista de la URSS; lo cual les asegura un futuro bastante atractivo en cuanto a posibilidades laborales y de todo tipo. O, al menos, así era hasta hace unos pocos años. Pero, últimamente, el prestigio del PCUS está de capa caída.

Tanto rusos como extranjeros perciben una beca mensual que oscila entre 40 y 120 rublos (al cambio negro, desde 200 a 2.000 pesetas mensuales). Otro requisito de ingreso, en el caso de los muchachos, es que hayan cumplido su servicio militar o hayan sido temporalmente eximidos por causa de estudios avanzados.

El servicio en el Ejército Rojo es un momento muy temido por la mayoría de los jóvenes, pues deben estar en armas durante casi dos años, generalmente muy lejos de sus hogares, aislados y en condiciones durísimas, excepción hecha de las tropas de ocupación en Europa Oriental y, muy en particular, Alemania. Esas tropas tienen acceso a un nivel de vida, alimentos y privilegios decididamente superior.

También el ingreso a determinadas facultades puede estar supeditado al sexo del candidato, siendo así que es casi imposible para una jovencita ingresar en la carrera diplomática o determinadas ramas científicas. El machismo está aún muy arraigado en la URSS, y la posición social de la mujer deja aún mucho que desear en este inabarcable país.

El número de mujeres jóvenes que abandonan sus estudios para casarse es enorme, y es asombroso ver el número de matrimonios de chicos de 18 o 19 años. También es sorprendente para un occidental ver el gigantesco índice de divorcios, siendo así que casi cualquier ruso que se respete llega a la treintena casado y divorciado al menos un par de veces.

Recuerdo a una de mis profesoras de ruso en la Facultad, de algo más de 50 años, quien se había divorciado cinco veces e iba a por el sexto matrimonio. El proceso de divorcio es extremadamente simple en la URSS. Dado que no hay que preocuparse mucho de conceptos como la separación de bienes, ni hay grandes fortunas o propiedades en juego, el divorcio se reduce a una mera anulación de las firmas en el Registro Civil. Un proceso de unos diez minutos si ambos cónyuges están de acuerdo.

Pero volviendo a los estudiantes, entre sus asignaturas obligatorias se encuentran algunas como “Defensa Civil”, muy útil para saber cómo reaccionar en caso de un imaginario ataque extranjero, e Historia del Partido Comunista. Aunque esta última ha sido modificada recientemente a “Historia Socio Política del Siglo XX”. Estas dos curiosas asignaturas son comunes a todas las carreras, aunque a principios del año pasado hubo revueltas en la Universidad de Moscú para, al menos, eliminar la obligatoriedad de la dichosa Defensa Civil dado que argumentan que esa especie de entrenamiento paramilitar les quitaba tiempo de estudios más útiles. Fueron expulsados en primera instancia, pero al final fueron readmitidos y sus protestas escuchadas por las autoridades.

¿Y cómo se divierten estos jóvenes rusos? ¿Qué hacen en su tiempo libre? Pues por un lado, lo mismo que los chicos de todas partes…solo que muy diferente.

Dada la casi total inexistencia de bares o pubs, sus horas de ocio suelen transcurrir en parques y plazas, o en sus casas en invierno. Allí suelen reunirse en pequeños grupos a charlar, mirar televisión y escuchar música. Con respecto a la música accesible a estos chicos, cabe recordar que hay una sola discográfica en todo el país: “Melodiya”, y esta compañía (estatal, por supuesto) es la que decide qué y cuándo editar a nivel de novedades musicales.

Dado lo caro que suele resultar obtener la licencia de las grandes discográficas extranjeras, se ven obligados a editar un número irrisorio de discos de música pop y rock occidentales. Tan es así que los primeros discos “oficiales” de los Beatles salieron al mercado soviético en 1985. Lo mismo ocurre con estrellas como Sting, Elton John o los Rolling Stones, artistas todos cuyos discos se negocian a precio de oro en el mercado negro.

En una discoteca

Siguiendo con las formas de diversión de los jóvenes soviéticos, hablaremos del baile.

Hay que aclarar que en toda la ciudad no habrá más de tres o cuatro discotecas dignas de tal nombre. Pero a pesar de la escasez, los rusos se las han ingeniado para conseguir bailar de todas formas al ritmo de los Beatles. ¿Cómo? Pues en fiestas universitarias, organizadas a menudo por los “komsomoles”, o juventudes del Partido Comunista, o por los propios chicos. Es así que se organizan fiestas  en las salas o gimnasios de la universidad y allí pueden confraternizar por unas horas.

Las discotecas, en cambio, son profundamente diferentes de lo que entendemos en Occidente por esa palabra. Comenzando por sus horarios: abren sus puertas a las siete de la tarde y las cierran a las once de la noche. Y no hay sábados ni peros que valgan: es la ley. Además, no se sirve alcohol ni se permite fumar. Continuando con las delicias de la noche moscovita: las luces de la sala están encendidas en todo momento, impidiendo la más mínima intimidad, y a mitad del baile suele interrumpirse la música para dar paso en el escenario a la actuación de un payaso, o un mimo. Algo surrealista…

A pesar de todo esto, los jóvenes rusos se pelean por entrar. El panorama en su puerta no es muy diferente de lo que podríamos ver en “Archy” o “Pachá” en Madrid. Gorilas en la puerta decidiendo quién puede, o no, entrar incluidos.

¿Y qué haces a las once, una vez que cierra la dichosa discoteca? Pues si son lo suficientemente afortunados como para disponer de un piso propio, y lo suficientemente ricos como para tener un par de botellas de vodka, se montan lo que se denomina una “biecherénka”, o sea: una fiestita privada. Allí se quedarán bebiendo, bailando e intimando hasta que se cansen, o hasta que sea la hora de ir a sus respectivas casas. Pero desde ya hay que aclarar que estos afortunados son los menos. La inmensa mayoría se ve obligada a contentarse con el horario estricto y volver a casa con el último metro a las once y media. Luego a ver el último programa de la TV, que acaba a medianoche.

Noches de Moscú…

Moscú, URSS

Octubre de 1990

Primera parte: “Satélites en órbita y zapatos de plástico”

Segunda parte: Un paraíso llamado “La casa de Hammer”

Cuarta parte: Lenningrado, la ciudad de los zares

 


*Imágenes cortesía del autor. ©
Rodrigo Carrizo Couto 

RodrigoRodrigo Carrizo Couto. Radica en Suiza y escribe para el diario El País y la SRG SSR Swiss Broadcasting. Ha colaborado regularmente con los diariosClarínLa Nación de Buenos Aires y la revista suiza L’Hebdo, entre otros medios. Su Twitter es @CarrizoCouto

 

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Posted: March 7, 2018 at 9:15 am

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