Flashback
La poeta que quiso ser princesa: Pita Amor

La poeta que quiso ser princesa: Pita Amor

Irma Gallo

En su novela Yo soy mi casa –la única que escribió, y que curiosamente lleva el mismo título que su primer poemario– Pita Amor cuenta que fantaseaba con matar a su prima Paulette (quien sería, unos años después, la mamá de Elena Poniatowska) para casarse con el príncipe polaco Jean Poniatowski y así convertirse en princesa.

Por fortuna esto no ocurrió porque las letras hispanoamericanas no habrían conocido a la autora de Hasta no verte Jesús mío.

Según Roberto Fernández Sepúlveda, Guadalupe Amor comenzó a escribir a la “nada tierna edad de 27 años”. La actriz Patricia Reyes Espíndola, quien fue su gran amiga y soporte en los últimos años de su vida, narra cómo Pita le contó que un día, de pronto, tomó un lápiz de cejas y en una servilleta de papel escribió, como si le dictaran:

Casa redonda tenía

de redonda soledad:

el aire que la invadía

era redonda armonía

de irrespirable ansiedad.

Pero si Pita empezó “tarde”, como dice Fernández Sepúlveda, es que, para que estas líneas surgieran de ese lápiz de cejas, tuvieron que suceder muchas cosas en la vida de esta mujer, hermosa como pocas y en la misma medida rebelde y fuera de lo común.

Para empezar, su padre, Emmanuel Amor Subervielle, perdió todo lo que tenía en la Revolución mexicana: el ingenio azucarero llamado San Gabriel que, según el biógrafo y amigo de Pita, Michael K.Schuessler, abarcaba casi la mitad del estado de Morelos.

Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein nació en 1918. Fue la hija menor (la séptima de siete) de Emmanuel y Carolina. La familia se mudó a la calle de Abraham González en la Ciudad de México después de la pérdida de su patrimonio. Si las hermanas mayores habían estrenado los mejores vestidos, Pita tenía que ponérselos usados; sin embargo, lo que le faltó en lujos le sobró en mimos: quizá porque se les habían acabado los medios para darle las mismas cosas materiales que a sus hermanos, o tal vez porque de verdad no pudieron controlar su carácter, sus padres se dedicaron a consentirla, a hacerle creer que era única y a dejarla hacer lo que le viniera en gana.

Este hecho no tendría la menor relevancia si el egocentrismo que cultivó durante esos años de infancia no fuera un elemento significativo de su poesía, como no queda duda en el poema Letanía de mis defectos:

Soy vanidosa, déspota, blasfema;

soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa;

pero conservo aún la tez de rosa.

La lumbre del infierno a mí me quema.

Si bien era ególatra y vanidosa, a Guadalupe Amor también le preocupaban el significado y la finitud de la existencia. Su poema Polvo, de 1949, despertó la admiración de Frida Kahlo y Diego Rivera. El muralista incluso pintó su retrato, en señal de respeto por su poesía.

Polvo, ¿por qué me persigues

como si fuera tu presa?

Tu extraño influjo no cesa,

y hacerme tuya consigues:

pero por más que castigues

hoy mi humillada figura,

mañana en la sepultura

te has de ir mezclando conmigo.

Al contrario de lo que pasó con Frida y Diego, muchos desconfiaron del talento de Pita. Me cuenta también Schuessler que: “En aquel entonces, en México, que una mujer tan radiante, tan bella, tan brillante, tan genial, irrumpiera en la escena literaria, cultural, de la Ciudad de México, fue algo aplaudido por muchos y también cuestionado por otros porque dudaban que esta persona que parecía modelo o actriz, pudiera llegar a la casa, después de estar en el cabaret Leda, y sentarse a escribir Dios, invención admirable, o algo así”. Coinciden con él el dramaturgo y director teatral Miguel Sabido, y la actriz Patricia Reyes Espíndola: “Creían que esos versos los había escrito Alfonso Reyes”. Pero tanto Reyes como Juan José Arreola lo negaron repetidamente.

Décimas a Dios (1953), Sirviéndole a Dios de hoguera (1958) y Todos los siglos del mundo (1959), le siguieron a Polvo, y luego, un largo silencio. En 1961 su único hijo, Manuelito, se ahogó en una piscina mientras estaba al cuidado de Carolina, su hermana. “Esto derivó en que durante cerca de 10 años Pita se encerrara” –me cuenta su sobrino Eduardo Sepulveda– “y prácticamente no produjera más que dos poemarios que pasaron sin pena ni gloria”.

Ya ni el demonio tétrico me asiste,

recorro en vano todas las cortinas.

Mis noches son de sombra y morfina,

desde una tarde en que sin fin partiste.

Quizá Pita enloqueció de dolor.

“Este personaje singular que en los últimos años de su vida llamaban la abuelita de Batman en la colonia Juárez” –escribe Elena Poniatowska, su sobrina, en Las siete cabritas–, “deambulaba por sus calles un día sí y otro también, vestida de mariposa de lamé dorado, de libélula, de Isadora Duncan, el pelo pintado, una flor a media cabeza, agobiada bajo el peso de varias toneladas de joyas y con la cara pintada como jícama enchilada”.

Michael Schuessler me cuenta que la primera vez que la vio, la encontró: “encorvada, ya grande, cubierta de joyas, con unos lentes con unas micas como tipo fondo de botella, que estaban un poco mal encaramados sobre su nariz, hiperpintada –luego me di cuenta de que se pintaba como el mismo bilé–, que se hacía como dos pepperonis aquí, en las mejillas”.

Después de platicarme cómo Pita se subió al escenario en plena función de la obra Los pepenadores, donde ella estaba actuando, y le gritó que se bajara de ahí, que el espectáculo no era digno de su categoría, Patricia Reyes Espíndola sonríe con nostalgia y me dice que “a la gente le es muy difícil aceptar a quienes viven con esa libertad de pensamiento y esa libertad espiritual”, y que Pita “era como un volcán, con una locura muy cuerda, y ojalá hubiera muchos locos como ella”.

Afortunadamente, la mujer que daba de bastonazos y gritaba insultos en la Zona Rosa no murió en la miseria. La actriz y su amigo Carlos, el Blueboy (Patricia no recuerda sus apellidos, sólo ese apodo que le puso Pita), la sacaron de las calles y le consiguieron un departamento modesto donde pasó sus últimos días con dignidad.

En 1996, su amigo Miguel Sabido le organizó un homenaje en Bellas Artes. Recuerda que Pita quiso salir en un carro alegórico, vestida de zarina, con una tiara coronando sus cabellos, gloriosa como en sus mejores momentos, y que el aplauso del público duró 18 minutos. “Todas las humillaciones que había sufrido Guadalupe los últimos años de su vida, todas las hambres que había pasado, todas quedaban borradas frente a esos 18 minutos en los que triunfó de manera absoluta y radical”, escribió Sabido.

Cuatro años antes de su muerte, acaecida el 8 de mayo de 2000, Pita se convirtió en princesa.

Y no tuvo que matar a nadie para lograrlo.

Irma Gallo es periodista y escritora . Colabora para Canal 22, GatopardoEl GráficoRevista Cambio, y eventualmente para otros medios. Es autora de Profesión: mamá (Vergara, 2014), #yonomásdigo (B de Block, 2015) yCuando el cielo se pinta de anaranjado. Ser mujer en México (UANL, 2016).

 

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Posted: May 14, 2018 at 11:00 pm

There are 2 comments for this article
  1. roberto fernandez sepulveda at 6:53 pm

    Hola Irma, felicidades por el articulo, gracias por las citas, me encantaria hablar de Pita contigo antes de su centenario y escribir algo para presentarla a la gente comùn. Hay algunas impresiciones en tu texto, que ya te comentarè. Mi querido primo Roberto Sepùlveda, injustamente, ya te dijo cosas que no se. sorry. my whats app es 52480026 saludos.
    Roberto Fernandez Sepulveda

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