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SABIDURÍA DEL OLFATO
COLUMN/COLUMNA

SABIDURÍA DEL OLFATO

Ana García Bergua

Desde que me despierto huelo las cosas con especial aplicación: el café humeante, la salsita del desayuno, el shampoo, la colonia que me dejé de poner porque en el zoom no hay quien la note; de repente me di cuenta de que era importante y cuando me acuerdo la vuelvo a usar para mí y los míos. Y es que con la enfermedad se va el olfato, dicen. Si no hueles nada, seguro tienes el virus, antesala de incertidumbres y terrores, mínimamente te debes aislar Eso sí, te puedes aislar contento, porque si no hueles quiere decir que el virus no se va a los pulmones, se queda en la nariz, jugueteando, diría uno, haciéndote llorar y sufrir para divertirse. Tú no te diviertes nada y se acaba ese aroma del café por el que suben los pensamientos en las mañanas. O el de las flores frescas, el de la sopa de hongos o la lluvia en la tarde. Y con los olores desaparecen también los sabores, tragedia de tragedias para sibaritas y simples glotones, entre los que me cuento.

Mi gato vive entre sombras y olores: ya cumplió doce años y sospecho que a veces no ve muy bien, pero tiene buen oído y, sobre todo, buen olfato. A veces me olisquea durante largos minutos, no sé qué es lo que busca, pero entiendo que debo quedarme quieta porque algo ha notado en mí que le importa, o quizá estoy enferma y él se ha dado cuenta, no lo sé. Debo aclarar que me baño todos los días, pero sé que eso a él no le interesa; es como si los olores del departamento le fueran contando historias, señalando los caminos por los que serpentea con tanta gracia. Hay momentos en que se esconde en su rincón, cuando llegan ciertas personas y objetos, olores de los que huye, ¿qué le contarán? ¿le recordarán malas experiencias, serán para él presagios funestos? Nosotros mismos, cuando una situación nos provoca desconfianza, decimos que el asunto no huele bien. Y cuando uno es indiscreto o imprudente se dice que está metiendo la nariz donde no le importa. Igual en inglés, a los entrometidos se les dice nosy, porque la nariz que nos precede es una investigadora profesional, nuestra vanguardia.

Aquello que es familiar para nosotros deja de oler: nuestra casa, nuestros seres amados. Nos relajamos y sus olores ya son también los nuestros; sólo cuando algo ocurre –bueno o malo—los notamos y entonces viene forzosamente la pregunta: ¿qué te hiciste, a qué hueles, qué te pasó? En cambio, cuando uno visita una casa distinta lo primero que distingue es el olor: a otras costumbres, otra comida, otra vida. El olfato es el primer sentido que se despierta cuando nacemos; se puede decir que nacemos con la nariz y con ella nos orientamos; los bebés huelen a la madre, su fuente de supervivencia. Los que se van nos dejan su olor en las ropas, las almohadas y todo lo que tocaron cotidianamente; ese rastro es un consuelo y un dolor al mismo tiempo, hasta que se extingue.

Me da la impresión de que oler es de sabios: saber auscultar con la nariz el pescado, la carne para comprobar que estén frescos, intuir lo que trae el aire en sus olores a humo, gasolina u hojas verdes. También el deseo –lo que el otro se trae entre manos o entre piernas—tiene su lenguaje peculiar de olores y aromas que cantan a su manera. Esto se presenta de manera brutal en la famosísima novela de Patrick Süskind, cuyo protagonista asesina muchachas para extraer su olor y producir un perfume inimitable; se podría ver como un intento de atrapar el misterio de lo otro y lo deseado, ese misterio que se desvanece en el aire, como los olores. O en aquella película en la que Al Pacino actúa de ciego. Cuando uno aspira un perfume durante demasiado tiempo, el olfato se satura y se bloquea, pues la esencia de los olores es evanescente, su rastro nos hechiza y luego desaparece. No todos: los chiles en el comal nos deleitan pero también nos hacen llorar, hay que decirlo; y ese olor tarda muchísimo en irse.

Perder el olfato es como si la nariz nos abandonara, lo que sucede en el cuento maravilloso de Gogol, “La nariz”, donde aquel órgano se desprende del rostro del colegiado Kovaliov misteriosamente –sospechamos, quizá, que se la rasuró el barbero, pero no estamos seguros. Al rato, la nariz anda paseándose por la ciudad, vestida de funcionario, y hasta reza muy contrita en una iglesia. También en el Tristam Shandy de Sterne hay una digresión larga, cuando Tristam pierde la nariz por culpa de los fórceps; su padre comienza una larga digresión sobre las narices en la que cita a Erasmo, el cual, según afirma el señor Shandy, le confiere a la nariz usos de tipo náutico, o a Rabelais, mencionando a los seres que Pantagruel encuentra en la isla de Ennasin, los cuales poseían la nariz plana, de una pulgada de largo, y “en la forma de un as de bastos”, según opina el cabo Trim, acompañante del señor Shandy. La nariz, con sus connotaciones incluso eróticas, es poderosa.

A pesar del cubrebocas, cuando salgo a la tienda trato de oler las señales de la calle: las naranjas que vende el frutero de la esquina, los perfumes de alguna mujer que pasa muy arreglada, el detergente con que trapean la acera, los tintes de los peluqueros a dos cuadras. Si estos olores se filtran por la máscara, me siento tranquila respirando el mundo, orientándome por la vida, como mi gato.

 

*Imagen de Gilbert Mercier

 

Ana García Bergua  Es escritora y ha sido  galardonada  con el Premio de literatura Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José. Ha publicado traducciones del francés y el inglés, y obras de novela y cuento, así como crónicas y reseñas en medios diversos. Twitter: @BerguaAna

 

 

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Posted: September 16, 2020 at 10:52 pm

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