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De qué hablamos cuando hablamos del dolor de la muerte

De qué hablamos cuando hablamos del dolor de la muerte

Antonio Ramos Revillas

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“¿Qué es esto que vine a ver?”, me pregunté cuando terminó la función de Hamnet, la más reciente película de Chloé Zhao basada en la novela de Maggie O´Farrell. No me levanté del asiento aunque poco a poco algunas personas empezaban a descender por los pasillos todavía oscurecidos del cine.

Debía procesar esa galopante sensación que no se había perdido desde que el pequeño Hamnet hace un pacto con la muerte para salvar la vida de su gemela Judith y que lo traslada en espacio intermedio en su misma casa, pero donde ya no existe más que él. Su madre, Agnes, lucha por su vida con todas las pociones y remedios naturales que conoce en tanto que su padre, el ya célebre en su tiempo William Shakespeare, regresa a la villa reventando las monturas que lo llevan con tal de alcanzar la agonía de su hija, quien cree que es la enferma. Sin embargo, el pequeño Hamnet ha hecho ya su trato con la muerte. Su hermana se salva, pero él algo ve en ese mundo del intermedio y desaparece, hundiendo al fin su cuerpo en la muerte.

—No se parece a él —le dije su hermana al cuerpo del pequeño ante la mirada enfurecida de Agnes quien le ordena que se retire y, semanas después, el mismo Shakespeare se tendrá que retirar para volver a Londres dejando sola a su esposa con su dolor. Ella le reprocha su partida, él le explica que no puede permanecer ahí, como si ambos mundos al fin cayeran en un precipicio que los separará para siempre…

Pero entonces ocurre lo que a veces suele suceder con el arte y los creadores. La siguiente obra que Shakespeare escribirá será la inmortal Hamlet y, ante un atestado teatro de El Globo, Agnes y su hermano en la multitud, esposa y esposa se vuelven a unir: uno tras bambalinas y la otra entre el público hasta llevarnos al momento culminante de la película. Cuando el joven Hamlet está por morir, Agnes extiende la mano para sostenerlo en su agonía y tras ella el resto del público tanto en los que se encuentran al ras del suelo como en las butacas. Agnes sabe, entonces, que William ha escrito un duelo y una reconciliación ante la muerte y uno, como espectador, también extiende el brazo para alcanzar la pantalla y acompañarlos.

Y entonces el milagro ocurre. La catarsis.

Quienes llegamos con heridas y dolor ante la obra de arte las soltamos cuando ésta realmente nos refleja. Yo también he llorado por la pérdida y en general ha sido gracias al arte que ha ocurrido esta sensación de libertad. Alguna vez una exposición de corazones de metal en una casa abandonada y sin techo en Oaxaca lo lograron. Por lo general me conmueven las imágenes de playas y barcazas que se alejan y ciertos poemas que me emocionan más que otros.

A veces el dolor es tan fuerte que no se puede mirar de manera directa y el arte sirve como una especie de para rayos. Distiende lo que asfixia, lo coloca lejos, como una mano extendida que podemos o no tocar. Así como se dice que no se puede mirar a Dios de manera directa, me parece que sucede lo mismo con lo que nos duele. Necesitamos, entonces, otros instrumentos que nos lo acerquen para poder mirarlo con perspectiva. A lo mejor si solo observamos su sombra, podamos entender por qué nos duele lo que nos duele como en Hamnet. Ni Agnes ni William miran en realidad a su hijo muerto, sino a una representación de una muerte que los interpela. Así como en Hamlet, éste habla con la sombra de su padre, en Hamnet los padres hablan con la sombra de su hijo y nosotros hablamos con las nuestras, las que sólo nosotros sabemos sus formas, cadencias y reincidencias.

Hace días un colega, por otro asunto, me dijo que las ficciones sirven para ya no tener que volver a decir una mentira. Creo que es cierto. Pero añadiría también otra cosa: que las ficciones también sirven para curar el dolor que nos recoge en días inciertos. No sé de qué hablamos cuando hablamos del dolor de la muerte, porque en esa tradición del diálogo con nuestros muertos siempre seremos unos inexpertos. Y ese diálogo se realiza tanto con nuestras sombras como con nuestra luz propia con eso que perdemos.

Pero puede ser que, tal vez, mediante el arte que nos toma por desprevenidos, sin mirar más que el hecho, la escena, el poema, la calle o la mirada en sí algo nos remueva. Y podamos entonces soltar lo que nos pesa. Extender la mano para tocar la visión de nuestras vidas que debemos soltar para llegar a lo siguiente.

 

Foto de Peter Herrmann en Unsplash

 

Antonio Ramos Revillas es egresado de la carrera de Letras Españolas de la UANL, institución que le otorgó en 2015 el Premio a las Artes por su trayectoria como creador, actualmente dirige su editorial universitaria. Ha sido parte de la cadena del libro en múltiples facetas, como docente de mediadores de lectura, librero, editor y autor. Su obra ha sido reconocida en dos ocasiones en la prestigiada selección The White Ravens que otorga la Biblioteca de la Juventud de Múnich, así como por el Banco del Libro de Venezuela, la Fundación Cuatrogatos y el International Latino Book Award. En el FCE también publicó La dama de la selva. Es miembro del SNCA.

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Posted: March 5, 2026 at 11:15 pm

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