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Progresistas reaccionarios
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Progresistas reaccionarios

Armando Chaguaceda

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Ser progresista remite a apoyar, intelectual y militantemente, una idea de progreso concebida como proceso de cambios integrales, paulatinos y sostenidos en el tiempo que provee innovaciones —técnicas, culturales, productivas, morales— favorables al desarrollo humano.

El término progresista sigue usándose de forma laxa en la opinión pública. Con una connotación positiva desde las izquierdas, en contraposición, también simplificadora, a la opción de derecha etiquetada como reaccionaria. Pero, como he dicho anteriormente, dentro de un contexto político nacional y global intrínsecamente heterogéneo, los liderazgos, movimientos y programas políticos deben evaluarse con apego a sus realizaciones, no a supuestos autorreferentes. El saldo del último siglo (en términos de libertad, equidad y prosperidad) de las izquierdas y derechas revela que ninguna polaridad puede presumir, a priori y monopólicamente, la encarnación del progreso humano. Ser progresista remite a apoyar, intelectual y militantemente, una idea de progreso concebida como proceso de cambios integrales, paulatinos y sostenidos en el tiempo que provee innovaciones —técnicas, culturales, productivas, morales— favorables al desarrollo humano.

El progresismo cobra vida en el cruce, dinámico y a ratos conflictivo, de agendas nacidas desde diversos ismos, que hacen de la deliberación, el gradualismo, el consenso y el pluralismo medios para una sociedad mejor. La propia política latinoamericana, en sus dimensiones legales, institucionales y de provisión, muestra que los avances progresistas de beneficio concreto para las sociedades se han producido en países donde las agendas de gobierno y oposición, aunque guiadas por ideologías distintas, convergían en un entorno democrático. De tal suerte, seguir usando el término progresismo, afirmativa o peyorativamente, como denominación de una sola polaridad política, es una trampa evitable, de la cual podemos liberarnos.

Partiendo de esos supuestos, mi tesis en este texto es la siguiente: existen serias falencias que cuestionan de modo estructural el calificativo progresista autoadjudicado por varios gobiernos reunidos en la pasada Cumbre en Madrid. A diferencia de la reflexión teórica, política y ética surgida en el seno del (euro)comunismo y, en menor medida, en sus pares latinoamericanos a partir de finales de los setenta del siglo pasado, la narrativa posicionada desde los gobiernos, partidos y movimientos de varios de los principales países iberoamericanos (Brasil, Colombia, España, México) presenta varios rasgos que cuestionan su autotitulado “progresismo”. Enumero algunos.

1) Los eurocomunistas tuvieron en la socialdemocracia, al romper con la dictadura del proletariado, su nuevo horizonte. Los “neoprogresistas” convergen en una suerte de “iliberalismo con rostro humano”, que reproduce en modo velado y con mejor prensa y aval intelectual varios rasgos que denunciamos en el iliberalismo de derechas. Esos rasgos son claramente visibles en (enumero en orden descendente, partiendo del mayor grado de autoritarismo) la hegemonía morenista; el copamiento institucional y corrupción discursiva del sanchismo —antecedidos por Zapatero—; los arranques refundacionales y caudillistas del petrismo y los personalismos y nostalgias leninistas en cuadros y bases del PT.

2) Los “neoprogresistas” no han producido a nivel teórico y de agenda política una redefinición del socialismo democrático para el siglo XXI, sino una mezcla variopinta de ideas viejas —nacional populares o marxistas— y alternativas difusas de corte identitario o movimientista. Si tal renovación no ha sucedido por culpa de los constreñimientos de un orden global neoliberalizado o por incapacidades propias —o por una mezcla de ambos, como sospecho— es una discusión relevante. Pero la constatación es que es un tema pendiente.

3) En la dimensión política se muestran mejor las filias y fobias de ese “iliberalismo con rostro humano”. Los silencios frente a la invasión rusa a Ucrania, combinados con la militancia unilateral en los conflictos en Medio Oriente, la insolidaridad hacia los pueblos de Cuba y Venezuela —las crisis de derechos humanos más numerosas y prolongadas provocadas por dictaduras latinoamericanas vigentes— junto con los reclamos constantes de un nuevo orden mundial sospechosamente convergentes con narrativas oficiales de Beijing, Moscú o Teherán, son parte de esa agenda.

4) La convergencia de estos gobiernos con la mutación de parte del movimiento social e intelectual del Norte Global, que considera al abandono del liberalismo y socialdemocracia clásicos como la única forma de rearticular una resistencia a los iliberalismos de derecha. El caso de Open Society, que ha abandonado sus referentes ideológicos y programáticos originarios (defensa de la sociedad abierta, el pluralismo político y los derechos humanos a partir del apoyo a los activismos pro democráticos en regímenes cerrados) es notorio. Lo que ha llegado, para el caso de Latinoamérica, hasta la redefinición de sus programas que anuncia a sus aliados locales que estos deben trabajar las agendas impulsadas por… los respectivos gobiernos “progresistas”.

 

Armando Chaguaceda. Politólogo e historiador cubano-mexicano. Investigador en el think tank Gobierno y Análisis Político (GAPAC). Con 30 años de experiencia docente en Cuba, México, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Nicaragua y Venezuela. Experto del proyecto V-Dem especializado en el estudio de los procesos de democratización y autocratización en América Latina y Rusia. Editor, coautor y/o autor de numerosas publicaciones sobre esas temáticas.

 

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Posted: April 30, 2026 at 11:03 pm

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