Patadas de ahogado
Roberto Salinas León
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Nuestro país parece estar encaminado a repetir la historia de crisis anteriores. El déficit fiscal de casi 5% del ingreso nacional, a pesar de los compromisos, no cede; la deuda pública, a pesar de que la economía va “requetebién”, se acerca al nivel psicológico del 60% del producto; el gasto del gobierno, lejos de buscar inversiones rentables y costo-eficientes, se destina a las obras faraónicas, y al campeón mundial de hoyos negros financieros, PEMEX.
En su extraordinario magnum opus This Time is Different, los economistas Carmen Reinhart y Ken Rogoff ofrecen un diagnóstico del origen de las crisis financieras con base en un amplio análisis de 800 años y más de 60 países. Todos los casos comparten una creencia en común: la suposición de las autoridades reinantes de que “esta vez es distinto”, de que las normas de prudencia financiera no son, para el caso concreto, aplicables, que “no somos iguales” o que ha cambiado el paradigma.
La historia, sin embargo, se repite una y otra vez. El abuso de la deuda, la recurrencia de déficits en las finanzas públicas, el aumento de la inflación, entre otros factores, siempre terminan con el mismo desenlace: un desplome en la economía real y la necesidad de ajustes sumamente dolorosos. Los casos de 1982 y de 1994 en nuestro país son dos de enésimas muestras que, en el fondo, no hay nada distinto; y que las exculpaciones (son los sacadólares, el imperialismo financiero, los capitales golondrinos, etc.) representan patadas de ahogado de ministros, autoridades centrales y políticos, cuya fatal arrogancia (en las palabras de F.A. Hayek) los conducen a creerse sus propias mentiras.
Nuestro país parece estar encaminado a repetir la historia de crisis anteriores. El déficit fiscal de casi 5% del ingreso nacional, a pesar de los compromisos, no cede; la deuda pública, a pesar de que la economía va “requetebién”, se acerca al nivel psicológico del 60% del producto; el gasto del gobierno, lejos de buscar inversiones rentables y costo-eficientes, se destina a las obras faraónicas, y al campeón mundial de hoyos negros financieros, PEMEX. En paralelo, el crecimiento está en estado de letargo estructural, ya en números rojos en comparación con el trimestre anterior; y la inflación persiste con una tendencia ascendente, registrando tasas 30% superiores a la meta del 3% anual que encarna el contrato monetario del banco central con el poder adquisitivo de los ciudadanos.
Esta realidad representa una manifiesta advertencia de un mal porvenir, signos vitales de fragilidad en un sendero por demás presionado por factores exógenos, como la coyuntura de disrupción geopolítica o escándalos como el affaire Rocha. No sorprende, por tanto, que las calificadoras hayan rebajado la calificación de riesgo soberano, dejando a nuestro país a un solo paso de perder el grado de inversión. En una presentación que circula ampliamente en redes, dictada en la sede de MIT, Pedro Aspe nos advierte que la deuda pública podría rebasar el 60% del producto este año, un fenómeno que no se ha dado en nuestro país en medio siglo. Otros mercados emergentes, como Sudáfrica o Colombia, perdieron el grado de inversión una vez rebasaron este umbral de endeudamiento. Esas veces tampoco fueron distintas.
Vaya, los requerimientos financieros del sector público han crecido de 10.5 billones de pesos en 2018 a casi 19 billones este año. La mayoría de este bestial aumento en recursos se destina a financiar los subsidios clientelares, mientras que otra parte se tira a la basura, sosteniendo números rojos infinitos en trenes, aeropuertos, fábricas de chocolate y otras ocurrencias de un bienestar falso. ¿Y la respuesta oficial a las calificadoras? Pues, locuciones predecibles dignas de la más pura epistemología del ganso: “vamos muy bien, las calificadoras están equivocadas, somos fuertes… aquí somos distintos.”
Hasta una ama de casa conoce bien el desenlace de gastar más de lo que se tiene. No se requieren los expertos, los doctos, ni mucho menos los que dicen que ahora es distinto. Nunca lo ha sido, nunca lo será. La sabiduría de la mater familia es sentido común: no se puede gastar más de lo que se tiene sin, a la postre, pagar los platos rotos. Y los ajustes posteriores, lo que especialistas llaman “deleveraging”, son muy intensos.
El asunto más grave no es el futuro de crisis que nos depara si perdemos el grado de inversión (tasas de fondeo más altas, escasez de crédito, volatilidad cambiaria, todo lo que caracterizó a la generación devaluada de la docena trágica), sino las medidas desesperadas que está tomando la 4T en anticipación ante la irremediable sequía de recursos. Estas son las verdaderas patadas de ahogado.
Una primera patada de ahogado es la controvertida reforma constitucional a las “pensiones doradas” en el sector público. Por un lado, era necesario corregir un indigno abuso de un puñado de funcionarios privilegiados que cobraban pensiones multimillonarias. Pero la propuesta de reforma se engolosinó y se fue por “the whole enchilada.” Los recortes incluyen todas las pensiones de asalariados de diversas dependencias —excepto, por supuesto, las Fuerzas Armadas. Un mar de jubilados ha protestado, con toda justa razón, que la pensión por la cual trabajaron durante décadas fue recortada, en un instante, y además en forma retroactiva —lo cual en el marco jurídico vigente es inconstitucional.
El surrealismo es patente: una ley constitucional…, ¡inconstitucional! Aquí sí somos distintos, aquí no es “rule of law” sino “rule of 4T.” El argumento de esta salvaje expropiación de recursos fue la austeridad: según estimaciones oficiales, esta medida permitirá generar ahorros de alrededor de cinco mil millones de pesos al año —justo la cantidad que la tesorería federal destina para cubrir los subsidios a PEMEX, ¡en forma semanal! Vaya caso de “justicia social.” Despojar a los trabajadores públicos de lo suyo para financiar lo mío —y, para colmo, a nivel constitucional, con una corte judicial a modo para invalidar los amparos inevitables. Impresentable.
Otra patada de ahogado es la reciente modificación a la legislación que norma pensiones individuales, donde ahora las Afores podrán destinar hasta un 30% de los ahorros para el retiro para “proyectos de infraestructura.” Suena hermoso, hasta que analizamos la experiencia de lo que Jesús Silva Herzog ha denominado “el despotismo de las ocurrencias.” Usar patrimonio propio para financiar más trenes, más aeropuertos, más de lo mismo, es un asalto a la integridad patrimonial de fondos individuales que son para el retiro. Hoy, tan solo el Tren Maya absorbe 25 millones de pesos diarios para poder seguir operando.
¿Qué sigue? Una patada de ahogado ante estas fracturas financieras es prácticamente inexorable: subir el techo del 30% al, digamos, 52.7% (añadimos el puntito digital, para que suene serio y científico); y dado el formidable tamaño del mercado de pensiones individuales, el cual hoy supera los 8 billones de pesos, no faltarán las Nahles, Citlalis o Noroñas que digan: aquí somos distintos, necesitamos todo el botín para consolidar el segundo piso de la cuarta transformación.
Otra patada de ahogado similar sería volver a contemplar, como ya se rumora en los radio-pasillos del reino, la expropiación de las reservas internacionales. Es una alcancía demasiado jugosa, superior a los 250 mil millones de dólares. La ingeniería de cómo retirar esos activos del balance del banco central es irrelevante. Lo importante es la permanencia de la 4T.
Así dicen, así dirán: no somos iguales, aquí somos distintos. Me canso ganso. Ya veremos.
Roberto Salinas León (Ph.D. en Filosofía y Teoría Política, Universidad de Purdue) es director de asuntos internacionales de la Universidad de la Libertad. Es presidente de Alamos Alliance, uno de los coloquios económicos más importantes en América Latina. Ha publicado en diversos medios como El Economista, Forbes, Nexos, The Wall Street Journal, Investor’s Business Daily, y varios otros. X: @rsalinasleon
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Posted: June 2, 2026 at 6:44 am







