Ja, ja, ja: contra la risa forzada
Julio González
La risa es una fiesta. Es liberadora, catártica, nos conecta con los otros. Por eso intento rehuir de la ruindad y degradación, del fingimiento e ilegitimidad del alborozo adulterado. Con todo, me reconozco a ratos en alguno de estos tipos, en esos ja, ja, jas que más bien parecen un grito de auxilio.
Para Natalia Durand
Un pequeño espasmo, una contracción involuntaria del rostro y de pronto un torrente: la risa. ¿De dónde viene? ¿Qué la provoca? Como el llanto, la risa es uno de los datos inmediatos de la conciencia. Y en comprender su origen y sentido algo hemos avanzado de Bergson a nuestros días. Para mí es como todo buen poema: más vale no entender del todo. Cosa del todo distinta me parece esa hija bastarda, ese infame y mentiroso gesto, esa nada velada forma de vernos la cara: la risa forzada.
Como todos, he sido testigo de alguien que ríe por compromiso y, como todos, he reído casi por obligación en algún punto de mi vida. Distinta a la verdadera risa, sorpresiva y espontánea, la risa forzada no tiene nada de natural: obra de artificio, estudio de personaje, fraude lastimero. Con la risa forzada nos volvemos un poco actores. Supone una preparación previa y requiere un agudo sentido de distanciamiento. ¿Qué situaciones la ameritan?
Ante la autoridad puede tenerse a veces miedo –con algo de suerte un poco de respeto. Lo cierto es que ante su presencia hay ocasiones en que vale la pena reír un poco, así sea para salir del paso. Por eso no es raro ver estudiantes reír ante el pésimo chiste de algún profesor, a los subordinados que aplauden y celebran las bromas más sosas de su jefe, o a quien ríe en una ventanilla de gobierno esperando que el burócrata agilice un trámite.
La autoridad nos pone en guardia, nos impele a buscar en nuestro repertorio lo que podamos usar a nuestro favor: la ley, la lógica, la compasión, la risa. Esos pequeños atisbos de intimidad que surgen cuando alguien profiere una broma nos presentan el dilema de reír falsamente y sellar un pacto de complicidad o conservar el honor.
Como si fuese un pecado menor, la risa forzada se sigue de una suerte de culpa por participar del embuste y la tontería. Con todo, hay quienes han sabido hacer carrera al administrar sus carcajadas idiotas. Son quienes hicieron el fatídico intercambio entre franqueza y movilidad: social, laboral, académica, literaria, política. Esas risas enlatadas son un síntoma frecuente entre los aduladores que, de tanto impostar, quizá perdieron la capacidad de reír con sinceridad.
La risa guiada, esa carcajada de resorte, afectada y fingida por el languidecimiento mental, nos hace un poco menos humanos. Como en aquellos viejos programas de televisión donde se usaban risas grabadas para denotar algo particularmente gracioso. No es raro vincular la inteligencia con el sentido del humor. Por eso las risas grabadas –excesivas en su estruendo e inverosímiles por su invariante tono– son el epítome de la estupidez. Son la forma de echarnos en cara que no somos tan inteligentes o perceptivos para saber cuándo reír. Peor: suponen que hay un momento específico en el que algo debería parecernos divertido.
El humor es un proceso creativo. Pone en acción un movimiento telúrico interno que llega hasta nuestro rostro y se contagia por medio de la risa (magia de la boca: se contagian los bostezos, la tos y la risa). Guiar el humor es ponerle un freno a ese tránsito creativo, a ese prodigio de la inteligencia gozosa. Nos obliga a reír para seguir la corriente, para que no parezca que no hemos entendido el chiste, para no quedarnos fuera.
No sé si es la mejor medicina, pero reír de forma libre es un bálsamo. También es cierto que la risa forzada puede suponer un alivio ante momentos más bien incómodos: con el amigo que llegó tarde al chiste y lo ha matado, ante quien quiso bromear sin tener gracia, ante los suegros (¿quién no ha sacado unas risitas mecánicas para granjearse su confianza?). Es una risa de compromiso.
La risa es una fiesta. Es liberadora, catártica, nos conecta con los otros. Por eso intento rehuir de la ruindad y degradación, del fingimiento e ilegitimidad del alborozo adulterado. Con todo, me reconozco a ratos en alguno de estos tipos, en esos ja, ja, jas que más bien parecen un grito de auxilio. Nada humano me es ajeno. Aunque todavía queda por explorar la vía media: ni la simulación de la risa forzada, ni la impavidez inexpresiva, sino la leve y apenas insinuada sonrisa. ¿Y eso qué significa?

Julio González. Ha escrito en Laberinto, Letras Libres y Nexos. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo literario.
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Posted: September 10, 2026 at 9:58 pm







