Aniversario
Julieta Aguilar
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Me ve llegar y me extiende sus brazos. Cariñosa, acaricia la barba que me he dejado crecer desde hace un par de semanas. Ella dice que así me veo de más edad y que me parezco mucho a mi padre. No es así; yo no soy alto como él.
—¿Te lo recuerdo, verdad? —le pregunto, mientras veo cómo se mueve ágil en la cocina, sacando y metiendo condimentos, picando y meneando con cuidado los fideos que hierven en aceite.
—Ándale, pon la mesa para comer —dice.
Afuera, comienza a venirse el cielo abajo. Las gotas son tan pesadas que por un momento pienso que caerá granizo, pero lo único que cae es un rayo con tal furia que me hace brincar y enseguida nos deja a oscuras. Miro a mamá y ella no se inmuta, sigue concentrada meneando con el cucharón los fideos ya dorados, como si nada importara más en ese momento, como si tratara de olvidar qué día es hoy, fingiendo no tener el corazón apretado.
Cuando llegué, los dos sabíamos que saldría el tema, que volvería a preguntarme tal como lo hizo hace cinco años, cómo fue, qué pasó, qué viste, por qué él hizo eso. Nos miramos y me doy cuenta de que ella sigue sin saber por qué y yo me siento mal sabiéndolo. Somos un par de cómplices que se dicen todo sin hablar. Y es que ella sigue sin poder creerlo, por eso, cada que se cumple un año más, lo hablamos.
—¿A dónde se fue tu mente, hijo? —me pregunta despegando la mirada del cazo, pero sin dejar de mover los fideos para que no se quemen.
—¿Por qué sigues diciendo lo del parecido con mi padre? —le respondo insistente, casi con molestia. Trato de calmarme y busco una vela. La estufa ilumina el cazo con los fideos ardiendo en el aceite. Al prender la vela, de inmediato se ilumina su cara. Las sombras me advierten arrugas nuevas, su ceño fruncido le da una expresión permanente.
—Mario, hay algo en ti que me recuerda a él, eso es todo —dice, dando la vuelta para acercar una olla de frijoles, como si tuviera prisa de terminar el guiso, e insiste:
—Pero entiendo tu molestia. No te lo volveré a comentar, si tanto te incomoda —añade, y vierte el caldo de frijol sobre los fideos.
—Ha pasado mucho tiempo, Ma —le comento, mientras observo cómo gotea la cera sobre la mesa de madera.
—Hoy son cinco años que se fue. —responde, salpicando de sal y orégano los fideos ahogados en caldo—. Yo ya lo perdoné, Mario, ¿sí lo sabes, verdad? —me pregunta, sacudiéndose los restos de orégano en el delantal, el mismo delantal con el que siempre la recuerdo, el que no deja ver lo que lleva debajo.
—¿Y a ella, la perdonaste? —le pregunto sintiéndome atrevido como nunca lo había sido.
La vela parpadea. Mamá baja la mirada. El nombre de su hermana, la tía chiquita, parece impregnar el ambiente y las paredes. Se me viene su imagen a la mente, su pelo largo, negro y brillante, su sonrisa. Nos quedamos sintiendo ese aire denso. Afuera, la llovizna indica que pronto escampará.
—A veces lo extraño —dice mi madre, y yo solo me quedo observando su figura reflejándose, creando una gran sombra y tratando de entender cómo es eso, cómo es querer tanto.
—¿Qué extrañas, mamá? —le pregunto, mientras veo que apaga la estufa y da golpes al cucharón sobre el cazo, quitando restos de fideos ya cocinados.
—Pásame el plato, te sirvo —dice, extendiéndome la mano.
Nos sentamos a la mesa clavando los ojos en los fideos.
—Extraño su olor —murmura pensativa frente a su plato aún sin tocar.
Me quedo hundido viendo mi plato sin atreverme a verla. No quiero mirar sus ojos llorosos y tristes. Mastico despacio, sin ganas, ya sin hambre. Ella se da cuenta y dice:
Ya paró de llover, Mario, ayúdame a sacar al perro antes de que te vayas; el pobre no ha salido en todo el día.
—Sí, Ma —respondo, mientras volteo a ver al perro devorando lo mismo que comimos nosotros. Relamiendo hasta la última molécula de los fideos que quedan en su plato junto a la puerta.
Camino con el perro y él va jaloneándose feliz. Huele todo y levanta las orejas ante cualquier pequeño ruido. Lo veo cerrar los ojos cuando la brisa mueve las ramas de los árboles y nos salpica de breves gotas. Pareciera que sabe disfrutar el aire fresco y el olor a tierra. Veo que ya conoce el camino de regreso a casa y noto en la tensión de la correa que se resiste a volver.
Foto de Mehrshad Rajabi en Unsplash
Julieta Aguilar, Ciudad de México, 1973. Escritora y artista visual. Vive en Houston desde 2019. Autora de cinco libros publicados en distintas antologías.
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Posted: March 11, 2026 at 9:13 pm







