Clichés de siempre
Pablo Majluf
México no tiene mucha producción contemporánea y la poca que hay no se exporta. Está enfrascado en el baile regional, el souvenir y Frida Kahlo.
Uno de los lugares más comunes ha sido comparar a México con Corea del Sur porque sus economías son más o menos del mismo tamaño nominalmente, aunque per capita los coreanos ya son el doble de ricos y eso sucedió en los últimos 40 años, cuando los dos arrancaron del mismo lugar. Es muy habitual, también, la comparación en educación, democracia y libertad, donde desde luego también nos rebasaron los coreanos.
A mí me da mucha flojera la comparación competitiva entre países salvo cuando es útil para desmontar mitos nacionalistas. Uno de los temas que supuestamente más interesarían a México en su auge populista es “la cultura” —ya ven que tenemos una cultura envidiable— y en donde casualmente menos comparaciones con Corea del Sur hay. Sin embargo, el contraste es perfecto para lo que me atañe.
Esto no se dice en México y de hecho se lo leí al escritor estadounidense Ted Gioia pero Corea del Sur es un llamada “potencia cultural”. No una superpotencia como Estados Unidos, que exporta su cultura a prácticamente todos los rincones del planeta, pero sí un serio contendiente que domina plataformas globales de cine como Netflix, de música como Spotify, o de videos como YouTube. El mundo está inundado del famoso K-Pop —el pop coreano—, y los récords de más vistas en redes sociales occidentales todos los sostienen en primer lugar empresas coreanas. Corea entendió que el nuevo mundo está hecho de pixeles y algoritmos.
Lo ha hecho el modesto país con una sólida inversión no sólo de dinero sino de estrategia en el famoso soft power, que sencillamente es exportar material. No le llega en cantidad de dinero a monstruos culturales del vecindario como China ni Japón y aún así los desbanca en los rubros mencionados. Y lo logra a través de material cuidadosamente elaborado en estudios occidentales, análisis de algoritmos, tratos trasnacionales, distribución y sobre todo una poderosa agencia de cultura internacional, la famosa Korea Creative Content Agency (KOCCA), que exporta todo lo que se conoce como K-content: pop, dramas, cine, videojuegos, música.
No hago esta comparación estéticamente porque en lo personal creo que el material coreano es por lo general chafón, aunque desde luego hay grados selectos como en todos lados. Cómo olvidar esa diatriba de Javier Marías a la insoportable Parásitos, que el New York Times tiene como, válgame, la mejor película en lo que va del siglo XXI. Y por supuesto también detesto el K-Pop, las series de concursos y las faldas coreanas. Todo eso tiene mucho de inversión y moda. Y eso, a mi juicio, no es cultura, sino coyuntura.
Sin embargo, ¿qué sería de esa supuestamente gran cultura mexicana con una locomotora así? No hay tal. En cultura los coreanos nos quintuplican el presupuesto —México gasta casi mil millones de dólares y Corea casi seis mil incluyendo deportes— y prácticamente la mitad del nuestro se lo lleva, claro, el Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Y ahí está quizá una parte del problema: no es sólo que la mitad esté destinado a la cultura milenaria prehispánica, pirámides y esas cosas —ya aclaré que el presupuesto no lo es todo y Corea consigue dominar con menos dinero que sus vecinos—, sino que México no tiene mucha producción contemporánea y la poca que hay no se exporta. Está enfrascado en el baile regional, el souvenir y Frida Kahlo.
Hablo del establishment cultural de la mano del Estado, no de los pocos artistas mexicanos que sobresalen en otros países o que financian sus tours y exposiciones. Es una ironía pero de la mano de los nacionalistas se ha reducido visiblemente la presencia cultural de México en el mundo, no sólo en inversión —se ha acortado sistemáticamente el presupuesto, se defenestraron fideicomisos, becas y participación en ferias internacionales— sino que no hay ningún esfuerzo de promoción internacional incluso para los totems del pasado. Y más allá de valoraciones estéticas —si la cultura mexicana contemporánea en realidad es decadente y la coreana de exportación es malona— lo que uno puede deducir es que al régimen populista no le interesa mucho que digamos la competencia cultural global —aunque lo diga y lo presuma— sino los clichés de siempre para consumo interno.
Pablo Majluf. Es autor de Confesiones de un deliberado (Literal Publishing, 2024) entre otros títulos. Es columnista semanal de la revista Etcétera y escribe en Literal, Letras Libres, Reforma y Juristas UNAM. Expanelista en “La hora de opinar”, de ForoTV, junto con Leo Zuckermann. Asimismo, conduce el podcast Disidencia. Estudió periodismo en el Tecnológico de Monterrey y Comunicación y Cultura en la Universidad de Sydney, Australia. X-Twitter: @pablo_majluf
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Posted: September 3, 2025 at 10:12 am







