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EEUU: cuatro derechas y un funeral
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EEUU: cuatro derechas y un funeral

Edgardo Bermejo Mora

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La tarea más difícil, en medio del odio polarizante y violento, es ensanchar el espacio de la palabra, no estrecharlo a fuerza de agravios, insultos, intolerancias, balas y cementerios atiborrados de nuevos mártires.

1. Curtis Yarvin
A veces la historia de nuestro presente se desliza sigilosa, no por las tribunas parlamentarias y gubernamentales, los medios de comunicación tradicionales o los centros académicos para el pensamiento, sino a través del lenguaje encriptado de las redes, entre algoritmos, plataformas digitales, blogs, likes y followers. Se trata de nuevas formas del activismo digital, hasta hace relativamente poco marginales, pero que han sustituido a la plaza pública tradicional como un lugar de encumbramiento e incubación ideológica. La figura del bloguero-profeta Curtis Yarvin es uno de esos casos singulares y uno sumamente perturbador.

Nacido en los Estados Unidos en 1973, Yarvin era un avezado desarrollador de software —con un futuro asegurado en Silicon Valley y en el Índice Nasdaq– hasta antes de reinventarse como un bloguero extremadamente popular, y un pensador ultra liberal de extrema derecha, con millones de seguidores. De joven promesa de un nuevo Steve Jobs, Yarvin terminaría convertido en de los principales ideólogos del régimen extremista que gobierna Estados Unidos bajo el binomio Trump‑Vance.

Como en las tragedias clásicas, no se sabe si se trata de un demagogo febril y exaltado, un impostor, o un genio del mal a la Darth Vader. Lo que sí se sabe es que estamos ante un hombre nacido hace media centuria, cuyo pensamiento, escrito en las catacumbas digitales del siglo XXI, ha encontrado su lugar no en el margen, sino en el centro mismo del poder en Washington.

Criado entre libros y estímulos intelectuales tempranos por sus padres —una académica y un diplomático— como otros miembros de su generación pasó por las universidades de élite de la Ivy League, abandonó un doctorado en Berkeley y fundó una empresa tecnológica. Hasta ahí, su biografía no parecía diferenciarlo demasiado de los miles de talentos reciclados por la maquinaria tecno-meritocrática norteamericana. Lo que lo distingue es lo que pensaba y, sobre todo, lo que escribía en las redes digitales —cada vez con mayor visibilidad e impacto— mientras estas trasformaciones en su carrera profesional ocurrían.

Bajo el seudónimo de Mencius Moldbug, entre 2007 y 2014 Yarvin dirigió un blog de pensamiento político ultra conservador titulado Unqualified Reservations, un título que ya anunciaba el tono de sus propuestas y alegatos: sin reservas, sin disculpas, sin adherencia a los valores canónicos de la democracia Occidental, enemigo declarado de la corrección política, por considerarla venial y pusilánime.

La firma del autor del blog  aludía lo mismo a Mencio, el filósofo chino discípulo de Confucio —tan sabio como autoritario—, que a un neologismo creado por el propio Yarvin: Moldbug que podríamos traducir como “bicho del moho”. Un alias socarrón que mezclaba autoridad filosófica y provocación burlona, un nombre falso que reflejaba bien su estilo: textos extensos y en apariencia eruditos, cargados de un tono sardónico, desencantado y provocador, redactados tanto para impresionar como para incomodar.

En aquel blog escribió sus peroratas no menos obsesivas que circulares, profundamente elitistas, corrosivas para la tradición democrática, y revestidas de un tono pseudocientífico que, pese a todo, han logrado seducir a millones de seguidores escépticos de la realidad imperante (de aquellos que niegan la condición esférica del planeta, a los que ponen en tela de juicio la universalidad de los derechos humanos) a la búsqueda de nuevas respuestas ante lo que considera el colapso de las viejas certidumbres liberales y que, en el caso estadounidense, quedarían asentadas en el arranque del Acta de Independencia de 1776: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Verdades ya no tan “evidentes” para personajes como Yarvin, máximo representante de los nuevos utopistas de la ultra derecha. ¿Quién iba a decirlo? la utopía marxista que terminó aplastada en los pasillos autoritarios del Kremlin, reviviría como una nueva promesa de futuro en los sótanos de la revolución digital, con Marte como nuevo destino colonialista, extraccioncita y extraplanetario. (Las aspiraciones de Musk y Bezos de llegar al planeta rojo con el impulso de sus fortunas multimillonarias no es una casualidad).

En ese blog Yarvin sentó las bases de lo que luego se conocería como la Ilustración Oscura (Dark Enlightenment), una corriente que propone, sin ambages, la disolución de la democracia moderna en favor de gobiernos autoritarios dirigidos por élites racial y tecnológicamente superiores. Algo a lo que han llamado la “tecno-monarquía”. (En tierra de ciegos digitales, el tuerto —Elon Musk— es rey).

No se trataba ya de una simple defensa del conservadurismo del partido Republicano, sino de la demolición teórica del sistema entero. La democracia es, para Yarvin, un “software fallido” al que se debe reemplazar por un “nuevo sistema operativo político” que funcione con la precisión aplastante de una corporación: con un CEO al mando de su país y del planeta, sin un Congreso entorpecedor, sin prensa libre, sin contrapesos ni derechos colectivos, con ejecutivos-capataces a la altura del desafío, y ejércitos de trabajadores pastoreados por la Inteligencia Artificial (un rebaño de los nuevos Tiempos Modernos como los imaginó Chaplin en 1936), cuya una opción para sobrevivir radicaría en la suma equilibrada entre la eficiencia productiva y la sumisión: los súbditos de esta delirante tecno-monarquía absolutista.

Lo que parecía en su momento una provocación se ha convertido en un manual de operaciones para la nueva élite blanca, protestante y republicana. Una hoja de ruta que, por lo pronto, va por su segunda oportunidad al frente de la Casa Blanca.

El vicepresidente J. D. Vance ha señalado públicamente a Yarvin como ejemplo de patriotismo y ha exaltado su propuesta de jubilar a todos los empleados federales: los “burócratas” liberales de Washington –entiéndanse liberal como “de izquierda”al servicio del ineficiente, corrompido y decadente aparato gubernamental: Spengler revisitado y radicalizado. Yarvin ha llegado a la Casa Blanca y es él quien ahora le escribe los discursos al vicepresidente.

Es el de Yarvin un programa distópico y despótico que, con el acrónimo RAGE (Retire All Government Employees), propone desmantelar el aparato estatal y reconstruirlo bajo lealtades políticas impedidas de cualquier forma de la disidencia, con fuerte dosis de autoritarismo. Lo que empezó como una provocación intelectual ha terminado por convertirse en doctrina oficial. La idea de que el Estado mismo es un enemigo a erradicar ya no se limita a los discursos de campaña: es hoy el centro mismo de la arquitectura del nuevo gobierno que intentan construir Trump y sus aliados dentro y fuera de los Estados Unidos: de Netanyahu a Bukele, pasando por su versión casi paródica: Milei.

Lo más inquietante no es sólo el desprecio por la democracia liberal. Lo más grave es la sustancia ideológica que alimenta esas propuestas. Yarvin no ha ocultado nunca sus simpatías por teorías racistas disfrazadas de ciencia. Ha citado —y defendido— la idea de que ciertos grupos étnicos tienen inferioridad intelectual congénita. Ha descrito la esclavitud como una institución “natural” en ciertos contextos históricos. Ha relativizado el racismo como reduciéndolo a una superstición moralina de las élites ilustradas de la vieja izquierda europea. Y lo ha hecho con un lenguaje clínico, limpio, sin la estridencia de los supremacistas de antaño. No lleva capucha blanca como los rancheros del Ku Klux Klan, no grita “¡White Power!” pero justifica, desde una aparente racionalidad. las mismas jerarquías que otros enarbolaron con odio, asesinatos y cruces ardientes. Es, si se quiere, un racista del siglo XXI: más eficaz, más digerible, más letal.

Durante años, estas ideas circularon en foros marginales, espacios digitales poblados por desencantados, trolls, bots y libertarios radicales de carne y hueso. Yarvin se convirtió en un pensador de referencia para una parte creciente de la élite tecno-autoritaria. Representa el rostro de los nuevos fascismos que ya gobiernan una porción sustantiva del planeta. Lo leyeron como un visionario, un disidente, un Nietzsche con código binario. Y en ese tránsito del margen al centro, Yarvin dejó de ser un bloguero oculto para transformarse en algo mucho más poderoso: el programador ideológico del nuevo autoritarismo estadounidense.

En enero de este año Yarvin asistió como invitado de honor a la gala inaugural del nuevo gobierno de la Casa Blanca. No necesita un puesto para tener poder. Le basta con las ideas. Como los ideólogos que en otros tiempos susurraban al oído de los emperadores, Yarvin habita hoy ese espacio ambiguo entre el poder real y el invisible. Lo que asusta no es que Yarvin piense lo que piensa.

La historia está llena de pensadores extremistas, marginales, provocadores. Lo que estremece es que hoy lo escuchen los que mandan. Que su desprecio por el sufragio, su nostalgia por la monarquía, su naturalización de las jerarquías raciales y su estrategia de demolición del Estado hayan dejado de ser notas al pie en los foros de internet, y se hayan convertido en el esqueleto conceptual del nuevo poder en Estados Unidos.

 

2. Peter Thiel
Las ideas de Curtis Yarvin no habrían llegado tan lejos sin la red de aliados y mecenas que las han financiado y amplificado. Entre ellos, ninguno más influyente que Peter Thiel, empresario, inversionista y estratega que ha convertido su fortuna tecnológica en un instrumento para rediseñar el paisaje político de la derecha estadounidense.

Quizá más que cualquier otro magnate de la era digital, Thiel es una figura que encarna las tensiones que genera en Estados Unidos el maridaje siniestro entre política, economía, ideología y tecnología, propias de nuestro siglo. Forjado en las atmósferas triunfalistas de Silicon Valley como cofundador de PayPal, y más tarde artífice de Palantir Technologies, ha sabido traducir su fortuna personal en una palanca de poder político de alcance global.

Su perfil encajaría en la estampa del emprendedor visionario que se adelanta a las tendencias y revoluciona industrias. Sin embargo, en el plano ideológico se ha convertido en uno de los más influyentes promotores de la ultraderecha estadounidense, utilizando el capital económico y simbólico acumulado en el mundo tecnológico para intervenir de manera decidida en la batalla por el rumbo de la política nacional. Su apuesta es clara: impulsar una derecha nacionalista, tecnocrática y culturalmente combativa, capaz de disputar a las democracias liberales el monopolio del relato sobre el futuro de Occidente.

Desde sus primeras inversiones, Thiel demostró un olfato infalible para detectar oportunidades disruptivas. La venta de PayPal le dio el capital inicial para invertir en compañías emergentes como Facebook, Airbnb o SpaceX, y para fundar Palantir, una empresa dedicada al análisis masivo de datos y a la inteligencia predictiva, cuya clientela principal han sido agencias de seguridad e inteligencia de Estados Unidos y sus aliados.

Palantir no es simplemente un negocio de software: representa la convergencia entre la lógica de Silicon Valley y el Estado de seguridad nacional, un espacio donde la información se convierte en herramienta de control y el análisis algorítmico en arma geopolítica. Thiel ha sabido beneficiarse de ese otro matrimonio entre empresa privada y gobierno, lo que no deja de ser paradójico en un hombre que, en sus discursos, gusta de presentarse como crítico del intervencionismo estatal.

Esa contradicción recorre toda su trayectoria intelectual y política. Formado en el ambiente conservador de la Universidad de Stanford, Thiel se definió inicialmente como libertario, defensor del libre mercado y del mínimo papel del Estado. Pero pronto su pensamiento derivó hacia una visión más elitista y desconfiada de la democracia, a la que ha llegado a considerar incompatible con la auténtica libertad económica. Para él, el igualitarismo político genera gobiernos mediocres, incapaces de sostener el impulso creativo y la energía civilizatoria que atribuye a las élites emprendedoras. Este es un punto de contacto con Curtis Yarvin, con quien mantiene una afinidad ideológica reconocida. Ambos comparten la premisa de que la democracia liberal ha entrado en un ciclo de decadencia y que es necesaria una recomposición del poder político en torno a liderazgos fuertes y estructuras jerárquicas.

A partir de 2016, Thiel pasó de la reflexión al activismo abierto. Fue uno de los mandarines de Silicon Valley que respaldó públicamente la candidatura de Donald Trump. Su intervención en la Convención Republicana de ese año fue tanto un gesto de desafío cultural como una declaración de intenciones políticas: su voluntad de influir en el curso del Partido Republicano. Tras la segunda victoria de Trump, se integró al equipo de transición y promovió nombramientos y políticas alineadas con su visión de un Estado más desregulado en lo económico, pero más vigilante y restrictivo en materia de seguridad y fronteras. Su respaldo no se limitó al presidente: desde entonces ha canalizado millones de dólares para apoyar a candidatos que encarnan una agenda nacionalista y combativa, entre ellos J.D. Vance en Ohio y Blake Masters en Arizona, ambos formados en su órbita empresarial y política.

El patrón de sus donaciones revela una estrategia meticulosa. Thiel prefiere apostar por figuras jóvenes, ideológicamente moldeables y con capacidad para convertirse en referentes a largo plazo. Su objetivo no es solo ganar elecciones, sino configurar un ecosistema de liderazgo que traduzca el instinto populista de la era Trump en una plataforma ideológica coherente y duradera. En este sentido, su acción política no responde a una lealtad personal incondicional al presidente, sino a la convicción de que la ola nacionalista y reaccionaria que éste encarna puede y debe sobrevivir más allá de su figura.

Alrededor de Thiel se ha formado lo que algunos llaman el “Thielverso”: una red de pensadores, tecnólogos, políticos y activistas que comparten el diagnóstico sobre la decadencia de la democracia liberal y proponen, con matices diversos, su sustitución por fórmulas más jerárquicas y centralizadas.

Como en el caso de la National Conservatism Conference, Thiel ha financiado espacios donde estas ideas se discuten, se depuran y se preparan para su inserción en el debate público. No es exagerado decir que ha actuado como mecenas de un revival intelectual de la derecha extremista.

Su visión del futuro de Occidente se articula alrededor de una doble preocupación: el estancamiento interno y la amenaza externa. Para Thiel, las democracias occidentales han perdido el impulso innovador que las distinguió en el pasado, atrapadas en una cultura política que premia la mediocridad y se obsesiona con la corrección ideológica. Para él y sus aliados, toda inversión pública con orientación social es dinero arrojado al barril sin fondo del subdesarrollo.

China es un caso especial, al mismo tiempo la gran amenaza y un ejemplo notable de capacidad tecnológica con determinación estratégica, en contraste con la autocomplacencia y la fragmentación de las sociedades liberales. Thiel envidia, crítica, y de algún modo pretende emular, sin decirlo, la fuente autoritaria del modelo chino.

Thiel ha financiado iniciativas que buscan crear entornos autónomos al margen de los Estados, como las ciudades flotantes en aguas internacionales, y programas que incentivan a jóvenes talentos a abandonar la universidad para fundar empresas. La eventual consolidación de estos no-Estados podría reconfigurar por entero nuestra idea tradicional de la geopolítica global para lo que resta del siglo.

La constante es su fe en que individuos excepcionales, si se les aparta de las limitaciones impuestas por la mayoría, pueden producir avances decisivos para la civilización. Pero esa fe en el genio individual viene acompañada de un desdén explícito por las instituciones democráticas que, a su juicio, diluyen el mérito en nombre de la igualdad.

El poder de Thiel no reside únicamente en su fortuna, sino en su capacidad para combinar tres frentes de acción: el económico, que le permite influir en sectores estratégicos como la defensa, la vigilancia y la inteligencia; el político, donde su financiamiento selectivo moldea el perfil del liderazgo conservador; y el cultural-intelectual, donde patrocina las ideas y narrativas que justifican y orientan ese cambio de rumbo. En este sentido, no actúa como un oligarca tradicional que busca proteger sus intereses corporativos inmediatos, sino como un ideólogo práctico que emplea la riqueza para rediseñar, a su medida, el marco político de su país y, ya entrados en gastos, del resto del planeta.

Su figura es, en última instancia, un recordatorio de que las batallas por el futuro político no se libran únicamente en las urnas, sino también en los consejos de administración, en los laboratorios de ideas y en las redes de influencia de la era digital que conectan el capital, con la exposición mediática y con la ideología.

 

3. Steve Bannon
Me ocupo ahora del más veterano del grupo: Steve Bannon (Norfolk, Virginia, 1953). Ha sido uno de los principales operadores mediático-ideológicos de esa nueva ola anti sistémica que convirtió el agravio en método. Un porro melenudo de cuello negro. El gran reventador de la longeva asamblea democrática estadounidense, esa misma que alguna vez obnubiló a Tocqueville.

Creció hasta encumbrarse como un estratega a media sombra que dicta línea desde su propia tribuna y que, a falta de partido formal, comanda un meta partido —MAGA (Make America Great Again)—, otro profeta de la anti política capaz de fijar la agenda y el léxico del debate público estadounidense. Junto con Trump, el “líder moral” de este estropicio.

Ahora vuelve a ocupar un lugar central en la coreografía de la derecha populista contemporánea. Su trayectoria es conocida: banquero en Goldman Sachs, productor ocasional de cine, cruzó a los medios de comunicación para dirigir el sitio web Breitbart y, desde ahí, dar forma a un vocabulario político donde los viejos “burócratas de Washington” son los enemigos públicos a derrotar y los migrantes la amenaza a exterminar.

Fue el cerebro táctico de la campaña de 2016 y, sólo por unos meses, el estratega jefe en la Casa Blanca. El mayor legado de Steve Bannon no lo encontraremos en su fugaz paso por el gobierno, sino es la arquitectura de un discurso —y de todo un ecosistema mediático— que hoy se encuentra en la cima del poder, y del que él es uno de sus principales diseñadores.

Su ideario cabe en dos fórmulas que repite hasta el cansancio desde hace por lo menos tres lustros: ultra nacionalismo económico y deconstrucción del viejo aparato estatal contaminado de “liberales”.
La primera promete rescatar a la nación de las distorsiones del capitalismo heredado del siglo XX, la segunda propone desmantelar regulaciones, tratados y burocracias que, a su juicio, expropian la soberanía popular.

Ambas forman el hilo conductor de un proyecto que busca reordenar la economía (aranceles, reindustrialización, energía fósil como palanca) y reescribir la política (gobierno fuerte e instituciones subordinadas a un nuevo centralismo autoritario). En sentido estricto ya no es un “proyecto”, sino un plan puesto en marcha.

Detrás late una visión histórica de largo aliento: la teodicea generacional de The Fourth Turning (1997), el libro de William Strauss y Neil Howe que Bannon convirtió en brújula intelectual y en guion de su documental Generation Zero (2010). Según esa teoría, cada 80 años el sistema entra en una crisis terminal que “purga” al viejo orden y abre paso a otro.

Bannon no se limita a diagnosticar esa cuarta vuelta de tuerca, aspira a precipitarla. Esa narrativa apocalíptica –en deuda con una nueva teología política que ha dejado muy atrás los postulados de las ciencias sociales en Occidente– le ha servido para dotar de un acento épico y bélico a su cruzada contra el “decadente establishment” que a su entender condujo a Estado Unidos al borde del colapso, para entonces ofrecer a la derecha radical su propia teleología triunfalista.

El paralelismo entre esta “cuarta vuelta”, regeneradora de los cimientos de la nación americana, y nuestra “cuarta transformación”, son acaso dos versiones en las antípodas de las ideologías, pero con un acento teleológico similar.

Bannon construyó con pericia de ingeniero los aparatos que le permitieron darle salida a su visión mesiánica: primero, como ejecutivo de Breitbart; después, como promotor y miembro del consejo de Cambridge Analytica, la empresa de consultoría política y análisis masivos de datos donde se incubaron los mensajes y se manipuló la información que favoreció en los últimos años el ascenso de la ultra derecha; y; finalmente, como conductor de War Room en la cumbre del adoctrinamiento ideológico por vía digital.

War Room fue expulsado de YouTube y otras plataformas, pero Bannon encontró en Apple Podcasts, Spotify —y una constelación de distribuidores alternativos— un canal eficaz para sostener y ampliar su audiencia, hasta convertirlo en una máquina de cooptación y en una escuela de adoctrinamiento febril para los nuevos cuadros republicanos nacidos en el umbral del nuevo milenio, con los cuales tomar por asalto al viejo partido de Abraham Lincoln.

Su ambición no es exclusivamente local. Desde 2018 buscó conformar una suerte de internacional nacionalista buscando alianzas con la derecha radical de Italia, Francia, Alemania y España. Una nueva derecha transatlántica a la que le une la x de la xenofobia y el escepticismo radical contra el cambio climático, la diversidad de género y todos aquellos valores alrededor de los derechos humanos y el desarrollo sostenible que se cimentaron al final de la Segunda Guerra Mundial con la creación de las Naciones Unidas.

Visto desde México, su figura tiene otra arista incómoda: el caso We Build the Wall, una recaudadora de fondos para construir tramos del muro fronterizo que terminó acusada y condenada por fraude. Tras ser indultado en el fuero federal, Bannon enfrentó cargos estatales en Nueva York. En febrero de 2025 se declaró culpable de un cargo de estafa y obtuvo una libertad condicional de tres años, con prohibiciones para dirigir organizaciones benéficas.

Sus líos judiciales no terminaron ahí. En 2024, Bannon cumplió cuatro meses de prisión por desacato al Congreso, al negarse a colaborar con la investigación sobre el famoso asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Salió libre y, horas después, volvió al micrófono con la teatralidad de quien entiende que la épica carcelaria consolida liderazgo entre los suyos. Ese reingreso fue también un mensaje: el martirio como combustible político.

En la actualidad opera como un ministro sin cartera en el segundo gobierno de Trump. No ocupa cargos formales, pero su programa se ha convertido en un referente para el no menos fantasmal que contundente ecosistema fanático del movimiento MAGA. Perfila agendas, presiona a líderes republicanos renuentes, bendice insurgencias de los outsiders y, sobre todo, marca prioridades: la inmigración como eje de la batalla cultural; la guerra contra el complejo regulatorio y la burocracia woke; y una retórica económica que separa el “capitalismo productivo” del “capitalismo especulativo” para justificar el proteccionismo beligerante y la repatriación industrial. A la sombra del poder, es ahora un líder más táctico que doctrinario, pero con la misma fe en la necesidad de una crisis purificadora como umbral de un nuevo orden estadounidense y global.

Fuera del gobierno, Bannon es más libre para ensayar coaliciones, dictar catecismos y azuzar a la militancia republicana, una nueva, simbólica, menos estridente pero más efectiva toma del Capitolio. Su técnica y su retórica ya nos son familiares: saturar de contenido alarmista o triunfalista a los espacios digitales donde circula la información en nuestros tiempos, y envolverlos en el maniqueísmo moral del “nosotros” (los salvadores), contra “ellos” (las amenazas).

Buena parte de su éxito radica en las palabras. Ha colonizado el vocabulario de la política con la misma verborrea estridente de los fascismos europeos en la primera mitad del siglo XX. En la era de los micrófonos —los físicos y los digitales— el que controla las palabras puede aspirar al monopolio de la verdad.

A punto de cumplir 70 años, es todavía el amo y señor de una narrativa que anuncia catástrofes colosales y redenciones purificadoras como parte del mismo coctel demagogo. Un merolico, pero uno sumamente tóxico y peligroso.

 

4. Charlie Kirk
Toda violencia política es inaceptable. Ninguna idea, por vehemente que sea; ninguna discrepancia, por honda que parezca, justifica un disparo letal. El asesinato de Charlie Kirk obliga a reiterarlo. Ocurrió, además, en la víspera de la conmemoración del 11 de septiembre de 2001, dos extremos en el calendario que nos recuerdan la naturaleza violenta de nuestro siglo.

La reacción de condena ha sido unánime, o casi: a todo aquel que lo festine o justifique le envenena la misma atmósfera de odio y furia que padecemos. Lo que se ha puesto en riesgo con este asesinato es la sobrevivencia misma de las palabras, expresadas en la arena pública con base en el principio elemental de la libertad de expresión.

Kirk tenía 31 años, Nunca ocupó un cargo de elección popular. Aun así, moldeó como pocos la conversación conservadora entre millones de jóvenes a través de Turning Point USA (TPUSA), la organización que cofundó hace más de una década para disputar la hegemonía cultural en los campus universitarios de los Estados Unidos.

Su muerte ocurre en el punto más alto de la influencia poderosa que ejerció desde una tribuna que mezclaba soberbia seudo erudita con devoción religiosa: un ecosistema mediático, escenográfico e histriónico sostenido en giras universitarias, micrófono abierto al debate y la confrontación, y una compleja maquinaria de movilización y comunicación en la más diversas plataformas (generosamente financiada por una red anónima de donadores), que conectaba diariamente con millones de escuchas. El “micrófono abierto”, ardid principal de su estrategia pública en las universidades (siempre protegido por un guardaespaldas musculoso), se sostenía en un principio inalterable: pregúntame lo que quieras, que yo siempre tendré la razón, porque soy —moral, intelectual, espiritual y racialmente— superior a ti.

Esa mezcla de soberbia parlamentaria, activismo presencial y amplificación digital de sus mensajes explica que su figura excediera por mucho el perímetro de los militantes más jóvenes de la derecha. Supo convertir cada campus en un set televisivo, cada debate a micrófono abierto en un evento viral. Tenía, nada menos, 22 millones de seguidores entre todas sus redes sociales.

Kirk postulaba un nacionalismo ultra conservador de raíz religiosa y puritana. Era un auténtico cruzado del movimiento MAGA (Make America Great Again). El gran divulgador de una agenda hostil por sus cuatro costados:

Fronteras duras; rechazo frontal a la ideología woke; batallas múltiples contra el aborto, la diversidad sexual, el feminismo o la migración; cospiranoico profesional, descreía del cambio climático o de la pandemia de Covid y las vacunas; postulaba por igual la homofobia, el supremacismo blanco, el racismo, el desprecio por los migrantes, o por todos aquellos que abrazan el islam como un credo —para él, sinónimo de terroristas en su discurso fanático y reduccionista—; llegó a justificar la esclavitud al insinuar que la sociedad estadunidense vivía más tranquila y ordenada en esos tiempos; y triste, paradójicamente, defendía a rabiar la segunda enmienda constitucional de los Estados Unidos, que permite la libre posesión de armamento a sus habitantes (llegó incluso a decir que a dicha enmienda debía agregársele una cláusula que admitiera como un daño colateral, un mal necesario e inevitable, los tiroteos y las masacres). Los caprichos inextricables de la historia: la última palabra que salió de su boca fue, precisamente “violencia”.

A esa matriz discursiva añadió un repertorio táctico de múltiples recursos: provocar para monopolizar la atención. Una retórica cobijada en la épica civilizatoria americana, su condición excepcional, y la insistencia en que la universidad era el campo crucial donde la derecha debía recuperar terreno.

En su gramática febril el adversario no era simplemente el partido Demócrata, los intelectuales, o los medios “liberales” de su país. Creía enfrentarse un enemigo mayor: el rival a vencer era todo un “régimen cultural” enquistado en la historia de Estados Unidos, el cual tendría que ser desmantelado para dar paso a una nueva era. Ni que decir de los enemigos externos: de China, a Irán, pasando por el terrorismo trasnacional, recicló y avivó todos los fuegos de la “Guerra Fría”.

Nacido en los suburbios clasemedieros de Chicago, abandonó los estudios en un Community College (una escuela pública de menor rango académico que una universidad) para emprender el proyecto que lo haría famoso: TPUSA (el “punto de inflexión” para Estados Unidos). Desde ahí levantó una red de capítulos estudiantiles, conferencias y festivales políticos que, con el tiempo, incorporó dos extensiones: Turning Point Action (el brazo de incidencia electoral) y Turning Point Faith (la plataforma para movilizar iglesias y pastores en temas públicos).

Curiosamente la raíz etimológica del apellido Kirk proviene de la palabra del inglés antiguo referida a la iglesia, y del escandinavo para nombrar a un cementerio: Kierkegaard (el jardín con tumbas alrededor de un templo). Kierkegaard, el filósofo danés de la subjetividad, la angustia moderna y la fe escéptica, se emparenta etimológicamente con Kirk, el demagogo estadounidense de la racionalidad bíblica, la fe militante y el odio justiciero.

A la par de los dos movimientos anteriores construyó una plataforma mediática permanente —The Charlie Kirk Show— que, en la lógica del meta partido de Steve Bannon, cumplía la triple función de púlpito, call center de la nueva derecha, e incubadora de cuadros. TPUSA, con Kirk al frente, no fue sólo una cantera juvenil sobre ideologizada. Fue una auténtica fábrica de odios. Su activismo desbocado en las universidades de Estados Unidos —un mecanismo de intimidación y vigilancia ideológica— fue denunciada por diversas organizaciones defensoras de la libertad de cátedra.

La táctica era sumamente eficaz a la hora de polarizar el debate: convertir las aulas en trincheras, al profesor-liberal en antagonista y al alumno en activista. Ese clima —más performático que deliberativo— hizo de Kirk un maestro del debate cuerpo a cuerpo: frases cortas y lapidarias, retórica circular revestida de sabiduría teológica y patriotismo, pinceladas de historia nacional desde el credo del Destino Manifiesto. Todo lo anterior le traería una jugosa recompensa algorítmica en las redes sociales.

Su trayectoria estuvo indisolublemente ligada a Donald Trump. Kirk leyó antes que muchos el filón generacional del culto al magnate y lo reorganizó. Su influencia no se limitó a la aritmética electoral. Fue un genio de la propaganda que convirtió la política en un híbrido —mezcla de talk show, militancia y catecismo—. El mitin que se televisa, la entrevista que deviene consigna, la consigna que circula como meme y cala hondo en las conciencias.

A veces estiró demasiado la cuerda: la promoción de afirmaciones falsas como la del fraude electoral en 2020 y su papel —directo o indirecto— en el asalto al Capitolio del 2021, lo dejaron marcado. Vale recordar que, en los días previos a aquel infausto 6 de enero, Kirk y sus plataformas contrataron autobuses para llevar a miles de simpatizantes a Washington. Luego, tras la violencia desatada, borró mensajes y matizó responsabilidades. El expediente es conocido y está documentado en la prensa y en los testimonios ante el comité de la Cámara de Representes, que al final de cuentas prefirió exculparlo.

The Charlie Kirk Show —radio, podcast, video— le dio el tempo cotidiano que todo operador político ambiciona: acaparar la conversación las 24 horas del día. Su voz resonaba especialmente entre jóvenes conservadores que vieron en él algo parecido a un influencer doctrinario: aquel que combina el sermón moralizante con el manual de una guerra cultural ineludible, que ofrece la hoja de ruta para dar un golpe de timón al sistema universitario de los Estados Unidos.

La gira que a la manera de un Rockstar lo llevó a Utah —American Comeback Tour— condensaba su estrategia: campus abierto, despliegue mediático, debate sobre temas controversiales. Toda una pedagogía de la confrontación: empezar con tesis incendiarias, invitar a un contra discurso de los estudiantes, y tensar las cuerdas de las palabras hasta lograr que la audiencia se convirtiera en el corifeo de sus alegatos. Paradójicamente Kirk murió en el momento preciso en el que contestaba a uno de sus jóvenes detractores.

La dimensión trágica de lo ocurrido exige volver al punto de partida: la violencia no corrige la polarización: la agudiza. Matar a un adversario no refuta sus ideas, lo convierte en mártir para los suyos. Me horroriza pensar que la nueva derecha estadounidense ya tiene al contrapeso ideológico y simbólico de Martin Luther King que les hacía falta. King vs. Kirk, si aquel “tenía un sueño”, este otro “tenía una pesadilla”. Por lo pronto recibió de manera póstuma la Medalla de la Libertad que otorga el presidente Trump, en su memoria hondearon las banderas a media asta, mientras que una ola de despidos y regaños se desató en el país, castigando a quienes no repudiaron con todas sus letras al crimen, o quienes de manera velada lo justificaron, como en el caso del presentador de la cadena ABC, Jimmy Kimmel.

Los discursos y acciones políticas de la ultraderecha no desaparecerán con el asesinado de Kirk: otros ocuparán ese micrófono. La tarea más difícil, en medio del odio polarizante y violento, es ensanchar el espacio de la palabra, no estrecharlo a fuerza de agravios, insultos, intolerancias, balas y cementerios atiborrados de nuevos mártires.

 

*Foto de Gabriel Gusmao

 

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela  Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98),del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste  Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las Embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. Su Twitter es: @edgardobermejo

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Posted: September 21, 2025 at 11:05 pm

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