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El asalto silencioso a la democracia

El asalto silencioso a la democracia

Lorenzo Vega-Montoto

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LA CONVERGENCIA OSCURA

Tecnología, plutocracia y el asalto silencioso a la democracia

El espectáculo que nadie entendió

Hace apenas dos semanas, más de setecientos millones de personas vieron algo extraordinario por televisión. Durante la Gala del Año Nuevo Chino, el programa más visto del planeta, decenas de robots humanoides ejecutaron una coreografía de kung fu que dejaba ridículas a las películas de artes marciales. Volteretas hacia atrás, giros aéreos imposibles, movimientos con espadas y nunchakus coordinados al milísegundo con artistas humanos. Todo en vivo. Sin caídas, sin errores.

La reacción del mundo fue predecible: memes, asombro, un poco de risa nerviosa. Pero casi nadie se detuvo a pensar en lo que realmente estaba viendo. Porque un robot que puede hacer kung fu en un escenario también puede hacerlo en una calle. Póngale un arma en vez de un nunchaku, ya hay empresas que lo están haciendo, y tiene algo que ningún ejército ni policía ha tenido jamás: un soldado que no duerme, no desobedece, no siente remordimiento y, sobre todo, nunca se niega a disparar contra civiles.

Este ensayo es una advertencia. No sobre robots, aunque los robots importan. Es sobre cómo varias crisis que parecen no tener nada que ver entre sí, la desigualdad económica, el autoritarismo político, la inteligencia artificial, el cambio climático, se están fusionando en un sistema de control sin precedentes. Sobre cómo existe una filosofía política que no solo describe ese mundo sino que lo desea activamente. Y sobre algo que pocos se atreven a decir en voz alta: que en el horizonte de esa convergencia existe un escenario donde las élites simplemente ya no nos necesitan. Ni como trabajadores, ni como consumidores, ni como ciudadanos. A nadie le gusta pensar en eso. Pero necesitamos hacerlo.

El sistema que se construye solo

Imagínese una máquina con ocho engranajes. Cada engranaje gira y hace girar al siguiente. Si usted detiene uno, los otros siete lo vuelven a mover. Eso es lo que está pasando en el mundo ahora mismo, y cada engranaje tiene nombre.

El primero es la desigualdad. No estoy hablando de que unos ganen más que otros; eso siempre ha existido. Estoy hablando de que doce personas, las puedo contar con los dedos de las manos y me sobran, poseen más riqueza que la mitad de la humanidad: cuatro mil cien millones de personas. Esa brecha no se está cerrando, se está acelerando. Desde 2020, la riqueza de los multimillonarios creció un 81%. Oxfam proyecta que tendremos los primeros cinco billonarios en menos de una década.

El segundo engranaje es el autoritarismo. Si usted cree que la democracia es la norma en el mundo, tengo malas noticias: ya no lo es. Por primera vez en veinte años, hay más autocracias que democracias en el planeta. Casi tres de cada cuatro seres humanos viven bajo algún tipo de gobierno autoritario. Y el número de países donde la libertad está deteriorando lleva diecinueve años consecutivos creciendo. Diecinueve.

El tercero es la plutocracia, que es una palabra elegante para decir que los ricos compran gobiernos. En Estados Unidos, el gasto en lobby superó los cinco mil millones de dólares en 2025. El dinero oscuro en elecciones batió récords. Y los multimillonarios tecnológicos ya no se conforman con financiar campañas: se sientan directamente en el gobierno. Elon Musk fue nombrado jefe de un departamento federal donde su personal accedió a bases de datos del Tesoro. Los CEOs de las principales tecnológicas se sentaron en la primera fila de la inauguración presidencial. No como invitados: como socios.

El cuarto engranaje es la inteligencia artificial reemplazando empleos. Y aquí quiero ser claro, porque hay mucha propaganda en ambas direcciones. La IA no va a eliminar todos los trabajos mañana, pero tampoco es inofensiva. Uno de cada cuatro empleos en el mundo ya está expuesto a la automatización por IA generativa. Los puestos de programación para principiantes se han desplomado. Las ofertas en traducción, escritura freelance, servicio al cliente, están cayendo a doble dígito. Y lo más importante: esta vez la automatización no viene por los obreros de fábrica sino por la clase media educada. Por contadores, abogados, analistas, diseñadores. La gente que pensaba que estaba a salvo.

El quinto es la militarización de los robots, y aquí es donde los robots de kung fu dejan de ser divertidos. China concentra más del 85% de las instalaciones globales de robots humanoides. Empresas en Estados Unidos ya negocian con el Ejército para producir decenas de miles de robots militarizados. Perros robóticos con rifles ya existen. En Gaza, sistemas de IA generaron listas de miles de objetivos que oficiales aprobaban en veinte segundos. No minutos: segundos. Y en la Gala china, los robots no solo bailaban: demostraron control de enjambre en tiempo real, la misma tecnología que se necesita para coordinar fuerzas robóticas autónomas.

Los tres engranajes restantes, la eugenesia de mercado (donde solo los ricos pueden pagar por ventajas genéticas para ellos y sus allegados), el cambio climático (que golpea infinitamente más a los pobres), y el agotamiento de recursos (agua, minerales críticos, tierras raras), completan una maquinaria donde cada crisis alimenta a las demás. Más desigualdad produce más concentración de poder. Más poder concentrado bloquea las soluciones al clima. El clima genera migración y conflicto. El conflicto justifica más autoritarismo. Y así sucesivamente, en un círculo que se aprieta con cada vuelta.

El final lógico: una humanidad prescindible

Ahora quiero que hagamos un ejercicio incómodo. Quiero que usted se ponga en la cabeza de alguien que tiene quinientos mil millones de dólares, que financia la investigación más avanzada en inteligencia artificial y robótica, que invierte en empresas de extensión de vida y edición genética, que está construyendo un cohete para ir a Marte, y que cree que la democracia es un error histórico. Desde esa perspectiva, pregúntese: ¿para qué necesita usted al resto de la humanidad?

Históricamente, las élites necesitaban a la población por tres razones. Primera: como fuerza de trabajo. Alguien tenía que cultivar, construir, fabricar, transportar. Segunda: como mercado de consumo. Las fábricas no sirven de nada sin compradores. Tercera: como soldados. Los ejércitos requerían cuerpos humanos dispuestos a pelear. Esas tres razones, que durante siglos le dieron al ser humano común un valor funcional frente al poder, están desapareciendo al mismo tiempo.

La IA y la robótica eliminan la primera razón. Cuando un robot humanoide cuesta trece mil quinientos dólares, trabaja veinticuatro horas, no pide vacaciones, no se sindicaliza y mejora radicalmente cada doce meses, la fuerza laboral humana se convierte en una ineficiencia. Yuval Noah Harari, el historiador israelí, acuñó un término brutal para esto: la clase inútil. No inútil en el sentido humano o moral, sino inútil desde la perspectiva del sistema económico. Gente que el mercado ya no necesita. Y cuando el mercado no te necesita, el poder político te ignora.

Los robots autónomos y los drones eliminan la tercera razón. Si un ejército de máquinas puede defender (o reprimir), ya no se necesitan soldados humanos que podrían negarse a obedecer órdenes inmorales. Y aquí está la pieza clave que casi nadie menciona: las máquinas tampoco consumen. No beben agua potable. No comen alimentos cultivados en tierras fértiles. No queman combustible para calentar sus hogares. No generan basura. En un planeta donde los recursos no renovables se agotan, donde el agua escasea, donde el fósforo para fertilizantes tiene reservas finitas, siete mil millones de seres humanos no son solo innecesarios desde la perspectiva productiva: son competidores por recursos que una élite cada vez más pequeña prefiere reservar para sí misma y su descendencia.

Añádale ahora la eugenesia de mercado. Las tecnologías de edición genética CRISPR, los programas de selección embrionaria, la investigación en extensión radical de la vida, todo esto tiene un costo que solo los ultra-ricos pueden pagar. Si una élite puede editar genéticamente a ellos mismos y sus allegados para hacerlos más resistentes, más longevos, quizás eventualmente casi inmortales, mientras el resto de la humanidad envejece y muere con las mismas limitaciones biológicas de siempre, la desigualdad deja de ser económica y se vuelve biológica. Una especie que se bifurca. No por evolución natural sino por acceso diferencial a tecnología.

El escenario final, y entiéndame bien, no estoy diciendo que sea inevitable, sino que es lógicamente posible si no actuamos, es un mundo donde una élite genéticamente mejorada, potencialmente longeva más allá de lo que hoy concebimos, gobierna con ejércitos de máquinas sobre los recursos de un planeta finito, y donde la mayoría de la humanidad simplemente… sobra. No hace falta un genocidio activo. Basta con retirar los servicios públicos, dejar que el clima haga su trabajo, cerrar las fronteras de las zonas habitables, y esperar. El filósofo Byung-Chul Han observó que el neoliberalismo ya no necesita reprimir a la gente: la gente se explota a sí misma y, cuando fracasa, siente vergüenza en vez de ira. Imagínese ese mecanismo psicológico amplificado por una inteligencia artificial que optimiza la manipulación conductual de cada individuo, en tiempo real, las veinticuatro horas del día.

Esto no es ciencia ficción. Es la extrapolación lógica de tendencias que ya están en marcha. Lo que separa a 2026 de ese futuro no son siglos ni décadas. Son ciclos de Moore.

La filosofía que lo desea

Podríamos consolarnos pensando que el escenario anterior es una pesadilla que nadie busca conscientemente. Pero eso también sería falso. Existe un movimiento intelectual y político que no solo contempla ese futuro: lo promueve como deseable. Se llama el Dark Enlightenment, la Ilustración Oscura, y sus partidarios están en el corazón del poder.

¿Qué propone? Que la democracia fue un error. Que la igualdad es una ilusión. Que la sociedad debería gobernarse como una corporación, con un CEO-dictador al mando. Su fundador, el programador Curtis Yarvin, dice que todo se pudre cuando no tiene dueño, incluyendo los seres humanos. Nick Land, el filósofo que acuñó el término, promueve abiertamente la eugenesia y lo que llama «hiper-racismo»: que las élites se reproduzcan entre sí para crear una casta genéticamente superior. Land se mudó a China, donde elogió la fusión de autoritarismo y capitalismo como el mejor sistema de gobierno posible.

Esto sonaría a delirio de internet si no fuera por quiénes lo respaldan. Peter Thiel, cofundador de PayPal, presidente de Palantir y uno de los inversores más poderosos del mundo, financió la campaña del vicepresidente J.D. Vance, quien citó a Yarvin como guía. Yarvin fue invitado de honor al baile inaugural de Trump en enero de 2025 y debatió sus ideas en Harvard. Elon Musk ha expresado simpatía con estas posiciones. Marc Andreessen también. El presidente de Francia advirtió específicamente sobre esta ideología en un discurso público. Esto ya no es un blog marginal. Es la filosofía operativa de quienes construyen la tecnología que definirá el futuro.

Conecte ahora los puntos. El Dark Enlightenment no necesita un golpe de Estado. Solo necesita que cada uno de los engranajes siga girando. La IA elimina empleos. Los empleos perdidos aumentan la desigualdad. La desigualdad concentra el poder político en los plutócratas. Los plutócratas bloquean la regulación. Sin regulación, la IA avanza sin límites. Los robots reemplazan a los soldados. La eugenesia se privatiza. El clima selecciona a los supervivientes por riqueza. Y en cada vuelta del ciclo, la ventana para intervenir se hace más pequeña. No en años o décadas, sino en ciclos de Moore: cada dieciocho a veinticuatro meses, la capacidad computacional se duplica, y con ella la agilidad de los robots, la penetración de la vigilancia, la sofisticación de la manipulación conductual. Los robots que hace un año se tambaleaban agitando pañuelos hoy hacen volteretas con espadas. ¿Qué harán en tres ciclos más?

El caso Anthropic: la grieta en el muro

Hay una historia sucediendo ahora mismo que ilumina todo lo anterior. La empresa Anthropic, creadora de la inteligencia artificial Claude (la misma que estoy usando para investigar este ensayo), tenía un contrato de doscientos millones de dólares con el Pentágono. Venía con dos condiciones: su IA no podía usarse para vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses, y no podía usarse en armas completamente autónomas que maten sin decisión humana.

El Pentágono quiso eliminar esas restricciones. Anthropic se negó. Su CEO, Dario Amodei, dijo que no podía en buena conciencia acceder a esa demanda. Entonces el gobierno de Trump ordenó a todas las agencias federales dejar de usar tecnología de Anthropic y el Secretario de Defensa la declaró un «riesgo para la cadena de suministro de seguridad nacional», una designación que analistas legales señalaron como diseñada para adversarios extranjeros y nunca antes usada contra una empresa estadounidense.

Amodei reveló un detalle escalofriante: en la última ronda de negociaciones, el Pentágono ofreció aceptar los términos de Anthropic si la empresa borraba una frase específica sobre «análisis de datos adquiridos masivamente». Esa frase, dijo Amodei, correspondía exactamente al escenario que más les preocupaba. El gobierno quería, específicamente, poder espiar a su propia población con inteligencia artificial.

Lo que siguió fue más revelador aún. Horas después de la prohibición, OpenAI, la principal competidora de Anthropic, anunció su propio contrato con el Pentágono. Sam Altman, el CEO de OpenAI, afirmó públicamente que compartía las mismas «líneas rojas» que Anthropic y pidió al gobierno ofrecer los mismos términos a todas las empresas. Pero el diablo estaba en los detalles: mientras Anthropic exigía prohibiciones contractuales explícitas e independientes, OpenAI se conformó con citar leyes existentes que, según críticos, dejan amplios márgenes de interpretación. El propio Altman admitió después que el acuerdo fue «apresurado» y que «la óptica no se ve bien.» Un académico de Wharton lo dijo sin rodeos: si estas empresas fueran serias sobre la seguridad de la IA, habrían cerrado filas juntas frente al Pentágono en vez de dejarse enfrentar como competidores de mercado.

Pero la reacción ciudadana fue masiva. Claude se convirtió en la aplicación más descargada de Estados Unidos, superando a ChatGPT por primera vez. Cientos de empleados de Google y OpenAI firmaron cartas exigiendo límites éticos. Manifestantes escribieron con tiza frente a las oficinas de OpenAI en San Francisco: «¿Dónde están tus líneas rojas?» Un congresista presentó una enmienda para proteger legalmente a las empresas que mantengan estándares éticos frente al gobierno.

Esta historia importa porque demuestra dos cosas. Primera: el aparato de poder ya está intentando usar inteligencia artificial sin restricciones, y está dispuesto a destruir a quien se resista. Segunda, y esto es lo que nos debe dar esperanza: la resistencia funciona. Cuando una empresa trazó una línea y millones de personas la respaldaron, el sistema se sacudió. Al cierre de este ensayo, ambas partes han vuelto a la mesa de negociación.

Qué hacer: cinco batallas que no pueden esperar otro ciclo de Moore

Si usted ha leído hasta aquí probablemente se siente aplastado. Es comprensible. Pero el sistema que he descrito tiene vulnerabilidades concretas, y quiero ser específico sobre cuáles son y cómo explotarlas. No voy a hablar en abstracciones. Voy a hablar de cinco batallas que ya se libran y que necesitan refuerzos.

Primera: obligar a que los ricos paguen impuestos reales. Hoy, los 25 estadounidenses más ricos pagan una tasa efectiva de impuestos del 3.4%. Usted, si trabaja, probablemente paga entre un 20 y un 30%. Esa diferencia financia todo lo demás: el lobby, las campañas, la captura institucional. La solución es el impuesto a la riqueza neta: no gravar lo que se gana sino lo que se posee. Un 2% anual sobre fortunas superiores a mil millones generaría cientos de miles de millones cada año. El dinero para financiar las otras cuatro batallas ya existe. Está en cuentas offshore y en préstamos respaldados por activos diseñados específicamente para evadir impuestos.

Segunda: regular la inteligencia artificial con leyes que tengan dientes. Europa ya lo está haciendo. Su Ley de IA prohíbe la puntuación social, el reconocimiento facial masivo en espacios públicos y la manipulación conductual, con multas de hasta el 7% de la facturación global. América Latina y Estados Unidos no tienen nada comparable. Necesitamos tres cosas claras: prohibición de armas autónomas que maten sin decisión humana; transparencia obligatoria cuando la IA afecte decisiones sobre empleo, crédito o libertad; y un derecho legal a la explicación, que usted pueda exigir saber por qué un algoritmo le negó un trabajo o un préstamo.

Tercera: democratizar la democracia. Los sistemas electorales actuales están diseñados para ser capturados por dinero. Las alternativas funcionan. Irlanda usó una asamblea de 99 ciudadanos elegidos al azar para resolver el tema del aborto, un asunto que había paralizado al país durante décadas. Esos ciudadanos comunes deliberaron, escucharon expertos y produjeron una recomendación que se convirtió en ley por referéndum con dos tercios de los votos. El modelo se ha replicado casi doscientas veces. El voto por orden de preferencia reduce la campaña negativa y aumenta la participación. Estas no son utopías: son mecanismos probados que devuelven el poder a la gente común.

Cuarta: llevar el clima a los tribunales. La litigación climática se ha triplicado en cinco años, y está ganando. Tribunales en Europa, Montana y Brasil han establecido que los gobiernos pueden ser legalmente responsables de destruir el clima. Apoyar organizaciones de litigación climática es una de las inversiones más eficientes que un ciudadano puede hacer: un solo fallo judicial puede cambiar la política energética de un país entero.

Quinta: defender la tecnología abierta como si fuera un derecho civil. Cada modelo de inteligencia artificial de código abierto es un contrapeso al monopolio tecnológico. Cuando la IA es cerrada, quien la controla decide quién la usa y cómo. Cuando es abierta, el poder se distribuye. El caso Anthropic lo demuestra por la negativa: el gobierno pudo castigar a una empresa porque tenía pocos proveedores alternativos. Usar, promover y financiar software libre e IA abierta no es una cuestión técnica: es un acto político fundamental.

Conclusión: el reloj que no mide horas

En 1965, Gordon Moore observó que la capacidad de los circuitos integrados se duplicaba aproximadamente cada dos años. Esa observación, conocida como la Ley de Moore, ha gobernado el ritmo del progreso tecnológico durante seis décadas. Pero lo que nadie le dijo es que también gobierna el ritmo de las amenazas. Cada ciclo de Moore, los sistemas de vigilancia se vuelven más penetrantes, las armas autónomas más letales, los algoritmos de manipulación más precisos, y la ventana para actuar más estrecha. El tiempo político ya no se mide en mandatos presidenciales ni en generaciones. Se mide en ciclos de Moore. Y cada ciclo que pasa sin acción colectiva inclina la balanza un poco más hacia lo irreversible.

Lo que he descrito en este ensayo no es una teoría conspirativa. Es la extrapolación documentada de ocho tendencias convergentes, respaldadas por instituciones como Oxfam, el Instituto V-Dem, la OIT, el IPCC, la ONU y los principales medios de investigación periodística del mundo. Y está empujada por una filosofía que tiene nombre (Dark Enlightenment), financistas (Thiel, Musk, Andreessen), políticos en el poder (Vance, Bannon), y un objetivo declarado: desmantelar la democracia y reemplazarla con estados corporativos autoritarios donde la mayoría de la humanidad sea funcionalmente prescindible.

Pero el sistema no es invulnerable. Cuando Anthropic dijo que no al Pentágono, millones de personas respondieron. Cuando ciudadanos comunes deliberan en asambleas, producen soluciones que los parlamentos no pueden. Cuando los tribunales fallan a favor del clima, las políticas cambian. Cuando la tecnología es abierta, el monopolio se rompe. Impuestos justos, regulación con dientes, democracia participativa, litigación estratégica, tecnología libre: cinco batallas que no pueden esperar otro ciclo.

La próxima vez que vea un robot haciendo piruetas en la televisión, no aplauda. Pregúntese quién lo controla, para qué lo está entrenando, y si en tres ciclos de Moore ese robot le va a pedir sus documentos o le va a apuntar con un arma. Y después pregúntese qué está haciendo usted al respecto. Porque el reloj no mide horas. Y no se detiene.

 

Lorenzo Vega-Montoto. Doctor en Ciencias Químicas. Investigador Titular en Idaho National Laboratory.

Posted: March 17, 2026 at 8:24 pm

There is 1 comment for this article
  1. Armando Perez at 11:02 pm

    Yo he estado leyendo esporádicamente sobre algunos de estos asuntos, cuando los encontraba. Tenía una idea difusa sobre ellos. Este ensayo los agrupa a todos, estructurándolos y mostrando la relación entre ellos hasta mostrar q constiuyen todo un sistema para empoderar a la élite adinerada de manera total y definitiva en contra de la humanidad. Felicito a su autor por este esclarecimiento tan necesario.

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