Guillermo Máynez Gil, los caprichos del azar
Edgardo Bermejo Mora
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La enigmática vida del Chino Bruckenmeyer, la segunda novela del coahuilense Guillermo Máynez Gil (1969), aborda la historia de Thomas, un adolescente de origen chino, adoptado por una madre mexicana y un padre alemán, cuya vida en la Torreón de los años ochenta del siglo pasado sufre un giro insospechado tras un accidente por demás involuntario durante su turno al bat en un partido escolar de béisbol.
El tremendo pelotazo que le propina a Fernando Aranzábal, el lanzador del equipo contrario, no sólo desfigura el rostro de su compañero de aulas en un colegio jesuita al que acuden los hijos de la élite local, sino que marcará el inicio de una relación nueva, compleja e inesperada con los cuatro integrantes de la familia Aranzábal, al mismo tiempo que servirá de punto de partida para emprender un viaje al centro de su propia identidad, determinada por su origen étnico, su condición mexicana, y su crianza en un hogar marcadamente bicultural.
La novela explora a profundidad temas tan diversos como la adolescencia -ese territorio delimitado por la presencia continua del asombro y del miedo-, las soledades del hijo único, la memoria, los caprichos del azar, el novedoso interés por la lectura, los ritos de iniciación intelectual, la diversidad familiar, y la búsqueda de un lugar propio en el mundo, propia de toda travesía juvenil. Todo lo cual transcurre entre las conversaciones iniciáticas con un mundo de adultos ilustrados, hasta entonces insospechado para él; la aparición en escena de una Biblioteca personal -con B mayúscula-, donde se encontrará con los conocimientos del mundo; el establecimiento de un vínculo emocional bizarro y sutil con la hermana menor del lanzador herido -la pequeña Liliana, contraparte casi muda, casi invisible y crecientemente perturbadora del protagonista-; los recorridos iniciáticos de la mano de su nuevo e inopinado amigo de nariz reconstruida por una ciudad de la que hasta antes no se habían apropiado -una localidad de “provincia” que parecería exigir un lugar propio en la literatura nacional, escenario fatal de la gran matanza de chinos de 1911-; pausas meditativas a la sombra de un árbol frondoso al que el joven Thomas frecuenta como quien busca el Nirvana; y los primeros pasos en firme para explorar el mundo, que le llevan a Guadalajara, primero, y luego a las playas de Sayulita, en Nayarit.
Una cartografía emocional y estilística alrededor de las preguntas que se fórmula todo aquel que se enfrenta al trepidante paso que lleva de la infancia a la juventud: la culpa, el deseo, el despertar sexual, la amistad y, por sobre todo lo demás: la literatura, la invitada principal al banquete de una novela de vocación transgenérica.
Un accidente, algo por demás contingente, azaroso e improbable -en este caso el batazo de marras que le destruye la nariz al lanzador en un partido de beisbol colegial-, un acontecimiento en el sentido trágico de la expresión, desatará las fuerzas del destino para sumarse a la rueda incesante de un tiempo mítico -único e ineludible- descifrado en clave literaria. Estas cuatro líneas pueden resumir la trama de una historia de rango universal a la que -como escribiera Borges “le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías” (“La trama”, 1960. Ocurrió en Torreón, como pudo ocurrir en la antigua Roma, o en Manhattan.

Guillermo Máynez Gil tiene la seguridad en la prosa de quien habita su propio universo literario y se mueve con familiaridad dentro de él. Lector sistemático y aventajado, en la literatura misma sembrará las pistas con las cuales descifrar los enigmas que la trama nos propone, y con base en ella conducirnos por sus laberintos.
La lupa de Máynez Gil -instrumento emblemático de toda novela de misterios e indagaciones- no buscará las huellas dactilares del perpetrador del “crimen”, sino la impronta ocular y memorística de un lector con vocación de autor (el propio Máynez Gil), en diálogo con los otros lectores: sus personajes.
Por lo tanto, encontraremos los instrumentos utilizados para construir esta novela menos en el taller del escritor-relojero, que ensambla y superpone engranajes, manecillas y resortes para registrar el transcurrir de los sucesos, las retorceduras de la trama y los probables giros del desenlace -propios del género policial-, que en el escritorio del orfebre estilista: ese tipo de escritor que confía más en la profundidad y precisión de la prosa, que en cualquier otro elemento de corte propiamente factual.
Un rompecabezas, el de Máynez Gil en esta novela, donde las palabras -y la buena memoria del lector- serán más útiles que cualquier otro dato para recomponer el orden ideal e inteligible que el puzzle fragmentó en cientos de piezas en aparente desorden, como le correspondería al inicio de toda trama policial en sus aproximaciones más esquemáticas o de manual. Si, desde la ortodoxia del género, en la novela negra suele haber uno o más datos escondidos que el autor meterá o sacará de la chistera del mago mientras manipula no menos a la trama que a sus lectores -sumergidos, conforme avanza la fabulación, en una atmósfera enrarecida y siniestra-, aquí encontraremos apenas sugerido tal artificio.
La búsqueda de los orígenes y las fuentes primarias de nuestra identidad es un misterio que acompaña la existencia de cada individuo. No es casual por ello que el tema de la adopción -las preguntas sin respuesta sobre un pasado nebuloso que se plantea toda persona adoptada- aparezca como una suerte de subtrama en la novela de misterio de Máynez Gil: las vicisitudes y disquisiciones del joven Bruckenmeyer. Goethe y Werther revisitados y aclimatados a los rigores solares de Torreón, donde la sombra de un árbol puede ser no menos un refugio contra el calor, que un territorio propicio para repasar las cuitas del adolescente anacoreta, extraviado -como lo está el Chino Bruckenmeyer- en el doble laberinto de su identidad étnica y de sus devaneos hormonales, y atrapado en la rueda azarosa de lo contingente y lo estrictamente casual (un accidente deportivo que cambiará el rumbo de sus días y de sus emociones).
Hay tres aspectos narrativos que le permiten a un relato elevarse a la condición literaria más allá del género (del molde) que le contiene: el poético, el histórico y el psicológico. Esto es, el fraseo inteligente, que labra las palabras, los diálogos y cada mínimo gesto de los personajes o del narrador con el cincel de la precisión lingüística; la construcción esmerada y memoriosa de escenarios y atmósferas territoriales (cuando el relato se inscribe en un espacio temporal muy preciso); y la profundidad moral o emocional de los personajes. Los tres aspectos los encontraremos en esta novela que, por otra parte, desdibuja hasta la ambigüedad las coordenadas del género policial al que -sólo de manera nominal- se adscribe.
¿Es La enigmática vida del Chino Bruckenmeyer una novela que orbita en el género de la novela negra y/o policial? Lo es, acaso de manera tangencial: acomete sus páginas a la búsqueda de un misterio por resolver, pero no precisamente el de un crimen, No hay muertos, pero si sospechosos. No hay sangre, ni víctimas fatales, y pese a todo prevalece el ímpetu canónico que anima al género en cuestión: la resolución de uno o más enigmas. La respuesta a las dos grandes preguntas que guiarán al género desde su fundación: ¿Quién lo hizo? y ¿Por qué?
Sus páginas, como un tablero de ajedrez de cuyo movimiento de las piezas dependerá el desenlace de la partida, describen entonces un proyecto literario en la intersección de diversos géneros: el policíaco; el Bildungsroman, la novela de formación juvenil que pasa por Goethe, Dickens, o Salinger y, ya en territorio nacional, abrevará lo mismo de José Agustín (De perfil, 1966) que de Eusebio Ruvalcaba (Un hilito de sangre, 1991) -única en las letras mexicanas en las que el retrato de la adolescencia cohabita con la novela policial-; el relato costumbrista de época, de entonación autobiográfica y nostálgica; y el paseo libresco y metaliterario de vena erudita, saturado de guiños literarios. Desde el arranque mismo de la novela descubrimos una evocación a las primeras líneas de Cien años de soledad (1967). Otro fusilamiento: “Frente al pobrecito Fernando Aranzábal, uno de los peores pítchers del colegio, Thomas Bruckenmeyer tomó su turno al bat…”
En El Chino Bruckenmeyer, el elemento investigativo del género policíaco se recontextualiza. Más que perseguir culpables, se busca descifrar miedos, culpas y preguntas que surgen de la adolescencia, de la adopción, o de la atracción oscura e insospechada entre un protagonista visible (Thomas) y una coprotagonista a la sombra (Liliana). El tono es introspectivo, más psicológico que forense, aunque no renuncia al procedimiento habitual del género, que va develando las capas de significado conforme avanza o retrocede. Con todo, mantiene el imperativo anecdótico al que se debe: interrogantes, tensión enigmática, progresión racional hacia un desenlace esclarecedor que explica y resuelve el conjunto de la trama. Optimiza pues los recursos narrativos del policial, sin ceñirse a sus fórmulas más recurrentes.
La narración avanza a través de 39 capítulos breves y un epílogo, una estructura ágil que mantiene el ritmo y refleja el mundo volátil -al fin y al cabo, efímero- de la adolescencia. A diferencia de cierta literatura policial que se aferra a la oralidad callejera o campirana y emplea una jerga muy distintiva (el argot atrabiliario de las novelas de la narcoviolencia que dominan, por mucho, el paisaje del género en la actualidad mexicana), el lenguaje empleado por Máynez Gil se aleja de la maledicencia regionalista. Opta en cambio por un español estándar -con mínimos matices locales— sin por ello sacrificar riqueza expresiva, precisión narrativa, y fuerza testimonial.
Si bien la novela no presenta ni ensalza a un detective profesional, no se abisma en la documentación de crímenes sangrientos y perturbadores, no explora el lado oscuro del poder o la política, ni fabula a partir de las figuras arquetípicas del criminal, de las víctimas, o del héroe desfacedor de entuertos, comparte con la novela policial la atmósfera de incertidumbre, bizarría y suspenso, para lo cual sustituye las previsibles tramas de asesinatos, persecuciones y venganzas, por una intriga letrada y pueril, contenida en un simple juego intelectual: descubrir a los autores y a los títulos de una decena de citas literarias. No un crimen atroz, sino apenas una travesura juvenil, de tímida entonación pasional, que habrá de resolverse no en la Morgue, en el laboratorio forense, o en el escritorio del detective sagaz, sino en un espacio más simple y acaso más universal: la biblioteca, ese lugar que resguarda, como escribiera Borges “el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente”. (“A Leopoldo Lugones” 1980).
La novela expande las fronteras habituales del género, traza un misterio introspectivo, —protagonizado por un chico común, enfrentando los enigmas de su propia vida—, y demuestra que la novela policíaca en México continúa evolucionando y abriéndose a nuevas posibilidades narrativas y temáticas.

Edgardo Bermejo Mora (Ciudad de México (1967) es escritor, diplomático, historiador y periodista. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Política, de la UdeG por su novela Marcos Fashion, o de cómo sobrevivir al derrumbe de las ideologías sin perder el estilo (Océano, 1996). Textos suyos forman parte, entre otras, de las antologías Dispersión multitudinaria (Joaquín Mortiz, Ciudad de México, 1997), y Líneas aéreas (Lengua de Trapo, Madrid, 1999). Dirigió el suplemento Lectura (1997—98),del periódico El Nacional, y ha colaborado como articulista en diversos diarios, suplementos culturales y revistas literarias. Fue corresponsal de la agencia Notimex para el Sudeste Asiático con sede en Singapur. Fue agregado cultural de las Embajadas de México en la República Popular China y en Dinamarca. Ha sido director general de asuntos internacionales del CONACULTA y director de Artes del British Council en México. Su Twitter es: @edgardobermejo
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Posted: January 26, 2026 at 9:23 pm








Hay que leer al Chino, Lagunero y Alemán. Si estaba gordo le van a decir Takechi, a güebo, los cábulas de la cuadra, escuela , Sani, Depo o donde ande el güey, Gracias y saludos.