Claudia Sheinbaum y María Corina Machado
Gisela Kozak
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Salve dios a esta atea caribeña de meterse en política mexicana pues con la venezolana tengo para veinte reencarnaciones, si tal posibilidad existiese.
Este artículo toca un tema muy preciso: cómo el mundo actual impone sus condiciones a la líder venezolana María Corina Machado y a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, situación que deja en claro que todavía los latinoamericanos no hemos construido un polo de poder capaz de enfrentar a los machos machotes de la política actual, imperiales sin disimulo y con una marcada vocación por el exhibicionismo autoritario, por el público pisoteo de los gobernantes menos poderosos y por la abierta disposición de restregar en la cara que si alguna de sus acciones nos favorece, debemos aceptarla como un favor ya que tienen todo el poder para destruirnos. Me refiero, desde luego, a la Rusia de Vladimir Putin y a los Estados Unidos de Donald Trump. Cuando conversan entre ellos parecen dos boxeadores pesos pesados profesionales rodeados de pesos moscas amateurs. A Trump le ha dado por meterse a resolver guerras y Putin ve el asunto con displicencia pero entendiendo perfectamente que Estados Unidos actúa como le da la gana porque puede, al igual que lo hace la propia Rusia. La hipocresía se multiplica -Nicolás Maduro cuestiona el imperialismo gringo, no así el ruso que le parece justísimo- tanto como el desconcierto: ver a la Unión Europea, un experimento extraordinario, asediada por Estados Unidos y Rusia nos recuerde a quienes profesamos la golpeada fe por la democracia que la partida probablemente está perdida.
Sin embargo, y aunque a la izquierda le molesta profundamente esta verdad, Estados Unidos y Rusia no son iguales. A menos que Trump se erija en dictador, como Nicolás Maduro, los demócratas pueden perfectamente llevarse por delante la supremacía del republicanismo MAGA, como de hecho sucedió en las elecciones recientes para gobernadores. El corolario Trump a la Doctrina Monroe de América para los americanos muestra que Estados Unidos, a despecho del absurdo empeño de la izquierda más ciega, ya no es el Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX o de la Guerra Fría. Trump quiere volver a ese estadio pero no será tan fácil. Mientras, la discreción reina entre los políticos de la región, con la excepción de Gustavo Petro, demasiado afecto a las redes sociales. Preocuparse por Estados Unidos no da ni quita demasiados votos. El pragmatismo indica que hay que torear al inquilino de la Casa Blanca, ya mayorcito para otro período presidencial y con problemas de popularidad por asuntos económicos.
Los nombres de las dos políticas de más proyección del hemisferio no son fáciles de escribir en una oración. Con la pereza ideológica que estigmatiza velozmente a los supuestos o reales oponentes, Sheinbaum y Machado representan la izquierda y la derecha; incluso, de ultraderechista han acusado a la venezolana aunque ella insiste en presentarse como liberal de centro. Es inútil, ya no existen la socialdemocracia, el socialismo, el comunismo, el socialcristianismo y los liberales, palabras vacías que no convocan a nadie. La izquierda y la derecha, la dicotomía, la añorada facilidad de las cabezas cuadradas que odian la complejidad, ha conquistado el panorama de la opinión pública y simplificado el vocabulario político. Una verdadera lástima porque el mundo de hoy excede ampliamente al binomio de marras, asunto del que no se dan por enterados quienes claman contra el Premio Nobel de la venezolana.
En lugar de defenderla, como en un artículo anterior, hoy opto por otro camino: Claudia Sheinbaum y María Corina Machado tienen en común la inevitabilidad de Trump en la política de sus países. No debe ser fácil para Sheinbaum enfrentar las intemperancias de su homólogo estadounidense, pero lo hace con sus modos serenos, fríos y controlados: las políticas sociales dependen de los ingresos y el tratado comercial con Estados Unidos es de vida o muerte para México. La izquierda ha cometido en todo el continente el mismo error, que no es otro que burocratizar y distribuir sin interesarse realmente en la ciencia, la tecnología y la producción. La ideología y las consignas -sinsentidos como “ciencia neoliberal”- impiden alcanzar el crecimiento necesario para que la lucha contra la pobreza no devenga en clientelismo. La reciente reunión con empresarios indica que la presidenta de México entiende, más allá de que posea un núcleo duro sentimental de izquierda de otros tiempos, que sin ellos la economía no crece. Machado lo entiende muy bien, aunque a veces pareciera exagerar el rol del mercado en la solución del peor drama de Venezuela: nada en petróleo y en gas pero está en la miseria. En todo caso, a Machado le toca lidiar con Trump sin el poder de Sheinbaum como presidenta y complaciendo el narcisismo impenitente del estadounidense hasta extremos que a mí personalmente no me complacen. Hay que entender que Machado solo tiene un objetivo que no es otro que un cambio de gobierno. Trump pasa, Maduro se empeña en no pasar. El realismo político de la Premio Nobel de la Paz es de la misma estirpe que el de Sheinbaum y tiene un objetivo superior: el interés nacional.
Como demócrata, el realismo político resulta muy útil aunque sea un trago amargo. Lo prefiero a los incesantes fuegos fatuos de la ideología, esa jerga sentimentaloide que atribula el debate político en redes sociales y que sirve para demostrar la superioridad moral de quien condena a Machado por echar mano de todas las armas para liberar a Venezuela y se olvidan convenientemente de la inmoral complicidad del tirano Maduro con los autócratas de China, Irán, Rusia o Turquía. Es una lástima que Claudia Sheinbaum no haya aceptado reunirse con Machado afectando neutralidad, pero resulta entendible de cara a los aliados internos y externos de la presidenta. Lo que no se puede a estas altura es negar que la región no tiene modo de cercar a las dictaduras que emergen en nuestros países.
México y Venezuela necesitan a Estados Unidos, país gobernado por un hombre como Donald Trump; Sheinbaum y Machado actúan en consecuencia y es lo que tienen que hacer, así ellas o quien esto escribe prefieran otros escenarios. El regreso de los hombres fuertes en política ha sido un golpe para la democracia y los valores liberales, pero los países no pueden esperar.
Gisela Kozak es escritora, editora y docente venezolana. Reside actualmente en México y su último libro es El deseo es un piano invisible (cuentos, 2025).
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Posted: December 10, 2025 at 8:15 am







