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Memorias de África
COLUMN/COLUMNA

Memorias de África

Ricardo López Si

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En la segunda década del siglo XX, la baronesa danesa Karen Blixen, inmortalizada por su seudónimo literario de Isak Dinesen, se instaló en una granja de los suburbios de Nairobi, la capital de Kenia, a las faldas de las colinas Ngong. Hoy, para fortuna de todos sus lectores, el lugar se ha convertido en una casa-museo abierta al público.

Blixen debió tener una infancia privilegiada en el seno de una familia burguesa, pero su estabilidad emocional se desmoronó a los diez años, una edad impropia para destrozarse la vida, tras el suicidio de su padre, Wilhelm Dinesen, un aristócrata, militar y aventurero decimonónico que le legó dos cosas: la compulsión nómada y la demonización de la sífilis, de la cual Wilhelm era portador y de la cual Karen se contagiaría, años después, ante las recurrentes infidelidades interétnicas de su marido por conveniencia y primo segundo, el noble sueco Bror von Blixen-Finecke, con quien estableció una plantación de café en la Kenia británica, en 1913.

Ese año marca un antes y un después en la conciencia nacionalista de Kenia, que, como parte del Protectorado británico de África Oriental, vio cómo se aprobaba una ley que otorgó arrendamientos de 999 años a colonos británicos. Esto supuso despojar de sus tierras a comunidades masái y otras tribus como los kikuyu, quienes fungieron como sirvientes y trabajadores de Blixen en la plantación de café y a los que intentó alfabetizar bajo los estándares occidentales con lecturas de Charles Dickens.

Todo esto lo sabemos por dos hitos en la cultura popular. En primer lugar, la inolvidable novela Memorias de África, uno de los inicios más memorables en la historia de la literatura —¿Cuántos niños en el mundo habrán fantaseado con ser aventureros bajo el sosiego y la musicalidad de las líneas de Blixen en voz de sus padres, ignorando que se trataba de un territorio ocupado?—:

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas
de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas
a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a
una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías
a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la
mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.

En un ensayo para una revista, la escritora Carson McCullers, la mejor representante del realismo sureño estadounidense, definió Memorias de África como un «documento personal, sencillo y tierno, escrito con una severidad contenida y elegíaca».

El otro, igual de influyente, fue la adaptación de la novela al cine, gracias a Kurt Luedtke, uno de los guionistas de cabecera de Sydney Pollack, el director encargado de la producción. La actriz elegida para encarnar a Blixen fue Meryl Streep, que venía de protagonizar otro drama romántico, Amor a primera vista, junto a Robert de Niro. La historia sentimental de Blixen en África no podría explicarse sin la presencia del formidable cazador británico Denys Finch Hatton, el enésimo producto de la prestigiosa residencia de varones Eton College, una cantera fértil de primeros ministros, príncipes, académicos, diplomáticos, escritores y, cómo no, aventureros liberales.

Hatton, interpretado por Robert Redford, pasó a la posteridad al morir de la manera más elegante posible: un accidente de avioneta en África Oriental que hubiese sonrojado al mismísimo Ernest Hemingway. Terminó enterrado, según su voluntad, en lo alto de las colinas de Ngong.

Reparo en todo esto mientras merodeo la reserva Masai Mara en Kenia, no muy lejos de donde Redford, en uno de los gestos más románticos en la historia del cine, le lavó el pelo a una Meryl Streep en estado de hipnosis, dispuesta a escucharlo y creerlo todo. Al terminar una maratónica jornada de safari en el suroeste de Kenia, enfebrecido por las postales de las grandes migraciones de ñus y cebras, recibo un mensaje del colega Abel de Medici, divulgador y periodista de National Geographic, cifrado en suajili: “Ha muerto Robert Redford, camarada”.

Esa misma noche, al calor de una fogata, me dispongo a rendirle culto al actor desde mi campamento base en el condado de Narok. Repaso a conciencia la mítica escena donde, a mitad de la llanura, Streep le cuestiona a un Redford pertrechado con binoculares su devoción por los safaris y la vida salvaje:

—¿Por qué hace esto?
—Porque no sé coser.

Fotografía: REDFORD Y STREEP, PAREJA ICÓNICA EN ‘MEMORIAS DE ÁFRICA’. (AMAZON)

Ricardo López Si es coautor de la revista literaria La Marrakech de Juan Goytisolo y el libro de relatos Viaje a la Madre Tierra. Columnista en el diario ContraRéplica y editor de la revista Purgante. Estudió una maestría en Periodismo de Viajes en la Universidad Autónoma de Barcelona y formó parte de la expedición Tahina-Can Irán 2019. Su twitter es @Ricardo_LoSi

 

 

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Posted: December 16, 2025 at 10:32 pm

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