No te hagas odiar
Malva Flores
Me había prometido iniciar la columna este año con un artículo sulfuroso que se llamaría “El peor libro del año”. Había hecho apuntes desde el mes de agosto pasado cuando empezaron a llegar a mi buzón noticias de premios y becas vergonzosos. Las voces que clamaban en mis distintas cuentas de correo, Twitter, Messenger, etcétera, me enviaban ejemplos de mayúsculos horrores en los libros premiados. Yo repetí que no los había leído y que no iba a hacerlo pues la poesía se había ido —con notables excepciones, por supuesto— al basurero de la historia, pero querían convencerme. Tantos ejemplos, fotos, listas y exclamaciones me mandaron que pedí los libros. Craso error. Dinero tirado a la basura, pero lo peor no fue eso sino el azoro ante lo que leía. Como suele decirse en estos casos: “no daba crédito”.
Hice apuntes en un diario que escribo desde hace aproximadamente dos años y que se llama “Diario de las cosas que no se deben decir”, ejemplo mayúsculo de autocensura que me impuse cuando advertí que la ira le estaba ganando al temple y a la moderación y, sobre todo, cuando comprendí que mis palabras no servían pues nada iban a cambiar. Una de las virtudes de la ideología —escuché hace poco a Pablo Boullosa citar a Jean-François Revel— es que le brinda al ciudadano la licencia para no pensar. La muy extendida renuncia a pensar me parece una de las cosas más graves que nos ha ocurrido y, según yo, escribía para que las personas que me leyeran, pensaran: que algo se removiera en sus conciencias. Eso no ocurrió ni ocurrirá, pero como quedarse callados es la opción de los pusilánimes, me debato diariamente entre lo que debo y puedo decir.
Si alguno de los lectores de esta columna está esperando que diga el nombre del peor libro del año suspenda su lectura ahora mismo. “Nombres, nombres”, grita el graderío ávido de sangre entre las ruinas de nuestro virtual Coliseo cotidiano. Pero a mí no me importan poetas o jurados, sino la poesía (y su triste espectáculo) como síntoma de una degradación social. Apenas si es necesario decir que la buena poesía es la conjunción afortunada de experiencia, música e imagen: forma pura. Esa verdad de Perogrullo va de la mano de otra: a todos nos han pasado innúmeras desgracias o momentos de plenitud extraordinarios, pero el poema no es únicamente un levantamiento de cargos penales o regocijos de receta: es forma. El poeta no se sirve del poema, le sirve, pero hoy las ideas sobre la forma y el servicio a la poesía están acusadas de colaborar con todas las formas de dominación. Ya me imagino a Vallejo o a Brodsky haciéndole caravanas al imperio.
Además, ¿cómo informar cuál era el ganador del “peor libro del año” si sólo iba a referirme a libros de poesía? Seguramente hubo alguna novela, un libro de cuentos o incluso de ensayos que podría competir, pero los que leí no cumplían con los requisitos para la justa fabulosa. Entonces recordé que el llorado Sergio González Rodríguez, a finales de cada diciembre, publicaba en Reforma su lista de lo mejor, pero un día decidió incluir en ella “el peor libro del año”. Eran otros tiempos, claro, cuando existía una comunidad que respetaba el valor del crítico literario. Eso tampoco sucede ya. Todos somos críticos, todos somos artistas, todos somos todo y nuestras palabras valen no por nuestros argumentos, sino por la ideología que profesemos o por la intensidad de nuestros sentimientos. Hablando de los años sesenta del siglo pasado, en Las contradicciones culturales del capitalismo, Daniel Bell decía que “la democratización del genio se hace posible por el hecho de que si bien uno puede discutir juicios, no se pueden discutir sentimientos. Las emociones generadas por una obra nos atraen o no, y los sentimientos de una persona no tienen más autoridad que los de otra.”
El mal siempre regresa. Vivimos en una amplia pero infalible rueda y sólo somos el sudoroso hámster. La idea de que hay razones y pruebas objetivas para determinar si algo es bueno o malo, ya está proscrita. Hemos llegado a unos extremos que por pedir que se escriba con buena ortografía me han expedido el título de ¡oligarca! (Sospecho que la buena persona que me lo adjudicó no tiene idea de qué significa esa palabra, pero ¿importa? Lo que importa es que él es bueno y yo soy mala, clasista, racista y, ah, de ultraderecha, por implorar que se escriba con el mínimo de cuidado que supone la ortografía).
Todo eso pensaba y escribía apuntes sobre las virtudes de los valientes críticos literarios que hoy son un bien escaso, cuando me di cuenta de que el asunto de los premios y las becas había pasado a mayores y que los poetas empezaron a pelearse muy lamentablemente en redes. En aquellos momentos hubo quien dijo que mi generación se sentía desplazada. Me reí mucho pues la pobre fue “desplazada” desde el siglo pasado. Incluso escribí hace más de una década un ensayo que se llamó “Generaciones sin semblanza”, en un libro cuyo título ya vaticinaba el triste tiempo que vivimos: La culpa es por cantar. Entonces abandoné la escritura de mi columna, pero aún conservo varios apuntes en mi diario indecible: 1) Alerta Elsa Cross, con justificada razón, sobre la crisis inherente al hecho de que ya no se escriban poemas de amor. Nuestra especie ha terminado con una de las pocas cosas que la redimía (¡y están orgullosos!). 2) ¡Cuánto les preocupa el ambiente a los ecopoetas! No vi a ninguno (ninguna, ningune) decir ni media palabra sobre el ecocidio provocado por el Tren Maya, aunque he tenido oportunidad de escuchar sesudas conferencias sobre los aliades de la naturaleza. 3) En los talleres de poesía del bachillerato los correrían por incapaces o la trabajadora social del colegio los remitiría a la “instancia correspondiente” para que presentaran sus denuncias: tantos han sido sus agravios. Pero no, mejor escriben poemas. 4) Si a los albañiles les digo ahora “trabajadores de la construcción”, ¿mejora su condición de vida?; si me voy a la sierra a bordar junto a las campesinas, ¿mejoran ellas o mejora la idea que tengo de mí misma o la idea de mí que se proyecta ante los demás? ¡Ay, la progresía!
Su recuerdo me remite a una adivinanza de Vargas Llosa que encontré en estos días y que, resumida, dice:
Aunque es raro que esté inscrito en un partido revolucionario y cumpla con las tareas sacrificadas de la militancia, se autodefine como marxista y en toda circunstancia proclama su convicción de que el imperialismo norteamericano —el Pentágono, los monopolios y la ofensiva cultura de Washington, es la fuente de nuestro subdesarrollo […]. Al mismo tiempo que sulfura el aire de su país con estos úcases, es un candidato permanente a las becas de las fundaciones Guggenheim y Rockefeller (que casi siempre obtiene) y cuando, por culpa de las dictaduras nativas, se exilia o lo exilian, sería inútil buscarlo en los países que admira y publicita como modelos para el suyo —Cuba, China, la URSS— pues donde, infaliblemente, va a continuar su lucha revolucionaria es a las Universidades de Nueva York, Chicago o California, donde está de Visiting Professor, en espera de un nombramiento fijo. ¿Quién es él? El intelectual progresista.
La “Adivinanza” de Vargas Llosa apareció en un número de Cambio 16, en febrero de 1979, y fue reproducida más tarde en Vuelta. Parece escrita ayer, pero me desvío. Sólo aclaro (en negritas) que no me interesa defender la política norteamericana sino evidenciar la incongruencia de nuestros progresistas, pero la congruencia también está muy mal vista en estos tiempos.
El asunto del peor libro de poesía del año pasado quedó, pues, en el papel de los apuntes. En diciembre, una amiga —una de las que me había enviado fotos de algunos desastrosos poemas premiados y no podía creer lo que ocurría en el Sistema Nacional de Creadores—, me preguntó (aunque en realidad se preguntaba a sí misma): “¿Qué fue lo que pasó?”.
“Lo destruyeron todo”, pensé que le diría, pero entonces recordé la voz de mi familia que a coro me suplica: “No te hagas odiar” y sólo sonreí.
Malva Flores es poeta y ensayista. Autora de La culpa es por cantar. Apuntes sobre poesía y poetas de hoy (Literal Publishing/Conaculta, 2014), Galápagos (Era, 2016), A extraña línea quebrada (Literal Publishing, 2019) y Sombras en el campus (Bonilla, 2020). Su libro más reciente es Estrella de dos puntas (Planeta, 2020), por el que obtuvo el Premio Mazatlán y el Premio Xavier Villaurrutia. En 2022 recibió el Premio Internacional Alfonso Reyes. Manual para el crítico literario en emergencias (El Equilibrista/UV, 2024) es su título más reciente. Es editora de poesía de Letras Libres y columnista de Literal Magazine. X: @malvafg
Posted: January 18, 2026 at 8:57 pm







