Essay
CURIOSITAS | ¿Por qué la lluvia en Alemania huele a Iowa City?

CURIOSITAS | ¿Por qué la lluvia en Alemania huele a Iowa City?

Efraín Villanueva

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[Este artículo pertenece a Curiositas, una serie para saciar nuestra curiosidad y maravillarnos explorando los porqués y cómos de nuestro mundo y nuestra conexión con lo que nos rodea]

Llueve en Alemania. Desde el balcón de mi estudio expongo mi mano al aire. Es esa lluvia fastidiosa para la que no se ha inventado un paraguas eficiente, aquella que te golpea cada poro del rostro con gotas minúsculas que no deberían empaparte con tanta rapidez, pero cuyo poder se incrementa por precipitarse en hordas. Es la lluvia primaveral que recuerdo, pero no extraño, de mis años en Bogotá. Mi celular me alerta de un mensaje de mi mamá y mi memoria retrocede automáticamente.

Debía tener seis años, probablemente siete. Desde las escalinatas de mi casa veía cúmulos grisáceos formarse en el cielo. También pequeños remolinos de hojas muertas, aquí y allá. Era, siempre, un espectáculo fascinante. La frescura del viento era bienvenida luego de meses de fogaje, pero percibía la intensidad del frío que le acompañaba como una fuerza foránea, incómoda. Es el recuerdo del inicio de la temporada de lluvias en el Caribe colombiano. Detrás de mí, el crujir de una mecedora de madera delató la presencia silenciosa de mi mamá. Solo cuando empezó a llover habló y me pidió acompañarla bajo el techo del antejardín. La miré con ojos suplicantes, pero ella me recordó que la primera lluvia del año es sucia. A los pocos minutos, las gotas que resbalaban del techo formaron una ligera cortina entre nosotros y el barrio. A través de ella, veía a mis amigos jugar descalzos, pateando una pelota de fútbol, chapoteando en el arroyo en el que se convertía nuestra calle. Sus madres, al parecer, no tenían la misma sabiduría que la mía. Me obligué a restringir la envidia que me provocaban sus carcajadas respirando el olor de la lluvia.

Mi celular vuelve a vibrar. Después de resolver el motivo de su llamada, le pregunto a mi mamá si lo de la lluvia sucia era cierto o una táctica de crianza. Asegura que no me mintió, que siempre ha sido así, que todo el mundo conoce los peligros de la primera lluvia de la temporada. Bueno, al menos acá en la Costa [caribe colombiana]. Mi curiosidad epistémica –de la que hablamos en el artículo inaugural de Curiositas– se despierta.

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El ‘olor arcilloso’ de la primera lluvia que sigue a una sequía (de pocos días o de meses) era un “fenómeno tan conocido y extendido” que motivó a los geólogos australianos Isabel Joy Bear y R. G. Thomas a resolverlo. Recolectaron rocas expuestas a altas temperaturas al aire libre y las sometieron a un proceso de destilación al vapor para simular la humedad ambiental que se presenta antes de llover. De acuerdo a su artículo publicado en 1964 en Nature, encontraron que la humedad liberaba un aceite oloroso atrapado al interior de las rocas y que, al dispersarse en el aire, llevaba su aroma con él.

Como los investigadores obtuvieron el mismo efecto con minerales diferentes a las arcillas, propusieron reemplazar ‘olor arcilloso’ por un nombre más inclusivo: petricor –por petra (‘piedra’, en griego, e ‘icor’, que significa ‘esencia tenue’. ‘Icor’ es también, en la Ilíada de Homero, la sangre de los dioses. Hoy empleamos petricor para referirnos al olor de la lluvia en general, pero lo que los investigadores inicialmente nombraron fue el aceite oloroso de las rocas.

Mi madre asociaba el petricor de la primera lluvia de la temporada con el olor de la mugre que intuía acumulada durante los meses cálidos (y liberada por la lluvia) en el concreto de las calles, en el cemento de las paredes, en el zinc de los techos del barrio. Es un olor a arena de ciudad, no de playa, me asegura, con un toque de humedad, como el de la ropa que se lavó, se tendió, pero no se secó apropiadamente. A eso, según mi madre, huele la sangre de los dioses. Por eso me prevenía sobre los peligros de bañarme y jugar en la primera lluvia del invierno. Después de todo, la mejor moraleja de la mitología griega es que no es conveniente inmiscuirse en asuntos divinos.

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Llueve en Alemania. Observo a los transeúntes apresurados mientras pienso en la sensación de incompletitud que me deja el descubrimiento del petricor, pues solo parece referirse a la primera lluvia. Pero, en mi experiencia, toda lluvia, sea la primera o la última de la temporada, preceda o no a una sequía, viene perfumada. La aclaración la encuentro en uno de mis pódcasts pendientes: The Science Behind That Fresh Rain Smell (La ciencia detrás del olor de la lluvia fresca). Allí conozco a los streptomyces, unas actinobacterias que comparten una estrategia de reproducción similar a la de las flores.

Tanto las flores como los streptomyces tienen limitaciones de movilidad y se reproducen a través de polen y esporas, respectivamente, que diseminan en el ambiente –con ayuda del viento, por ejemplo. Pero como las condiciones climáticas no son siempre favorables, ambos organismos evolucionaron un mecanismo de respaldo. En el caso de las flores, utilizan colores y olores para atraer abejas cuyas patas peludas se impregnan de polen que transportarán a otras flores, permitiendo su fecundación. Los streptomyces, por su parte, producen geosmina, un químico oloroso que atrae insectos como los colémbolos. Como las abejas, los cuerpos peludos de los colémbolos atrapan esporas que, con suerte, llevarán a lugares más altos para la reproducción de los streptomyce –también ayudan a este proceso al excretar las esporas que consumieron.

¿Qué tiene esto que ver con el olor de la lluvia? Cuando llueve, el agua revuelve el suelo poblado de geosmina y sus partículas son lanzadas al aire y esparcidas por el viento. Así llega su aroma a nuestras narices. Por ello asociamos el olor de la lluvia con el de la tierra fresca, de la tierra húmeda –geosmina, en griego, significa ‘aroma de la tierra’. Resulta, entonces, que el petricor de las rocas genera el olor de la primera lluvia luego de un tiempo de sequía y la geosmina de los streptomyces el aroma de las lluvias consecuentes. Aunque, según National Geographic, es posible que ambas sustancias actúen en combinación. De hecho, un tercer componente también tiene incidencia en el olor de la lluvia: el ozono atmosférico. Durante las tormentas eléctricas, el aire se llena de partículas cargadas que afectan el ozono y le dan al ambiente un olor a chamuscado.

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Llueve en Alemania. Y olor me recuerda al que fue mi hogar, hace una década, en Iowa City. ¿Cómo puede el olor de la lluvia en Alemania despertar una memoria de otro continente? La respuesta es sencilla: el olfato es procesado por el sistema límbico, responsable también de las emociones y la memoria. Según la antropóloga biológica Kara Hoover, al oler “reaccionamos emocionalmente al olor, que podría evocar una memoria si tenemos un recuerdo asociado con dicho olor”. Es posible, como lo sugiere National Geographic, que nuestros antepasados desarrollaran una “relación positiva” con el olor de la lluvia pues indicaba el fin de la sequía y la prosperidad de la cosecha. Esta conexión emocional con ese olor parece persistir hasta nuestros días.

Igual parece ser el caso con el olor a madera vieja que percibí la primera vez que entré a mi casa en Iowa City. Un aroma al que no estaba acostumbrado, habiendo crecido en una región en la que se construye con cemento y baldosas. Aquel aroma húmedo reforzó la emoción de saberme un recién llegado en tierras extrañas y mis neuronas crearon una conexión que mezcla mis sentimientos del momento y el olor de la casa. Desconozco por qué mi cerebro asocia aquella fragancia –que hoy es, para mí, no solo el de mi casa sino el de toda Iowa City– con el petricor o la geosmina que cae con esta lluvia alemana. Pero, en este momento, agradezco que así sea.

 

*Imagen de portada, cortesía de Elisabeth Brenker

 

Efraín Villanueva. Escritor colombiano radicado en Alemania. Ha publicado los libros Tomacorrientes Inalámbricos (Premio de Novela Distrito de Barranquilla, 2017), Guía para buscar lo que no has perdido (XIV Premio Nacional de Libro de Cuentos UIS, 2018) y Adentro, todo. Afuera… nada (Mackandal, 2022). Es Magíster en Escritura Creativa en español de la Universidad de Iowa y tiene un título de posgrado en Creación Narrativa de la Universidad Central de Bogotá.

Sus trabajos han sido publicados en diversas antologías y medios como Granta en español (España); ArcadiaEl HeraldoPacifista!ViceRevista Corónica (Colombia); Revista de la Universidad de MéxicoRoads and KingdomsIowa City Little Village MagazineLiteral MagazineIowa Literaria (Estados Unidos); entre otros.

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Posted: March 24, 2024 at 9:18 pm

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