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Pequeña farsa termidoriana
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Pequeña farsa termidoriana

José Antonio Aguilar Rivera

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Los revolucionarios franceses deseaban inaugurar una era en la historia de la humanidad. Ese tiempo nuevo requería de un calendario donde quedaran registradas las gestas emancipatorias. Una de esas fechas fue el 9 Termidor (27 de julio de 1794) cuando Maximilien Robespierre, líder del Comité de Salud Pública de la Convención Nacional francesa, fue depuesto. Dos días después el “Incorruptible”, responsable de miles de ejecuciones sumarias, cayó él mismo bajo la guillotina. Su derrocamiento marcó el fin del régimen del Terror que azotó Francia entre 1793 y 1794. Así concluyó la fase más sanguinaria de la Revolución e inició lo que se conoce como la “Reacción termidoriana”: un repliegue del radicalismo hacia posiciones más moderadas. Para los revolucionarios posteriores, la reacción termidoriana significaría una traición del objetivo de llevar la transformación de la sociedad hasta sus últimas consecuencias. No es una casualidad que los bolcheviques rusos se identificaran con los jacobinos del Comité de Salud Pública. Los termidorianos, se lamentaban, apuñalaron por la espalda al Incorruptible y a otros como Saint- Just. Traicionaron a la Revolución y a su instrumento justiciero, el Terror.

Hay quienes, dentro y fuera del actual grupo gobernante en México, creen que está ocurriendo una especie de reacción termidoriana en el obradorismo.  Algunos de los políticos más cercanos al expresidente López Obrador han sido obligados a dejar sus puestos, como el senador Adán Augusto López. Otros antiguos confidentes de la corte, como el ex consejero jurídico  Julio Scherer Ibarra, ventilan impúdicamente los errores y excesos cometidos por el ex presidente en su celo transformador. El ex director del CIDE se rebeló como un Dantón de cubículo ante los supuestos intentos “restauradores” de la secretaria del ramo hasta que finalmente, después de meses de insubordinación y desafío, fue cesado con la ley de salud pública instaurada por la Marat de la Transformación, la inefable María Elena Álvarez Buylla. Pero el jacobino que más alboroto hizo fue el Padre Fundador de la Nueva Escuela Mexicana y sus manuales de adoctrinamiento: Marx Arriaga, quien en el nombre lleva la penitencia. Después de haber sido cesado se negó a abandonar su oficina durante cuatro días. Montó su vivac de pollo frito y boing de mango en las cloacas de la SEP, desde donde transmitió arengas y recibió la solidaridad de sus simpatizantes por Facebook,  hasta que le entregaron el oficio de destitución. Eso sí, no logró convencer al guardia de seguridad de que le colocara las esposas por más que tendió las inconformes muñecas.

¿Se aleja el gobierno del radicalismo obradorista para seguir una línea política moderada? Difícilmente. Más bien lo que vemos es una pequeña farsa termidoriana. Marx Arriaga se ha ido, pero sus libros se quedan:  lejos de ser repudiados, son elogiados.

¿Qué significan estos casos? ¿Se aleja el gobierno del radicalismo obradorista para seguir una línea política moderada? Difícilmente. Más bien lo que vemos es una pequeña farsa termidoriana. Marx Arriaga se ha ido, pero sus libros se quedan:  lejos de ser repudiados, son elogiados. Estos personajes que se ostentan más papistas que el Papa se convirtieron en un incordio para el gobierno, una molestia. Leyeron correctamente que el ex presidente mantiene aún los hilos del poder en México, pero se equivocaron en creer que su profesión de fe hacia el Líder les otorgaba inmunidad  y que podrían rebelarse impunemente contra la “reacción termidoriana” del gobierno actual. Se creyeron sirvientes de una causa más alta que las de sus jefes.  Su encargo no era de este mundo. Se auto designaron guardianes fieles del legado transformador.  El cancerbero de los libros de texto sagrados Arriaga creyó que desde Palenque se despacharía un ejército revolucionario rojo para salvarlo. Creyeron que con sus gritos destemplados de ¡traición! conseguirían que Sheinbaum se arredrara. Su mayor yerro, sin embargo, fue no haberse dado cuenta del papel fársico que desempeñan. Claudia Sheinbaum tal vez no pueda o quiera romper realmente con las ataduras políticas que le impuso su antecesor, pero ciertamente no tiene porqué tolerar que personajes de tercer orden, creyéndose Robespierres, le griten a la cara traidora. ¿Quién puede negarle a alguien el derecho natural de sacarse unas piedritas del zapato? Ni el Señor que manda desde Palenque podría exigirle ese tipo de humillación. Y, así, AMLO abandonó a sus fieles acólitos, como diminutos e imprudentes Savonarolas, a su destino. Permitir que esos personajes tragicómicos sean defenestrados por la presidenta es, a decir verdad, un muy pequeño precio a pagar. Incordiaron, pero no revolucionaron.  Una concesión de dignidad que sería intolerable si la amenaza fuera una verdadera reacción termidoriana. Tal vez por eso se le permitió a Marx Arriaga transmitir desde la SEP su reality show de cuatro días. Después de todo, el ex director del CIDE y el ex Director de Materiales de la SEP no son Robespierre y Saint-Just sino Punch y Judy.

 

José Antonio Aguilar Rivera (Ph.D. Ciencia Política, Universidad de Chicago) es profesor de Ciencia Política en la División de Estudios Políticos del CIDE. Es autor, entre otros libros, de El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos (Taurus, 2004) y La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 (FCE, 2010). Publica regularmente sus columnas Panóptico, en Nexos, y Amicus Curiae en Literal Magazine. Twitter: @jaaguila1

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Posted: February 21, 2026 at 7:48 am

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