Últimas noticias del ensayo
Eduardo Huchín Sosa
|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Acaso, en la futura disputa alrededor del ensayo (para distinguirlo del pódcast o de lo que sea que, según nosotros, esté usurpando su lugar), sea el falso ensayo la manera de buscar algunas verdades.
Ustedes son muy jóvenes para recordarlo, pero hubo un tiempo en que, desde las páginas de la prensa mexicana, se discutía qué era un ensayo. O qué debía ser. O, para adoptar el tono apocalíptico de la época, si era posible salvar al género del cajón de sastre adonde la gente había metido sus artículos periodísticos, tesis de grado, discursos de ingreso y demás cascajo al que llamaba con toda impunidad “ensayos”. Descollaba una agria disputa acerca de si la academia había emponzoñado la palabra o si era, en realidad, la convocatoria del Fonca (que privilegiaba algo llamado “ensayo creativo” sobre cualquier otra variante) la que estaba haciendo el ridículo. Se hablaba también –si no estoy simplificando demasiado– de dos maneras de afrontar el problema: desde el género, que reivindicaba el carácter personal y tentativo del ensayo, su capacidad para ser algo diferente a una reseña, una tesina sobre Gramsci o una columna de opinión; y como práctica, que aplaudía la contaminación de la escritura literaria con otros tipos de escritura y que incluso alentaba a robar y pervertir conceptos tradicionales de las ciencias sociales. Un amigo lo resumió arjonianamente como la ruptura entre el ensayo “de verbo” y el “de sustantivo”.
Me gustaría decir que eso es historia antigua, que ahora las sutilezas ya poco importan y que, de un tiempo a la fecha, todo se ha reducido a textos que, como decía Luis Felipe Fabre, ni siquiera es necesario leer para saber de qué van y qué postura adoptan. Y, no obstante, los ecos de aquellas controversias vuelven a mí cada tanto, en particular cuando me toca ser jurado de algún concurso de ensayo y, tras revisar un centenar de trabajos, me veo obligado a releer con lupa las bases para asegurarme de que era concurso de ensayos y no de testimonios sobre “mi padre ausente”, o si se me había pasado alguna cláusula que obligara a separar los párrafos con asteriscos. Por si fuera poco, los meses recientes quiso el destino que una de las mejores y más exitosas ensayistas de su generación –Laura Sofía Rivero– compilara en un libro a varios de sus contemporáneos, con el propósito manifiesto de explorar la capacidad hipotética e imaginativa del ensayo. A manera de ejercicio libre, sin pretensiones de antología representativa, Rivero propuso a varios escritores afrontar el género como el último espacio en el que todavía no está mal visto dudar de lo que uno mismo dice.
En Doce certezas mientras tanto. Ensayos para especular (Ciudad de México, UAM, 2025), Laura Sofía Rivero muestra algunas posibilidades del ensayo en la era de las opiniones contundentes, de preferencia incómodas, y, ya que estamos en esas, capaces de mover a la indignación. En las antípodas –desde su introducción, diría incluso que desde la elección de los epígrafes–, Rivero apunta hacia otro lugar: hacia un tipo de escritura que, más que ser un vehículo para afectar la realidad, como soñaba un crítico, o el producto de la cópula entre una ponencia y un poema, como fantaseaba otro, importa por su capacidad para hacerse cualquier clase de preguntas y salir de cierto rango moralmente seguro de conceptos para tener siempre la razón.
En vista de esa premisa, entusiasma que los involucrados –para decirlo con Borges– no le sacaran el culo a esa jeringa a la hora de asumir el famoso tanteo como el rasgo más significativo de sus propios ensayos. Si, en ejemplos menos logrados, esa naturaleza dispersa parecía dar permiso al ensayista para escribir sobre cualquier cosa sobre la que no tenía ni idea, las piezas de este libro dejan al descubierto un conflicto –anclado en el corazón mismo del género– en el que las formas previsibles de sustentar una opinión o de contar una experiencia luchan contra esa otra necesidad de tomar un desvío que no se sabe adonde vaya a llevar. No faltan en el volumen la autobiografía, la cita snob y la imperiosa actualidad, pero no son esos coqueteos con la erudición, el yo o el contexto lo más atractivo de esta apuesta, sino la notoria incomodidad que muestran los participantes con estancarse. Cada que permanecen en un territorio estable por demasiado tiempo –digamos que dedicando muchos párrafos a hablar de sí mismos o a desmenuzar una cita de Byung-Chul Han–, los autores buscan moverse, con menor o mayor fortuna, hacia otro lugar.
Todos los textos parten de preguntas, algunas razonables (“¿Quién dijo que nos haría felices el yoga?”), otras dignas de la última media hora de una tertulia (“¿Adónde van los seres virtuales que mueren?”) y unas acaso más propias de un temazcal con hongos (“¿Seremos los caballos de este siglo?”), lo que venturosamente proporciona al compendio cierta mezcla de coherencia y variedad de la que carecen otros libros colectivos. La pieza más sólida del conjunto es la de Jorge Comensal, que puede responder a la cuestión de los caballos echando mano de un par de conceptos de Barthes que, en un principio, parecen puro alarde universitario, pero que después terminan por provocar una sensación de angustia plantada desde el primer párrafo. Ese uso argumentativo de lo que algunos llaman “la pistola de Chéjov” nos recuerda, no nuestra dependencia a cierta tradición apolillada, sino que cada ensayo opera en contra y, a la vez, en dominio de ciertos procedimientos heredados.
La conciencia grupal de que se lidia con un género ofrece algo más que un acercamiento colectivo a diversos “temas”. En algunos momentos, Liliana Muñoz adapta su mirada como crítica de libros hacia esa curiosa forma literaria que es la anécdota, un poco estafa piramidal y, otro poco, muletilla social. Elisa Díaz Castelo sale bien librada de un hallazgo poético –el del ciclo de vida de las cigarras– que podría haber empantanado su texto en un ir y venir lírico. En su revisión de lo que es vivir sin domicilio fijo, Diego Courchay Priego siempre encuentra una referencia, un ejemplo sorprendente o un truco de mago que evita la mera sucesión de estampas personales. Si he de ser franco, en ocasiones ese amor por el equilibrio sin malla de seguridad lleva a algunos autores a elegir batallas perdidas. El empeño con que Adrián Chávez quiere explicarse a sí mismo por qué se pelea con extraños en internet puede emparentarlo con aquellas figuras vitalistas que, desde algún ejemplar de Anagrama o de Ediciones Encuentro, justificaban su adicción al crack o su conversión al catolicismo. Sin embargo, es precisamente la sospecha de saberse en el lado equivocado de la historia lo que otorga al ensayo de Chávez un sostenido ingenio a contracorriente. Pensaría que su logro –eso que en la antigüedad, cuando existía la crítica, se denominaba “su potencia”– depende de esa posición de desventaja.
Una vez terminado el libro –con un bajón de ánimo firmado por Mariajosé Amaral, quien, no conforme con recordarnos que somos seres mortales, mete de contrabando unos infames asteriscos–, el lector puede sentirse tentado a buscar “el espíritu de época”, el fino hilo que conecta todas las preguntas. De cierto es que las marcas de la edad están la mayor parte del tiempo a la vista. Como puede suponerse, estos autores nacidos en los últimos quince años del siglo XX hablan de redes sociales, cambio generacional, aficiones astrológicas, ansiedad por el trabajo y vida nómada, pero ninguna de esas preocupaciones unifica tanto el libro como su disposición compartida de descubrir algún tipo de verdad mientras escriben. Una verdad provisional, abierta, no siempre urgente, pero de algún modo oportuna, alentada desde el género ensayístico y a la que quizás no se llegaría por otros caminos.
Corre la leyenda de que, cierta vez mientras cruzaba Insurgentes, Laura Sofía Rivero escuchó que le gritaban “¡Falsa ensayista!” desde un auto en movimiento. Acaso, en la futura disputa alrededor del ensayo (para distinguirlo del pódcast o de lo que sea que, según nosotros, esté usurpando su lugar), sea el falso ensayo la manera de buscar algunas verdades de ese tipo. Verdades “posibles”, dice Rivero, en un mundo que con frecuencia nos exige suscribir verdades lapidarias.
Eduardo Huchín Sosa es escritor y editor literario de la revista Letras Libres. Sus libros más recientes son Calla y escucha. Ensayos sobre música: de Bach a los Beatles y La consagración de la maldita primavera. Escritos sobre música y libros.
©Literal Publishing. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación. Toda forma de utilización no autorizada será perseguida con lo establecido en la ley federal del derecho de autor.
Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores y columnistas son responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de esta revista ni de sus editores, aunque sí refrendamos y respaldamos su derecho a expresarlas en toda su pluralidad. / Our contributors and columnists are solely responsible for the opinions expressed here, which do not necessarily reflect the point of view of this magazine or its editors. However, we do reaffirm and support their right to voice said opinions with full plurality.
Posted: February 18, 2026 at 9:45 pm







